Con su intervención en Syriana, de Stephen Gaghan, y tras dirigir la muy interesante Buenas noches, y buena suerte, George Clooney parece haberse convertido en el nuevo símbolo del cine liberal de Hollywood. No deja de tener su gracia que la consagración en el ámbito del cine comprometido y de vocación política del siempre dicharachero y elegante Clooney venga de la mano de uno de sus papeles menos glamurosos, el de el agente de la CIA Bob Barnes, barbudo, fondón y escasamente dotado para las relaciones sociales, que se ve atrapado en una complicadísima trama de intereses cruzados entre emires corruptos, empresas petrolíferas ambiciosas y políticos sin escrúpulos.
Syriana no es una película fácil de ver, pues la trama, muy compleja y enrevesada (que incluye un auténtico tour de force idiomático, en forma de largas conversaciones en farsi, urdu y árabe), exige del espectador una atención máxima, sin cuyo concurso el filme simplemente se deshace. Tampoco su estética –fría, áspera, incómoda– o su puesta en escena –son frecuentes los espacios inhóspitos y desiertos, y muchos de los interiores comparten una atmósfera insoportablemente sórdida– resultan especialmente atractivas.
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El arranque de Buenas noches, y buena suerte, de George Clooney, no puede ser más explícito respecto a sus intenciones: el periodista Edward R. Murrow, a quien interpreta con enorme convicción David Strathairn, se permite el lujo de romper las convenciones propias de una cena de gala a la que asisten los más importantes ejecutivos de las principales cadenas de televisión. En vez de contar chistes o participar de las trivialidades habituales en esta clase de actos, Murrow pronuncia un apasionado discurso acerca de la importancia de la televisión como instrumento de educación del público y del riesgo que corre el medio si cede ante los propósitos de quienes quieren convertirlo en un simple instrumento de alienación.



