Donna Leon

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Placer victoriano, placer veneciano

Algo que me gusta de los veranos es que, sin proponérmelo y sin especiales esfuerzos, descubro o redescubro algún pequeño placer relacionado con la lectura. El verano pasado fue Brooklyn Follies de Paul Auster, y hace unos cuantos quedé completamente atrapada por el crimen victoriano de Anne Perry, especialmente con la serie del inspector Thomas Pitt. En principio, me atrajo lo propio del género (el crimen, las pistas, los sospechosos), pero la trama, la investigación y el suspense no eran lo más atractivo. Y así empecé una relación afectiva con aquel Londres de finales del XIX, donde Pitt y su esposa Charlotte diseccionan pasiones, analizan almas atormentadas y denuncian el mal en sus múltiples facetas.

Agotadas las existencias de Anne Perry, he dado con otra serie, también del género policíaco, en principio muy distinta a la victoriana. He cambiado el Londres decimonónico por la Venecia contemporánea de Donna Leon, y a Pitt y Charlotte por Guido Brunetti y su esposa, Paola Falier. A primera vista, pudiera parecer que una serie y otra sólo tienen en común el género y el hecho de contar al frente de las investigaciones con un marido, que es el comisario o inspector encargado del caso, y la cónyuge respectiva, que colabora con agudeza y sutil ingenio en la resolución del misterio. Pero, a pesar de las diferencias, hay más similitudes.
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Asesinatos venecianos

Portada del libroHace tiempo que tenía ganas de leer algo de la escritora norteamericana Donna Leon, cuya serie policíaca protagonizada por el comisario veneciano Guido Brunetti ha tenido un éxito espectacular de público y, por lo que yo sé, también de crítica. El pasado sábado, en la Feria del Libro de Pamplona, Pilar me hizo el favor de quitarme la chirrinta con un par de novelas que compró para ella, y que una vez fichadas en nuestra base de datos (esto sí que sería motivo para un meme grandioso de la blogosfera educativa: compartir nuestros catálogos informáticos), me cedió graciosamente. Se trata de Vestido para la muerte y Pruebas falsas, de 1994 y 2004, respectivamente, que constituyen la tercera y decimotercera entregas de la serie.

Como soy un lector muy poco sistemático, bastante compulsivo y muy aficionado al género policial, me lancé con avidez sobre la primera, a pesar de tener sobre el escritorio un montón de libros con credenciales más prestigiosas y, desde luego, con más antigüedad. Lo leí no de un tirón, pero casi. A las 11,30 horas de la noche del domingo ya lo tenía acabado, e incluso me había dado tiempo para practicar esa actividad que tanto nos gusta a los fans de los relatos policiales: releer los episodios claves para la identificación del asesino.

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