Debe de ser verdad que el clima está cambiando, porque llevamos unos años que en Pamplona (de la que la tradición afirma que sólo tiene dos estaciones, “el invierno y la de la Renfe”) el mes de junio nos ataca con tórridas oleadas de calor. Nada mejor para combatirlo que refugiarse en un cine, a salvo de las vaharadas de aire africano, de las terrazas ruidosamente superpobladas y de las moscas.
Si el calor persiste durante toda la semana, el espectador contumaz puede plantearse ir al cine durante varias jornadas consecutivas, lo cual tiene sus riesgos (las refrigeraciones acaban pasando factura), pero también sus compensaciones. Y entre estas últimas cabe apuntar la práctica de arriesgadas combinaciones, la mezcla de elementos heteróclitos, que no siempre convencen, pero al menos sirven para desconcertar a quienes confían en el buen juicio del aficionado y esperan verle aferrado a criterios cinematográficos sólidos como rocas.

Últimamente parece como si el cine español no fuera capaz de ingeniar una comedia sobre las relaciones de pareja sin acudir a un planteamiento que, a fuer de repetido, ha acabado por convertirse en un cómodo estereotipo, cuando no en una concesión a la corrección política: los hombres son irresponsables, indecisos y cantamañanas (o bien unos perfectos calzonazos), y las mujeres ejemplos indiscutibles de las virtudes de la sensatez y la responsabilidad.
A juzgar por el resultado de mi selección, tengo que concluir que me va fallando el ojo clínico, pues nada de lo que he visto se merece la proverbial descarga de cohetes. La peor, para mi gusto, ha sido la primera película, Tierra de pasiones, una producción histórica canadiense que presenta de forma muy crítica la absorción de la colonia de la Nueva Francia (lo que actualmente es la provincia de Quebec) por parte de la corona inglesa, todo ello entreverado con los vericuetos de una tristísima historia de amores desgraciados por la que pululan en notoria confusión indígenas americanos, colonos franceses e ingleses despiadados. Aunque muy ambiciosa sobre el papel, lo que vemos en la pantalla no pasa de un dramón inconsistente e irregular. Parece ser que la copia que ha llegado a nuestras carteleras estaba muy mutilada con respecto al original, y ello tal vez explique las quiebras de una historia que, a juzgar por lo que yo he visto, carece de atractivo y de gancho.
Historias morales, sí, aunque sin moralina, son las que presentan dos recientes películas inglesas, Match Point, del director norteamericano Woody Allen, y El jardinero fiel, del brasileño Fernando Meirelles. Son historias densas, conflictivas, nada complacientes con los usos habituales del cine de consumo masivo, puesto que obligan al espectador a sacudirse la modorra y a tomar partido ante las situaciones que plantean. Son, además, dos películas magníficamente realizadas –más clásica y pausada la de Allen, más nerviosa y de narración menos lineal la de Meirelles–, con guiones sólidos, puesta en escena impecable e interpretaciones excelentes, cuya huella sobre la memoria perdura mucho tiempo después de que el espectador haya abandonado la sala de proyección.
El pasado día 20 de septiembre asistí en Pamplona a una conferencia-coloquio, organizada por el Ateneo Navarro, sobre la comedia en el cine. Acabado el turno de los ponentes, el moderador les preguntó si consideraban que existía una protección excesiva de los críticos al cine que se hace en nuestro país. Al principio, las respuestas fueron cautelosas, pero en cuanto entraron en calor, los tres invitados se soltaron el pelo, con juicios bastante demoledores no sólo sobre la salud del actual cine español, sino sobre esa especie de prurito que afecta a muchos críticos, al parecer convencidos de que poner por escrito lo que piensan en su fuero interno es un comportamiento poco menos que indeseable.
De las dos obras teatrales de Miguel Mihura que José Luis Garci y Horacio Valcárcel han refundido y adaptado para elaborar el guión de Ninette -Ninette y un señor de Murcia y Ninette, modas de París- sólo conozco la primera, que acabé de releer ayer (la película la vi el sábado). No tengo todos los elementos de juicio, pues, para valorar en su justa medida los entresijos de la adaptación, aunque me aventuro a afirmar, basándome en mi conocimiento de la primera comedia, que Ninette es bastante fiel al tono e intención de las dos comedias y, por supuesto, a sus textos.
No tengo nada contra el cine español, ni contra la política de subvenciones, que siempre me ha parecido justa y necesaria, incluso cuando uno oye o lee denuncias sobre los abusos que al abrigo de tal iniciativa se practican (alguna prensa cavernícola ha hecho de este asunto uno de sus filones más productivos, tristemente a mi modo de ver). Si se subvencionan los museos, y los clubs de fútbol, y toda suerte de asociaciones presuntamente educativas y culturales, ¿por qué no el cine, que tantos buenos ratos nos ha hecho pasar a tanta gente?
El boca a boca funciona de vez en cuando como un sistema de promoción inmejorable. Yo, que no hago mucho caso de la tele, que apenas si he visto un par de las delirantes parodias de Homo zapping, no había prestado demasiada atención a Tapas, una producción española, dirigida y escrita por José Corbacho (el mismo showman del programa de Antena 3 que fustiga a media humanidad con sus tronchantes imitaciones) y Juan Cruz. Me la recomendaron vivamente, y fui a verla antesdeayer, con ciertas prevenciones que se desvanecieron a los cinco segundos de comenzar la película.
El sábado cometimos un pecado que algunos considerarán imperdonable: a eso de las diez y pico de la noche, después de ver la primera parte y unos minutos de la segunda de la final de Copa (Osasuna-Betis), salimos de casa para ir al cine, con la conciencia un poco culpable por abandonar a nuestro equipo a merced de las hordas verdiblancas. Mientras nos tomábamos el café habitual antes de la proyección, nos enteramos de que el Betis había marcado su primer gol. Sin embargo, no supimos del desenlace (1-2) hasta después de terminada la película.



