novela inglesa

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Portada de Los hombres de la guadaña El novelista irlandés John Connolly es un viejo conocido de esta bitácora. Desde que me encontré con sus obras por primera vez, sobre las estanterías de una librería de aeropuerto, en junio de 2006, no ha habido primavera o verano –la excepción fue el año pasado, cuando comencé a notar los síntomas de una extraña dolencia de sequedad reseñista, de la que parece que me voy reponiendo- en que no haya dedicado una entrada a su serie de novelas policíacas o criminales, hasta la fecha formada por Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco, El ángel negro, Los atormentados, y la que acaba de publicar Tusquets en su colección “Andanzas”, Los hombres de la guadaña.

Lo más destacable para los aficionados a la serie de novelas protagonizadas por el ex detective privado Charlie Parker (aquí desposeído de su licencia y de su permiso de armas, y obligado a ganarse la vida como camarero en un bar de Portland) es que el autor ha cedido el protagonismo de la historia a Louis y Ángel, amigos, ayudantes de Parker y, seguramente, una de las parejas homosexuales más inquietantes y peligrosas de la historia de la literatura. Desde el punto de vista del argumento, pues, se podría decir que Los hombres de la guadaña constituye el reverso de la mayor parte de las novelas de la serie, puesto que en ella no son Louis y Ángel los que intervienen para ayudar a Parker, sino justo al revés; de hecho, el detective apenas aparece en la trama, salvo por alguna mención episódica y sólo hace acto de presencia en el último tramo –como suele ser habitual en sus novelas, una verdadera traca final de acciones hiperviolentas, contada con enorme brío- para ayudar a sus amigos en lo que parece una encerrona sin posible escape.

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Hace ya bastante tiempo que no publico ninguna entrada sobre libros en este blog. En efecto, aunque no he dejado de escribir artículos más o menos relacionados con dicha categoría, la última reseña en sentido estricto fue la de Vida y destino, de Vasili Grossman, del pasado 13 de diciembre. Semejante abandono de uno de mis temas favoritos me hace sentirme doblemente culpable: no sólo por defraudar a mis incondicionales, sino también porque bajo las excusas de la pereza, la dificultad del género y el exceso de ocupaciones acaso se oculten los signos de una traición a mi propia naturaleza, o los primeros indicios de una pérdida de facultades con la que a todos (blogueros incluidos) nos amenaza el inevitable paso del tiempo.

En fin, no quiero ponerme melodramático ni exagerar la nota. Más vale coger el toro por los cuernos (y véase que la metáfora condice con las resonancias taurinas del título de este artículo) y compensar a mis lectores y a mí mismo por las oportunidades y el tiempo perdidos. Como no he dejado de leer durante todo estos meses, y de tomar las correspondientes notas, puedo juntarlas todas en una especie de reseña-compendio; seguramente será menos enjundiosa y detallada que mis piezas habituales, pero por otro lado tal vez tenga un interés añadido por la variedad de las obras comentadas y de los géneros a que pertenecen.

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Algo que me gusta de los veranos es que, sin proponérmelo y sin especiales esfuerzos, descubro o redescubro algún pequeño placer relacionado con la lectura. El verano pasado fue Brooklyn Follies de Paul Auster, y hace unos cuantos quedé completamente atrapada por el crimen victoriano de Anne Perry, especialmente con la serie del inspector Thomas Pitt. En principio, me atrajo lo propio del género (el crimen, las pistas, los sospechosos), pero la trama, la investigación y el suspense no eran lo más atractivo. Y así empecé una relación afectiva con aquel Londres de finales del XIX, donde Pitt y su esposa Charlotte diseccionan pasiones, analizan almas atormentadas y denuncian el mal en sus múltiples facetas.

Agotadas las existencias de Anne Perry, he dado con otra serie, también del género policíaco, en principio muy distinta a la victoriana. He cambiado el Londres decimonónico por la Venecia contemporánea de Donna Leon, y a Pitt y Charlotte por Guido Brunetti y su esposa, Paola Falier. A primera vista, pudiera parecer que una serie y otra sólo tienen en común el género y el hecho de contar al frente de las investigaciones con un marido, que es el comisario o inspector encargado del caso, y la cónyuge respectiva, que colabora con agudeza y sutil ingenio en la resolución del misterio. Pero, a pesar de las diferencias, hay más similitudes.
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Cartel de la películaEn las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano Richard Matheson, y Expiación: más allá de la pasión, de Joe Wright, adaptación de la obra del novelista inglés Ian McEwan. El hecho de que ambas adaptaciones mantengan el título original de las novelas es una de las pocas cosas que los dos films tienen en común, pues los presupuestos de los que han partido sus respectivos guionistas no pueden ser más distintos. Por cierto, me gustaría utilizar esta tribuna para protestar por el postizo cursi y ridículo que la distribuidora española ha añadido al hermosísimo título de las obras de McEwan y Wright, y que sólo puede explicarse como una muestra de desconfianza en la capacidad del público hispanohablante para entender el sentido del término. Que la industria cinematográfica española nos trate como idiotas es ofensivo (en el ámbito anglosajón no se ha hecho lo mismo, como puede verse en el cartel original, a pesar de que el sustantivo inglés “atonement” es tanto o más desacostumbrado que “expiación”), por mucho que un servidor, a la luz de su experiencia como docente, esté tentado de considerar que la mencionada suposición tiene bastante de verosímil.

