cine norteamericano

Está navegando por las entradas correspondientes a la etiqueta cine norteamericano.

Cartel de la película Nunca he pretendido ser un crítico severo e inmisericorde, más bien al contrario. Como no tengo otros compromisos que los que yo mismo me impongo, veo las películas que me apetecen y leo los libros que de ma la gana, así que generalmente estoy favorablemente predispuesto cuando me siento ante el ordenador para reseñar una obra literaria o cinematográfica. Ocurre con cierta frecuencia, sin embargo, que los buenos propósitos se ven truncados por un título al que es imposible encontrar méritos suficientes para salvarlo de la quema. En tales ocasiones, prefiero callarme la boca y ocuparme de otros temas.

Salvo cuando uno siente que le han robado la cartera o le han tomado el pelo, como me ocurrió ayer tras acabar la proyección de El guía del desfiladero, película del director alemán Marcus Nispel que se estrenó en las carteleras cinematográficas españolas hace apenas dos semanas. Para no andarme por las ramas, diré que El guía del desfiladero es una película francamente mala, más aún si se compara con el título homónimo del noruego Nils Gaup, que gozó de cierta fama a finales de los años ochenta (se estrenó en 1987), y al cual esta producción norteamericana se remite en calidad de versión o remake.

Continuar leyendo »

Cartel de la películaHace mucho tiempo que no disfrutaba tanto de una película policíaca. De hecho, y con independencia de su adscripción genérica, casi estoy a punto de asegurar que en todo lo que llevo de 2007, sólo La vida de los otros y El buen pastor (un rotundo film de Robert de Niro, del que lamento mucho no haber tratado en su día en este blog), me han gustado más que Zodiac, de David Fincher. El cineasta norteamericano ha logrado un policíaco ejemplar, intenso y singularmente verosímil, en el que la larga duración (más de dos horas y media) y la complejidad de la trama no son un impedimento para el disfrute del espectador, sino, antes bien, un vigoroso acicate.

Pocos directores y todavía menos guionistas se habrían atrevido con una historia como la que cuenta esta película, un auténtico tour de force de la planificación cinematográfica (el paralelismo con ese monumento narrativo que es el JFK de Oliver Stone, señalado por alguna crítica, es del todo pertinente), pues no es fácil dar con el tono y la estructura narrativa capaces de orientar al espectador por entre los vericuetos de una investigación policial que, tras la pista de los crímenes cometidos por un asesino en serie en el área de la bahía de San Francisco, entre finales de los sesenta y principios de la siguiente década, se extendió a lo largo de nada menos que veinte años.

Continuar leyendo »

El velo pintado

Cartel de la películaEl pasado jueves ironizaba sobre mi transitoria fascinación por las exquisiteces orientales. Hoy tengo que añadir a la lista de japoneserías y coreanidades que elaboré entonces una deliciosa y romántica chinoiserie. Me refiero, claro está, a El velo pintado, la película de John Curran que se estrenó en nuestras pantallas el pasado viernes, a cuya proyección acudí urgido por un argumento incontestable: “con el frío y el aire que hace, yo sólo me muevo de casa para ver El velo pintado“, me dijo Pilar.

Conste que aunque hubiera hecho una noche primaveral también me hubiera convencido su retórica, porque, aunque no tanto como a ella, también a mí me gustan las películas de amor y lujo (aclaro, para quienes no la hayan visto, que en El velo pintado hay menos lujo que amor). No es que las pretenda como un plato diario, pero de vez en cuando me agrada ver una comedia o un drama de ambientación victoriana o eduardiana, de esos que los directores de la época dorada de Hollywood sabían hacer con los ojos cerrados, y cuya práctica todavía no se ha olvidado en cinematografías como la inglesa o la francesa.

Continuar leyendo »

Cartel de la películaComo ya señalé al final de mi reseña de Banderas de nuestros padres, aguardaba con gran expectación el estreno de la segunda parte de ese interesantísimo díptico sobre la batalla de Iwo Jima que ha dirigido Clint Eastwood. El pasado viernes vi Cartas desde Iwo Jima (por cierto, ¿por qué se ha traducido el título al español y en cambio no se ha doblado la película?), aunque en condiciones que estaban lejos de ser idóneas: en una sala pequeña, de butacas incómodas, perdiendo en cada secuencia la mitad del diálogo debido a la altura y corpulencia de la persona que se sentaba delante de mí (si algún espectador ha sufrido padecimientos semejantes le vendrá bien el resumen del argumento que aparece en la entrada correspondiente de la versión inglesa de la Wikipedia, spoilers incluidos), y rogando silenciosamente por que ese señor se deslizara a lo largo de su asiento, lo cual no ocurrió hasta mediada la proyección.

