George Clooney

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Más cine político

Cartel de la películaCon su intervención en Syriana, de Stephen Gaghan, y tras dirigir la muy interesante Buenas noches, y buena suerte, George Clooney parece haberse convertido en el nuevo símbolo del cine liberal de Hollywood. No deja de tener su gracia que la consagración en el ámbito del cine comprometido y de vocación política del siempre dicharachero y elegante Clooney venga de la mano de uno de sus papeles menos glamurosos, el de el agente de la CIA Bob Barnes, barbudo, fondón y escasamente dotado para las relaciones sociales, que se ve atrapado en una complicadísima trama de intereses cruzados entre emires corruptos, empresas petrolíferas ambiciosas y políticos sin escrúpulos.

Syriana no es una película fácil de ver, pues la trama, muy compleja y enrevesada (que incluye un auténtico tour de force idiomático, en forma de largas conversaciones en farsi, urdu y árabe), exige del espectador una atención máxima, sin cuyo concurso el filme simplemente se deshace. Tampoco su estética –fría, áspera, incómoda– o su puesta en escena –son frecuentes los espacios inhóspitos y desiertos, y muchos de los interiores comparten una atmósfera insoportablemente sórdida– resultan especialmente atractivas.
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Cuando la tele era un asunto serio

Cartel de la películaEl arranque de Buenas noches, y buena suerte, de George Clooney, no puede ser más explícito respecto a sus intenciones: el periodista Edward R. Murrow, a quien interpreta con enorme convicción David Strathairn, se permite el lujo de romper las convenciones propias de una cena de gala a la que asisten los más importantes ejecutivos de las principales cadenas de televisión. En vez de contar chistes o participar de las trivialidades habituales en esta clase de actos, Murrow pronuncia un apasionado discurso acerca de la importancia de la televisión como instrumento de educación del público y del riesgo que corre el medio si cede ante los propósitos de quienes quieren convertirlo en un simple instrumento de alienación.

La escena es muy breve, pero muy eficaz. Tres o cuatro minutos, y el espectador ya se ha hecho una idea certera de cómo es el protagonista de la película: serio, casi impasible, lúcido hasta ser molesto, afilado como un cuchillo. Semejante presentación deja el terreno marcado para lo que viene después: un largo flash-back (la práctica totalidad del metraje, algo menos de noventa minutos que en cualquier caso transcurren en un suspiro), para relatar un episodio bien conocido de la reciente historia norteamericana: la actividad del senador Joseph McCarthy, presidente del tristemente célebre Comité de Actividades Antiamericanas y líder de la “caza de brujas” anticomunista durante la década de 1950, y el combate que contra sus abusos entablaron algunos periodistas valientes, como Murrow y su equipo de la CBS. Derrotado McCarthy, la película regresa al escenario en el que comenzó y a ese discurso de Murrow, tan perspicaz, tan necesario, sobre la función de los medios de comunicación en la sociedad democrática.

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