Nunca he pretendido ser un crítico severo e inmisericorde, más bien al contrario. Como no tengo otros compromisos que los que yo mismo me impongo, veo las películas que me apetecen y leo los libros que de ma la gana, así que generalmente estoy favorablemente predispuesto cuando me siento ante el ordenador para reseñar una obra literaria o cinematográfica. Ocurre con cierta frecuencia, sin embargo, que los buenos propósitos se ven truncados por un título al que es imposible encontrar méritos suficientes para salvarlo de la quema. En tales ocasiones, prefiero callarme la boca y ocuparme de otros temas.
Salvo cuando uno siente que le han robado la cartera o le han tomado el pelo, como me ocurrió ayer tras acabar la proyección de El guía del desfiladero, película del director alemán Marcus Nispel que se estrenó en las carteleras cinematográficas españolas hace apenas dos semanas. Para no andarme por las ramas, diré que El guía del desfiladero es una película francamente mala, más aún si se compara con el título homónimo del noruego Nils Gaup, que gozó de cierta fama a finales de los años ochenta (se estrenó en 1987), y al cual esta producción norteamericana se remite en calidad de versión o remake.

Hace mucho tiempo que no disfrutaba tanto de una película policíaca. De hecho, y con independencia de su adscripción genérica, casi estoy a punto de asegurar que en todo lo que llevo de 2007, sólo 
Como ya señalé al final de mi reseña de
Alguna vez me he preguntado por qué me gusta tanto el musical cinematográfico (el teatral también, pero tengo menos oportunidades de disfrutarlo), género que tiende a suscitar filias y fobias apasionadas, y que raramente es el favorito de los espectadores. La explicación que me doy a mí mismo se parece a la que suelo aducir cuando trato de justificar mi fascinación por las películas de ciencia ficción. Y es que, aunque suene paradójico, el musical y la ciencia ficción se mueven en un terreno semejante, en el que la realidad tiende a cero y lo ficticio a infinito. Musical y ciencia ficción constituyen ficciones en estado (casi) puro, son terreno abonado para las convenciones, pero también para la experimentación, y comparten esa cualidad plástica, sorprendente y gozosa que es característica esencial del espectáculo cinematográfico.
En una de las conversaciones que mantienen el escólico Hockenberry y Ulises, este último secuestrado por los robots moravecs con misteriosos propósitos (es parte del capítulo 37 de Olympo, de Dan Simmons, cuya relectura continúo a marchas forzadas, interrumpida por notas que son a cada paso más prolijas y enmarañadas), el héroe aqueo pregunta al escólico por la participación del padre de éste en la batalla de Okinawa:
Voy al cine con mucha frecuencia y casi todos los días veo alguna película (o algún fragmento) de mi colección de vídeos, DVDs y DivXs. También suelo leer sobre cine, aunque no con tanta regularidad ni detalle como me gustaría y me haría falta para rellenar los grandes huecos que tiene mi limitada experiencia de espectador. Me considero un aficionado al séptimo arte, de gustos amplios y populares, y en modo alguno un experto, ni mucho menos una autoridad en materia cinematográfica, por mucho que algunos lectores de este blog (y de
Creo que en esta ocasión el título de la reseña era casi inevitable, porque La dalia negra, la película de
Si usted, estimado lector, pertenece al grupo de quienes sólo van al cine un par de veces por temporada, y seleccionan con especial cuidado la oferta de las carteleras, no lo dude: United 93, la reconstrucción cinematográfica de uno de los vuelos que los terroristas islámicos secuestraron el 11 de septiembre de 2001, es una de las películas más importantes del año (lo cual no significa que sea una de las mejores), una película que hay que ver, casi por obligación, aunque sólo sea como recordatorio de una virtud del cine que las nuevas generaciones, educadas en un vertiginoso carrusel audiovisual, casi han olvidado: la de propiciar con sus imágenes una emoción intensa, casi dolorosa, que se agarra a las entrañas y le deja a uno conmovido y exhausto.
Todos los elogios que se escriban sobre Cars, la última película de animación de los estudios Disney-Pixar, se quedan cortos: ingeniosa, brillante, emocionante, asombrosa, divertida, entretenidísima… Añádense, sin ningún rubor, cuantos adjetivos sean menester, porque el filme de John Lasseter y John Ranft los merece. Es, sin lugar a dudas, una de esas películas para ir al cine, comprar un cuenco grande de palomitas y disfrutar a lo grande. Una película que deja al espectador con la boca abierta, como un pasmao, desde el primer fotograma hasta el último. Hasta el último, y lo subrayo, porque en los títulos de crédito finales (que ningún aficionado al cine digno de tal nombre debería perderse) hay unas cuantas sorpresas.



