Linux

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Desde que descubrí Spotify (o me lo descubrieron, que suele ser lo más frecuente en este tipo de asuntos), me he convertido en un adicto compulsivo a este servicio, y también en un infatigable evangelista de sus muchas virtudes. Sé, porque así me lo han dicho varios recientes prosélitos que he ido ganando para su causa, que darse de alta en Spotify equivale a algo así como a descubrir un nuevo mundo musical, de una riqueza y variedad insospechadas, así que me he dicho: ¿por qué no llevar esta novísima fe hasta sus últimas consecuencias y, después de utilizar los clientes para Windows y Mac OS X, comprobar si se puede escuchar la música de Spotify también en Linux?

Un par de búsquedas a través de Google me han orientado hacia la dirección correcta, pues en efecto, Spotify se puede utilizar en Linux (por ejemplo, en mi flamante Ubuntu 9.10 Karmic Koala en arranque dual, sobre el que he hecho las pruebas necesarias), bien mediante un cliente diseñado para dicho sistema operativo, bien instalando Wine y, sobre éste, el cliente para Windows. Los interesados pueden consultar las instrucciones correspondientes a esta última solución, que, a mi modo de ver, es la más simple y satisfactoria en la mayor parte de las situaciones, en Spotify under Wine y en Instalar Spotify en Linux.

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Acabo de instalar en el ordenador principal de mi red la edición 9.10 de Ubuntu que, con el nombre de Karmic Koala, vio la luz a finales del mes de octubre. La verdad es que ha sido muy fácil (el reconocimiento del hardware es extraordinario, la instalación, rapidísima, y el sistema funciona con una agilidad y limpieza envidiables), con el único inconveniente de un arranque inicial en falso, a consecuencia de la complejidad de mi equipo. En efecto, el gestor de arranque Grub no ha conseguido entenderse con los cuatro discos duros del ordenador, y tras unas cuantos intentos en vano, he resuelto el problema reinstalando, cargando el Grub en la unidad que suelo destinar a Linux y configurando ésta en la BIOS como el primer disco de arranque del sistema.

A continuación he instalado media docena de aplicaciones (Apache-PHP-MySQL, Thunderbird, VLC, BlueFish, Kompozer, y el módulo de base de datos del OpenOffice) y otra media docena de extensiones para Firefox (Firebug, Web Developer, Echofon, FireFTP, ScribeFire y el diccionario en español), he hecho unas cuantas pruebas con la red de casa, que han vuelto a demostrar que Windows Vista se comporta con testaruda hostilidad contra cualquiera que pretenda conectarse a sus recursos compartidos, he ejecutado quince o veinte tipos de archivos en distintos programas y, cuando ya estaba a punto de terminar las pruebas, me he acordado de que me faltaba por poner en práctica en esta nueva edición de Ubuntu la tarea informática a la que más tiempo dedico desde hace algunos años, esto es, la de bloguear.

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Ubuntu 7.10

Acabo de actualizar el ordenador principal de mi red a la versión 7.10 de Ubuntu. Me ha llevado un buen rato, no tanto por el tiempo invertido en la descarga, sino a causa de algunos problemillas con el gestor de paquetes Synaptic, que se empeñaba en no terminar el proceso. No sé bien cómo, porque he tocado un montón de cosas, pero al final he conseguido actualizar el sistema operativo a la última versión de esta excelente distribución.

Y desde luego que lo es. Ubuntu 7.10 ha reconocido sin el menor problema todo el hardware de mi máquina, incluidos sus cinco discos duros (un IDE, tres SATA y un USB externo), así como una tarjeta inalámbrica Belkin, para la cual ha solicitado el correspondiente driver propietario. También ha instalado a la primera los drivers de Nvidia que hacen posible que el gestor de ventanas Compiz realice sus virguerías habituales (véase la figura 1).

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CentOSAunque de manera bastante inconstante y anárquica, ya he tratado unas cuantas veces en La Bitácora del Tigre sobre mis andanzas por la tierra de Tux, el pingüino mascota de Linux. Comencé describiendo la red del Tigre, con sus arranques duales y sus concesiones al ritual del How-To-Pringao, seguí dando la brasa con la instalación de un Guadalinex rebelde y un Ubuntu ligeramente más dócil y terminé con una intervención que ya va convirtiéndose en tópico de los apologistas de este sistema operativo: la instalación del gestor de ventanas Beryl, adornada con las capturas de pantalla de su famoso cubo tridimensional.

Pero lo cierto es que, aparte de probar mil y una distribuciones, casi siempre muy por encima, apenas si había rascado en la superficie de este magnífico sistema operativo. Es verdad que en mi puesto de trabajo me toca a menudo ponerme ante una consola y acceder a equipos remotos (routers, cortafuegos, proxies), pero esta es un tarea bastante repetitiva, que proporciona una visión limitada de los equipos Linux.

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Ni en Ubuntu, ni en Guadalinex, ni en Mandriva, ni en openSUSE, ni en Knoppix. En ninguna de estas distribuciones de Linux había logrado configurar, hasta el pasado domingo, la aceleración 3D de la tarjeta gráfica ni tampoco el gestor de ventanas Beryl, con sus pasmosas animaciones, sus ventanas flexibles y su cubo rotatorio de escritorios.

