Segunda Guerra Mundial

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Los bastardos de Tarantino

Cartel de la películaAunque con reparos y matices sobre los que alguna vez he escrito, suelo disfrutar mucho con las películas de Quentin Tarantino. Por otra parte, no pierdo ocasión de leer los libros y ver las películas que tengan relación, por remota que sea, con la Segunda Guerra Mundial, y en especial con el desembarco de Normandía y la campaña de la liberación de Francia (ahora mismo estoy leyendo muy pausadamente, pues quiero que me dure mucho tiempo, un libro tan colosal como El día D. La batalla de Normandía, de Antony Beevor). Se entenderá, pues, que desde que tuve conocimiento del rodaje de Malditos bastardos (Inglourious basterds es su llamativo título original), estuviera deseando verla.

El propósito se cumplió el pasado viernes por la noche, en un cine abarrotado como en las grandes ocasiones y con un público entregado a un cineasta que, para lo bueno y para lo malo, es todo un emblema de la cultura popular. Curiosamente, ese entusiasmo no me pareció tan perceptible al final de la proyección como antes de que se apagaran las luces. Tal vez me engañan mis propias sensaciones, pero me dio la impresión de que la mayor parte de los espectadores salían del cine diciéndose a sí mismos o a sus acompañantes algo así como lo siguiente: “Tarantino en estado puro…”, aunque con un deje de reticencia en la voz.

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Vida y destino

Portada de la novelaAl pasado sábado terminé de leer las 1113 páginas de Vida y destino, la monumental novela del escritor ruso (en realidad ucraniano) y judío Vasili Grossman. A pesar de que transcurre en un escenario histórico que por diversos motivos me resulta muy querido y que he frecuentado a lo largo de los años (véase, por ejemplo, mi reseña de Stalingrado, de Antony Beevor), me ha costado bastante esfuerzo terminar el libro. Admito que en esta dificultad pueden haber influido mis malos hábitos, pues hace mucho que no leo una de esas novelas “totales”, al estilo de Guerra y paz, tantas veces comparada con la de Grossman. Por otra parte, soy muy consciente de que una obra de estas características no se puede abordar de cualquier manera, pues Vida y destino acoge de mala gana la mezcla con otras lecturas y exige del lector una atención y una disposición de ánimo que tal vez me ha faltado en ciertas ocasiones.

Con todo, creo que la de Grossman es una novela un tanto irregular. Es cierto que ello no disminuye en modo alguno su valor como testimonio, y que tampoco ha de afectar negativamente a la valoración de la novela desde la perspectiva de un historiador de la literatura, pero aunque sea indiscutible que la novela de Vasili Grossman contiene momentos sublimes, de una grandeza asombrosa y una intensidad emocional casi insoportable, también me parece evidente que en la inmensidad del relato (más de doscientos personajes y unos veinte escenarios distintos), hay algunos vacíos difíciles de llenar. Por ejemplo, las conexiones entre los personajes de esa enorme multitud literaria no siempre son tan sólidas como debieran, y la técnica narrativa, de una soltura y libertad admirables por muchos otros conceptos (no sé si la analogía estará un poco cogida por los pelos, pero me ha recordado al estilo de Baroja), puede llegar a causar cierto desconcierto en el lector.

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Batallas decisivas

Portada del libroDesde los tiempos en que mi hermano José Ángel y yo nos dedicábamos a montar maquetas (y de eso hace casi un cuarto de siglo, hay que ver cómo pasa el tiempo), me aficioné a leer libros de historia militar. Los manuales sobre construcción de modelos a escala siempre hacían hincapié en la importancia de una buena documentación a la hora de ambientar las maquetas en sus correspondientes dioramas, y nosotros, que siempre fuimos chicos disciplinados, nos esforzamos en hacer caso de la recomendación.

La costumbre de leer sobre grandes acontecimientos bélicos sobrevivió al abandono de la afición por las maquetas, de la que sólo me queda la inevitable nostalgia y una fascinación casi infantil por ver escaparates, exposiciones y catálogos. Aunque he cultivado el interés por la polemología de forma más bien irregular, y desde luego poco sistemática, mi presencia en la web me ha dado más de una oportunidad de expresarlo por escrito: en Lengua en Secundaria publiqué el comentario de uno de los libros de historia militar más famosos de los últimos años, el espléndido Stalingrado de Antony Beevor, y en este blog reseñé también otro trabajo magnífico, el Por qué ganaron los aliados, de Richard Overy.

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Cartel de la películaCasi todas las películas de Paul Verhoeven que he tenido oportunidad de ver (Delicias turcas, Los señores del acero, Robocop, Desafío total, Instinto básico, Showgirls, Las brigadas del espacio, El hombre sin sombra) me han gustado mucho. Todas, aun las más comerciales, tienen algo de perverso e inquietante que las hace reconocibles y, en última instancia, originales. Por eso, cuando me enteré de que iba a estrenarse una película del cineasta holandés cuyo argumento transcurría durante la Segunda Guerra Mundial (probablemente el tema en que más coinciden los gustos de Pilar y los míos) y tenía como escenario la Holanda ocupada por los alemanes, me prometí a mí mismo no dejar de verla. Conforme se fue acercando la fecha del estreno crecía nuestra expectación, alimentada por un tráiler de excelente factura y unas cuantas reseñas muy elogiosas. Así que el pasado viernes acudimos a la proyección de El libro negro con una enorme ilusión.

