comedia

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Debe de ser verdad que el clima está cambiando, porque llevamos unos años que en Pamplona (de la que la tradición afirma que sólo tiene dos estaciones, “el invierno y la de la Renfe”) el mes de junio nos ataca con tórridas oleadas de calor. Nada mejor para combatirlo que refugiarse en un cine, a salvo de las vaharadas de aire africano, de las terrazas ruidosamente superpobladas y de las moscas.

Si el calor persiste durante toda la semana, el espectador contumaz puede plantearse ir al cine durante varias jornadas consecutivas, lo cual tiene sus riesgos (las refrigeraciones acaban pasando factura), pero también sus compensaciones. Y entre estas últimas cabe apuntar la práctica de arriesgadas combinaciones, la mezcla de elementos heteróclitos, que no siempre convencen, pero al menos sirven para desconcertar a quienes confían en el buen juicio del aficionado y esperan verle aferrado a criterios cinematográficos sólidos como rocas.

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Cartel de la películaÚltimamente parece como si el cine español no fuera capaz de ingeniar una comedia sobre las relaciones de pareja sin acudir a un planteamiento que, a fuer de repetido, ha acabado por convertirse en un cómodo estereotipo, cuando no en una concesión a la corrección política: los hombres son irresponsables, indecisos y cantamañanas (o bien unos perfectos calzonazos), y las mujeres ejemplos indiscutibles de las virtudes de la sensatez y la responsabilidad.

Que el estereotipo tiene una parte considerable de verdad no puede negarlo nadie, sobre todo si, como es mi caso, ha tenido contacto directo con las aulas de Secundaria y Bachillerato, donde, por cada chico sensato y cabal, hay una docena de compañeras ejemplares. También es cierto que a la comedia le sientan bien los tópicos, y que de ellos se han nutrido siempre sus mejores hallazgos, lo cual no quita para que, de vez en cuando, sea bienvenido un cambio de aires.

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El arranque de este 2006 que apenas si acaba de desperezarse no ha sido demasiado pródigo en sorpresas cinematográficas, y eso que he hecho lo posible por atender la cada vez más variada oferta de las carteleras, con una película canadiense, una italiana, otra francesa y dos norteamericanas. Quería haber añadido a la lista alguna española, aunque no fuera más que por un elemental deber patriótico y para compensar la pérdida de cuota en pantalla que, si hacemos caso de las noticias publicadas en prensa, ha experimentado la cinematografía nacional en 2005. Sin embargo, entre que todavía estoy escarmentado del fiasco de Los 2 lados de la cama, y que ninguno de los títulos españoles disponibles me sedujo lo suficiente, lo he dejado correr.

Cartel de la películaA juzgar por el resultado de mi selección, tengo que concluir que me va fallando el ojo clínico, pues nada de lo que he visto se merece la proverbial descarga de cohetes. La peor, para mi gusto, ha sido la primera película, Tierra de pasiones, una producción histórica canadiense que presenta de forma muy crítica la absorción de la colonia de la Nueva Francia (lo que actualmente es la provincia de Quebec) por parte de la corona inglesa, todo ello entreverado con los vericuetos de una tristísima historia de amores desgraciados por la que pululan en notoria confusión indígenas americanos, colonos franceses e ingleses despiadados. Aunque muy ambiciosa sobre el papel, lo que vemos en la pantalla no pasa de un dramón inconsistente e irregular. Parece ser que la copia que ha llegado a nuestras carteleras estaba muy mutilada con respecto al original, y ello tal vez explique las quiebras de una historia que, a juzgar por lo que yo he visto, carece de atractivo y de gancho.

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Dos historias morales

Cartel de la películaHistorias morales, sí, aunque sin moralina, son las que presentan dos recientes películas inglesas, Match Point, del director norteamericano Woody Allen, y El jardinero fiel, del brasileño Fernando Meirelles. Son historias densas, conflictivas, nada complacientes con los usos habituales del cine de consumo masivo, puesto que obligan al espectador a sacudirse la modorra y a tomar partido ante las situaciones que plantean. Son, además, dos películas magníficamente realizadas –más clásica y pausada la de Allen, más nerviosa y de narración menos lineal la de Meirelles–, con guiones sólidos, puesta en escena impecable e interpretaciones excelentes, cuya huella sobre la memoria perdura mucho tiempo después de que el espectador haya abandonado la sala de proyección.

