cine norteamericano

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Un gran tipo, Sydney Pollack

El viernes fuimos al cine a ver La boda de mi novia, una de esas comedias románticas que tanto nos gustan a Pilar y a mí. La película no es nada del otro jueves, pues no se aparta un milímetro del marco convencional y predecible de este tipo de historias, con su estructura mil veces repetida de chico-encuentra-chica, chico-pierde-chica, chico-recupera-chica. Con todo, se deja ver con agrado (el desfile de actores y actrices muy atractivos, encabezado por el telegénico Patrick Dempsey, ayuda lo suyo) y resulta entretenida y hasta por momentos graciosa.

Lo más interesante de La boda de mi novia, en cualquier caso, fue contemplar en la pantalla la última actuación de uno de los grandes de la cinematografía norteamericana de las últimas décadas: Sydney Pollack, director, actor, guionista, productor y hombre de cine en toda la extensión del término. A pesar de la enfermedad que ya minaba sus fuerzas cuando rodó las tres o cuatro secuencias en que interviene, Pollack está genial en su papel de padre del joven playboy al que da vida Patrick Dempsey. Su personaje, lúcido, vitalista, con un punto de jovial autoironía (hace falta mucho valor para hacer chistes a propósito de su propia salud), inunda la pantalla con una afirmación de optimismo y energía, y se come en todas y cada una de sus intervenciones al más bien soso Dempsey.

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Se nos fue Richard Widmark

Era uno de esos actores del cine norteamericano que todos los espectadores recuerdan, aunque no consigan acordarse de su nombre y apellido. No muy alto, muy rubio, siempre recio y viril, con una singular apostura cuando vestía traje y sombrero, yo tengo en la memoria la imagen vivísima de Richard Widmark, protagonista de muchas tardes lluviosas de los sábados y los domingos, durante aquellos años en que la televisión en blanco y negro congregaba ante su escueta programación de dos canales a toda la familia.

Es obvio que Widmark no disfrutaba del glamour y la prestancia de otros actores del cine clásico de Hollywood, pero tampoco me cabe la menor duda de que poseía un carisma especial. Desde muy pequeño siempre me sorprendió el fuego que ardía en cada uno de sus gestos y miradas. Interpretara papeles de héroe o de villano, de soldado, aventurero, detective o médico, aquel fuego interno estaba siempre en sus actuaciones, agazapado y a la espera de inundar la pantalla con una explosión de rabia, de ira o de contenido y tenso dramatismo.

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Cartel de la películaEn las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano Richard Matheson, y Expiación: más allá de la pasión, de Joe Wright, adaptación de la obra del novelista inglés Ian McEwan. El hecho de que ambas adaptaciones mantengan el título original de las novelas es una de las pocas cosas que los dos films tienen en común, pues los presupuestos de los que han partido sus respectivos guionistas no pueden ser más distintos. Por cierto, me gustaría utilizar esta tribuna para protestar por el postizo cursi y ridículo que la distribuidora española ha añadido al hermosísimo título de las obras de McEwan y Wright, y que sólo puede explicarse como una muestra de desconfianza en la capacidad del público hispanohablante para entender el sentido del término. Que la industria cinematográfica española nos trate como idiotas es ofensivo (en el ámbito anglosajón no se ha hecho lo mismo, como puede verse en el cartel original, a pesar de que el sustantivo inglés “atonement” es tanto o más desacostumbrado que “expiación”), por mucho que un servidor, a la luz de su experiencia como docente, esté tentado de considerar que la mencionada suposición tiene bastante de verosímil.

