novela de ciencia ficción

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Portada de la novelaRecuerdo que hace más o menos año y medio, coincidiendo con la exposición que el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona dedicó al novelista británico J.G. Ballard, me reproché a mí mismo la escasa atención que había prestado a este excelente escritor, uno de los más originales y creativos de entre los que se han dedicado al género de la ciencia ficción. Hasta aquel momento sólo había leído de Ballard la novela Crash, que no me gustó demasiado, la colección de relatos titulada Fiebre de guerra, que en cambio me pareció fascinante, y algunos artículos y ensayos desperdigados por diversas antologías y volúmenes misceláneos.

Me hice de nuevo un reproche parecido hace pocos meses, con ocasión de la muerte del novelista –aunque ya sé que esta declaración carece de efectos exculpatorios, por entonces vi de nuevo, y debía de ser la tercera o cuarta vez, la extraordinaria adaptación cinematográfica que Steven Spielberg realizó de su novela autobiográfica El imperio del sol-, pero debo admitir que mi arrepentimiento no se perfeccionó con un propósito de enmienda efectivo, y que durante bastantes meses seguí sin dedicar a Ballard la atención que merece.

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Portada de la novelaTan popular como las novelas de zombis, pero seguramente unos cuantos peldaños por encima en su consideración cultural por parte del establishment literario (la comparación me permite enlazar con el final de la reseña múltiple que publiqué ayer, en la que trataba, entre otros, del libro de Max Brooks, Guerra Mundial Z. Una historia oral de la guerra zombi), es el género policíaco, que he cultivado durante las vacaciones en dos entregas consecutivas y en algún momento simultáneas: Los demonios de Berlín, del novelista español Ignacio del Valle, y Huye rápido, vete lejos, de la escritora francesa Fred Vargas. De la obra de Del Valle tuve conocimiento, como tantas otras veces, a partir de una reseña de Jacinto Antón, tan apasionada como la mayoría de las suyas y rotundamente elogiosa.

Mi valoración de la novela de Ignacio del Valle no es tan favorable como la del articulista de El País. Reconozco que el novelista ovetense escribe con fuerza, intensidad y convicción, y que su relato se lee sin desmayo, pero la trama se me antoja no sólo históricamente improbable –pues a su protagonista, un teniente español llamado Arturo Andrade Malvido, ex combatiente de la División Azul y luego enrolado en las últimas unidades de las Waffen SS empeñadas en la defensa de las ruinas de Berlín, se le asigna contra toda lógica la investigación del asesinato de un científico relacionado con el desarrollo del proyecto de la bomba atómica alemana– sino además con un incómodo regusto a cosa ya leída o vista en muchos libros y películas. En su comentario, Jacinto Antón cita, como no podía ser de otra manera, El hundimiento (y entre el libro de Del Valle y la película de Olivier Hirschbiegel hay escenas casi idénticas, como algunas de las que transcurren en el búnker de la cancillería del Reich, y especialmente las que tienen que ver con el fanatismo de Magda Goebbels), pero a mí también se me venían a la memoria pasajes, tipos o entonaciones de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, Patria, de Robert Harris (otra novela que también reseñé brevemente en este blog), o incluso la versión cinematográfica de El buen alemán.

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Como señala el título, ésta es la entrada número 600 del blog y la que hace el número 97 de entre las que he dedicado a una de mis aficiones más constantes, los libros y la literatura. Tal vez no lo parezca, si se atiende a mi producción habitual en los últimos tiempos, pero la de libros es la categoría que considero más representativa del auténtico espíritu de esta bitácora. Si no la pongo en práctica más regularmente es porque, como ya he señalado en más de una ocasión, cada vez me cuesta más tiempo y esfuerzo encontrar el estado de ánimo y la concentración adecuados. Soy, además, víctima de malos hábitos lectores, pues suelo leer varios libros a la vez, y raras veces tomo las notas imprescindibles para acometer la reseñas de los libros más largos o de más fuste, que requieren ideas bien asentadas y hasta cierto soporte documental.

Aprovecho el párrafo precedente, que no es más que una versión un tanto pedestre de la clásica captatio benevolentiae, para pedir de mis lectores una dosis de comprensión adicional. Habida cuenta de que estamos en verano, de que el calor y la galbana aprietan, les ruego que me permitan celebrar el sexcentésimo artículo del blog, y el nonagésimo séptimo de la categoría de libros, con un texto poco habitual, una suerte de reseña múltiple de los que he leído durante la temporada estival. Como el texto resultante ha resultado más largo de lo previsto, lo dividiré en dos artículos: éste y el que publicaré mañana, si mis planes no se tuercen.

