publicaciones digitales

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No quiero insistir en las razones que me movieron a tratar de este tema, hace pocos días, en La Bitácora del Tigre, pero sí creo necesario insistir en que no es una obsesión personal, ni tampoco flor de un día destinada a marchitarse y no dejar recuerdo. El debate generado en torno al grupo Reconocimiento oficial del trabajo con las TIC (mil gracias a Antonio Solano, por su esfuerzo y sus ideas, y mi más sincera enhorabuena por el galardón obtenido en el II Premio Espiral edublogs 08), así como las propuestas derivadas de él demuestran la importancia del caso, y el interés legítimo que tenemos muchos profesores y profesoras en que las administraciones educativas tengan en cuenta nuestro trabajo en este ámbito.

Del esfuerzo conjunto de todos los que hemos colaborado en el grupo que acabo de mencionar han surgido varias iniciativas muy interesantes: un manifiesto que, entre otras, recoge varias ideas mías e incluye un formulario para la recogida de firmas con su correspondiente relación de firmantes, el wiki CausaTIC (los tres elaborados por Lourdes Barroso) y los oportunos logos con los que identificar mediáticamente la campaña: el primero de Leonor Quintana, modificado por Pedro Villarrubia, y los otros dos últimos de Néstor Alonso. Aquí figuran todos ellos, a disposición de cuantas personas quieran sumarse a la campaña.

Por un reconocimiento oficial de las publicaciones en la Red - Logo 1Por un reconocimiento oficial de las publicaciones en la Red - Logo 2Por un reconocimiento oficial de las publicaciones en la Red - Logo 3

El sinsentido y la arbitrariedad que ayer denunciaba amargamente Lourdes Domenech en A pie de aula no es más que la punta del iceberg de un fenómeno más perverso y más amplio, que resulta cada vez más insoportable: el estancamiento y fosilización de las administraciones educativas en una serie de prácticas arcaicas e injustas que, lejos de promover la innovación educativa y de fomentar el trabajo de sus mejores profesionales, los desmotiva y llena de indignación.

El problema se sitúa más allá del caso que afecta a Lu, o de cualesquiera otros que se han traído a colación en las varias entradas y en los muchos comentarios publicados tras la denuncia de Lourdes: por ejemplo, las que acaban de ver la luz en La Clase Abierta, Eduideas o Re(paso) de Lengua (por no hablar de la mucho más lejana que yo mismo publiqué hace ya bastantes meses, sobre la necesidad de un reconocimiento oficial para las publicaciones digitales).

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El peligro del Gran Cotilla

Esta mañana me he dado de bruces, de pura chiripa, con una situación que me ha hecho pensar: una reseña que escribí hace veinte años y que versa sobre el libro de Amaro Soladana, La poesía de Eugenio de Nora, León, Institución “Fray Bernardino de Sahagún”, Excma. Diputación de León (CSIC), 1987 (se publicó en Anales de Literatura Española, VI, 1988, pp. 477-482) ha sido digitalizada e incluida en el sitio web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Es una de mis escasísimas incursiones en el terreno de la crítica de poesía (de hecho, la única) y un trabajo al que no tengo demasiada simpatía, dado que en las separatas no figura el ISBN, por lo cual la reseña carece de valor en los procesos administrativos a los que he concurrido desde entonces.

No traigo este suceso al blog para presumir de currículo (bueno, un poco sí), sino para propiciar una reflexión pública sobre el alcance de Internet en nuestras cotidianas existencias. Mi caso, aunque muy diferente y desde luego mucho menos problemático, enlaza con la reciente declaración de la Agencia de Protección de Datos, la cual acaba de dar la razón a un profesor que se quejó de que Google había rastreado una sanción impuesta contra él en 2006 por una falta leve (un tanto chusca, por otra parte). La APD ha exigido al buscador que desactive el rastreo de ese incidente, señalando que la publicidad universal de la sanción atenta contra la dignidad del docente.

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Alguna vez he tratado en este blog de las tribulaciones que a los funcionarios del sistema educativo español nos hace padecer el sistema de provisión de plazas conocido como “concurso de traslados”, institución añeja que concita pasiones desaforadas y odios africanos, y cuyas características, entre el rito de paso, la pesadilla burocrática kakfiana y la tradicional chapuza ibérica, la convierten en una entidad proteica, de límites y perfiles inalcanzables, que sólo alcanza a comprender quien año tras año ha de enfrentarse a ella.

Sobre uno de los muchos aspectos conexos a este asunto -la inexistente valoración de las publicaciones digitales, o al menos de “ciertas” publicaciones digitales, a efectos del concurso de méritos- han vuelto recientemente Miguel Santa Olalla y Francisco Muñoz de la Peña Castrillo, en sendas entradas de sus blogs. Ciertamente, Miguel y Paco son parte interesada (como lo soy yo mismo) en la defensa de los puntos de vista que en dichas entradas formulan, pero es que tienen toda la razón del mundo.

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El pasado jueves 30 de noviembre entregué en el registro del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra los papeles del concurso de traslados de Secundaria. Hasta la presente edición, los presentaba en una carpeta de esas azules, corriente y moliente, que suscitaba las afiladas críticas de Pilar (”mira que eres cutre, Eduardo”) y sus no menos mordaces pronósticos (”con la puerta en las narices, te van a dar”).

A pesar de que, como casi siempre, Pilar tiene más razón que una santa, en esto del concurso yo he seguido siendo fiel a mis manías: discreción y austeridad en el continente (la carpeta azul de marras), y orden y claridad en la relación de documentos, por mucho que tales valores se demostraran, año tras año, palmariamente faltos de eficacia. En la edición 2006-2007 del concurso de traslados, sin embargo, me he permitido un toque de modernidad y, animado por el ejemplo de un compañero de Primaria que me enseñó hace unas semanas una carpeta fashion total, actualicé el cartapacio, agrupé los papeles con un par de encuadernaciones muy elegantes, e identifiqué todos los documentos con etiquetas autoadhesivas.

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