novela norteamericana

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Portada del libroHabía pensado titular la reseña de una manera un poco más enérgica -La novela más inverosímil del mundo-, pero he preferido ser prudente. Al fin y al cabo, me quedan muchas por leer; además, a la vista de las recientes modas enigmáticas y conspiratorias que se han impuesto en el mercado editorial, no es improbable que dentro de un par de meses aparezca alguna historia todavía más desatinada e inconcebible que El resurgir de la Atlántida, de Thomas Greanias.

Porque eso es, ni más ni menos, esta novela: un desatino colosal desde la primera hasta la última página, un relato descabalado y grotesco, construido a base de superponer retazos de enigmas vagamente históricos e hipótesis seudocientíficas, y cuyas inverosimilitudes e inconsecuencias sólo se soportan por un efecto paradójico: el que provoca su acumulación, la creciente e ilimitada audacia del novelista norteamericano, que aquí logra un raro efecto: el de saturar la sensibilidad del lector y hacerle entrar en una especie de trance hipnótico, resistente a la vigilancia crítica, del que tras despertar sólo queda una monumental resaca.

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Esplendor y tragedia del héroe americano

Portada del libroEn la reseña de La conjura contra América prometí dedicar más atención a la obra de Philip Roth. En concreto, a Pastoral americana, que había comprado poco antes de terminar aquélla. He tardado varios meses en cumplir mi promesa, y no por falta de ánimo, porque La conjura me dejó rendido ante el talento del novelista norteamericano. Pero bueno, ya se sabe lo que pasa con las promesas formuladas en momentos de entusiasmo: se coge otro libro, se pica de aquí y de allá, y, sin saber muy bien cómo, uno acaba por arrumbar los buenos propósitos bajo una creciente y desordenada pila de volúmenes. Con todo, la segunda novela de Roth que pasa por mis manos ha tenido más suerte que otros libros, que ahí siguen, los pobres, sosteniendo el montón. Hace tres semanas que conseguí rescatar Pastoral americana del fondo de la pila, de donde salió prácticamente indemne (los libros aguantan la presión mejor que los seres humanos), y me lancé sobre ella con un apetito feroz.

No tenía ninguna duda de que Pastoral americana me gustaría. La novela, publicada en 1997, ganó el Premio Pulitzer, y todo lo que había leído sobre ella era muy elogioso. Sin embargo, tengo que reconocer que es un relato todavía mejor de lo que había supuesto: intenso, profundo, deslumbrante por la pericia de su planteamiento narrativo y por la eficacia de su manejo del tiempo y del ritmo, lleno de pasión y conocimiento del mundo, con una capacidad sobresaliente para captar la compleja realidad de la vida norteamericana a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y especialmente durante uno de sus períodos más convulsos: el período comprendido entre la extensión de la Guerra de Vietnam y el impeachment de Nixon.

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Una novela tramposa

Portada del libroLos méritos literarios de Estado de miedo, la última novela de Michael Crichton publicada en España, son, por decirlo de una manera elegante, más que discutibles. Los personajes no tienen la menor solidez, la trama se deshace en un conjunto deslavazado de situaciones a cuál más insostenible, y la escritura no sobrepasa un nivel crudamente funcional, sin el menor rasgo de estilo (tampoco la traducción ayuda gran cosa a mejorarla, por cierto). De hecho, estoy convencido de que se trata de una de las novelas más flojas de Michael Crichton, y seguramente también una de las más aburridas. Me caben serias dudas, además, de que se pueda considerar como una novela en sentido estricto, pues tanto por la actitud autoral que la preside como por su despliegue erudito (con gráficos, notas a pie de página y un larguísimo listado bibliográfico), se encuentra más cerca del ensayo, e incluso en ciertos aspectos del panfleto, que de los parámetros que suelen considerarse habituales en el ámbito de la ficción literaria.

Ciertamente, no es la primera vez que el autor recurre a los recursos documentales propios de la divulgación científica, que forman parte inconfundible del paisaje novelístico crichtoniano y del peculiar estatus ficcional de eso que, a falta de mejor nombre, suele denominarse tecnothriller. Quizás convenga aclarar que yo no tengo ningún prejuicio especial contra esta clase de relatos o contra su autor. Antes al contrario, Crichton me parece un escritor muy interesante, con magníficas obras no sólo literarias, sino cinematográficas; además, las novelas de intriga tecnológica me gustan, y no tengo empacho en comentarlas en mis reseñas de Lengua en Secundaria o de La Bitácora del Tigre. Lo que ocurre es que Estado de miedo apenas si puede considerarse una novela en el sentido cabal del término, ya que carece de la imprescindible distancia entre la voz del autor y la perspectiva dominante, y la trama de ficción (una conspiración de un grupo ecologista radical que pretende provocar, con el concurso de diversos medios tan tecnificados como inverosímiles, una serie de desastres atribuibles a los efectos del cambio climático) carece de la menor autonomía, puesto que sólo sirve al propósito de justificar las tesis de su autor, a saber: que no existen pruebas fiables de un aumento significativo de la temperatura media de la Tierra como consecuencia de la actividad antrópica, y menos aún de que tal aumento vaya a provocar un cambio climático abrupto y catastrófico.

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Vida de una familia judía

Portada del libroDa cierta vergüenza reconocerlo, habida cuenta de la posición que ocupa el autor en la literatura norteamericana contemporánea, pero hasta leer la última novela de Philip Roth publicada en España, La conjura contra América, no había tenido apenas contacto con la obra de este interesantísimo escritor, salvo por algunos cuentos recogidos en antologías, alguna entrevista y una adaptación cinematográfica reciente, la de La mancha humana, dirigida por Robert Benton en 2003.

