cine musical

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Cartel de la películaEso es lo que significan los versos “The blacker the berry / the sweeter the juice”, vibrante y sugestivo estribillo de “Run And Tell That”, una de las canciones del musical Hairspray, del director Adam Shankman, que vi este jueves. El tema lo interpreta un grupo multitudinario de jóvenes negros, y en él se encuentra una afirmación entusiasta de negritud, como corresponde a una película que formula un vigoroso alegato en pro de la igualdad de las razas y el respeto a la diferencia, pero también el emblema del optimismo y la alegría de vivir que recorren de cabo a rabo este musical divertidísimo y regocijante.

Hairspray narra la historia de Tracy Turnblad, una estudiante bastante entrada en carnes (las alusiones al placer de la comida, muy evidentes en los dos versos que acabo de citar, aparecen continuamente en el film, y son fuente continua de comicidad), que anhela con toda su alma hacerse famosa a través del programa televisivo de baile de Corny Collins. La acción transcurre en 1962, en la ciudad norteamericana de Baltimore, una sociedad rígidamente compartimentada en clases sociales, y todavía más estrictamente separada por el color de la piel de sus habitantes. El show de Corny Collins, escaparate de música para jóvenes blancos que custodia con férreo control la directora del programa, Velma Von Tussle, sólo permite que los negros actúen un día por semana. Pero Tracy no entiende de fronteras musicales o raciales, que consigue derribar poco a poco, gracias a su propio entusiasmo y a la ayuda de su familia y amigos.

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Chicas de ensueño

Cartel de la películaAlguna vez me he preguntado por qué me gusta tanto el musical cinematográfico (el teatral también, pero tengo menos oportunidades de disfrutarlo), género que tiende a suscitar filias y fobias apasionadas, y que raramente es el favorito de los espectadores. La explicación que me doy a mí mismo se parece a la que suelo aducir cuando trato de justificar mi fascinación por las películas de ciencia ficción. Y es que, aunque suene paradójico, el musical y la ciencia ficción se mueven en un terreno semejante, en el que la realidad tiende a cero y lo ficticio a infinito. Musical y ciencia ficción constituyen ficciones en estado (casi) puro, son terreno abonado para las convenciones, pero también para la experimentación, y comparten esa cualidad plástica, sorprendente y gozosa que es característica esencial del espectáculo cinematográfico.

El musical es un género fascinante, pero, al decir de los que saben de cine, también uno de los más difíciles. Dreamgirls, la película de Bill Conlon que acaba de estrenarse en nuestras carteleras, representa un buen ejemplo de tal afirmación. Desde el punto de vista de su discurso visual, de la puesta en escena, de la fotografía y el montaje, por supuesto de la música, que comienza en la órbita del rhythm and blues y acaba en la música disco, es un film espectacular y por momentos arrollador, irresistible. Pero al mismo tiempo constituye un ejemplo de cine irregular y con notorios altibajos, narrativamente inseguro (lo cual no deja de extrañar teniendo en cuenta que su director y guionista escribió también el libreto de otro magnífico musical, Chicago), que no acaba de definir su estructura, y cuyos personajes, con alguna valiosa excepción, tienen cierta tendencia a estancarse en el tópico.

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Media comedia musical

Cartel de la películaEl comienzo de Los 2 lados de la cama da una idea bastante cabal de por dónde van a ir los tiros en esta nueva comedia de Emilio Martínez-Lázaro, continuación o secuela del exitazo de 2002: Lucía Jiménez, tirada sobre la pulida superficie de un gran piano de cola negro, bajo las luces indirectas de uno de esos restaurantes-bares de copas que ahora están de moda, intenta desesperadamente dar réplica a la Michelle Pfeiffer de Los fabulosos Baker Boys, mientras sus amigos y amigas la contemplan embelesados (bueno, algunos más que otros, y no digo más para no reventar la película).

La idea no es mala, pues otorga a la historia un halo de elegante sofisticación muy apropiado para una comedia que se quiere moderna, desinhibida y capaz de sintonizar con los gustos del público joven. Lo que ocurre es que el guión y la realización ponen a Lucía Jiménez en una tesitura imposible, de la que no hay modo de salir con dignidad, porque, digámoslo claramente, ni la música, ni la realización vocal de la actriz, ni la dirección de Emilio Martínez-Lázaro están a la altura de las que pudimos disfrutar en aquel antológico número (tan exagerado, al menos, como el que nos brinda Lucía Jiménez), que la Pfeiffer interpretaba con voz y ademanes gatunos en la película de Steven Kloves.

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