Otro de los escasísimos elementos comunes a Soy leyenda y Expiación es la fructífera relación de los autores de ambas novelas con el cine. De la pluma de Matheson han salido muchos guiones para películas y series de televisión, pero también varias novelas y relatos que inspiraron títulos muy famosos: además de la citada Soy leyenda, que con la de Lawrence ha conocido tres versiones en la gran pantalla, se pueden citar films como El increíble hombre menguante, El diablo sobre ruedas o En algún lugar del tiempo; los aficionados harán bien en consultar a este respecto la página que dedica la IMDB a la actividad cinematográfica del escritor. Tampoco Ian McEwan es un recién llegado al séptimo arte, pues al menos cuatro de sus novelas se han llevado al cine (El placer del viajero, Amor perdurable, El jardín de cemento y El inocente), amén de varios relatos breves; por supuesto, la IMDB también dedica su correspondiente página a los avatares fílmicos de las obras del novelista inglés. Aunque las películas basadas en los textos de McEwan hayan tenido hasta la fecha una recepción más bien minoritaria, parece que con Atonement-Expiación se ha roto la tendencia, pues la cinta de Joe Wright ha tenido una acogida entusiasta (y a McEwan no la falló el olfato en este caso, pues ha participado en el rodaje del film en calidad de productor ejecutivo).

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Portada del libroDe las novelas policíacas de John Connolly publicadas en español he leído todas menos la segunda, El poder de las tinieblas, que por algún extraño motivo pasó a formar parte del montón de libros pendientes de leer que se apilan sobre mi mesa de trabajo. Y digo “extraño motivo” porque tanto Perfil asesino como El camino blanco y, sobre todo, Todo lo que muere me gustaron mucho. Por eso, en cuanto supe de la publicación de El ángel negro, la quinta y por el momento última novela traducida al español de la serie protagonizada por el detective Charlie Parker, alias “Bird” (falta por traducirse The Unquiet, que se publicó en la primavera de este año), me apresuré a comprarla.

La acabé anteayer, y lamento decir que me ha parecido decepcionante. Es, sin lugar a discusión, una novela con todos los ingredientes característicos de la narrativa de John Connolly -un protagonista atormentado y de moral ambigua, villanos que practican una violencia feroz y despiadada, escenarios oscuros, de una sordidez sin fisuras, una trama compleja que arranca de la búsqueda de una mujer desaparecida y asesinada, deliberados lazos de conexión con el resto de las novelas de la serie-, pero le falta el rasgo más interesante de las anteriores: la peculiar intensidad del relato, aquí disminuida por un planteamiento narrativo y por ciertos aspectos de la configuración de historia y personajes que, a mi modo de ver, resultan poco convincentes.

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Portada del libroEn la reseña de su segunda novela anuncié mi propósito de dar cuenta de toda la serie policíaca de John Connolly, formada por Todo lo que muere, Perfil asesino, El poder de las tinieblas y El camino blanco. También señalé entonces que tal vez tendría que recurrir a comprar sus dos primeras novelas por Internet, porque no las encontraba en las librerías de Pamplona.

Era un temor infundado, porque el 3 de julio conseguí los dos libros que me faltaban. Saltándome el orden que había fijado en mi particular lectura inversa de la serie, decidí leer en primer lugar Todo lo que muere, no sólo porque, según unos cuantos comentaristas, es una de las mejores, sino sobre todo porque en ella se configuran todos los rasgos constitutivos del mundo hiperviolento y obsesivo de su protagonista, el investigador y ex policía Charlie Parker.

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Bichos asesinos

Portada del libroLeer una serie novelística en orden inverso de publicación es una experiencia curiosa, tal vez no del todo aconsejable para los fanáticos del orden y la disciplina, pero sin ninguna duda muy singular. Yo acabo de ponerla en práctica con la lectura de Perfil asesino, la segunda novela de John Connolly que pasa por mis manos, y la tercera en orden cronológico de entre las protagonizadas por el detective Charlie Parker (alias “Bird”, por supuesto), tras Todo lo que muere (1999) y El poder de las tinieblas (2000).

