cine francés

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Cartel de la películaCasi lo primero que se me ocurrió mientras veía la película de Laurent Cantet fue una reflexión bastante descorazonadora con respecto a la situación del cine español, que está hoy con el ánimo por las nubes tras el Oscar de Penélope Cruz por su interpretación en Vicky Cristina Barcelona (por cierto, tal vez convendría precisar que a pesar del título, el escenario y la nacionalidad de algunos protagonistas, la película no es española, sino norteamericana, y bastante mala, además; la actuación de la actriz de Alcobendas es de lo poco que se puede salvar en ella): qué distinta toda la historia, por el planteamiento argumental, por el manejo de la estructura narrativa, por el tratamiento de los personajes y por su ambientación, de lo que habitualmente aparece en el cine o en la televisión españoles, tan dados al chiste fácil, la sal gorda y las simplificaciones abusivas, cuando no a la pura y simple falsificación de la realidad.

Porque se podrá estar más o menos de acuerdo con el punto de vista elegido por su director, con el actor elegido para encabezar el reparto (François Bégaudeau, profesor de instituto y autor del libro en el que está basada la película, que encarna al protagonista, el también profesor François Marin), con la puesta en escena, los encuadres y los movimientos de cámara, aspectos todos ellos que a mí no me acabaron de convencer, pero lo que no podrá negarse de ningún modo es que La clase constituye un relato sincero y emotivo, tan alejado de las pedagogías “oficiales” (porque no hay una sola) como de la visión complaciente que consiste en reiterar aquel viejo adagio de “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y desde luego capaz de retratar en toda su crudeza una realidad compleja, conflictiva e incluso amarga.

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Aunque el título de la entrada lo sugiera, no voy a escribir una reseña de la celebérrima película de François Truffaut, sino otra cosa muy distinta. Aprovechándome del tirón del film (que me disculpen mis lectores por recurrir a un truco bloguero tan viejo y tan evidente), quiero aludir a un hecho más humilde y cercano: que en sus treinta meses de vida La Bitácora del Tigre acumula ya en su base de datos nada menos que cuatrocientas entradas, además de doce páginas estáticas. Sale, pues, a algo más de diez entradas al mes, lo que no está del todo mal.

En su día me prometí a mí mismo disparar fuegos artificiales virtuales el día que el blog acumulara un millón de palabras. Ignoro por dónde andará la cifra ahora, porque el plugin que controlaba esta cifra se perdió en alguno de los muchos cambios y transformaciones que ha sufrido la bitácora. No puedo disparar la autoprometida colección de salvas de artillería (y me da pena no hacerlo, porque me encanta el olor de la pólvora), de modo que tendré que conformarme con una celebración más modesta.

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Elogio de la amistad

Cartel de la películaConversaciones con mi jardinero, del director francés Jean Becker, es una película adorable, de la que el espectador sale henchido de entusiasmo por la vida en el campo, con ganas de liarse la manta a la cabeza, comprar una casita con un huerto y dedicarse a cultivar tomates, pimientos y lechugas, mientras se degusta una copa de buen vino, en buena compañía y mejor conversación.

Ésa es su principal virtud, la de un cine sincero, emotivo, simpático y entrañable, y también su principal y tal vez único defecto, porque la película es un canto a un modo de vida que seguramente ya no existe, o que sólo está al alcance de muy pocos. Quién puede permitirse, en efecto, hacer como el protagonista de esta historia: huir de la falsedad y él tráfago de la vida en la ciudad, volver al pueblo de la infancia y dedicarse a pintar en el jardín, mientras se charla de lo divino y lo humano con un jardinero que fue, para mayor coincidencia, el mejor amigo de los años mozos.

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Cartel de la películaUna de las secretas aficiones que he venido cultivando a lo largo de los años es la de aprovechar las vacaciones veraniegas para conocer las salas de cine de otras ciudades. Claro está que con la proliferación de centros comerciales y cadenas de multicines (todas más o menos cortadas por el mismo patrón), ya apenas se encuentran las sorpresas con que mi hermano y yo solíamos toparnos en nuestras vacaciones familiares de verano: salas con butacas decrépitas o inexistentes (sustituidas por bancos, sillas de tijera e incluso asientos que los propios usuarios llevaban consigo), cines al aire libre asaltados por los mosquitos, las tormentas de la estación o, a veces, la barahúnda de alguna fiesta cercana, espacios de fortuna que se montaban apenas con un patio, una pared encalada, un proyector y un par de altavoces de saldo.

