No creo exagerar lo más mínimo al afirmar que esta obra del escritor inglés Kazuo Ishiguro es una de las novelas más hermosas e inquietantes que he leído en los últimos tiempos. Un libro bellísimo a la vez que perturbador, porque bajo la delicada y sutil superficie de su relato, bajo la amable apariencia de un estilo reposado, incluso lánguido, discurre una historia desasosegante y atroz, ante la cual ningún lector puede mostrarse indiferente.
Hace algunos meses que compré la novela, animado por las estupendas críticas que acompañaron su publicación. Recuerdo que al llegar a casa la abrí al azar, leí algunos párrafos, y finalmente la dejé sobre la mesilla, reposando, como los buenos vinos. Cuando finalmente pude leerla con sosiego, enseguida me di cuenta de que era un libro intenso, diferente, de esos que duelen cuando terminan y dejan en la memoria una huella que no desaparece, como en tantos otros casos, cuando la historia se precipita a su fin. Al contrario, cuando el lector finaliza la última página no puede sustraerse a la tentación de volver atrás, releer algunos párrafos y encontrarse de nuevo con los mejores momentos del relato. Por eso el imperdonable pecado que uno comete siempre cuando desvela aspectos claves del argumento –ya están advertidos quienes sufren estas revelaciones como una intolerable agresión– tal vez sea más justificable en este caso.






