Si usted, amable lector, pasa por una grave enfermedad, o acaba de salir de un penoso divorcio, si sufre la separación de sus seres queridos, y ha perdido el entusiasmo por la vida (“Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”, es la primera frase del libro), si le penan sus errores y cree que no merecen disculpa, lea, por favor, Brooklyn Follies, del escritor y cinesta norteamericano Paul Auster. Lea esta novela gozosa, divertida, folletinesca y descaradamente cotilla, que vuelve a confirmar una vez más, por si necesario fuera, el acierto de Truman Capote cuando afirmó que toda la literatura es, al fin y al cabo, cotilleo. Disfrute, estimado lector, con los tipos peculiares que pueblan este Brooklyn convertido por la mano maestra de Paul Auster en un barrio entrañable y próximo, con su variopinta población de cien lenguas y nacionalidades, con sus penas y alegrías, con sus conmovedoras historias, y sus no menos conmovedoras historietas.
Porque Brooklyn Follies es una celebración de la vida, un precioso relato de cómo la vida puede imponerse a la desesperanza, a la derrota, y alumbrar en el otoño de la existencia del hombre más triste, de la mujer más abandonada, el fulgor de una alegría inesperada, de una nueva ilusión. Brooklyn Follies es también una celebración del poder de la literatura, un canto a la capacidad de la fabulación para hacer del mundo un lugar más habitable, más digno de ser vivido. Pues así ocurre entre los personajes de esta novela: que cuando parecen no encontrar salida a sus cuitas, viene alguien y cuenta una historia, y esa historia se ramifica en otras, adquiere vida propia, saca al personaje de su estupor, y le hace vivir de nuevo.

Leyendo La gran marcha, la última novela de E.L. Doctorow publicada en España, resulta difícil sustraerse a la tentación de creer que la Guerra de Secesión americana y, en concreto, la espectacular
Este es el segundo volumen de la trilogía de Philip Roth sobre la historia norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, y también el segundo que leo, tras Pastoral americana, terminado apenas hace mes y medio. El aire de familia entre ambas novelas es evidente, pues las dos tienen el mismo narrador y parten de situaciones narrativas semejantes, además de compartir abundantes motivos y unos cuantos escenarios comunes, y a pesar de ello he tenido que invertir en la lectura de Me casé con un comunista un esfuerzo que no necesité para la anterior.
Había pensado titular la reseña de una manera un poco más enérgica -La novela más inverosímil del mundo-, pero he preferido ser prudente. Al fin y al cabo, me quedan muchas por leer; además, a la vista de las recientes modas enigmáticas y conspiratorias que se han impuesto en el mercado editorial, no es improbable que dentro de un par de meses aparezca alguna historia todavía más desatinada e inconcebible que El resurgir de la Atlántida, de Thomas Greanias.
En la reseña de
Los méritos literarios de Estado de miedo, la última novela de Michael Crichton publicada en España, son, por decirlo de una manera elegante, más que discutibles. Los personajes no tienen la menor solidez, la trama se deshace en un conjunto deslavazado de situaciones a cuál más insostenible, y la escritura no sobrepasa un nivel crudamente funcional, sin el menor rasgo de estilo (tampoco la traducción ayuda gran cosa a mejorarla, por cierto). De hecho, estoy convencido de que se trata de una de las novelas más flojas de Michael Crichton, y seguramente también una de las más aburridas. Me caben serias dudas, además, de que se pueda considerar como una novela en sentido estricto, pues tanto por la actitud autoral que la preside como por su despliegue erudito (con gráficos, notas a pie de página y un larguísimo listado bibliográfico), se encuentra más cerca del ensayo, e incluso en ciertos aspectos del panfleto, que de los parámetros que suelen considerarse habituales en el ámbito de la ficción literaria.
Da cierta vergüenza reconocerlo, habida cuenta de la posición que ocupa el autor en la literatura norteamericana contemporánea, pero hasta leer la última novela de Philip Roth publicada en España, La conjura contra América, no había tenido apenas contacto con la obra de este interesantísimo escritor, salvo por algunos cuentos recogidos en antologías, alguna entrevista y una adaptación cinematográfica reciente, la de La mancha humana, dirigida por Robert Benton en 2003.
No conozco todas las novelas del tándem Douglas Preston y Lincoln Child, pero con las seis que he leído (El ídolo perdido, Nivel 5, El relicario, Más allá del hielo, Los asesinatos de Manhattan, y esta última que acabo de terminar, La mano del diablo) creo que ya he conseguido cogerle el tranquillo a esta pareja de novelistas norteamericanos, practicantes de un género que combina, a mi modo de ver con bastante acierto, lo policíaco, el suspense, el horror y los elementos tecnológicos. Thrillers de alta tecnología, podría ser la etiqueta adecuada para sus novelas, casi siempre de lectura apasionante, que complementan su innegable vocación de superventas con un cierto brillo cultural y, de vez en cuando, estimables cualidades literarias.
Acabo de terminar La conspiración, de Dan Brown, el autor de la famosísima novela El código Da Vinci, una obra que merecería pasar a la historia de la literatura no precisamente por su calidad, sino por haber servido como modelo de un sinfín de clones de ese peculiar subgénero (la novela templaria, habría que llamarlo) con el que las editoriales nos castigan de un tiempo a esta parte.
Esa es la impresión que queda después de leer la monumental última novela del escritor norteamericano: que Tom Wolfe ha escrito un libro de lectura apasionante, casi adictiva, con el único fin de apabullar a un enemigo que no merece semejante despliegue. Novecientas páginas para narrar el ascenso, caída y recuperación de una joven estudiante matriculada en una prestigiosa (y ficticia) universidad de la costa este norteamericana se me antojan excesivas para una historia que, a pesar de su intención vigorosamente satírica y de la eficacia de su estilo, resulta para mi gusto excesivamente convencional.



