Si usted, amable lector, amable lectora, se cuenta entre quienes acuden al cine de ciento a viento, y quiere apostar sobre seguro, no lo dude: deje ahora mismo todo lo que está haciendo, abríguese, salga de casa y vaya a ver Revolutionary Road, de Sam Mendes (sí, el mismo director de la inimitable e imitadísima American Beauty, de Camino a la perdición, de Jarhead). Todos esos títulos me gustaron (mucho los dos primeros, algo menos el tercero, que reseñé en este blog), pero nada que ver con la fortísima impresión que me ha producido esta cuarta película, para mi gusto la más redonda y completa del director inglés.
Echo de menos no verla mejor representada en la lista de filmes seleccionados para los Oscar 2009, pues sólo cuenta con candidaturas a los galardones al mejor actor de reparto (Michael Shannon, por un papel estupendo, pese a su brevedad), la mejor dirección artística y el mejor vestuario. Yo hubiera añadido al menos otros tres: mejor película y mejores protagonistas masculino y femenino, porque tanto Leonardo DiCaprio como Kate Winslet entregan dos de sus mejores interpretaciones de los últimos años. Sé que estos dos excelentes actores no lo tendrían nada fácil, porque los galardones están sumamente competidos y hay soberbios intérpretes en ambas categorías, pero no parece muy atinado haberlos excluido a ambos, habida cuenta de que Revolutionary Road debe gran parte de su altísimo nivel a las extraordinarias actuaciones de Winslet y DiCaprio.

En las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano
A tenor de lo que vi el viernes en Invasión, cabe concluir que sí, que es probable que lo sea. La doctora Bennell, la distinguida psiquiatra a la que presta su longilínea percha la actriz australiana, es acosada, asediada, asaltada, golpeada y expuesta a toda clase de violencias y terrores, incluso le vomita encima su marido, en una secuencia que debería pasar a la historia del cine como una metáfora del machismo recalcitrante que se resiste a dejar paso a una “feminista posmoderna”, por utilizar la definición que de sí misma ofrece la protagonista en una secuencia clave del film. Y a pesar de todo, Nicole Kidman no pierde nunca el look impecable, de altísima e inabordable estatua de sal, que la caracteriza en sus últimas películas.
Eso es lo que significan los versos “The blacker the berry / the sweeter the juice”, vibrante y sugestivo estribillo de “Run And Tell That”, una de las canciones del musical Hairspray, del director Adam Shankman, que vi este jueves. El tema lo interpreta un grupo multitudinario de jóvenes negros, y en él se encuentra una afirmación entusiasta de negritud, como corresponde a una película que formula un vigoroso alegato en pro de la igualdad de las razas y el respeto a la diferencia, pero también el emblema del optimismo y la alegría de vivir que recorren de cabo a rabo este musical divertidísimo y regocijante.
Nunca he pretendido ser un crítico severo e inmisericorde, más bien al contrario. Como no tengo otros compromisos que los que yo mismo me impongo, veo las películas que me apetecen y leo los libros que de ma la gana, así que generalmente estoy favorablemente predispuesto cuando me siento ante el ordenador para reseñar una obra literaria o cinematográfica. Ocurre con cierta frecuencia, sin embargo, que los buenos propósitos se ven truncados por un título al que es imposible encontrar méritos suficientes para salvarlo de la quema. En tales ocasiones, prefiero callarme la boca y ocuparme de otros temas.
Hace mucho tiempo que no disfrutaba tanto de una película policíaca. De hecho, y con independencia de su adscripción genérica, casi estoy a punto de asegurar que en todo lo que llevo de 2007, sólo 




