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Los chandríos de los correctores ortográficos

Repasando hoy una lista de centros educativos, me he encontrado con una curiosidad: el corrector ortográfico, al toparse con la secuencia “C.P. Arturo Campión” y no reconocer el apellido de este famoso prócer navarro, ha decidido por su cuenta y riesgo proponer una solución tan original como chocante: “C.P. Arturo Campeón”. No ha sido una errata mía, porque tengo impresa una versión anterior del documento, que utilicé como borrador para hacer unas anotaciones, y en ella no aparece el error. Seguramente, el procesador de textos cambió el término que no reconocía en la versión final del documento, y yo no advertí su intromisión. Por si acaso, y para evitar mosqueos y susceptibilidades, he enviado a los destinatarios de la lista una aclaración sobre la denominación correcta del centro.

Es cierto que don Arturo Campión Jaimebon (Kanpion en la transcripción de su primer apellido al euskera) fue todo un campeón en la defensa de la foralidad navarra y la lengua vasca (como ya he dicho, un colegio público de la capital navarra lleva su nombre), pero estoy seguro de que el corrector ortográfico de mi procesador de textos no es tan listo como para proponer un juego de palabras de semejante sofisticación.

Quién sabe cuántas veces nos habrán dejado con el culo al aire los correctores ortográficos, que a menudo hacen de su capa un sayo en todo lo que afecta a antropónimos, topónimos y otros nombres propios. No me atrevo a proponer a los docentes de lengua blogueros otro meme de desbarajustes o destrozos (que es lo que significa el aragonesismo chandrío, tan usado en Navarra) ocasionados por los correctores, pues ya tuvieron bastante con mi propuesta de ripios, pero a lo mejor les apetece publicar alguna sabrosa anécdota para complementar la mía, que a su vez sigue la estela de los gazapos consagrados por Lourdes Domenech, hace unos días, en A pie de aula.

Siempre que me toca explicar el tema de los mecanismos de creación de palabras, suelo proponer a los chavales un juego bastante divertido: que inventen un acrónimo eficaz y verosímil basado en su primer apellido. Pongamos un ejemplo sobre el mío, “Larequi”, que podría equivaler a “Liga Asturiana de Reporteros Expertos en Quelonios, Úrsidos e Insectívoros” (un acrónimo bastante improbable, se nota que estoy un poco desentrenado).

Evidentemente, la eficacia, y aun la mera posibilidad técnica de poner en práctica esta actividad, dependen en gran medida de la naturaleza de los antropónimos; en una clase donde predominen los apellidos como “Lara”, “Merino” o “García” los alumnos aceptarán la actividad de buen grado. Ahora bien, como abunden los “Aguirremenezcorta”, “Urruticoechea” o “Miláns del Bosch”, a lo mejor los chavales le tiran piedras a su profe.

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Desde hace muy pocos días, el Diccionario Panhispánico de Dudas, al que en su momento ya dediqué la correspondiente entrada en La Bitácora del Tigre, está disponible para consulta online en la web de la RAE. Basta con dirigirse a http://buscon.rae.es/dpdI para tener al alcance de la mano (o del ratón), las utilísimas funciones de este magnífico diccionario, con todo su aparato, sus apéndices y normas de uso.

He hecho unas cuantas búsquedas de prueba, y todo funciona a la perfección. Por supuesto, el usuario debe tener en cuenta la naturaleza especializada del diccionario (que sólo incluye las entradas que ofrecen dificultades singulares), para no empeñarse en buscar en él lo que no contiene. Pero incluso si lo hace, metiendo en el campo del formulario una palabra inocua, el motor de búsqueda ofrece una o varias alternativas “problemáticas”. Una estupenda solución, que demuestra lo bien que hacen las cosas en la Docta Casa.

Sólo se me ocurre un reparo minúsculo a tan loable iniciativa: ¿no hay forma de que la web de la RAE prescinda de los molestísimos marcos?

La caja de herramientas del escritor

Portada del libroTal vez la metáfora esté un poco traída por los pelos (había pensado utilizar la del botiquín de primeros auxilios, que probablemente es todavía peor), pero así es como yo veo el Diccionario panhispánico de dudas, que Pilar y yo compramos hace tres semanas, al poco de inaugurarse El Corte Inglés de Pamplona, cuya sección de librería, dicho sea de paso, me pareció bastante pobre. Desde entonces, lo he utilizado bastante y, me alegra mucho decirlo, a plena satisfacción.

En las casi 850 páginas del libro se encuentra gran parte del utillaje necesario para alguien con vocación de salir en los papeles (otra metáfora inoportuna, teniendo en cuenta la naturaleza de este blog, término que aparece muy justamente remitido por el Diccionario al castizo y en mi opinión mucho más expresivo de bitácora). Nada más comprarlo, lo sometí a una prueba que para mí siempre ha sido de fuego: la explicación de la diferencia entre adonde y a donde, cuya minuciosa distinción nunca he conseguido retener más allá de los quince o veinte minutos posteriores a la consulta (seguro que los profesores que imparten el área de Lengua en los institutos de Secundaria se hacen cargo de lo que se sufre cuando hay que abordar el asunto). Desde que me enteré de que la Academia “admite como correcto el empleo indistinto de ambas formas” (pp. 22-23), me siento más libre y más desinhibido a la hora de sentarme ante el backend de la bitácora (el extranjerismo, como era previsible por su especialización, no aparece en el Diccionario) y ponerme a teclear como un poseso.

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Tesauro en OpenOffice 2 y Firefox 1.5

Logotipo de OpenOffice2El pasado día 3 de noviembre, en mi breve reseña de la suite OpenOffice 2, di cuenta de la falta de un diccionario de sinónimos en su versión española. El pasado viernes, mientras preparaba un tutorial de la instalación de la suite, con destino a la web del PNTE, comprobé que el tesauro ya está disponible, que es tan fácil de instalar como sus hermanos de la serie (mediante la ya conocida macro DicOOo.sxw, de Laurent Godard, que ahora se invoca desde el menú Archivo –> Asistentes –> Instalar diccionarios nuevos), y que funciona perfectamente. Por cierto, los problemas de instalación que señalaba en la citada reseña eran culpa mía, no de la aplicación. Cuando uno no lee las instrucciones que figuran bien claras en el cuadro de diálogo del instalador, pasa lo que pasa.

Ya no hay excusa, pues, para utilizar el Writer de OpenOffice como procesador de textos de cabecera. Es cierto que el tesauro todavía no es tan potente como el de Microsoft Office, y que se podría haber mejorado su accesibilidad (para encontrar un sinónimo hay que ir al menú Herramientas –> Idiomas –> Sinónimos, o pulsar Ctrl + F7, pero esta última opción hay que aprenderla de memoria), por ejemplo mediante una pulsación del botón derecho, pero esto es peccata minuta. Lo que desde luego tiene mucho valor es la existencia de una aplicación que, por un coste prácticamente igual a cero, nos resuelve la existencia a los que nos pasamos varias horas al día tecleando sin parar en el procesador de textos.

Logotipo de FirefoxEl viernes también pude comprobar que la versión 1.5 del navegador Firefox ya está circulando por la web, por supuesto en castellano. Ligero, potente, fácilmente configurable y con opciones que, hoy por hoy, no están disponibles en Microsoft Explorer, poco se puede decir del simpático navegador del zorro que no sepa casi todo el mundo. Ahora sólo queda probarlo a fondo durante los próximos días, y recomendárselo a los amigos y conocidos.

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