correctores ortográficos

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En la entrada del pasado 30 de mayo hice alguna esquiva referencia a mi implicación en un proyecto de plataforma de blogs basada en WordPress MU. Sin prisas, pero sin pausas (hemos tomado buena nota de las observaciones de Luis Barriocanal, a quien deseo expresar mi reconocimiento por sus consejos y por su Planeta Educativo, víctima de prácticas nada edificantes) la aventura sigue adelante, sorteando numerosos escollos y atascos. De unos y otros vamos saliendo gracias a una mezcla de técnicas y habilidades en la que intervienen, en proporciones nada fáciles de precisar, la experiencia con WordPress, las habilidades informáticas y, por supuesto, la cabezonería.

En la citada entrada señalaba los quebraderos de cabeza que nos dio el editor visual de WordPress MU, basado en TinyMCE, cuyo módulo de corrección ortográfica en castellano no conseguimos que funcionara satisfactoriamente. Pues bien, me alegra poder decir que esos problemas se han visto superados gracias al talento de Miguel Ríos Martín, mi jefe en la Sección de Nuevas Tecnologías del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra.

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En el último número de la revista Personal Computer & Internet he leído un artículo sobre aplicaciones web en el que se mencionan un par de recursos muy útiles. El primero es Orangoo spell check, un corrector ortográfico multi-idiomas que permite comprobar la corrección de un texto. Admite 27 lenguas distintas, el castellano y el catalán entre ellas, y es realmente fácil de utilizar.

El segundo recurso, que sólo recomiendo a los colegas que tengan formación lingüística, es Topicalizer, un servicio que automáticamente analiza un documento (se puede hacer por URL o copiando y pegando el texto), y ofrece datos estadísticos muy interesantes: conteo de palabras, oraciones y párrafos, densidad léxica, palabras claves, legibilidad e incluso un resumen del contenido del texto. Aunque la herramienta ha sido diseñada desde la perspectiva de la lengua inglesa, permite analizar textos en castellano (hay que tener en cuenta que la información aparece en inglés).

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Por A pie de aula, de Lourdes Doménech, que a su vez toma la noticia de Palabrotas, me enteré hace unos días de la existencia de Eres lo que escribes, eres como escribes, una bitácora empeñada en llevar a cabo una “Campaña a favor de escribir con una correcta ortografía en los blogs”. No soy muy partidario de adherirme con el correspondiente logotipo a iniciativas variadas (en su momento estuve a punto de sumarme a la del Comité contra las faltas voluntarias y el lenguaje SMS, aunque finalmente lo dejé correr), pero desde luego que estoy de acuerdo con los fines y objetivos de cuantas campañas se lleven a cabo para difundir en la blogosfera la exigencia de una correcta expresión escrita (no sólo ortográfica, por cierto), como muestra de respeto al prójimo, de compromiso con un instrumento de comunicación social tan esencial como el lenguaje escrito, y como indicio de pulcritud intelectual y valoración del trabajo bien hecho.

Si estos valores son importantes para cualquier persona que mantenga un sitio web o un blog, resultan del todo imprescindibles en la blogosfera educativa, y todavía más en ese sector de bitácoras protagonizado por los docentes de lengua y literatura. Que un profesor o profesora haga públicos textos mal escritos tiene poca defensa: queda mal ante el público general, queda horriblemente mal ante sus compañeros y, sobre todo, difunde entre los miembros de la comunidad educativa (alumnos, familias) un ejemplo de lo más pernicioso.

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Los chandríos de los correctores ortográficos

Repasando hoy una lista de centros educativos, me he encontrado con una curiosidad: el corrector ortográfico, al toparse con la secuencia “C.P. Arturo Campión” y no reconocer el apellido de este famoso prócer navarro, ha decidido por su cuenta y riesgo proponer una solución tan original como chocante: “C.P. Arturo Campeón”. No ha sido una errata mía, porque tengo impresa una versión anterior del documento, que utilicé como borrador para hacer unas anotaciones, y en ella no aparece el error. Seguramente, el procesador de textos cambió el término que no reconocía en la versión final del documento, y yo no advertí su intromisión. Por si acaso, y para evitar mosqueos y susceptibilidades, he enviado a los destinatarios de la lista una aclaración sobre la denominación correcta del centro.

Es cierto que don Arturo Campión Jaimebon (Kanpion en la transcripción de su primer apellido al euskera) fue todo un campeón en la defensa de la foralidad navarra y la lengua vasca (como ya he dicho, un colegio público de la capital navarra lleva su nombre), pero estoy seguro de que el corrector ortográfico de mi procesador de textos no es tan listo como para proponer un juego de palabras de semejante sofisticación.

Quién sabe cuántas veces nos habrán dejado con el culo al aire los correctores ortográficos, que a menudo hacen de su capa un sayo en todo lo que afecta a antropónimos, topónimos y otros nombres propios. No me atrevo a proponer a los docentes de lengua blogueros otro meme de desbarajustes o destrozos (que es lo que significa el aragonesismo chandrío, tan usado en Navarra) ocasionados por los correctores, pues ya tuvieron bastante con mi propuesta de ripios, pero a lo mejor les apetece publicar alguna sabrosa anécdota para complementar la mía, que a su vez sigue la estela de los gazapos consagrados por Lourdes Domenech, hace unos días, en A pie de aula.

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