Sólo lo he conseguido, en una distribución openSUSE 10.2, tras cambiar la tarjeta gráfica del ordenador (un clónico con un procesador AMD de 64 bits). Aprovechando que he tenido que abrir las tripas del PC para desactivar provisionalmente un ventilador que hacía un ruido horroroso, he sustituido la tarjeta gráfica, una ATI Radeon X700 Pro PCI Express, por una nVidia GeForce 6600, que en su día compré para comprobar unos extraños fallos de la tarjeta gráfica original. Como éstos se solucionaron solos (en realidad tras ajustar bien la tarjeta en la ranura PCI Express), la GeForce dormía desde entonces el sueño de los justos en uno de las muchas cajas que forman el almacén de la red del Tigre (I, II y III).

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El sábado instalé en el ordenador principal de mi red doméstica la distribución Ubuntu 6.10 “Edgy Eft”, versión de 64 bits (el ordenador monta un AMD Athlon 64, a 2400 MHz.) Me costó un esfuerzo considerable, porque al poco de comenzar la instalación surgió un mensaje ominoso que anunciaba la imposibilidad de arrancar el servidor gráfico y hacer funcionar con sus resoluciones nativas la tarjeta gráfica, una ATI Radeon X700 Pro PCI Express. Tras consultar el problema y hallar la solución en los foros de Ubuntu, resolví la papeleta instalando la distribución en modo texto, tras lo cual ejecuté en un terminal los siguientes comandos:

sudo apt-get -install xorg-driver-fglrx
sudo aticonfig --initial
sudo aticonfig --overlay-type=Xv

Cualquiera se puede figurar mi suspiro de alivio después de ejecutar “startx” y comprobar cómo el servidor gráfico levantaba el vuelo. A partir de este momento, ya todo fue más fácil: instalé con Automatix un montón de programas, probé el hardware del equipo (tarjeta de sonido, impresora, lector de tarjetas, DVDs, unidades de disco duro externas y algún pincho USB), instalé más software con el gestor de paquetes Synaptic (una gozada) y monté las cuatro unidades de disco duro destinadas a Windows, sólo con permisos de lectura, pues todavía no estoy muy seguro de si se puede escribir desde una Ubuntu de 64 bits en las particiones NTFS, y si tal cosa es prudente.

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En la entrada del lunes 9 de octubre hice público mi propósito de instalar un Linux en el portátil, y de derrotar a Ubuntu/Guadalinex o, al menos, firmar una honrosa paz con estas distribuciones. Hoy me satisface declarar que mi Acer Aspire 1513LMi ya arranca doblemente con su XP nativo y una Guadalinex 3.0.1 recién estrenada. Lo del Linux andaluz ha sido coser y cantar: tras las preguntas de rigor, se ha desatado un proceso de instalación rapidísimo (mucho más que el de Windows), que deja la máquina a punto de caramelo, con un montón de software ya configurado y una casi perfecta integración con la red de Windows. Sólo he observado dos pegas:

  1. De las dos particiones que he reservado para Windows (la de arranque, en /dev/hda1, y la de datos, en /dev/hda5), Guadalinex sólo ha montado la primera. No se trata de un problema con particiones NTFS, porque tanto la de sistema como la de datos son FAT32, así que tal vez sea por precaución, o por algún otro motivo que desconozco.
  2. Aunque la instalación reconoce perfectamente el hardware de la tarjeta inalámbrica integrada, basada en un chip Broadcom BCM4306 802.11b/g wireless LAN, no consigue por sí misma que funcione la conexión inalámbrica.

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El pasado viernes escribí sobre el propósito de renovar las instalaciones de Linux que residen en mi red. Dos eran los objetivos de mis experimentos: comprobar algunas de las nuevas distribuciones que se han publicado y adquirir más experiencia en el sistema del pingüino, en el que no paso de ser un usuario limitado, timorato y esporádico. Otra cosa son los Linux del trabajo, donde con frecuencia me toca realizar operaciones de consola, con sucesivos saltos de Telnet entre routers, cortafuegos, proxies y, últimamente, puntos de acceso inalámbricos; aunque me costó lo suyo, puedo decir que a esos bailes entre IPs ya les tengo cogido el tranquillo.

Pues bien, a lo largo del pasado fin de semana he probado varias distribuciones recién salidas de fábrica: Guadalinex 3.0.1, Knoppix 5.01 y Ubuntu 6.06. Con Ubuntu ya me había estrellado hace algún tiempo, pues no podía cargar el sistema gráfico. Guadalinex me ha dado exactamente el mismo problema (los drivers de la tarjeta ATI Radeon, siempre tan problemáticos), y sólo con Knoppix, en su versión Live, he podido arrancar ese monstruo hipertrofiado y vanidoso que es mi ordenador principal, aunque con una resolución mucho menor a la esperada (por cierto, esa Live en DVD de Knoppix, con sus más de 8 GB. instalados, es una virguería. Recomiendo a todo el mundo que la tenga al alcance de la mano, por si acaso le casca el sistema).

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La red del Tigre 1

Había comenzado a redactar esta entrada con el propósito de tratar el tema de las redes inalámbricas, sobre el que acabo de recibir un curso apasionante, pródigo en descubrimientos, sorpresas y casuística. Me he puesto a escribir sobre redes y, tras unos cuantos párrafos, me he dado cuenta de que estaba siendo absorbido por una fijación obsesiva con mi propio entorno de trabajo.

Podía ceder a la tentación narcisista o cambiar de enfoque y borrar lo ya escrito. Al final, he decidido seguir el sabio consejo de Oscar Wilde quien afirmaba, sagaz como siempre, que “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”, y he dividido la entrada original en dos partes. En la de hoy, va la descripción del tinglado informático que tengo montado en casa, que consiste básicamente en una red de cuatro ordenadores y sus correspondientes periféricos, a saber:

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