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Más de una vez me he retratado en los sitios web en los que escribo (Lengua en Secundaria hasta hace un par de años, y más recientemente en este blog), como un seguidor apasionado, aunque algo vergonzante, del novelista y cineasta norteamericano Michael Crichton, que falleció el pasado día 4 de noviembre en Los Ángeles, a causa del cáncer, con apenas 66 años.

Lo primero que sentí al enterarme de su muerte fue aturdimiento y estupor. Su aspecto de atildado profesor universitario, su apostura (2,06 metros, según su ficha biográfica en la IMDB), sus maneras de intelectual educadísimo, su eterna juventud aparente, le hacían parecer invulnerable a los estragos del tiempo y de la edad. Sin embargo, incluso a Crichton le ha llegado, a edad relativamente temprana, la hora de la muerte, sin que los milagros de la ingeniería genética y la biotecnología, a los que dedicó algunas de sus mejores páginas y varias de entre sus películas más célebres, hayan podido librarle del acecho de la Parca.

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Portada del libroAyer terminé una larga crítica de La carretera, la novela de Cormac McCarthy ganadora de la última edición del Premio Pulitzer para obras de ficción. Si todo va bien, mi trabajo se publicará en el próximo número de la revista Hélice, en la que colaboro con cierta regularidad y cuyos cinco primeros números (la aparición del sexto coincidió con alguna otra ocupación y no me dio tiempo a completar la correspondiente reseña), he comentado en este blog.

Como la crítica ya está comprometida, no sería correcto avanzar desde aquí su contenido. Sin embargo, quiero aprovechar la oportunidad para hacer una recomendación entusiasta a los habituales de La Bitácora del Tigre, sobre todo si son profesores, y todavía con más razón si son profesores de Lengua y Literatura: que lean La carretera, dos veces si es preciso (es un libro de poco más de doscientas páginas, de lectura fácil, aunque en ciertos momentos tan áspera y cruda que hay que hacer un alto y tomar aire) porque se trata de una obra literaria impresionante, de una expresividad y riqueza mayúsculas, destinada a convertirse en todo un clásico moderno.

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Portada del libroAyer acabé una larga reseña de Aventuras del profesor Challenger, un libro de la editorial Valdemar que contiene cinco relatos (la novela El mundo perdido, la novela corta La zona ponzoñosa, los relatos Cuando la Tierra lanzó alaridos y La máquina desintegradora y otra novela corta, El abismo de Maracot), los cuatro primeros protagonizados por el profesor George Edward Challenger, uno de los más famosos personajes nacidos de la fértil imaginación de Sir Arthur Conan Doyle. No voy a tratar aquí de los aspectos puramente literarios del libro, porque son el objeto de la reseña, que tengo comprometida con otra publicación, sino de su posible utilización como propuesta didáctica para las aulas de Secundaria.

Porque estoy convencido de que El mundo perdido es una novela que tiene un interés indudable desde el punto de vista educativo. No sólo trata un tema que les gusta a muchos adolescentes y jóvenes (el de las aventuras en una tierra inexplorada donde sobreviven dinosaurios jurásicos y otros animales prehistóricos), sino que posee valores literarios muy estimables, tanto por lo que se refiere a su estructura narrativa y los detalles de su filiación genérica, a caballo entre la narrativa de aventuras y la ciencia ficción, como por la configuración de los personajes y las relaciones que se establecen entre ellos. Además, El mundo perdido es una novela cuya lectura y análisis permite abordar muy diversos asuntos de interés ético y social, así como temas históricos y científicos sobre los que se pueden llevar a cabo actividades interdisciplinares muy interesantes.

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El título de este artículo, con sus resonancias provocadoras y hasta escandalosas, viene motivado por un hecho que a primera vista los lectores de esta bitácora considerarán paradójico (pero espero que al final se resuelva la paradoja): dos comentarios a la entrada del pasado sábado, en la que trataba algunas curiosidades de Olympo, la novela de Dan Simmons, han sido escritos por Laia y Carmen, asiduas comentaristas de La Bitácora del Tigre y, por lo que parece, aficionadas al género de la ciencia ficción. Esos comentarios han coincidido, además, con mi lectura de Mujeres y tecnología, una entrada del blog de María José Reina Blanes que se coló de rondón en días pasados en Planeta Educativo, a pesar de haber sido escrita en septiembre de 2006.

