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WordPerfect y la melancolía

En los últimos días me he dedicado a completar la sección de Materiales curriculares de la nueva versión de Lengua en Secundaria sobre Joomla (por cierto, el sitio sigue en obras; la parte abierta al público no tiene mala pinta, pero aún me queda mucho tajo). Como suele ocurrir cuando uno se ocupa de viejos trabajos, las inevitables actualizaciones acaban por crear un estado de ánimo melancólico: se ven las obras del pasado como si pertenecieran a otra persona, se descubren errores que en su momento pasaron desapercibidos, y se recuerdan aquellos días en que uno era más joven y relativamente indocumentado.

Una de las tareas que me ha llevado más tiempo ha sido la de actualizar algunos archivos de programaciones que elaboré, cuando trabajaba en el I.E.S. “Picos de Urbión”, de Covaleda (Soria), con el procesador de textos WordPerfect, que fue mi herramienta de cabecera informática durante muchos años. Para evitar los problemas derivados de la conversión de los archivos de WordPerfect a los formatos de OpenOffice y Microsoft Office (pues la exportación de documentos tan complejos, con encabezados, notas a pie de página e índices, no es del todo eficaz), volví a instalar en mi ordenador WordPerfect Office 2000, con la intención de editar los documentos originales, simplificar su formato y convertirlos en DOCs elegantes y manejables.

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Los chandríos de los correctores ortográficos

Repasando hoy una lista de centros educativos, me he encontrado con una curiosidad: el corrector ortográfico, al toparse con la secuencia “C.P. Arturo Campión” y no reconocer el apellido de este famoso prócer navarro, ha decidido por su cuenta y riesgo proponer una solución tan original como chocante: “C.P. Arturo Campeón”. No ha sido una errata mía, porque tengo impresa una versión anterior del documento, que utilicé como borrador para hacer unas anotaciones, y en ella no aparece el error. Seguramente, el procesador de textos cambió el término que no reconocía en la versión final del documento, y yo no advertí su intromisión. Por si acaso, y para evitar mosqueos y susceptibilidades, he enviado a los destinatarios de la lista una aclaración sobre la denominación correcta del centro.

Es cierto que don Arturo Campión Jaimebon (Kanpion en la transcripción de su primer apellido al euskera) fue todo un campeón en la defensa de la foralidad navarra y la lengua vasca (como ya he dicho, un colegio público de la capital navarra lleva su nombre), pero estoy seguro de que el corrector ortográfico de mi procesador de textos no es tan listo como para proponer un juego de palabras de semejante sofisticación.

Quién sabe cuántas veces nos habrán dejado con el culo al aire los correctores ortográficos, que a menudo hacen de su capa un sayo en todo lo que afecta a antropónimos, topónimos y otros nombres propios. No me atrevo a proponer a los docentes de lengua blogueros otro meme de desbarajustes o destrozos (que es lo que significa el aragonesismo chandrío, tan usado en Navarra) ocasionados por los correctores, pues ya tuvieron bastante con mi propuesta de ripios, pero a lo mejor les apetece publicar alguna sabrosa anécdota para complementar la mía, que a su vez sigue la estela de los gazapos consagrados por Lourdes Domenech, hace unos días, en A pie de aula.

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