novela norteamericana

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Seis hermosos libros, seis

Hace ya bastante tiempo que no publico ninguna entrada sobre libros en este blog. En efecto, aunque no he dejado de escribir artículos más o menos relacionados con dicha categoría, la última reseña en sentido estricto fue la de Vida y destino, de Vasili Grossman, del pasado 13 de diciembre. Semejante abandono de uno de mis temas favoritos me hace sentirme doblemente culpable: no sólo por defraudar a mis incondicionales, sino también porque bajo las excusas de la pereza, la dificultad del género y el exceso de ocupaciones acaso se oculten los signos de una traición a mi propia naturaleza, o los primeros indicios de una pérdida de facultades con la que a todos (blogueros incluidos) nos amenaza el inevitable paso del tiempo.

En fin, no quiero ponerme melodramático ni exagerar la nota. Más vale coger el toro por los cuernos (y véase que la metáfora condice con las resonancias taurinas del título de este artículo) y compensar a mis lectores y a mí mismo por las oportunidades y el tiempo perdidos. Como no he dejado de leer durante todo estos meses, y de tomar las correspondientes notas, puedo juntarlas todas en una especie de reseña-compendio; seguramente será menos enjundiosa y detallada que mis piezas habituales, pero por otro lado tal vez tenga un interés añadido por la variedad de las obras comentadas y de los géneros a que pertenecen.

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Placer victoriano, placer veneciano

Algo que me gusta de los veranos es que, sin proponérmelo y sin especiales esfuerzos, descubro o redescubro algún pequeño placer relacionado con la lectura. El verano pasado fue Brooklyn Follies de Paul Auster, y hace unos cuantos quedé completamente atrapada por el crimen victoriano de Anne Perry, especialmente con la serie del inspector Thomas Pitt. En principio, me atrajo lo propio del género (el crimen, las pistas, los sospechosos), pero la trama, la investigación y el suspense no eran lo más atractivo. Y así empecé una relación afectiva con aquel Londres de finales del XIX, donde Pitt y su esposa Charlotte diseccionan pasiones, analizan almas atormentadas y denuncian el mal en sus múltiples facetas.

Agotadas las existencias de Anne Perry, he dado con otra serie, también del género policíaco, en principio muy distinta a la victoriana. He cambiado el Londres decimonónico por la Venecia contemporánea de Donna Leon, y a Pitt y Charlotte por Guido Brunetti y su esposa, Paola Falier. A primera vista, pudiera parecer que una serie y otra sólo tienen en común el género y el hecho de contar al frente de las investigaciones con un marido, que es el comisario o inspector encargado del caso, y la cónyuge respectiva, que colabora con agudeza y sutil ingenio en la resolución del misterio. Pero, a pesar de las diferencias, hay más similitudes.
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Cartel de la películaEn las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano Richard Matheson, y Expiación: más allá de la pasión, de Joe Wright, adaptación de la obra del novelista inglés Ian McEwan. El hecho de que ambas adaptaciones mantengan el título original de las novelas es una de las pocas cosas que los dos films tienen en común, pues los presupuestos de los que han partido sus respectivos guionistas no pueden ser más distintos. Por cierto, me gustaría utilizar esta tribuna para protestar por el postizo cursi y ridículo que la distribuidora española ha añadido al hermosísimo título de las obras de McEwan y Wright, y que sólo puede explicarse como una muestra de desconfianza en la capacidad del público hispanohablante para entender el sentido del término. Que la industria cinematográfica española nos trate como idiotas es ofensivo (en el ámbito anglosajón no se ha hecho lo mismo, como puede verse en el cartel original, a pesar de que el sustantivo inglés “atonement” es tanto o más desacostumbrado que “expiación”), por mucho que un servidor, a la luz de su experiencia como docente, esté tentado de considerar que la mencionada suposición tiene bastante de verosímil.

Otro de los escasísimos elementos comunes a Soy leyenda y Expiación es la fructífera relación de los autores de ambas novelas con el cine. De la pluma de Matheson han salido muchos guiones para películas y series de televisión, pero también varias novelas y relatos que inspiraron títulos muy famosos: además de la citada Soy leyenda, que con la de Lawrence ha conocido tres versiones en la gran pantalla, se pueden citar films como El increíble hombre menguante, El diablo sobre ruedas o En algún lugar del tiempo; los aficionados harán bien en consultar a este respecto la página que dedica la IMDB a la actividad cinematográfica del escritor. Tampoco Ian McEwan es un recién llegado al séptimo arte, pues al menos cuatro de sus novelas se han llevado al cine (El placer del viajero, Amor perdurable, El jardín de cemento y El inocente), amén de varios relatos breves; por supuesto, la IMDB también dedica su correspondiente página a los avatares fílmicos de las obras del novelista inglés. Aunque las películas basadas en los textos de McEwan hayan tenido hasta la fecha una recepción más bien minoritaria, parece que con Atonement-Expiación se ha roto la tendencia, pues la cinta de Joe Wright ha tenido una acogida entusiasta (y a McEwan no la falló el olfato en este caso, pues ha participado en el rodaje del film en calidad de productor ejecutivo).