Dice Mª José en su blog: “Es un hecho constatable la poca presencia de mujeres en ámbitos relacionados con la tecnología y la informática”, y sostiene que hay algo en nuestra sociedad que empuja a las mujeres fuera del ámbito de la tecnología. A esas reflexiones yo podría añadir que también hay algo (no sé bien qué, pero parece relacionado con la constatación de Mª José) que aleja a las mujeres de las secciones de ciencia ficción de las librerías, a pesar de que todas las estadísticas señalan que son lectoras más asiduas y dedicadas que los varones.

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Portada del primer volumen de OlympoEn al menos dos entradas de este blog (las del 27 de diciembre y el 3 de enero ) señalé mi propósito de escribir una larga reseña de Olympo, la colosal novela de Dan Simmons que la colección Nova de Ediciones B ha publicado en dos volúmenes a lo largo del pasado año. Tengo que anunciar ahora, entre otras razones para no faltar a mis propias normas de etiqueta bloguera, que esa reseña no se va a publicar en La Bitácora del Tigre, porque ha acabado por desembocar en un proyecto algo más ambicioso, que espero fructifique en un formato distinto al del blog.

No quiero, sin embargo, dejar pasar la ocasión sin anotar unos cuantos detalles llamativos de la novela, que sin duda interesarán a los amantes de la ciencia ficción. Hay tantas referencias, ideas, hechos y anécdotas en las casi novecientas páginas de este relato que la lista de curiosidades podría multiplicarse por diez, y todavía no se agotaría. Seguro que las que figuran a continuación servirán de estímulo a los aficionados al género que todavía no hayan leído el libro.

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Portada del libroNo creo exagerar lo más mínimo al afirmar que esta obra del escritor inglés Kazuo Ishiguro es una de las novelas más hermosas e inquietantes que he leído en los últimos tiempos. Un libro bellísimo a la vez que perturbador, porque bajo la delicada y sutil superficie de su relato, bajo la amable apariencia de un estilo reposado, incluso lánguido, discurre una historia desasosegante y atroz, ante la cual ningún lector puede mostrarse indiferente.

Hace algunos meses que compré la novela, animado por las estupendas críticas que acompañaron su publicación. Recuerdo que al llegar a casa la abrí al azar, leí algunos párrafos, y finalmente la dejé sobre la mesilla, reposando, como los buenos vinos. Cuando finalmente pude leerla con sosiego, enseguida me di cuenta de que era un libro intenso, diferente, de esos que duelen cuando terminan y dejan en la memoria una huella que no desaparece, como en tantos otros casos, cuando la historia se precipita a su fin. Al contrario, cuando el lector finaliza la última página no puede sustraerse a la tentación de volver atrás, releer algunos párrafos y encontrarse de nuevo con los mejores momentos del relato. Por eso el imperdonable pecado que uno comete siempre cuando desvela aspectos claves del argumento –ya están advertidos quienes sufren estas revelaciones como una intolerable agresión– tal vez sea más justificable en este caso.

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Portada del libroDa cierta vergüenza reconocerlo, habida cuenta de la posición que ocupa el autor en la literatura norteamericana contemporánea, pero hasta leer la última novela de Philip Roth publicada en España, La conjura contra América, no había tenido apenas contacto con la obra de este interesantísimo escritor, salvo por algunos cuentos recogidos en antologías, alguna entrevista y una adaptación cinematográfica reciente, la de La mancha humana, dirigida por Robert Benton en 2003.

Más vale tarde que nunca, me apresuro a decir, porque la lectura de La conjura contra América es una experiencia fascinante, a cuya luz desaparece cualquier atisbo de lamentación por lo que uno no ha leído y triunfa en cambio el entusiasmo del descubrimiento. A la vista de la magnífica novela que nos ha entregado Philip Roth, me viene a la memoria la paradójica reflexión de Martín de Riquer sobre la inmortal creación de Miguel de Cervantes: “qué suerte no haber leído nunca el Quijote, para poder descubrirlo por primera vez”. Esa es justamente mi fortuna, pues gracias al desconocimiento de las novelas anteriores de Roth, he tenido la oportunidad de acceder con toda mi capacidad de admiración intacta al vigoroso mundo narrativo de esta novela.

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