Más vale tarde que nunca, me apresuro a decir, porque la lectura de La conjura contra América es una experiencia fascinante, a cuya luz desaparece cualquier atisbo de lamentación por lo que uno no ha leído y triunfa en cambio el entusiasmo del descubrimiento. A la vista de la magnífica novela que nos ha entregado Philip Roth, me viene a la memoria la paradójica reflexión de Martín de Riquer sobre la inmortal creación de Miguel de Cervantes: “qué suerte no haber leído nunca el Quijote, para poder descubrirlo por primera vez”. Esa es justamente mi fortuna, pues gracias al desconocimiento de las novelas anteriores de Roth, he tenido la oportunidad de acceder con toda mi capacidad de admiración intacta al vigoroso mundo narrativo de esta novela.

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Portada de la novelaNo conozco todas las novelas del tándem Douglas Preston y Lincoln Child, pero con las seis que he leído (El ídolo perdido, Nivel 5, El relicario, Más allá del hielo, Los asesinatos de Manhattan, y esta última que acabo de terminar, La mano del diablo) creo que ya he conseguido cogerle el tranquillo a esta pareja de novelistas norteamericanos, practicantes de un género que combina, a mi modo de ver con bastante acierto, lo policíaco, el suspense, el horror y los elementos tecnológicos. Thrillers de alta tecnología, podría ser la etiqueta adecuada para sus novelas, casi siempre de lectura apasionante, que complementan su innegable vocación de superventas con un cierto brillo cultural y, de vez en cuando, estimables cualidades literarias.

Probablemente La mano del diablo no sea la mejor de sus obras (una posición que en mi particular escala de valores habría que conceder a El ídolo perdido o a la estupenda Más allá del hielo), pero tampoco decepcionará a los seguidores de Preston y Child, aunque no sea más que por el hecho de que en ella abundan elementos muy característicos de su narrativa: los motivos siniestros –las muertes sangrientas, los subterráneos, las presencias maléficas o infernales–, la trama tecnológica –que en este caso está bastante cogida por los pelos, aunque tiene su gracia–, los personajes de novelas anteriores –en este caso, los agentes D’Agosta y Pendergast– o incluso una cierta propensión a adornar el relato con un barniz de culturalismo literario-artístico-histórico, que llega al curioso extremo de “resucitar” para la trama a un personaje literario: el conde Fosco, uno de los protagonistas de La dama de blanco, de Wilkie Collins.

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Dan Brown antes de Da Vinci

Portada de la novelaAcabo de terminar La conspiración, de Dan Brown, el autor de la famosísima novela El código Da Vinci, una obra que merecería pasar a la historia de la literatura no precisamente por su calidad, sino por haber servido como modelo de un sinfín de clones de ese peculiar subgénero (la novela templaria, habría que llamarlo) con el que las editoriales nos castigan de un tiempo a esta parte.

Aunque La conspiración sea dos años anterior a El código Da Vinci, la comparación entre ambas no permite concluir que la experiencia le haya servido a su autor para mejorar en oficio novelístico, sino más bien al contrario. No me atrevo a afirmar que la primera sea una novela mejor (ambas son obras descaradamente comerciales, con escaso valor literario), pero sí mucho más interesante. Al menos, no tiene las pretensiones “culturales” del megaéxito que ha venido arrasando en las listas de ventas, circunstancia esta última que, por mucho que me esfuerzo en analizar, me sigue pareciendo rigurosamente inexplicable.

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Portada de la novelaEsa es la impresión que queda después de leer la monumental última novela del escritor norteamericano: que Tom Wolfe ha escrito un libro de lectura apasionante, casi adictiva, con el único fin de apabullar a un enemigo que no merece semejante despliegue. Novecientas páginas para narrar el ascenso, caída y recuperación de una joven estudiante matriculada en una prestigiosa (y ficticia) universidad de la costa este norteamericana se me antojan excesivas para una historia que, a pesar de su intención vigorosamente satírica y de la eficacia de su estilo, resulta para mi gusto excesivamente convencional.

Lo cual no quita para que, como acabo de señalar, se trate de una novela muy entretenida, muy popular en el mejor sentido de la palabra, que se lee a todo meter, a menudo con una sonrisa en los labios. Qué mejor escenario para refocilarse con los tonos y modos habituales de la sátira wolfiana que el de una universidad “pija” yanqui, poblada de una fauna que ya nos hemos encontrado en La hoguera de las vanidades y Todo un hombre: los estudiantes deportistas (sintagma al que hay que atribuir la categoría de oxímoron, a juzgar por el retrato inmisericorde que de este grupo realiza el libro), los miembros de las hermandades estudiantiles, verdaderos cretinos cuando no canallas repugnantes, los intelectuales seudoprogresistas, que comprenden todas las variantes y los tics extraídos del catálogo de la corrección política, los abogados mendaces y manipuladores al servicio de las grandes corporaciones y de los políticos corruptos de turno, y, sobre todo, el variado universo juvenil que puebla la novela, practicante de un obsceno dialecto del inglés contemporáneo (el “putañés”, según Wolfe) y obsesionado con el sexo, con las demostraciones de masculinidad (en el caso de los chicos) o de sex-appeal (en el de las chicas) y con la idea de que ante todo y sobre todo, es preciso ser “guay”.

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