Safari

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Los tiempos han cambiado una barbaridad desde que la mayoría de los webmasters editábamos con NVU, Kompozer, FrontPage, Dreamweaver u otros editores web más o menos sofisticados, y subíamos laboriosamente nuestros ficheros, vía FTP, a nuestros respectivos espacios de alojamiento. Desde unos años a esta parte, la proliferación de gestores de contenidos y editores en línea ha provocado que muchas de esas herramientas, e incluso el conocimiento de HTML y CSS, sean contempladas –con notoria injusticia, y reconozco que en más de una ocasión yo he participado en ella con entusiasmo digno de mejor causa- como un saber poco menos que arqueológico.

Es cierto que los gestores de contenido y los servicios y aplicaciones de la Web 2.0 han puesto la edición web al alcance de cualquier persona, independientemente de sus conocimientos técnicos, pero no lo es menos que siguen haciendo falta los viejos saberes (en el trabajo, día sí y día también, abundan las consultas del tipo “¿por qué este texto que acabo de editar me queda mal?”, pregunta que casi siempre se responde y resuelve editando el código HTML y puliendo las horribles etiquetas que añaden Word y otros procesadores de texto) y que las viejas herramientas, remozadas y puestas al día, nunca vienen mal para sacarnos de un entuerto.

El objetivo de esta serie de artículos que hoy comienzo es el de comentar unas cuantas aplicaciones para Windows (también echaré un vistazo a alguna para Linux y Mac) que son necesarias en el mundo de los gestores de contenidos y editores online, puesto que si bien estos programas ofrecen casi todo el trabajo hecho a los sufridos practicantes de la Web, también dan mucha más guerra de la que a primera vista uno podría suponer. Como la serie no tiene ninguna pretensión de sistematicidad o exhaustividad, y al fin y al cabo está basada en la experiencia de un webmaster amateur (que eso es lo que soy), me limitaré a presentar las herramientas que utilizo con más frecuencia, en su contexto real, con las explicaciones e ilustraciones que en cada caso me parezcan necesarias.

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Como he sido muy bueno y muy formal a lo largo de este año que está a punto de acabar, le he pedido a mi particular Papá Noel-Olentzero-Niño Jesús (no hago distingos entre ellos, por eso del multiculturalismo tan de moda en estos tiempos), que me hiciera un bonito presente de Nochebuena. El regalo ha colmado todas mis expectativas: nada más y nada menos que un flamante iPod Touch de 16 GB.

La primera impresión es deslumbrante: un aparato pequeño, elegantísimo, ligero pero al mismo tiempo sólido y resistente, que se configura en un periquete (incluida la conexión WiFi, asunto problemático en otros dispositivos) y se maneja de forma radicalmente intuitiva, con una facilidad extraordinaria. Tanto es así, que mi sobrina Leyre, que no llega a los seis años, descubrió por sí misma cómo redimensionar las ventanas del navegador Safari utilizando los dos dedos, y le faltó tiempo para contarme, alborozada, su descubrimiento.

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Cómo iba a resistirme a título tan goloso como éste, con su flagrante dilogía y sus resonancias exóticas y peliculeras. No obstante, me apresuro a aclarar, para que no me acusen de insensibilidad hacia los rayados felinos, que no me he ido de cacería a ningún parque jurásico. Mi modesto coto de caza se reduce al ordenador, el blog y la conexión a Internet, que me han servido para hacer un sencillo experimento.

Y era un experimento que llevaba tiempo intentando realizar: comprobar cómo se ve La Bitácora del Tigre y cómo se navega por entre sus vericuetos con un navegador Safari. El problema era, hasta hoy, que yo no tengo a mi alcance uno de esos maravillosos chismes blancos tan apreciados por sus usuarios. Es cierto que siempre podría pasarme por El Corte Inglés y navegar un rato con un elegante MacBook o un potentísimo MacPro (que no suelen estar conectados a Internet, ésa es otra); también podría, abusando de la cara dura y de la paciencia de ilustres maqueros como Luis Barriocanal o Jesús María González-Serna, intentar camelármelos para una tanda de probatinas, pero es evidente que cualquiera de ambas soluciones es muy poco eficaz (y la segunda, además, francamente reprobable).

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