Con todo, algo queda de aquellos espectáculos populares y bastante caóticos que a mí tanto me gustaban de nuestros inacabables veranos familiares en Laredo, Salou, Piles o Cambrils. El pasado viernes fui con Pilar a los Multicines Las Salinas, de Chiclana de la Frontera (Cádiz), a la sesión de las 10,35. Nos costó llegar, porque nos perdimos dos veces por las carreteras de conexión, pero al final lo encontramos. Lo primero que me llamó la atención fue la composición y actitud del público: jovencísimo, bullanguero y feliz, desde luego nada parecido a las circunspectas y rígidas audiencias que suelen darse cita en los cines pamploneses que yo frecuento. Por allí se veían parejas de novios (ellos, tatuados, ellas, ombligo al aire, con los inevitables piercings en orejas, labios y ombligos), grupos juveniles y hasta familias enteras, abuela y nietos incluidos. Me sorprendió sobremanera la presencia de niños muy chicos (como dicen los gaditanos), en la sesión nocturna, y la informalidad del público, nada partidario de ocupar el asiento antes del inicio de la película.

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El arranque de este 2006 que apenas si acaba de desperezarse no ha sido demasiado pródigo en sorpresas cinematográficas, y eso que he hecho lo posible por atender la cada vez más variada oferta de las carteleras, con una película canadiense, una italiana, otra francesa y dos norteamericanas. Quería haber añadido a la lista alguna española, aunque no fuera más que por un elemental deber patriótico y para compensar la pérdida de cuota en pantalla que, si hacemos caso de las noticias publicadas en prensa, ha experimentado la cinematografía nacional en 2005. Sin embargo, entre que todavía estoy escarmentado del fiasco de Los 2 lados de la cama, y que ninguno de los títulos españoles disponibles me sedujo lo suficiente, lo he dejado correr.

Cartel de la películaA juzgar por el resultado de mi selección, tengo que concluir que me va fallando el ojo clínico, pues nada de lo que he visto se merece la proverbial descarga de cohetes. La peor, para mi gusto, ha sido la primera película, Tierra de pasiones, una producción histórica canadiense que presenta de forma muy crítica la absorción de la colonia de la Nueva Francia (lo que actualmente es la provincia de Quebec) por parte de la corona inglesa, todo ello entreverado con los vericuetos de una tristísima historia de amores desgraciados por la que pululan en notoria confusión indígenas americanos, colonos franceses e ingleses despiadados. Aunque muy ambiciosa sobre el papel, lo que vemos en la pantalla no pasa de un dramón inconsistente e irregular. Parece ser que la copia que ha llegado a nuestras carteleras estaba muy mutilada con respecto al original, y ello tal vez explique las quiebras de una historia que, a juzgar por lo que yo he visto, carece de atractivo y de gancho.

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El cine de José Luis Garci tiene apasionados partidarios y no menos furibundos detractores. Algunos de estos últimos no le perdonan su independencia, ni el que suela nadar contra corriente tanto en los temas de sus películas como en algunos de sus rasgos estéticos e ideológicos. En lo que a mí concierne, tengo que reconocer que las películas de Garci me dejan un tanto frío. No las he visto todas, así que he de admitir que mis opiniones son un tanto inconsistentes, pero, tal vez con la excepción de El crack, encuentro en ellas una sentimentalidad que no acaba de gustarme.

Todo lo cual no quita para que tenga una alta consideración de José Luis Garci como divulgador cinematográfico y hombre de cultura, sobre todo desde que puso en antena Qué grande es el cine, uno de los pocos programas que merecen la pena en la actual parrilla de la televisión. Se le han señalado muchos defectos de organización y formato -no es el menor su horario, que le ha hecho acreedor a ingeniosas variantes del título, como Qué tarde es el cine-, lo han sometido a innumerables parodias y cuchufletas, pero ahí está, tan sólido e interesante como el primer día, un espacio de cine-fórum que lleva un montón de años en antena, que nos ha ofrecido títulos memorables y que, a diferencia de tantos otros productos televisivos, sabe respetar la inteligencia del espectador.

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