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Hoy publica El País en la sección de “Sociedad” uno de esos artículos de titular escandaloso y tono más o menos apocalíptico que tanto gustan a los teóricos de la prensa escrita. El artículo se titula “El ciberespacio se come al libro”, y después de examinar algunas cifras -”en el mundo hay tal cantidad de información digital que, con ella impresa, se podría envolver el planeta cuatro veces”, “en 2006 se crearon 161.000 millones de gigabytes de información”, “los particulares producen el 70% de los contenidos”-, ofrece un negro panorama sobre las posibilidades de los sistemas de almacenamiento actualmente existentes para archivar ese creciente y oceánico caudal de información.

Menos mal, me he dicho a mí mismo. Porque, seamos serios, esa inundación de teras, petas y exas que se nos viene encima está formada en un porcentaje enorme por contenidos de escaso o nulo interés de cara a su conservación para la posteridad: chafardeo, blablablá, refritos (“sólo una cuarta parte es original”, señala el matutino), pichorradicas diversas en distintos estados de cocción. Si de repente desapareciera la especie humana de la faz de la tierra y mágicamente se conservara toda su producción digital, una especie alienígena que viniera a ocupar nuestro nicho ecológico y recogiera nuestros (sub)productos digitales comprobaría con asombro la inveterada y sistemática afición del ser humano por la tontería y el cachondeo.

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Los proyectos gubernamentales contra la piratería y en favor (supuestamente) de la protección de los derechos de autor comienzan a tocar las narices a mucha gente. No tengo nada contra las medidas en contra de quienes se lucran con la piratería discográfica o con la copia indiscriminada de material protegido por copyright; es más, me parece que tales medidas son de justicia. Al fin y al cabo, también yo he sufrido algún modesto ataque contra mis derechos de autor.

Ahora bien, que ministros y ministras se echen en brazos de la industria del entretenimiento y se conviertan en simples propagandistas de los intereses de la SGAE y de las organizaciones gremiales queda más que feo. Da la impresión de que con las últimas iniciativas legales están pagando favores previos (recordemos la oposición de muchos actores, cantantes y artistas a la guerra de Irak) y construyendo el marco legal que haga posible una red de subvenciones encubiertas y de protección clientelar.

Las leyes deben proteger la cultura, sí, pero promoviendo su máxima difusión, no poniendo puertas al campo. No se puede penalizar a los ciudadanos (con canon para todo, para discos duros, para líneas ADSL y por ese camino vamos a llegar hasta gravar los lapiceros), sino proporcionarles las infraestructuras y las medidas legales que les permitan disfrutar los bienes de la cultura y difundir sus obras en las mejores condiciones.

Manifiesto por la Liberación de la CulturaPor eso, os animo a todos a que os suméis al Manifiesto por la Liberación de la Cultura, una iniciativa muy interesante que no ha hecho más que comenzar, pero que ya ha sumado miles de adhesiones.

El anuncio de Google de que tiene la intención de digitalizar un porrón de millones de libros para volcarlos en su ubicuo y omnipotente buscador es una de las noticias más interesantes que han aparecido por la Red en los últimos tiempos. “El sueño de cualquier bibliotecario a un clic de ratón”, dicen unos; “otro efecto del imperialismo cultural yanqui que amenaza nuestra singularidad cultural”, afirman otros.

Que se haga pronto, digo yo, y que cunda el ejemplo cuanto antes: digitalización de todo lo que merezca la pena, no sólo de los fondos de bibliotecas norteamericanas, y puesta a disposición, para todos los internautas, de forma gratuita y universal, de esas miríadas de libros y documentos acumulados por la humanidad desde su origen, que en muchos casos no hacen más que coger polvo en los anaqueles de las bibliotecas.

Podéis ver una interesante discusión sobre este asunto en Barrapunto.