Ron Howard

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Dos sorpresas de cine

Cartel de la películaLa semana que está a punto de terminar me ha deparado dos sorpresas cinematográficas, dos películas que me han llamado mucho la atención, por razones tan distintas como (para mí) inesperadas. Seguro que lo de “sorpresas” extrañará a los lectores de La Bitácora del Tigre en cuanto vean a qué filmes me refiero, pues se trata de Volver, de Pedro Almodóvar, y El código Da Vinci, de Ron Howard, basado en la celebérrima novela de Dan Brown. Habrá que dar, pues, las explicaciones pertinentes.

Comienzo con la película de Pedro Almodóvar, un cineasta que me resulta sumamente antipático, no tanto por su cine (que, en general, se me atraganta), como por sus actitudes públicas, algunas de las cuales (por ejemplo, la acusación pública de que el PP intentó organizar un golpe de Estado la noche anterior a las elecciones del 14 de marzo de 2004) dan cuenta de la clase de endiosamiento irresponsable que caracteriza a ciertos miembros del mundo de la farándula. Yo estoy convencido de que el cine de Almodóvar está infinitamente sobrevalorado; además, su elevación a los altares del Olimpo cinematográfico español, en calidad de representante de las esencias artísticas de nuestro cine, me ha parecido siempre una tomadura de pelo.

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Miseria y triunfo en la América de la Depresión

Cartel de la películaLa historia del hombre que consigue superar los reveses de la fortuna y triunfar en sus ilusiones y esperanzas constituye todo un símbolo del american way of life, un emblema de los valores que inspiran el modo de vida norteamericano y, por supuesto, su cinematografía. Decenas, cientos, miles de películas se han construido sobre ese modelo narrativo, hasta el punto de que ha llegado a convertirse en un motivo predilecto de las bromas y cuchufletas de los debeladores del cine estadounidense.

Ya sé que la afirmación no será muy popular entre esos iconoclastas, pero a mí me gustan las historias de derrota, superación y triunfo, aunque sean tópicas y aunque muchas veces tiendan al maniqueísmo. Frente al cinismo imperante en nuestros días, disfrazado de matices y de relativismos, yo siempre he defendido la necesidad de creer en héroes, aunque sean imaginarios (o, justamente, por ser imaginarios). Si uno lee libros y ve películas, pienso yo, es probable que lo haga para encontrar en ellos las emociones, los personajes y los valores que con tan escasa frecuencia reconoce en el mundo real. Me adelanto a las posibles objeciones: vale, ya sé que la literatura y el cine han de servir para analizar e interpretar la realidad y no para sustituirla. Es cierto, pero no lo es menos que el ser humano vive tanto de hechos como de ilusiones y sueños.

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