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Portada del libroAyer terminé una larga crítica de La carretera, la novela de Cormac McCarthy ganadora de la última edición del Premio Pulitzer para obras de ficción. Si todo va bien, mi trabajo se publicará en el próximo número de la revista Hélice, en la que colaboro con cierta regularidad y cuyos cinco primeros números (la aparición del sexto coincidió con alguna otra ocupación y no me dio tiempo a completar la correspondiente reseña), he comentado en este blog.

Como la crítica ya está comprometida, no sería correcto avanzar desde aquí su contenido. Sin embargo, quiero aprovechar la oportunidad para hacer una recomendación entusiasta a los habituales de La Bitácora del Tigre, sobre todo si son profesores, y todavía con más razón si son profesores de Lengua y Literatura: que lean La carretera, dos veces si es preciso (es un libro de poco más de doscientas páginas, de lectura fácil, aunque en ciertos momentos tan áspera y cruda que hay que hacer un alto y tomar aire) porque se trata de una obra literaria impresionante, de una expresividad y riqueza mayúsculas, destinada a convertirse en todo un clásico moderno.

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Asesinatos venecianos

Portada del libroHace tiempo que tenía ganas de leer algo de la escritora norteamericana Donna Leon, cuya serie policíaca protagonizada por el comisario veneciano Guido Brunetti ha tenido un éxito espectacular de público y, por lo que yo sé, también de crítica. El pasado sábado, en la Feria del Libro de Pamplona, Pilar me hizo el favor de quitarme la chirrinta con un par de novelas que compró para ella, y que una vez fichadas en nuestra base de datos (esto sí que sería motivo para un meme grandioso de la blogosfera educativa: compartir nuestros catálogos informáticos), me cedió graciosamente. Se trata de Vestido para la muerte y Pruebas falsas, de 1994 y 2004, respectivamente, que constituyen la tercera y decimotercera entregas de la serie.

Como soy un lector muy poco sistemático, bastante compulsivo y muy aficionado al género policial, me lancé con avidez sobre la primera, a pesar de tener sobre el escritorio un montón de libros con credenciales más prestigiosas y, desde luego, con más antigüedad. Lo leí no de un tirón, pero casi. A las 11,30 horas de la noche del domingo ya lo tenía acabado, e incluso me había dado tiempo para practicar esa actividad que tanto nos gusta a los fans de los relatos policiales: releer los episodios claves para la identificación del asesino.

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Curiosidades del Olimpo

Portada del primer volumen de OlympoEn al menos dos entradas de este blog (las del 27 de diciembre y el 3 de enero ) señalé mi propósito de escribir una larga reseña de Olympo, la colosal novela de Dan Simmons que la colección Nova de Ediciones B ha publicado en dos volúmenes a lo largo del pasado año. Tengo que anunciar ahora, entre otras razones para no faltar a mis propias normas de etiqueta bloguera, que esa reseña no se va a publicar en La Bitácora del Tigre, porque ha acabado por desembocar en un proyecto algo más ambicioso, que espero fructifique en un formato distinto al del blog.

No quiero, sin embargo, dejar pasar la ocasión sin anotar unos cuantos detalles llamativos de la novela, que sin duda interesarán a los amantes de la ciencia ficción. Hay tantas referencias, ideas, hechos y anécdotas en las casi novecientas páginas de este relato que la lista de curiosidades podría multiplicarse por diez, y todavía no se agotaría. Seguro que las que figuran a continuación servirán de estímulo a los aficionados al género que todavía no hayan leído el libro.

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La dalia negra de James Ellroy

Portada del libroHace casi un mes comenté en esta bitácora La dalia negra, la última película de Brian de Palma, basada en la novela homónima de James Ellroy. En la entrada señalé cuánto me habían gustado las novelas del escritor norteamericano, y en particular Los Ángeles confidencial y Jazz blanco, dos de las que integran el llamado “cuarteto de Los Ángeles”, y lo poco convencido que había salido de la película.

Pues bien, acabo de terminar la novela y me confirmo en lo que dije en la mencionada reseña: aunque meritorio por la calidad de su adaptación y por la eficacia en la recreación del universo angelino de hacia 1947, el filme de Brian de Palma es un pálido reflejo de la intensidad y la fuerza de esta espléndida novela negra, pródiga en violencias, corrupciones y personajes obsesivos. Un reflejo descolorido y apagado, porque en la película no hay casi nada de la tensión, la turbiedad y hasta la desesperación que recorren el relato de Ellroy.

