Doctor en Alaska

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Cuatro meses en Cicely, Alaska

Hoy es un día grande en La Bitácora del Tigre. Pilar Gavín, a quien tantas veces he nombrado en el blog, se ha atrevido ¡por fin! a publicar una larga y sentida entrada sobre la serie Doctor en Alaska, que hemos visto los dos juntos, a lo largo de las últimas semanas (estoy intentando convencerla de que abra su propio blog, o al menos que colabore en el mío con una sección regular). No quiero aburrir a la audiencia de este blog con una extensa presentación. Sólo diré que Pilar es profesora de Lengua Castellana y Literatura en un colegio de Pamplona, en el que lleva veintitantos años bregando con inagotables generaciones de alumnos. Os podéis imaginar de qué hablamos cuando volvemos del trabajo.


Durante cuatro meses, aproximadamente, hemos compartido tantos buenos ratos con los personajes y las historias de la serie Doctor en Alaska que hablamos de ellos como si fuesen del círculo de íntimos. La hora de la cena se ha convertido en el momento cálido del día, cuando después de los avatares de la jornada viene el descanso y el reencuentro con la tranquilidad. El lugar mágico es Cicely, una pequeña ciudad en Alaska, de apenas 700 habitantes, adonde llega un joven médico, Joel Fleischman, “condenado” a trabajar allí para amortizar la beca que en su momento financió sus estudios de Medicina. Joel es un judío neoyorquino (de Manhattan, para más señas) maniático, escrupuloso, un tanto snob, que deja atrás una novia a la que adora. No es extraño que cuando la “condena” le hace entrar en contacto con la población variopinta y singular de Cicely se produzcan choques dignos de la mejor comedia moderna. Y es allí donde me hubiera gustado estar, capítulo a capítulo, con Joel y el resto de la fauna humana que desfila a lo largo de las seis temporadas y más de cien capítulos de la serie.

Confieso que la serie me trae inevitablemente a la memoria las vacaciones de la infancia y juventud en un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conocía, donde todo el mundo hablaba del vecino y donde, de vez en cuando, la llegada de alguien nuevo suponía una fuente inagotable de murmuraciones y expectación. Así que las historias y gentes de Cicely, su bar, su tienda, sus reuniones, sus problemas, sus fiestas, me han atrapado tanto que ahora el hueco de esos buenos ratos resulta difícil de llenar. Es la misma sensación triste (a mí me ha sobrevenido muchas veces) que deja tras sí el final de un buen libro.

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