Más de una vez me he retratado en los sitios web en los que escribo (Lengua en Secundaria hasta hace un par de años, y más recientemente en este blog), como un seguidor apasionado, aunque algo vergonzante, del novelista y cineasta norteamericano Michael Crichton, que falleció el pasado día 4 de noviembre en Los Ángeles, a causa del cáncer, con apenas 66 años.
Lo primero que sentí al enterarme de su muerte fue aturdimiento y estupor. Su aspecto de atildado profesor universitario, su apostura (2,06 metros, según su ficha biográfica en la IMDB), sus maneras de intelectual educadísimo, su eterna juventud aparente, le hacían parecer invulnerable a los estragos del tiempo y de la edad. Sin embargo, incluso a Crichton le ha llegado, a edad relativamente temprana, la hora de la muerte, sin que los milagros de la ingeniería genética y la biotecnología, a los que dedicó algunas de sus mejores páginas y varias de entre sus películas más célebres, hayan podido librarle del acecho de la Parca.

En las últimas semanas he visto dos películas basadas en novelas que me gustaron mucho cuando las leí: Soy leyenda, de Francis Lawrence, nueva versión de la novela homónima del autor norteamericano
Ayer terminé una larga crítica de La carretera, la novela de
Hace tiempo que tenía ganas de leer algo de la escritora norteamericana
En al menos dos entradas de este blog (las del
Hace casi un mes comenté en esta bitácora
Si usted, amable lector, pasa por una grave enfermedad, o acaba de salir de un penoso divorcio, si sufre la separación de sus seres queridos, y ha perdido el entusiasmo por la vida (”Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”, es la primera frase del libro), si le penan sus errores y cree que no merecen disculpa, lea, por favor, Brooklyn Follies, del escritor y cinesta norteamericano
Leyendo La gran marcha, la última novela de E.L. Doctorow publicada en España, resulta difícil sustraerse a la tentación de creer que la Guerra de Secesión americana y, en concreto, la espectacular 