Admito que mi desazón e incomodidad ante el film de Eastwood tal vez se deban a razones tan poco cinematográficas como las que acabo de citar, pero lo cierto es que Cartas desde Iwo Jima me pareció una película excesivamente larga y pesada, una historia áspera, de sequedad y dureza extremas, practicante obsesiva de una estética hermética, claustrofóbica y minimalista que presenta continuas dificultades al espectador, por lo general nada fáciles de superar. No es, por otra parte, nada nuevo en la cinematografía de Clint Eastwood, un director cuya tendencia al despojamiento, la esencialidad y la contención narrativa no ha hecho sino intensificarse en sus últimos títulos (véanse Mystic River y Million Dollar Baby) y, en el caso de Cartas desde Iwo Jima, desbordar la opción estética, convirtiéndose en seña de identidad y hasta en principio de afirmación ideológica.

Continuar leyendo »

Chicas de ensueño

Cartel de la películaAlguna vez me he preguntado por qué me gusta tanto el musical cinematográfico (el teatral también, pero tengo menos oportunidades de disfrutarlo), género que tiende a suscitar filias y fobias apasionadas, y que raramente es el favorito de los espectadores. La explicación que me doy a mí mismo se parece a la que suelo aducir cuando trato de justificar mi fascinación por las películas de ciencia ficción. Y es que, aunque suene paradójico, el musical y la ciencia ficción se mueven en un terreno semejante, en el que la realidad tiende a cero y lo ficticio a infinito. Musical y ciencia ficción constituyen ficciones en estado (casi) puro, son terreno abonado para las convenciones, pero también para la experimentación, y comparten esa cualidad plástica, sorprendente y gozosa que es característica esencial del espectáculo cinematográfico.

El musical es un género fascinante, pero, al decir de los que saben de cine, también uno de los más difíciles. Dreamgirls, la película de Bill Conlon que acaba de estrenarse en nuestras carteleras, representa un buen ejemplo de tal afirmación. Desde el punto de vista de su discurso visual, de la puesta en escena, de la fotografía y el montaje, por supuesto de la música, que comienza en la órbita del rhythm and blues y acaba en la música disco, es un film espectacular y por momentos arrollador, irresistible. Pero al mismo tiempo constituye un ejemplo de cine irregular y con notorios altibajos, narrativamente inseguro (lo cual no deja de extrañar teniendo en cuenta que su director y guionista escribió también el libreto de otro magnífico musical, Chicago), que no acaba de definir su estructura, y cuyos personajes, con alguna valiosa excepción, tienen cierta tendencia a estancarse en el tópico.

Continuar leyendo »

Cartel de la películaEn una de las conversaciones que mantienen el escólico Hockenberry y Ulises, este último secuestrado por los robots moravecs con misteriosos propósitos (es parte del capítulo 37 de Olympo, de Dan Simmons, cuya relectura continúo a marchas forzadas, interrumpida por notas que son a cada paso más prolijas y enmarañadas), el héroe aqueo pregunta al escólico por la participación del padre de éste en la batalla de Okinawa:

-¿No alardeaba de su valentía ni le describió la batalla a su hijo? -pregunta Odiseo, incrédulo-. No me extraña que te convirtieras en filósofo en vez de en guerrero.
-Nunca la mencionaba -dice Hockenberry-. Yo sabía que había estado en la guerra, pero descubrí que había participado en la batalla de Okinawa, sólo años más tarde, leyendo antiguas cartas de recomendación de su oficial en jefe, un teniente no mucho mayor que mi padre cuando combatieron. Yo estaba a punto de licenciarme en clásicas por entonces, así que utilicé mis habilidades como investigador para aprender algo sobre la batalla donde mi padre recibió un corazón púrpura y una estrella de plata.
[...]
-Me sorprende no haber oído hablar nunca de esa guerra -dice Odiseo, tendiéndole al escólico un nuevo odre de vino-. Pero, de todas formas, debes estar orgulloso de tu padre, hijo de Duane. Tu pueblo debe de haber tratado a los vencedores de esa batalla como a dioses. Se cantarán canciones al respecto durante siglos en torno a vuestras hogueras. Los nombres de los hombres que combatieron y lucharon allí serán conocidos por los nietos de los nietos de los héroes, y los detalles de cada combate individual serán cantados por bardos y poetas.
-Lo cierto -dice Hockenberry, dando un largo trago- es que casi todo el mundo en mi país ha olvidado ya esta batalla.

Continuar leyendo »

Portada del libroVoy al cine con mucha frecuencia y casi todos los días veo alguna película (o algún fragmento) de mi colección de vídeos, DVDs y DivXs. También suelo leer sobre cine, aunque no con tanta regularidad ni detalle como me gustaría y me haría falta para rellenar los grandes huecos que tiene mi limitada experiencia de espectador. Me considero un aficionado al séptimo arte, de gustos amplios y populares, y en modo alguno un experto, ni mucho menos una autoridad en materia cinematográfica, por mucho que algunos lectores de este blog (y de Lengua en Secundaria), lo sostengan, con insistencia seguramente digna de mejor causa.