Otro de los escasísimos elementos comunes a Soy leyenda y Expiación es la fructífera relación de los autores de ambas novelas con el cine. De la pluma de Matheson han salido muchos guiones para películas y series de televisión, pero también varias novelas y relatos que inspiraron títulos muy famosos: además de la citada Soy leyenda, que con la de Lawrence ha conocido tres versiones en la gran pantalla, se pueden citar films como El increíble hombre menguante, El diablo sobre ruedas o En algún lugar del tiempo; los aficionados harán bien en consultar a este respecto la página que dedica la IMDB a la actividad cinematográfica del escritor. Tampoco Ian McEwan es un recién llegado al séptimo arte, pues al menos cuatro de sus novelas se han llevado al cine (El placer del viajero, Amor perdurable, El jardín de cemento y El inocente), amén de varios relatos breves; por supuesto, la IMDB también dedica su correspondiente página a los avatares fílmicos de las obras del novelista inglés. Aunque las películas basadas en los textos de McEwan hayan tenido hasta la fecha una recepción más bien minoritaria, parece que con Atonement-Expiación se ha roto la tendencia, pues la cinta de Joe Wright ha tenido una acogida entusiasta (y a McEwan no la falló el olfato en este caso, pues ha participado en el rodaje del film en calidad de productor ejecutivo).

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Cartel de la películaA tenor de lo que vi el viernes en Invasión, cabe concluir que sí, que es probable que lo sea. La doctora Bennell, la distinguida psiquiatra a la que presta su longilínea percha la actriz australiana, es acosada, asediada, asaltada, golpeada y expuesta a toda clase de violencias y terrores, incluso le vomita encima su marido, en una secuencia que debería pasar a la historia del cine como una metáfora del machismo recalcitrante que se resiste a dejar paso a una “feminista posmoderna”, por utilizar la definición que de sí misma ofrece la protagonista en una secuencia clave del film. Y a pesar de todo, Nicole Kidman no pierde nunca el look impecable, de altísima e inabordable estatua de sal, que la caracteriza en sus últimas películas.

Que conste que yo no tengo nada contra ella, antes al contrario. A mí me gusta mucho, como actriz y como mujer, qué diablos, aunque tengo la impresión de que con el correr de los años se ha ido desnaturalizando, y perdiendo ese punto de turbia y elegante perversidad que la hacía tan atractiva en películas como Calma total, Malicia, Prácticamente magia y, sobre todo, Eyes Wide Shut. Convertida en uno de los últimos exponentes del glamour hollywoodense, cada vez se la ve más pluscuamperfecta, pero también más estirada, más fría. Además, por mucho que se esfuerce, la Kidman resulta rotundamente increíble en papeles de heroína de acción (en Invasión hay una secuencia delirante, cuando la doctora Bennell trata de huir de Baltimore, con el coche prácticamente enterrado por los cuerpos de los no-humanos que quieren hacer que se duerma y despierte convertida en una de ellos), especialmente cuando el guión trata de hacerlos compatibles con las funciones de madre-abnegada-pero-al-mismo-tiempo-profesional-intachable, como pretende la película de Oliver Hirschbiegel.

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Homenaje a Deborah Kerr

Era la actriz favorita de mi madre y supongo que, a consecuencia de una evidente proyección edípica, también una de mis intérpretes predilectas. Alta, pelirroja, de discreta y sutil hermosura, elegantísima siempre en su vestuario y en sus maneras, con una especie de tímida altivez muy característica y una voz preciosa, fue una intérprete extraordinaria, aunque con bastante mala suerte: nada menos que seis veces la nombraron candidata al Oscar como mejor actriz, pero nunca obtuvo la dorada estatuilla, hasta que en 1994 la Academia de Cine le concedió un Oscar honorífico en reconocimiento a su carrera.

