El 25 de junio se cumplió un cuarto de siglo desde el estreno de Blade Runner, de Ridley Scott, una de las películas de ciencia ficción más importantes de todos los tiempos. Con permiso de Stanley Kubrick, director del film que casi siempre se ha considerado como el título cimero del género, me atrevería a decir que Blade Runner es una película tan influyente como 2001: una odisea del espacio y, si la afirmación no resulta descaradamente herética, una obra que a diferencia de su ilustre predecesora apenas ha acusado el paso del tiempo.
Podría apoyar mi preferencia en una batería de argumentos aparentemente objetivos, pero en última instancia estaría haciendo trampas, pues mi predilección por Blade Runner obedece a motivos de índole biográfica y afectiva, que se entremezclan con razones algo más elaboradas, pero en cualquier caso muy próximas a esa imprecisa categoría analítica que es el gusto personal. No es lugar La Bitácora del Tigre para hablar de los primeros (incluso el bloguero impenitente puede guardar a resguardo algunos rincones de su intimidad); de las segundas, en cambio, trataré a continuación con algún detalle.


Me parece imperdonable no haber traído antes por esta sección dedicada a las bandas sonoras de películas la música de Evangelos Odysseas Papathanassiou, conocido en el mundo artístico como
Infiltrados, una de esas películas de mafiosos contemporáneos en las que Scorsese es un especialista consumado (recordemos títulos tan emblemáticos en la carrera del director neoyorkino como Uno de los nuestros o Casino), tal vez sea la película más impactante de las cuatro, aunque no necesariamente la más redonda. Intensa, apasionante, llena de furia, conviene advertir que es al mismo tiempo una película muy violenta, masculina en grado superlativo (apenas hay personajes femeninos, y algunos de los protagonistas exudan testosterona hasta por la punta de los zapatos), determinada por una visión absolutamente escéptica del mundo, en el que no parece haber más que corrupción, mentira y deseo de poder. Es, también, una película narrativamente sobresaliente, sobre todo en su primera media hora, encargada de presentar a sus dos protagonistas: un infiltrado mafioso en la policía y su correlato especular, un agente policial a su vez infiltrado en la organización criminal a la que aquél pertenece.