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Celebración de la vida y de la ficción

Portada del libroSi usted, amable lector, pasa por una grave enfermedad, o acaba de salir de un penoso divorcio, si sufre la separación de sus seres queridos, y ha perdido el entusiasmo por la vida (”Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”, es la primera frase del libro), si le penan sus errores y cree que no merecen disculpa, lea, por favor, Brooklyn Follies, del escritor y cinesta norteamericano Paul Auster. Lea esta novela gozosa, divertida, folletinesca y descaradamente cotilla, que vuelve a confirmar una vez más, por si necesario fuera, el acierto de Truman Capote cuando afirmó que toda la literatura es, al fin y al cabo, cotilleo. Disfrute, estimado lector, con los tipos peculiares que pueblan este Brooklyn convertido por la mano maestra de Paul Auster en un barrio entrañable y próximo, con su variopinta población de cien lenguas y nacionalidades, con sus penas y alegrías, con sus conmovedoras historias, y sus no menos conmovedoras historietas.

Porque Brooklyn Follies es una celebración de la vida, un precioso relato de cómo la vida puede imponerse a la desesperanza, a la derrota, y alumbrar en el otoño de la existencia del hombre más triste, de la mujer más abandonada, el fulgor de una alegría inesperada, de una nueva ilusión. Brooklyn Follies es también una celebración del poder de la literatura, un canto a la capacidad de la fabulación para hacer del mundo un lugar más habitable, más digno de ser vivido. Pues así ocurre entre los personajes de esta novela: que cuando parecen no encontrar salida a sus cuitas, viene alguien y cuenta una historia, y esa historia se ramifica en otras, adquiere vida propia, saca al personaje de su estupor, y le hace vivir de nuevo.

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Gran literatura a marchas forzadas

Portada del libroLeyendo La gran marcha, la última novela de E.L. Doctorow publicada en España, resulta difícil sustraerse a la tentación de creer que la Guerra de Secesión americana y, en concreto, la espectacular campaña que el general William Tecumseh Sherman llevó a cabo a través del los territorios confederados de Georgia y las Carolinas, entre 1864 y 1865, debió de haber ocurrido exactamente tal y como la cuenta el novelista neoyorkino.

Y es que la novela tiene una fuerza irresistible, una intensidad y capacidad de convicción poco comunes. Al hilo del vigoroso relato de “la Marcha de Sherman” o “La Marcha hacia el mar” (una campaña tan victoriosa en lo militar como controvertida entre los historiadores, sobre todo a causa de las tácticas de tierra quemada desarrolladas por las tropas federales con el objetivo de debilitar la capacidad militar de los sudistas), la novela bulle de personajes que entran y salen de la trama, en una suerte de frenética sucesión que, una vez pasada la sorpresa de las primeras páginas (pues la narración salta de un episodio a otro con una flexibilidad y soltura que al principio resultan desconcertantes), acaba acogiéndose con deleite y fascinación.

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Portada del libroEste es el segundo volumen de la trilogía de Philip Roth sobre la historia norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, y también el segundo que leo, tras Pastoral americana, terminado apenas hace mes y medio. El aire de familia entre ambas novelas es evidente, pues las dos tienen el mismo narrador y parten de situaciones narrativas semejantes, además de compartir abundantes motivos y unos cuantos escenarios comunes, y a pesar de ello he tenido que invertir en la lectura de Me casé con un comunista un esfuerzo que no necesité para la anterior.

Aunque cabe dentro de lo posible, no creo que la causa haya sido una sobresaturación, un empacho de Roth. En Me casé con un comunista el escritor norteamericano se muestra tan sólido y consistente como en cualquiera de las otras dos novelas que he leído, La conjura contra América y Pastoral americana. Su dominio de los tiempos y ritmos del relato es tan indiscutible como siempre, al igual que su capacidad para hacer literatura de cualquier episodio de las vidas de sus personajes, por insignificante, minúsculo o anecdótico que resulte. Es más que difícil poner una tacha, por mínima que sea, a la colosal actividad ficcionalizadora de Roth, al modo en que ese narrador semiautobiográfico que es Nathan Zuckerman (trasunto, en muchos aspectos, del propio novelista), recoge testimonios, interactúa con los personajes, combina los relatos de éstos con sus propios recuerdos y construye, en suma, una conmovedora y exigente inquisición sobre los tiempos oscuros del maccarthismo, capaz de envilecer a toda una sociedad y destruir las vidas de muchos de sus mejores ciudadanos.

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