Una de las grandes satisfacciones que de vez en cuando me procura mi afición de reseñista es la de recibir mensajes de algún desconocido corresponsal que me hace partícipe de los detalles de su vida. Uno de los más conmovedores que me han llegado nunca fue el de un ex-marino mercante, tocayo mío, que además de felicitarme por la reseña de Mar cruel, me contaba algunos episodios, realmente impresionantes, de sus azarosas singladuras.
No he podido menos que acordarme de Eduardo y de sus aventuras (algunas de ellas suceden por idénticos rumbos, aunque en barcos muy diferentes, y en épocas también distintas), mientras leía la novela que deseo comentar aquí: Entre dos banderas, de Elías Meana, una historia de marinos mercantes teñida de ese mismo espíritu, recio, digno y admirable, de los relatos que en su día me contó Eduardo.

El Diccionario de la Real Academia Española define la primera acepción de “escatológico” como “perteneciente o relativo a las postrimerías de ultratumba” (también ofrece una segunda acepción, que voy a ahorrar al curioso lector, a fin de que no establezca malévolas asociaciones). Digo esto porque la novela del padre José A. Fortea (su autor es un sacerdote de la diócesis de Alcalá de Henares) es una fantasía sobre el fin del mundo, que sigue fielmente, demasiado fielmente diría yo, las profecías del Libro del Apocalipsis y otros textos bíblicos.
El jurado del Premio Nadal ha otorgado los galardones de su convocatoria de 2005 a dos novelas de planteamiento y contenido muy diferentes, pero marcadas por un signo común de derrota, pesimismo y hasta desesperanza: la ganadora, Un encargo difícil, de Pedro Zarraluki, narra un drama personal que transcurre en la inmediata posguerra del conflicto civil del 36; la finalista, Cazadores de luz, de Nicolás Casariego, es un relato de anticipación, una distopía de inquietante verosimilitud.
El escritor y periodista Ignacio Vidal-Folch acaba de publicar en la colección “Áncora y Delfín”, de la editorial Destino, Turistas del ideal, una divertidísma novela satírica en la que pone a caldo a los popes emblemáticos de la izquierda cultural, tan aficionados a las aventuras tercermundistas y tan apegados a la ventajosa comodidad que les proporciona su posición de privilegio en el primer mundo. Seguro que la novela levanta ronchas, porque por ella se pasean, apenas disimulados bajo caracterizaciones más que evidentes, las encarnaciones literarias de gente tan conocida como Manuel Vázquez Montalbán, José Saramago, Joaquín Sabina, Antonio Gades, Oliver Stone y compañía.



