Debe de ser verdad que el clima está cambiando, porque llevamos unos años que en Pamplona (de la que la tradición afirma que sólo tiene dos estaciones, “el invierno y la de la Renfe”) el mes de junio nos ataca con tórridas oleadas de calor. Nada mejor para combatirlo que refugiarse en un cine, a salvo de las vaharadas de aire africano, de las terrazas ruidosamente superpobladas y de las moscas.
Si el calor persiste durante toda la semana, el espectador contumaz puede plantearse ir al cine durante varias jornadas consecutivas, lo cual tiene sus riesgos (las refrigeraciones acaban pasando factura), pero también sus compensaciones. Y entre estas últimas cabe apuntar la práctica de arriesgadas combinaciones, la mezcla de elementos heteróclitos, que no siempre convencen, pero al menos sirven para desconcertar a quienes confían en el buen juicio del aficionado y esperan verle aferrado a criterios cinematográficos sólidos como rocas.


A juzgar por el resultado de mi selección, tengo que concluir que me va fallando el ojo clínico, pues nada de lo que he visto se merece la proverbial descarga de cohetes. La peor, para mi gusto, ha sido la primera película, Tierra de pasiones, una producción histórica canadiense que presenta de forma muy crítica la absorción de la colonia de la Nueva Francia (lo que actualmente es la provincia de Quebec) por parte de la corona inglesa, todo ello entreverado con los vericuetos de una tristísima historia de amores desgraciados por la que pululan en notoria confusión indígenas americanos, colonos franceses e ingleses despiadados. Aunque muy ambiciosa sobre el papel, lo que vemos en la pantalla no pasa de un dramón inconsistente e irregular. Parece ser que la copia que ha llegado a nuestras carteleras estaba muy mutilada con respecto al original, y ello tal vez explique las quiebras de una historia que, a juzgar por lo que yo he visto, carece de atractivo y de gancho.
El espíritu de la Navidad está presente por todas partes en La cosecha de hielo, de Harold Ramis: en la puesta en escena, en la banda sonora, en mil y un detalles del argumento, hasta en la organización interna de la trama, que sitúa a los personajes en las últimas horas de una desapacible y antipática Nochebuena, en las calles frías y desoladas de Wichita, Kansas. De hecho, si el espectador se sienta en la butaca sin ningún conocimiento previo de la película y se deja guiar por los títulos de crédito iniciales, creerá que va a asistir a la proyección de la enésima versión del cuento de Navidad, tan caro a la tradición cinematográfica norteamericana.
Historias morales, sí, aunque sin moralina, son las que presentan dos recientes películas inglesas, Match Point, del director norteamericano Woody Allen, y El jardinero fiel, del brasileño Fernando Meirelles. Son historias densas, conflictivas, nada complacientes con los usos habituales del cine de consumo masivo, puesto que obligan al espectador a sacudirse la modorra y a tomar partido ante las situaciones que plantean. Son, además, dos películas magníficamente realizadas –más clásica y pausada la de Allen, más nerviosa y de narración menos lineal la de Meirelles–, con guiones sólidos, puesta en escena impecable e interpretaciones excelentes, cuya huella sobre la memoria perdura mucho tiempo después de que el espectador haya abandonado la sala de proyección.



