redes informáticas

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La red del Tigre 3

Esta tercera y última entrada de la serie trata, como las dos primeras, de redes informáticas, pero en un sentido muy diferente al que he empleado en aquéllas. No voy a tratar aquí de hardware, ni de software, ni de trucos o técnicas, ni siquiera de cursos de formación, sino de un concepto mucho más social, y en el fondo más interesante, de red informática.

La idea me la dio Javier Escajedo el otro día, en un comentario a la primera entrada de la serie. Él no quería hablar “de los ordenadores de hijos, cuñados, amigos”, pero, “¿por qué no?”, me dije a mí mismo. Al fin y al cabo, tan apasionante como las redes informáticas, con sus intrincados mecanismos de comunicación, sus protocolos, sus sistemas de autentificaciones y permisos, es esa otra trama de intervenciones, más o menos voluntarias, que el sedicente “experto en Informática” construye a su alrededor cuando la gente que mejor le conoce comienza a reclamar su asistencia.

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La red del Tigre 2

La red inalámbrica doméstica sobre la que escribí ayer la instalé de la misma manera que casi todo lo que he hecho en los procelosos mares de la informática: apenas sin conocimientos previos, y por motivos que poco o nada tienen que ver con el análisis sesudo y racional que se supone hay que poner en práctica para tomar las grandes decisiones.

Se me permitirá que haga un excurso para relatar otro ejemplo de conducta temeraria, esta vez relacionada con mi entrada en el mundo de los ordenadores. Corría el año 1989, y yo estaba dedicado a la tarea (que luego se demostró inútil y hasta perjudicial para la salud) de preparar mi tesis doctoral, que versaba sobre el cuento fantástico español en la literatura de posguerra. Comencé a encontrarme con ordenadores en las bibliotecas que consultaba, siempre de fósforo verde y con interfaces odiosos, así que me dije: “parece que por aquí va el rumbo de la Historia”, y me compré un Epson con disquetera de 5 1/4, disco duro y una impresora que metía un ruido horrísono. No tenía ni la menor idea de informática, y la verdad es que los primeros pasos fueron desalentadores. Me cargué dos o tres veces el sistema operativo (yo estaba convencido de que el comando format c: servía para propósitos mucho más nobles) y hasta que conseguí una versión pirata de WordPerfect para MS-DOS no hice gran cosa con aquel trasto.

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La red del Tigre 1

Había comenzado a redactar esta entrada con el propósito de tratar el tema de las redes inalámbricas, sobre el que acabo de recibir un curso apasionante, pródigo en descubrimientos, sorpresas y casuística. Me he puesto a escribir sobre redes y, tras unos cuantos párrafos, me he dado cuenta de que estaba siendo absorbido por una fijación obsesiva con mi propio entorno de trabajo.

Podía ceder a la tentación narcisista o cambiar de enfoque y borrar lo ya escrito. Al final, he decidido seguir el sabio consejo de Oscar Wilde quien afirmaba, sagaz como siempre, que “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”, y he dividido la entrada original en dos partes. En la de hoy, va la descripción del tinglado informático que tengo montado en casa, que consiste básicamente en una red de cuatro ordenadores y sus correspondientes periféricos, a saber:

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