Y no es hablar por hablar. Cuando uno sale de Match Point, se queda pensando largamente en esa especie de Ripley con conciencia de culpa que es el personaje de Chris Wilton, un parvenue de la alta sociedad británica, cuya ambición no es incompatible con la fascinación que suscita entre todos los que le conocen, y hasta con cierta paradójica decencia. Con una fascinación semejante, aunque de signo muy distinto, acoge el espectador la figura de ese espléndido personaje que es el diplomático Justin Quayle, protagonista de El jardinero fiel, un hombre recto y de conciencia íntegra, cuyo tristísimo final provoca una sensación de duelo y compasión que no se agota en el patio de butacas.

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El caso Torrente

Cartel de la películaEl pasado día 20 de septiembre asistí en Pamplona a una conferencia-coloquio, organizada por el Ateneo Navarro, sobre la comedia en el cine. Acabado el turno de los ponentes, el moderador les preguntó si consideraban que existía una protección excesiva de los críticos al cine que se hace en nuestro país. Al principio, las respuestas fueron cautelosas, pero en cuanto entraron en calor, los tres invitados se soltaron el pelo, con juicios bastante demoledores no sólo sobre la salud del actual cine español, sino sobre esa especie de prurito que afecta a muchos críticos, al parecer convencidos de que poner por escrito lo que piensan en su fuero interno es un comportamiento poco menos que indeseable.

Se citaron casos flagrantes –alguna de las películas presentadas en el Festival de Cine de San Sebastián, por ejemplo, de la que todo el mundo echaba pestes, aunque al día siguiente tales juicios no aparecieran en los medios de comunicación por ningún lado– y se sacó a colación algún otro tema polémico, como es el de las subvenciones públicas al cine español. Uno de los tertulianos, Eduardo Torres-Dulce, defendió la política de intervención pública sobre la industria con argumentos que yo mismo he utilizado en más de una ocasión (véase, por ejemplo, mi reseña de Semen). Otro de los ponentes, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo, aportó datos muy precisos sobre la escuálida proporción de los ingresos de taquilla que recauda el cine español, ferozmente acosado por las películas norteamericanas, y acabó manifestando su esperanza de la que las cifras del inminente estreno de Torrente 3 maquillaran, al menos provisionalmente, el desastre económico que el año 2005 va a suponer para nuestro cine.

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Cartel de la películaDe las dos obras teatrales de Miguel Mihura que José Luis Garci y Horacio Valcárcel han refundido y adaptado para elaborar el guión de Ninette -Ninette y un señor de Murcia y Ninette, modas de París- sólo conozco la primera, que acabé de releer ayer (la película la vi el sábado). No tengo todos los elementos de juicio, pues, para valorar en su justa medida los entresijos de la adaptación, aunque me aventuro a afirmar, basándome en mi conocimiento de la primera comedia, que Ninette es bastante fiel al tono e intención de las dos comedias y, por supuesto, a sus textos.

La fidelidad de Garci al espíritu y a la letra de las comedias de Mihura (que no parece casual, pues la película celebra explícitamente, tras los títulos de crédito, el centenario del nacimiento del autor madrileño) tal vez explique un hecho curioso relacionado con la recepción de Ninette, y es el de que numerosos juicios de críticos y espectadores parecen ignorar los antecedentes literarios de la película o, si los conocen, se han dedicado a aplicar al cineasta la propiedad transitiva de la teoría de conjuntos, volcando sobre él los reproches ideológicos o estéticos que en su caso tal vez habría que imputar a Mihura.

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Cartel de la películaNo tengo nada contra el cine español, ni contra la política de subvenciones, que siempre me ha parecido justa y necesaria, incluso cuando uno oye o lee denuncias sobre los abusos que al abrigo de tal iniciativa se practican (alguna prensa cavernícola ha hecho de este asunto uno de sus filones más productivos, tristemente a mi modo de ver). Si se subvencionan los museos, y los clubs de fútbol, y toda suerte de asociaciones presuntamente educativas y culturales, ¿por qué no el cine, que tantos buenos ratos nos ha hecho pasar a tanta gente?

