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Publicado el fotoblog del Tigre

Desde el 31 de julio no he escrito nada en la bitácora porque he estado preparando un nuevo sitio web: el fotoblog al que aludí en Un día sin el blog, algunas quejas y algunas decisiones drásticas. Aunque en primera instancia tenía la intención de alojarlo en un subdominio de labitacoradeltigre.com, al final he decidido rascarme el bolsillo y contratar una nueva cuenta de alojamiento en BlueHost, una compañía norteamericana de la que me habló muy elogiosamente Judas, asiduo comentarista de este blog, y que además cuenta con la garantía adicional de ser una de las que WordPress recomienda a la hora de alojar los sitios creados con dicha aplicación.

Y la verdad es que las condiciones de trabajo con el alojamiento proporcionado por BlueHost son estupendas, pues tengo a mi disposición una enorme cantidad de recursos (entre ellos scripts de instalación de varios CMS muy conocidos, a través de Fantastico De Luxe ), un interfaz de administración de mi cuenta completísimo (con CPanel 11) y unos servicios de soporte que, por lo que he podido comprobar hasta la fecha (incluida una llamada por teléfono el pasado sábado para verificar mi identidad, en perfecto castellano) excelentes; todo ello, además, por un precio más que razonable. Con el alojamiento de BlueHost va incluido el registro de un dominio propio, así que he aprovechado la ocasión para dar de alta el dominio elarequi.com, que espero ir llenando de contenido en los meses y años venideros. Hasta es posible que en esta cuenta acaben residiendo mis otros sitios web, pero antes de tomar una decisión como ésta conviene dar tiempo al tiempo.

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Fotos del Tigre

En alguna ocasión he puesto de manifiesto en esta bitácora mi fascinación por los barcos y los aviones. Siempre que puedo, me pego una “jartá” de sacar fotos de unos y otros. Lo que pasa es que cada vez puedo menos: hace años, cuando iba de vacaciones con mis padres y hermanos, los puertos comerciales eran lugares caóticos y sucios, pero abiertos al público. Ahora tienen un aire más limpio y civilizado, pero se han convertido en fortalezas inaccesibles, cerradas por verjas y custodiadas por guardias de seguridad con cara de pocos amigos. De los aeropuertos más vale no hablar: si uno se atreve a sacar la cámara para apuntar a un Boeing 747 o a un Airbus A380, corre el riesgo de que lo interroguen, lo cacheen y hasta lo sometan a un tacto rectal.

Como destinatarios de las apetencias del fotógrafo aficionado, los barcos constituyen un objetivo muy agradecido: grandes y, por lo general, lentos, siempre se las ingenian para mostrar su mejor perfil. Los aviones, en cambio, son como moscas cojoneras: pequeños, elusivos e impredecibles, vuelven loco al fotógrafo y continuamente desafían su competencia técnica. El resultado es, al menos en mi caso, totalmente previsible: bastantes fotos de barcos más o menos apañadas y unas cuantas de aviones absolutamente impublicables.

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