Real Academia Española

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Desde hace muy pocos días, el Diccionario Panhispánico de Dudas, al que en su momento ya dediqué la correspondiente entrada en La Bitácora del Tigre, está disponible para consulta online en la web de la RAE. Basta con dirigirse a http://buscon.rae.es/dpdI para tener al alcance de la mano (o del ratón), las utilísimas funciones de este magnífico diccionario, con todo su aparato, sus apéndices y normas de uso.

He hecho unas cuantas búsquedas de prueba, y todo funciona a la perfección. Por supuesto, el usuario debe tener en cuenta la naturaleza especializada del diccionario (que sólo incluye las entradas que ofrecen dificultades singulares), para no empeñarse en buscar en él lo que no contiene. Pero incluso si lo hace, metiendo en el campo del formulario una palabra inocua, el motor de búsqueda ofrece una o varias alternativas “problemáticas”. Una estupenda solución, que demuestra lo bien que hacen las cosas en la Docta Casa.

Sólo se me ocurre un reparo minúsculo a tan loable iniciativa: ¿no hay forma de que la web de la RAE prescinda de los molestísimos marcos?

La caja de herramientas del escritor

Portada del libroTal vez la metáfora esté un poco traída por los pelos (había pensado utilizar la del botiquín de primeros auxilios, que probablemente es todavía peor), pero así es como yo veo el Diccionario panhispánico de dudas, que Pilar y yo compramos hace tres semanas, al poco de inaugurarse El Corte Inglés de Pamplona, cuya sección de librería, dicho sea de paso, me pareció bastante pobre. Desde entonces, lo he utilizado bastante y, me alegra mucho decirlo, a plena satisfacción.

En las casi 850 páginas del libro se encuentra gran parte del utillaje necesario para alguien con vocación de salir en los papeles (otra metáfora inoportuna, teniendo en cuenta la naturaleza de este blog, término que aparece muy justamente remitido por el Diccionario al castizo y en mi opinión mucho más expresivo de bitácora). Nada más comprarlo, lo sometí a una prueba que para mí siempre ha sido de fuego: la explicación de la diferencia entre adonde y a donde, cuya minuciosa distinción nunca he conseguido retener más allá de los quince o veinte minutos posteriores a la consulta (seguro que los profesores que imparten el área de Lengua en los institutos de Secundaria se hacen cargo de lo que se sufre cuando hay que abordar el asunto). Desde que me enteré de que la Academia “admite como correcto el empleo indistinto de ambas formas” (pp. 22-23), me siento más libre y más desinhibido a la hora de sentarme ante el backend de la bitácora (el extranjerismo, como era previsible por su especialización, no aparece en el Diccionario) y ponerme a teclear como un poseso.

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