Que por una vez, y me alegra mucho decirlo, no se ha visto en modo alguno defraudada. El libro negro es una película espléndida, con la que el espectador recupera el sabor de las grandes producciones de los años cincuenta que llenaban las salas y creaban familias enteras de cinéfilos (claro que Paul Verhoeven no es un director recomendable para eso que se llama “ver cine en familia”, por su propensión a las escenas violentas y de fuerte contenido sexual, pero estoy seguro de que filmes como éste crean afición y un recuerdo perdurable). El libro negro constituye también un ejemplo de un cine inteligente, que sabe muy bien cómo llegar al espectador por la vía del gran espectáculo, pero al mismo tiempo sin abandonar nunca el rigor y la honradez. Y, sobre todo, se distingue por ser una película muy sólida, perfectamente equilibrada en todas sus líneas, a la que apenas se le pueden señalar grietas o defectos.

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Cartel de la películaEn una de las conversaciones que mantienen el escólico Hockenberry y Ulises, este último secuestrado por los robots moravecs con misteriosos propósitos (es parte del capítulo 37 de Olympo, de Dan Simmons, cuya relectura continúo a marchas forzadas, interrumpida por notas que son a cada paso más prolijas y enmarañadas), el héroe aqueo pregunta al escólico por la participación del padre de éste en la batalla de Okinawa:

-¿No alardeaba de su valentía ni le describió la batalla a su hijo? -pregunta Odiseo, incrédulo-. No me extraña que te convirtieras en filósofo en vez de en guerrero.
-Nunca la mencionaba -dice Hockenberry-. Yo sabía que había estado en la guerra, pero descubrí que había participado en la batalla de Okinawa, sólo años más tarde, leyendo antiguas cartas de recomendación de su oficial en jefe, un teniente no mucho mayor que mi padre cuando combatieron. Yo estaba a punto de licenciarme en clásicas por entonces, así que utilicé mis habilidades como investigador para aprender algo sobre la batalla donde mi padre recibió un corazón púrpura y una estrella de plata.
[...]
-Me sorprende no haber oído hablar nunca de esa guerra -dice Odiseo, tendiéndole al escólico un nuevo odre de vino-. Pero, de todas formas, debes estar orgulloso de tu padre, hijo de Duane. Tu pueblo debe de haber tratado a los vencedores de esa batalla como a dioses. Se cantarán canciones al respecto durante siglos en torno a vuestras hogueras. Los nombres de los hombres que combatieron y lucharon allí serán conocidos por los nietos de los nietos de los héroes, y los detalles de cada combate individual serán cantados por bardos y poetas.
-Lo cierto -dice Hockenberry, dando un largo trago- es que casi todo el mundo en mi país ha olvidado ya esta batalla.

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Portada del CDNo sé si ha sido consecuencia de las encendidas polémicas en las que he participado en los últimas fechas, pero lo cierto es que me he sentado ante el interfaz de edición de La Bitácora del Tigre con el ánimo guerrero. Me he acordado de que en los últimos días había estado oyendo los cuatro discos de The Longest Day. The Ultimate World War Movie Theme Collection, y me he dicho: “qué mejor oportunidad para ilustrar tan incruenta batalla que algún tema de este magnífico disco cuádruple, dedicado a las películas de guerra”.

El problema ha sido escoger la pista, porque sobran los temas de bandas sonoras inolvidables en esta notabilísima producción de la Silva Screen Records, del año 2004. Durante mucho rato he estado dudando entre el emotivo “Hymn To The Fallen”, del Saving Private Ryan de John Williams, la alegre “Marcha” de The Dambusters, de Eric Coates, la esplendorosa suite de The Guns of Navarone, de Dimiti Tiomkin, los compases aguerridos y viriles de la versión coral de la marcha de The Longest Day, de Maurice Jarre y Paul Anka, y una de mis debilidades musicales de siempre: el irónico y celebérrimo tema principal de esa maravilla de la música para películas bélicas que es la banda sonora de The Great Escape, de Elmer Bernstein.

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Portada del libroEn algún lugar de esta bitácora ya he declarado mi fascinación por el tema de la Segunda Guerra Mundial y, en particular, por el Desembarco de Normandía, cuyo sexagésimo primer aniversario se celebró el pasado 6 de junio. Hace ahora poco más de dos años, Pilar y yo recorrimos los principales escenarios de aquel histórico suceso.

En una de esas playas, la de Omaha, la misma por la que paseamos el 25 de julio de 2003, está tomada la fotografía que ilustra la portada del libro de Richard Overy, Por qué ganaron los aliados. Los presidentes Jimmy Carter y Valèry Giscard D’Estaing aparecen de espaldas, observando los arenales, quizás sobrecogidos por la belleza del lugar y por el recuerdo de la terrible batalla que allí se libró un 6 de julio de 1944, cuando las tropas americanas consiguieron vencer, a costa de casi tres mil bajas, la encarnizada resistencia alemana. Qué extraño contraste el de las limpias arenas de la playa que se extiende a lo largo de más de tres kilómetros, entre Vierville-Sur-Mer, Saint-Laurent-Sur-Mer y Colleville-Sur-Mer, con la imagen imborrable de aquel día, la de unos arenales empapados en sangre y cubiertos de cadáveres y restos humeantes, que merecieron para aquel lugar el nombrenombre de “bloody Omaha”, la sangrienta Omaha.

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