Desde esta perspectiva de modesto aficionado y decidido admirador de algunos cineastas “populares”, entre ellos Steven Spielberg, me alegra sobremanera haberme encontrado con este libro de Javier Ortega, que además de estar muy bien escrito (y eso siempre supone una nota añadida en mi valoración de cualquier libro), contribuye a salvar la distancia, a veces abismal, que media entre la recepción de las obras cinematográficas por parte de la crítica especializada, y la acogida que suele proporcionarles el gran público.

Continuar leyendo »

Una dalia marchita

Cartel de la películaCreo que en esta ocasión el título de la reseña era casi inevitable, porque La dalia negra, la película de Brian de Palma que se estrenó el pasado viernes con gran despliegue de promoción en nuestras carteleras, no cumple, ni de lejos, las expectativas creadas entre los aficionados al cine negro, ni resiste tampoco la comparación con aquella magistral película del género que fue La dalia azul.

Casi nada de lo esencial en una película funciona adecuadamente en esta lujosísima producción: el argumento puede competir en enrevesamiento con el de cualquiera de los originales novelísticos de James Ellroy, pero sin la singular intensidad de aquéllos; las interpretaciones son difusas, carentes de la fuerza y la capacidad de convicción que exige este tipo de historias, y la ambientación, a pesar de la riqueza de medios y la belleza de la fotografía, resulta a menudo algo artificiosa y manierista (no sé si en ello habrá tenido que ver el hecho de que el Hollywood de 1947, escenario de los sucesos que relata la película, haya sido recreado a partir de un rodaje que se llevó a cabo en Sofía, Bulgaria).

Continuar leyendo »

No se la pierdan

Cartel de la películaSi usted, estimado lector, pertenece al grupo de quienes sólo van al cine un par de veces por temporada, y seleccionan con especial cuidado la oferta de las carteleras, no lo dude: United 93, la reconstrucción cinematográfica de uno de los vuelos que los terroristas islámicos secuestraron el 11 de septiembre de 2001, es una de las películas más importantes del año (lo cual no significa que sea una de las mejores), una película que hay que ver, casi por obligación, aunque sólo sea como recordatorio de una virtud del cine que las nuevas generaciones, educadas en un vertiginoso carrusel audiovisual, casi han olvidado: la de propiciar con sus imágenes una emoción intensa, casi dolorosa, que se agarra a las entrañas y le deja a uno conmovido y exhausto.

El director de cine británico Paul Greengrass (de quien conozco Domingo sangriento, que me gustó mucho y El mito de Bourne, sobre la que tengo un recuerdo muy impreciso) ha logrado con United 93 una película de enorme tensión nerviosa, que genera en los espectadores una inquietud y un desasosiego insólitos. Ese logro no es en absoluto desdeñable si se tiene en cuenta que casi cualquier persona que tome asiento en la sala de proyección sabe de sobra cuáles son los hechos que en el filme se relatan, conoce su desenlace y muchos de los detalles de la trama. Greengrass, perfectamente consciente de esta circunstancia, renuncia desde el principio a cualquier especulación o elemento de sorpresa y se dedica a lo que le interesa: encerrar al espectador entre los límites de una estructura dramática eficacísima, de la que sólo le libera el estremecedor y terrible plano negro del final.

Continuar leyendo »

Cartel de la películaTodos los elogios que se escriban sobre Cars, la última película de animación de los estudios Disney-Pixar, se quedan cortos: ingeniosa, brillante, emocionante, asombrosa, divertida, entretenidísima… Añádense, sin ningún rubor, cuantos adjetivos sean menester, porque el filme de John Lasseter y John Ranft los merece. Es, sin lugar a dudas, una de esas películas para ir al cine, comprar un cuenco grande de palomitas y disfrutar a lo grande. Una película que deja al espectador con la boca abierta, como un pasmao, desde el primer fotograma hasta el último. Hasta el último, y lo subrayo, porque en los títulos de crédito finales (que ningún aficionado al cine digno de tal nombre debería perderse) hay unas cuantas sorpresas.

A pesar del género al que pertenece, tan socorrido en las programaciones del entretenimiento infantil, aconsejo a los espectadores que vayan a ver la película sin niños. O, mejor dicho, que la vean dos veces: una con niños de cierta edad (a los muy pequeños se les hará inevitablemente larga), y otra en compañía de adultos. Mi consejo es fruto de la experiencia: en la sesión a la que asistimos Pilar y yo, un sufrido padre se pasó toda la película teniendo que explicar a su hijo de cuatro o cinco años un montón de detalles de la historia, de la puesta en escena y de los personajes, porque al pobre crío se le escapaban. Y fíjense si será buena la película, que aun a pesar de tantas interrupciónes didácticas el padre fue, entre todos los miembros de su familia, quien más y mejores carcajadas soltó a lo largo de los 121 minutos de la proyección.

Continuar leyendo »

§