Philip Roth

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Portada del libroEste es el segundo volumen de la trilogía de Philip Roth sobre la historia norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, y también el segundo que leo, tras Pastoral americana, terminado apenas hace mes y medio. El aire de familia entre ambas novelas es evidente, pues las dos tienen el mismo narrador y parten de situaciones narrativas semejantes, además de compartir abundantes motivos y unos cuantos escenarios comunes, y a pesar de ello he tenido que invertir en la lectura de Me casé con un comunista un esfuerzo que no necesité para la anterior.

Aunque cabe dentro de lo posible, no creo que la causa haya sido una sobresaturación, un empacho de Roth. En Me casé con un comunista el escritor norteamericano se muestra tan sólido y consistente como en cualquiera de las otras dos novelas que he leído, La conjura contra América y Pastoral americana. Su dominio de los tiempos y ritmos del relato es tan indiscutible como siempre, al igual que su capacidad para hacer literatura de cualquier episodio de las vidas de sus personajes, por insignificante, minúsculo o anecdótico que resulte. Es más que difícil poner una tacha, por mínima que sea, a la colosal actividad ficcionalizadora de Roth, al modo en que ese narrador semiautobiográfico que es Nathan Zuckerman (trasunto, en muchos aspectos, del propio novelista), recoge testimonios, interactúa con los personajes, combina los relatos de éstos con sus propios recuerdos y construye, en suma, una conmovedora y exigente inquisición sobre los tiempos oscuros del maccarthismo, capaz de envilecer a toda una sociedad y destruir las vidas de muchos de sus mejores ciudadanos.

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Esplendor y tragedia del héroe americano

Portada del libroEn la reseña de La conjura contra América prometí dedicar más atención a la obra de Philip Roth. En concreto, a Pastoral americana, que había comprado poco antes de terminar aquélla. He tardado varios meses en cumplir mi promesa, y no por falta de ánimo, porque La conjura me dejó rendido ante el talento del novelista norteamericano. Pero bueno, ya se sabe lo que pasa con las promesas formuladas en momentos de entusiasmo: se coge otro libro, se pica de aquí y de allá, y, sin saber muy bien cómo, uno acaba por arrumbar los buenos propósitos bajo una creciente y desordenada pila de volúmenes. Con todo, la segunda novela de Roth que pasa por mis manos ha tenido más suerte que otros libros, que ahí siguen, los pobres, sosteniendo el montón. Hace tres semanas que conseguí rescatar Pastoral americana del fondo de la pila, de donde salió prácticamente indemne (los libros aguantan la presión mejor que los seres humanos), y me lancé sobre ella con un apetito feroz.

No tenía ninguna duda de que Pastoral americana me gustaría. La novela, publicada en 1997, ganó el Premio Pulitzer, y todo lo que había leído sobre ella era muy elogioso. Sin embargo, tengo que reconocer que es un relato todavía mejor de lo que había supuesto: intenso, profundo, deslumbrante por la pericia de su planteamiento narrativo y por la eficacia de su manejo del tiempo y del ritmo, lleno de pasión y conocimiento del mundo, con una capacidad sobresaliente para captar la compleja realidad de la vida norteamericana a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y especialmente durante uno de sus períodos más convulsos: el período comprendido entre la extensión de la Guerra de Vietnam y el impeachment de Nixon.

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Vida de una familia judía

Portada del libroDa cierta vergüenza reconocerlo, habida cuenta de la posición que ocupa el autor en la literatura norteamericana contemporánea, pero hasta leer la última novela de Philip Roth publicada en España, La conjura contra América, no había tenido apenas contacto con la obra de este interesantísimo escritor, salvo por algunos cuentos recogidos en antologías, alguna entrevista y una adaptación cinematográfica reciente, la de La mancha humana, dirigida por Robert Benton en 2003.

Más vale tarde que nunca, me apresuro a decir, porque la lectura de La conjura contra América es una experiencia fascinante, a cuya luz desaparece cualquier atisbo de lamentación por lo que uno no ha leído y triunfa en cambio el entusiasmo del descubrimiento. A la vista de la magnífica novela que nos ha entregado Philip Roth, me viene a la memoria la paradójica reflexión de Martín de Riquer sobre la inmortal creación de Miguel de Cervantes: “qué suerte no haber leído nunca el Quijote, para poder descubrirlo por primera vez”. Esa es justamente mi fortuna, pues gracias al desconocimiento de las novelas anteriores de Roth, he tenido la oportunidad de acceder con toda mi capacidad de admiración intacta al vigoroso mundo narrativo de esta novela.

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