Lorenzo Silva es uno de los escritores españoles contemporáneos a los que he dedicado una atención más constante, tanto desde Lengua en Secundaria como desde La Bitácora del Tigre. En mi portal publiqué las reseñas de El alquimista impaciente (en realidad, el trabajo sobre la novela ganadora del Premio Nadal de 2000 fue un intento de mostrar a mis alumnos del IES Ega de San Adrián un ejemplo de cómo se puede redactar el análisis de los personajes de una novela) y El nombre de los nuestros, y en el blog me ocupé, hace algo más de dos años, de La reina sin espejo.
De Silva he leído bastantes obras; además de las citadas, las novelas Carta blanca (que es la única que no he conseguido terminar), El lejano país de los estanques, La flaqueza del bolchevique, La isla del fin de la suerte, La niebla y la doncella, los libros de cuentos El déspota adolescente y Nadie vale más que otro. Cuatro asuntos de Bevilacqua, y el libro de viajes Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos. Excepto Carta blanca, que me pareció una novela demasiado truculenta, todos me han gustado, y en especial la serie dedicada a las andanzas detectivescas de la pareja formada por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro.


No he escogido el título de esta reseña sólo por el gusto de hacer un juego de palabras, porque el personaje que protagoniza El viento de la Luna, tan parecido al Antonio Muñoz Molina que vivió su infancia, adolescencia y primera juventud en su ciudad natal de Úbeda (Mágina, en el ámbito de la ficción), tiene esa condición soñadora, propensa al vagabundaje imaginativo y a las ensoñaciones, a que alude la expresión proverbial. Y es que además ese muchacho de familia humilde, hijo y nieto de campesinos, que se esfuerza afanosamente por merecer la beca con la que estudia en un colegio privado, está en la Luna en un sentido más literal, como si fuera (como si quisiera ser, en rigor) uno los astronautas -Armstrong, Aldrin y Collins- que protagonizaron la aventura espacial del
Si la distinción de sexo tiene alguna importancia a la hora de clasificar la obra de un escritor (yo no creo que sea más esencial que los detalles de su educación y su formación literaria, o la lengua en la que escribe), he de reconocer humildemente que no practico tanto como debiera la lectura de esa difusa categoría que, a falta de mejor nombre, se denomina “literatura femenina”?. Quizás por un poco de mala conciencia, quizás también por la curiosidad que en mí despertó la reseña de Fernando Castanedo en
Los que nos hemos criado a los pechos de Astérix y Obélix recordamos con júbilo uno de los leitmotiv más esperados de sus aventuras: esas viñetas minuciosas (casi hacía falta una lupa para apreciar todos sus detalles), que representaban “el glorioso espectáculo de la legión romana maniobrando”. Recuerdo también que alguna de las muchas lecturas que dediqué a los álbumes de Uderzo y Goscinny estuvo exclusivamente dedicada a buscar las imágenes de las formaciones de la legión –en cuadro, en círculo, en tortuga–, que inevitablemente acababan destrozadas por los embates de los héroes galos.
Con La reina sin espejo, quinta entrega de la serie dedicada a los investigadores de la Guardia Civil Bevilacqua y Chamorro, Lorenzo Silva lleva camino de convertirse –si es que no lo es ya– en el novelista de cabecera de los aficionados al género de la narrativa policial escrita en España. Puedo afirmar sin rebozo que yo espero cada una de sus novelas con impaciencia, y que las leo a paso de carga. Me consta, además, que no soy el único: Pilar y yo hemos creado a nuestro alrededor un pequeño club de fans –mis hermanos José Ángel y Amparo y mis cuñados Óscar y Ana, grupo al que pensamos añadir, en cuanto sus padres nos lo permitan, a mis cuatro sobrinos y al que viene en camino, aunque este último habrá de esperar un poquito–, cuyos miembros han disfrutado, uno detrás de otro y con insólita unanimidad, todos los libros de la serie: El lejano país de los estanques (1998), El alquimista impaciente (2000, Premio Nadal), La niebla y la doncella (2002) y el libro de relatos Nadie vale más que otro (2004).
El título de esta reseña quizá necesite alguna aclaración para quien no ha leído el libro. No es que Jorge M. Reverte, autor de Gudari Gálvez, se haya contagiado de ese peculiar virus de la mitificación resistente y se haya convertido de la noche a la mañana en un aguerrido defensor del nacionalismo vasco. Nada más lejos de la realidad, claro está, pues el escritor nos ha entregado, con esta última entrega de la serie Gálvez, una novela abiertamente polémica y militante, cuyo objetivo son las supercherías nacionalistas, ante las cuales su criatura de ficción se comporta con una curiosa y saludable mezcla (quizás la única posible para no perder la cabeza) de desconcierto y retranca.
Creo que fue Truman Capote quien señaló que “toda la literatura es cotilleo”. A pesar de su carácter provocador y de su tono de boutade, no me parece una afirmación desacertada, pues al fin y al cabo muchas de las más insignes obras literarias de todos los tiempos desempeñan, de un modo u otro, la función que, según algunos lingüistas, más tiempo ocupa en nuestro empleo cotidiano del lenguaje: el chismorreo, la charlatanería.
Una de las grandes satisfacciones que de vez en cuando me procura mi afición de reseñista es la de recibir mensajes de algún desconocido corresponsal que me hace partícipe de los detalles de su vida. Uno de los más conmovedores que me han llegado nunca fue el de un ex-marino mercante, tocayo mío, que además de felicitarme por la
El Diccionario de la Real Academia Española define la primera acepción de “escatológico” como “perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba” (también ofrece una segunda acepción, que voy a ahorrar al curioso lector, a fin de que no establezca malévolas asociaciones). Digo esto porque la novela del padre José A. Fortea (su autor es un sacerdote de la diócesis de Alcalá de Henares) es una fantasía sobre el fin del mundo, que sigue fielmente, demasiado fielmente diría yo, las profecías del Libro del Apocalipsis y otros textos bíblicos.
El jurado del Premio Nadal ha otorgado los galardones de su convocatoria de 2005 a dos novelas de planteamiento y contenido muy diferentes, pero marcadas por un signo común de derrota, pesimismo y hasta desesperanza: la ganadora, Un encargo difícil, de Pedro Zarraluki, narra un drama personal que transcurre en la inmediata posguerra del conflicto civil del 36; la finalista, Cazadores de luz, de Nicolás Casariego, es un relato de anticipación, una distopía de inquietante verosimilitud.