Ya señalé en la reseña de El camino blanco que para anudar cabalmente todos los hilos que se entrejían en la trama de esta novela era conveniente haber leído antes las anteriores. Y eso es lo que he hecho en mi lectura de Perfil asesino: prestar toda la atención posible a esta historia de fanáticos religiosos criminales, que envuelven sus odiosas pasiones con los ropajes de una fe radicalmente inhumana. Por entre las páginas de Perfil asesino he ido rastreando aquellas conexiones con El camino blanco que me permitían entender mejor ambas novelas: ciertos detalles de la muerte de la mujer y la hija de Parker a manos del asesino conocido como el Viajante, los espantosos hábitos de la familia del predicador Aaron Faulkner y sus hijos, los pormenores de esa extraña pareja antitética (homosexuales y asesinos, dotados de un paradójico sentido moral) que forman Louis y Angel, los ayudantes de Parker. Me queda todavía mucho por saber de la historia personal del protagonista (y me temo que voy a tener que rastrearla a través de las librerías online, pues no logro encontrar en las librerías de Pamplona Todo lo que muere ni El poder de las tinieblas), pero ya me voy poniendo al corriente.

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Portada del libroLos libros se compran por afición, por recomendación de los amigos, por afinidad con el autor, el género o la época en que fueron escritos y también por su papel o sus portadas. Cualquiera que haya tenido en sus manos un libro de los que publicaba la editorial Alianza, allá por los años setenta y ochenta, con portadas del inimitable Daniel Gil, sabrá a qué me refiero.

En su día, yo compré unos cuantos números de la colección “El Libro de Bolsillo” sólo por disfrutar de los diseños de Daniel Gil. Hoy me ocurre algo parecido con los libros de la colección “Andanzas” de Tusquets Editores, cuyos lomos negros y satinados y las ilustraciones de sus portadas -siempre tan expresivas y a menudo tan artísticas- hacen por la promoción de los libros mucho más que las mejores campañas. El jueves de la semana pasada, mientras esperaba en la terminal 4 de Barajas al avión que debía devolverme a Pamplona, me fijé en la foto de la portada de El camino blanco, de John Connolly, en la que unas manos rojas de sangre (o de pintura roja), a la espalda de una figura masculina en forzado contrapicado, reclamaban mi atención.

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Portada del libroNo creo exagerar lo más mínimo al afirmar que esta obra del escritor inglés Kazuo Ishiguro es una de las novelas más hermosas e inquietantes que he leído en los últimos tiempos. Un libro bellísimo a la vez que perturbador, porque bajo la delicada y sutil superficie de su relato, bajo la amable apariencia de un estilo reposado, incluso lánguido, discurre una historia desasosegante y atroz, ante la cual ningún lector puede mostrarse indiferente.

Hace algunos meses que compré la novela, animado por las estupendas críticas que acompañaron su publicación. Recuerdo que al llegar a casa la abrí al azar, leí algunos párrafos, y finalmente la dejé sobre la mesilla, reposando, como los buenos vinos. Cuando finalmente pude leerla con sosiego, enseguida me di cuenta de que era un libro intenso, diferente, de esos que duelen cuando terminan y dejan en la memoria una huella que no desaparece, como en tantos otros casos, cuando la historia se precipita a su fin. Al contrario, cuando el lector finaliza la última página no puede sustraerse a la tentación de volver atrás, releer algunos párrafos y encontrarse de nuevo con los mejores momentos del relato. Por eso el imperdonable pecado que uno comete siempre cuando desvela aspectos claves del argumento –ya están advertidos quienes sufren estas revelaciones como una intolerable agresión– tal vez sea más justificable en este caso.

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Portada del libroHace ya varios años que leí El cromosoma Calcuta (1996), del escritor indio Amitav Ghosh. Aunque era una novela compleja y no siempre fácil de seguir, con sus distintas líneas narrativas y su absorbente mezcla de aspectos de ficción científica con una atmósfera densa y alucinatoria, recuerdo que me produjo una impresión muy favorable. Ahora acabo de terminar La marea hambrienta, una novela de indudable interés, aunque a mi modo de ver no llegue a la altura de la que acabo de comentar.

Por utilizar una metáfora que tiene mucho que ver con la profesión de su protagonista, La marea hambrienta constituye un ejemplar novelístico raro y delicado. En principio podríamos considerarla como una novela de amor entre dos personajes pertenecientes a mundos muy diversos –Piya, una cetóloga norteamericana de padres hindúes, que ha llegado a los manglares de los Sunderbans, en el Golfo de Bengala, para investigar los hábitos del orcaella brevirostris o delfín del Irrawady, y Kanai, un apuesto traductor y empresario de Delhi, que viaja a las islas a petición de una tía suya para leer los diarios que el esposo de ésta dejó escritos antes de su muerte–, aunque en realidad se trata más de una historia de amor a la tierra y al paisaje que de un relato amoroso convencional. De hecho, la pasión erótica apenas aparece entrevista en una novela que destaca por lo delicado y pudoroso del tratamiento de las relaciones personales. Y aunque prácticamente no hay una escena de amor en toda la novela (las que aparecen tienen un tono difuso o evocado), en gran parte de ella se respira una tensión erótica muy singular.

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