Antes de comenzar mi reseña de la película de Agustín Díaz Yanes, basada en las novelas de Arturo Pérez Reverte, quisiera dar testimonio de la sesión a la que asistí, el pasado día 1 de septiembre, fecha del estreno del filme. La sala de proyección de los multicines Golem de Pamplona, en la sesión de noche, estaba abarrotada, llena hasta la bandera. El público era joven y entusiasta: muchos veinteañeros (y lo sé de buena tinta porque Pilar reconoció en los asientos próximos a unos cuantos ex alumnos), mayoría de espectadoras (¿por Viggo Mortensen o porque ellas son más habituales y mejores lectoras que sus compañeros?) y un evidente clima de ansiedad y expectación. Tras la proyección, seguida en respetuoso silencio por el respetable, sonó un aplauso bastante nutrido, ciertamente no estruendoso, pero desde luego del todo insólito en los pagos cinematográficos que yo frecuento.
La intensa campaña de promoción, el eco mediático de Arturo Pérez-Reverte y la fama adquirida por su serie novelística tienen, sin lugar a dudas, mucho que ver con esta acogida tan llamativa. De hecho, por lo que he podido leer en prensa y a través de Internet (hoy mismo, 6 de septiembre, acabo de ver que Tele 5 ha pagado una página completa de publicidad, en el diario de mayor tirada de España, para agradecer el millón de espectadores que han pasado por taquilla), Alatriste lleva camino de convertirse en uno de los éxitos indiscutibles de la temporada. Las críticas, sin embargo, no parecen tan favorables: he leído pocos juicios abiertamente positivos y sí, en cambio, abundantes exabruptos, amén de unos cuantos análisis que hacen hincapié en aspectos marginales o claramente extracinematográficos.

A juzgar por el resultado de mi selección, tengo que concluir que me va fallando el ojo clínico, pues nada de lo que he visto se merece la proverbial descarga de cohetes. La peor, para mi gusto, ha sido la primera película, Tierra de pasiones, una producción histórica canadiense que presenta de forma muy crítica la absorción de la colonia de la Nueva Francia (lo que actualmente es la provincia de Quebec) por parte de la corona inglesa, todo ello entreverado con los vericuetos de una tristísima historia de amores desgraciados por la que pululan en notoria confusión indígenas americanos, colonos franceses e ingleses despiadados. Aunque muy ambiciosa sobre el papel, lo que vemos en la pantalla no pasa de un dramón inconsistente e irregular. Parece ser que la copia que ha llegado a nuestras carteleras estaba muy mutilada con respecto al original, y ello tal vez explique las quiebras de una historia que, a juzgar por lo que yo he visto, carece de atractivo y de gancho.