Me gusta bastante menos que algunos miembros del gremio cinematográfico nacional utilicen el púlpito que el público les concede, gracias a su trayectoria profesional, para erigirse en portavoces de causas que poco o nada tienen que ver con el sueldo que indirectamente les pagamos los espectadores. Algunos creen que esta práctica está detrás de la creciente deserción de espectadores que sufren las películas españolas, aunque a mí tal explicación me parece simplista y más bien peregrina. Repito, eso de que los actores y artistas se apropien del papel de santones de la corrección política me parece un abuso, pero estoy dispuesto a tragármelo como tantos otros vicios contemporáneos, habida cuenta de que no son los únicos en proceder así (en este país nuestro cualquiera se atreve a opinar sobre los temas más abstrusos), y que la epidemia tiene visos de contagiarse rápidamente.

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Cartel de la películaEl boca a boca funciona de vez en cuando como un sistema de promoción inmejorable. Yo, que no hago mucho caso de la tele, que apenas si he visto un par de las delirantes parodias de Homo zapping, no había prestado demasiada atención a Tapas, una producción española, dirigida y escrita por José Corbacho (el mismo showman del programa de Antena 3 que fustiga a media humanidad con sus tronchantes imitaciones) y Juan Cruz. Me la recomendaron vivamente, y fui a verla antesdeayer, con ciertas prevenciones que se desvanecieron a los cinco segundos de comenzar la película.

Tapas consigue que el espectador se identifique con su historia, con el ambiente que retrata, con su riquísima galería de personajes, desde los primeros fotogramas. Hay una poderosa corriente de autenticidad, de vida bulliciosa y un tanto anárquica, que recorre todo el filme con una fuerza avasalladora. Y hasta las sensaciones físicas que emanan del retrato de la vida de barrio -rodada en Santa Eulàlia, en L’Hospitalet de Llobregat, que es el barrio donde nacieron y se criaron sus directores-, el calor sofocante, la luz intensa, mediterránea, el apiñamiento, la bullanga, los sonidos de la calle, son inmediatas, poderosas y creíbles.

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Cartel de la películaEl sábado cometimos un pecado que algunos considerarán imperdonable: a eso de las diez y pico de la noche, después de ver la primera parte y unos minutos de la segunda de la final de Copa (Osasuna-Betis), salimos de casa para ir al cine, con la conciencia un poco culpable por abandonar a nuestro equipo a merced de las hordas verdiblancas. Mientras nos tomábamos el café habitual antes de la proyección, nos enteramos de que el Betis había marcado su primer gol. Sin embargo, no supimos del desenlace (1-2) hasta después de terminada la película.

Quizá nos podríamos haber ahorrado el viaje, permanecer pegaditos a la pequeña pantalla y seguir animando a Osasuna. Quién sabe si con dos aficionados más al otro lado del monitor, empujando vigorosamente, los chicos de Aguirre (a quien tanto admira Pilar, por su educación y por su delicioso acento mejicano), no se hubieran traído la Copa del Rey a la Plaza del Castillo. Y digo que nos podríamos haber ahorrado el viaje y el precio de la entrada porque la película de Mike Barker, a pesar de su espléndido reparto, de su lujosa producción y de sus credenciales (nada menos que una nueva versión de El abanico de Lady Windermere, del magistral Oscar Wilde), le deja a uno bastante frío. No tanto como a los hinchas rojillos tras el definitivo gol de Dani, pero desde luego que a mucha distancia del entusiasmo de la afición del Betis.

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Al menos, si se trata de hacer una película. Conviene tener a mano una historia, un guión mínimamente coherente y unos actores que se crean, aunque sea con las reservas mentales de rigor, lo que están haciendo. Si estos elementos fallan, lo que resulta es un bodrio, por mucho que su apariencia (el look, como se dice ahora), sea muy enrollada y muy moderna.

Viene todo lo anterior a propósito de la película Be Cool (la he visto traducida como ‘Quédate tranquilo’, aunque yo prefiero una versión algo más literal, ‘Sé guay’), de F. Gary Gray, protagonizada por John Travolta y Uma Thurman, que vi ayer, con la esperanza más bien escasa -ya había leído alguna crítica muy acerba- de repetir las buenas vibraciones que me produjo en su día Cómo conquistar Hollywood, que en gran medida fue obra del mismo equipo que ha intervenido en Be Cool.

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