Aunque no fuera una de las estrellas más rutilantes del firmamento hollywoodiense, Deborah Kerr mantuvo una trayectoria cinematográfica muy distinguida y de altísimo nivel. Trabajó con directores tan ilustres como el dúo Michael Powell-Emeric Pressburger, Alexander Korda, Jack Conway, George Cukor, Mervyn LeRoy, Joseph Leo Mankiewicz, Fred Zinnemann, Vincente Minnelli, John Houston, Leo McCarey, Otto Premigner, Delbert Mann, Anatole Litvak, Henry King, Stanley Donen o Elia Kazan. Y si se repasa su filmografía, con títulos como Mayor Barbara, Vida y muerte del coronel Blimp, Separación peligrosa, Narciso negro, Edward, mi hijo, Las minas del Rey Salomón, Quo Vadis, El prisionero de Zenda, Tempestad en Oriente, La esposa soñada, De aquí a la eternidad, La reina virgen, Julio César, Vivir un gran amor, El rey y yo, Los héroes también lloran, Té y simpatía, Sólo Dios lo sabe, Tú y yo, Mesas separadas, Buenos días tristeza, Rojo atardecer, Días sin vida, Tres vidas errantes, Página en blanco, Sombras de sospecha, Suspense (The Innocents), Mujer sin pasado, La noche de la iguana, Divorcio a la americana, Casino Royale, El ojo del diablo, Temerarios del aire, El compromiso, resulta francamente difícil encontrar entre sus más de cincuenta películas un título fallido o una producción de dudosa calidad.

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Cuanto más negra la baya, más dulce el jugo

Cartel de la películaEso es lo que significan los versos “The blacker the berry / the sweeter the juice”, vibrante y sugestivo estribillo de “Run And Tell That”, una de las canciones del musical Hairspray, del director Adam Shankman, que vi este jueves. El tema lo interpreta un grupo multitudinario de jóvenes negros, y en él se encuentra una afirmación entusiasta de negritud, como corresponde a una película que formula un vigoroso alegato en pro de la igualdad de las razas y el respeto a la diferencia, pero también el emblema del optimismo y la alegría de vivir que recorren de cabo a rabo este musical divertidísimo y regocijante.

Hairspray narra la historia de Tracy Turnblad, una estudiante bastante entrada en carnes (las alusiones al placer de la comida, muy evidentes en los dos versos que acabo de citar, aparecen continuamente en el film, y son fuente continua de comicidad), que anhela con toda su alma hacerse famosa a través del programa televisivo de baile de Corny Collins. La acción transcurre en 1962, en la ciudad norteamericana de Baltimore, una sociedad rígidamente compartimentada en clases sociales, y todavía más estrictamente separada por el color de la piel de sus habitantes. El show de Corny Collins, escaparate de música para jóvenes blancos que custodia con férreo control la directora del programa, Velma Von Tussle, sólo permite que los negros actúen un día por semana. Pero Tracy no entiende de fronteras musicales o raciales, que consigue derribar poco a poco, gracias a su propio entusiasmo y a la ayuda de su familia y amigos.

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Vikingos fantasmagóricos

Cartel de la película Nunca he pretendido ser un crítico severo e inmisericorde, más bien al contrario. Como no tengo otros compromisos que los que yo mismo me impongo, veo las películas que me apetecen y leo los libros que de ma la gana, así que generalmente estoy favorablemente predispuesto cuando me siento ante el ordenador para reseñar una obra literaria o cinematográfica. Ocurre con cierta frecuencia, sin embargo, que los buenos propósitos se ven truncados por un título al que es imposible encontrar méritos suficientes para salvarlo de la quema. En tales ocasiones, prefiero callarme la boca y ocuparme de otros temas.

Salvo cuando uno siente que le han robado la cartera o le han tomado el pelo, como me ocurrió ayer tras acabar la proyección de El guía del desfiladero, película del director alemán Marcus Nispel que se estrenó en las carteleras cinematográficas españolas hace apenas dos semanas. Para no andarme por las ramas, diré que El guía del desfiladero es una película francamente mala, más aún si se compara con el título homónimo del noruego Nils Gaup, que gozó de cierta fama a finales de los años ochenta (se estrenó en 1987), y al cual esta producción norteamericana se remite en calidad de versión o remake.

