cultura y civilización romana

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Portada del libroLos que nos hemos criado a los pechos de Astérix y Obélix recordamos con júbilo uno de los leitmotiv más esperados de sus aventuras: esas viñetas minuciosas (casi hacía falta una lupa para apreciar todos sus detalles), que representaban “el glorioso espectáculo de la legión romana maniobrando”. Recuerdo también que alguna de las muchas lecturas que dediqué a los álbumes de Uderzo y Goscinny estuvo exclusivamente dedicada a buscar las imágenes de las formaciones de la legión –en cuadro, en círculo, en tortuga–, que inevitablemente acababan destrozadas por los embates de los héroes galos.

De esas formaciones y de las estrategias de combate adoptadas por las legiones romanas en los tiempos del Imperio hay un par de ejemplos espléndidos, narrados con gran brío y convicción, en La boca del Nilo, última novela de León Arsenal. Sólo por asistir al despliegue de las unidades que forman parte de la expedición o vexillatio enviada por el emperador Nerón, hacia el año 66 de nuestra era, en busca del nacimiento del gran río africano, merecería la pena leer esta entretenidísima novela. Novela histórica, hay que apresurarse a precisar, ma non troppo, ya que los hechos reales en que está basada apenas están documentados, lo cual permite a su autor grandes libertades en el planteamiento de la historia, en el dibujo de los personajes y en el desenlace.

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En la entrada anterior, escrita (¡con faltas de ortografía!, por culpa del teclado italiano) desde un cibercafé de Florencia, prometía volver a la carga el veinticinco de julio, tras el parón vacacional por tierras del Sur de Francia y la Toscana italiana. Como puede comprobarse, habrá que sumar ésta a la larga lista de mis promesas incumplidas o aplazadas. Hombre, tengo algunas excusas: la fatiga del turista, lo inapropiado de una fecha como la festividad de Santiago Apóstol para retomar la bitácora, lo áspero de volver a la normalidad después de tanto día de “dolce far niente”.

Y eso que de “far niente” es sólo un modo de hablar: apenas un par de horas de playa (en la abarrotadísima de Cannes, que me puso de muy mal humor) y otra de piscina para mí, mientras Pilar echaba la siesta, y para de contar. El resto del tiempo lo hemos invertido en las inevitables obligaciones del turista con pretensiones: recorrer parajes pintorescos, fotografiar monumentos, guardar no menos monumentales colas, leer guías como quien lee los sagrados evangelios, dar vueltas y más vueltas a los mapas en los traicioneros cruces de las carreteras comarcales y, a veces, disfrutar de una merecida recompensa gastronómica en un coqueto restorán.

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