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Un policíaco extraordinario

Cartel de la películaHace mucho tiempo que no disfrutaba tanto de una película policíaca. De hecho, y con independencia de su adscripción genérica, casi estoy a punto de asegurar que en todo lo que llevo de 2007, sólo La vida de los otros y El buen pastor (un rotundo film de Robert de Niro, del que lamento mucho no haber tratado en su día en este blog), me han gustado más que Zodiac, de David Fincher. El cineasta norteamericano ha logrado un policíaco ejemplar, intenso y singularmente verosímil, en el que la larga duración (más de dos horas y media) y la complejidad de la trama no son un impedimento para el disfrute del espectador, sino, antes bien, un vigoroso acicate.

Pocos directores y todavía menos guionistas se habrían atrevido con una historia como la que cuenta esta película, un auténtico tour de force de la planificación cinematográfica (el paralelismo con ese monumento narrativo que es el JFK de Oliver Stone, señalado por alguna crítica, es del todo pertinente), pues no es fácil dar con el tono y la estructura narrativa capaces de orientar al espectador por entre los vericuetos de una investigación policial que, tras la pista de los crímenes cometidos por un asesino en serie en el área de la bahía de San Francisco, entre finales de los sesenta y principios de la siguiente década, se extendió a lo largo de nada menos que veinte años.

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El velo pintado

Cartel de la películaEl pasado jueves ironizaba sobre mi transitoria fascinación por las exquisiteces orientales. Hoy tengo que añadir a la lista de japoneserías y coreanidades que elaboré entonces una deliciosa y romántica chinoiserie. Me refiero, claro está, a El velo pintado, la película de John Curran que se estrenó en nuestras pantallas el pasado viernes, a cuya proyección acudí urgido por un argumento incontestable: “con el frío y el aire que hace, yo sólo me muevo de casa para ver El velo pintado“, me dijo Pilar.

Conste que aunque hubiera hecho una noche primaveral también me hubiera convencido su retórica, porque, aunque no tanto como a ella, también a mí me gustan las películas de amor y lujo (aclaro, para quienes no la hayan visto, que en El velo pintado hay menos lujo que amor). No es que las pretenda como un plato diario, pero de vez en cuando me agrada ver una comedia o un drama de ambientación victoriana o eduardiana, de esos que los directores de la época dorada de Hollywood sabían hacer con los ojos cerrados, y cuya práctica todavía no se ha olvidado en cinematografías como la inglesa o la francesa.

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Iwo Jima desde el lado japonés

Cartel de la películaComo ya señalé al final de mi reseña de Banderas de nuestros padres, aguardaba con gran expectación el estreno de la segunda parte de ese interesantísimo díptico sobre la batalla de Iwo Jima que ha dirigido Clint Eastwood. El pasado viernes vi Cartas desde Iwo Jima (por cierto, ¿por qué se ha traducido el título al español y en cambio no se ha doblado la película?), aunque en condiciones que estaban lejos de ser idóneas: en una sala pequeña, de butacas incómodas, perdiendo en cada secuencia la mitad del diálogo debido a la altura y corpulencia de la persona que se sentaba delante de mí (si algún espectador ha sufrido padecimientos semejantes le vendrá bien el resumen del argumento que aparece en la entrada correspondiente de la versión inglesa de la Wikipedia, spoilers incluidos), y rogando silenciosamente por que ese señor se deslizara a lo largo de su asiento, lo cual no ocurrió hasta mediada la proyección.

Admito que mi desazón e incomodidad ante el film de Eastwood tal vez se deban a razones tan poco cinematográficas como las que acabo de citar, pero lo cierto es que Cartas desde Iwo Jima me pareció una película excesivamente larga y pesada, una historia áspera, de sequedad y dureza extremas, practicante obsesiva de una estética hermética, claustrofóbica y minimalista que presenta continuas dificultades al espectador, por lo general nada fáciles de superar. No es, por otra parte, nada nuevo en la cinematografía de Clint Eastwood, un director cuya tendencia al despojamiento, la esencialidad y la contención narrativa no ha hecho sino intensificarse en sus últimos títulos (véanse Mystic River y Million Dollar Baby) y, en el caso de Cartas desde Iwo Jima, desbordar la opción estética, convirtiéndose en seña de identidad y hasta en principio de afirmación ideológica.

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