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El anuncio más inútil de la historia

Si hay algo que me molesta cuando voy al cine (y voy muy a menudo, de modo que me molesta con frecuencia), es el famoso anuncio contra la piratería que se proyecta antes de comenzar la película. Pensaba que sólo lo ponían en los cines, pero acabo de comprobar que también forma parte de los DVDs; por ejemplo, de todos los que componen el paquete de la primera temporada de la serie Prison Break, que Pilar y yo llevamos algunos días disfrutando.

A quién se le habrá ocurrido la idea de incluir en los DVDs anuncios irreductibles al mando a distancia (el caso de la publicidad anti piratería no es el único, por cierto; en muchas colecciones de DVDs hay cortinillas que uno se tiene que tragar, velis nolis). Es un abuso sobre los consumidores y además una burla, pues justamente sólo padecen esta intrusión quienes compran el material audiovisual y no quienes lo piratean. Vale, ya sé que no soy un santo y que yo también participo de la fiesta del P2P, pero alguien tendría que advertir a las productoras y distribuidoras cinematográficas que con estas prácticas no se disuade a los consumidores de la práctica del pirateo. Más bien se alienta a ella, por vía del cabreo inducido.

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Cuatro meses en Cicely, Alaska

Hoy es un día grande en La Bitácora del Tigre. Pilar Gavín, a quien tantas veces he nombrado en el blog, se ha atrevido ¡por fin! a publicar una larga y sentida entrada sobre la serie Doctor en Alaska, que hemos visto los dos juntos, a lo largo de las últimas semanas (estoy intentando convencerla de que abra su propio blog, o al menos que colabore en el mío con una sección regular). No quiero aburrir a la audiencia de este blog con una extensa presentación. Sólo diré que Pilar es profesora de Lengua Castellana y Literatura en un colegio de Pamplona, en el que lleva veintitantos años bregando con inagotables generaciones de alumnos. Os podéis imaginar de qué hablamos cuando volvemos del trabajo.


Durante cuatro meses, aproximadamente, hemos compartido tantos buenos ratos con los personajes y las historias de la serie Doctor en Alaska que hablamos de ellos como si fuesen del círculo de íntimos. La hora de la cena se ha convertido en el momento cálido del día, cuando después de los avatares de la jornada viene el descanso y el reencuentro con la tranquilidad. El lugar mágico es Cicely, una pequeña ciudad en Alaska, de apenas 700 habitantes, adonde llega un joven médico, Joel Fleischman, “condenado” a trabajar allí para amortizar la beca que en su momento financió sus estudios de Medicina. Joel es un judío neoyorquino (de Manhattan, para más señas) maniático, escrupuloso, un tanto snob, que deja atrás una novia a la que adora. No es extraño que cuando la “condena” le hace entrar en contacto con la población variopinta y singular de Cicely se produzcan choques dignos de la mejor comedia moderna. Y es allí donde me hubiera gustado estar, capítulo a capítulo, con Joel y el resto de la fauna humana que desfila a lo largo de las seis temporadas y más de cien capítulos de la serie.

Confieso que la serie me trae inevitablemente a la memoria las vacaciones de la infancia y juventud en un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conocía, donde todo el mundo hablaba del vecino y donde, de vez en cuando, la llegada de alguien nuevo suponía una fuente inagotable de murmuraciones y expectación. Así que las historias y gentes de Cicely, su bar, su tienda, sus reuniones, sus problemas, sus fiestas, me han atrapado tanto que ahora el hueco de esos buenos ratos resulta difícil de llenar. Es la misma sensación triste (a mí me ha sobrevenido muchas veces) que deja tras sí el final de un buen libro.

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Se acabó Roma

Imagen de la serieCon la emisión de sus dos últimos capítulos, la cadena Cuatro dio ayer finiquito a la serie Roma, en medio de una efusión de sangre y violencia que raramente se ve por la tele con semejante intensidad y detalle. La verdad es que resultaba difícil soportar las imágenes del ex-legionario Tito Pullo amputando miembros y cortando cabezas de los gladiadores a los que se enfrentaba, en calidad de condenado al circo por el asesinato de un ilustre ciudadano romano. No menos terrible fue el desenlace de la secuencia, con la espantosa muerte del último de los gladiadores, un tiparraco de aspecto horrible armado con una maza no menos horrorosa, a manos del magistrado Lucio Voreno, que se había arrojado a la arena para ayudar a su amigo Pullo, extenuado por el combate y al borde de la muerte.

No seré yo quien se escandalice de tan cruentas escenas o proteste por lo inoportuno de la emisión. Seguro que el circo romano fue, en la realidad, mucho peor de lo que vimos a eso de las once de la noche (una hora a la que los niños no deberían estar frente a la tele, claro que no). Por otra parte, no cabe ninguna duda de que esas escenas eran perfectamente coherentes con la historia y con el carácter volcánico de ambos personajes: tanto la reacción de Tito Pullo ante la provocación de los gladiadores (está claro que chotearse del honor de la Decimotercera Legión ante un individuo como Pullo no puede salir gratis) como el noble acto de Voreno en ayuda de un amigo en apuros se justifican sobradamente por su historia anterior y por los estrechos lazos de amistad entre ambos, más fuertes y definitivos que las conveniencias o el cálculo político.

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Pues tiene buena pinta

Imagen de la serieAl final de la reseña de la novela de León Arsenal, La boca del Nilo, que publiqué ayer, hice referencia al inminente estreno de la serie Roma, anunciado por muchas y muy elogiosas recomendaciones. Dicho y hecho: cinco minutos antes de las diez de la noche había aposentado mis reales ante la tele, con algo de picar sobre la mesa y un buen libro al alcance de la mano, por aquello de los anuncios. El libro no me hizo mucha falta, porque los intervalos publicitarios tuvieron una extensión razonable. Y me alegra decir que el primer capítulo, El águila robada, no me decepcionó.

Desde luego, se nota que han pasado los años desde la inolvidable Yo, Claudio, pero algo de aquella serie sobrevive en esta: un tono serio, incluso algo envarado o hierático en ocasiones, un aire entre oriental y mistérico, un cuidadoso diseño de producción, muy buenos actores y una presentación enigmática, con ciertos motivos icónicos –los grafiti, las serpientes, los mosaicos– que traen a la memoria, inevitablemente, el hipnótico inicio de aquella magnífica producción de los años ochenta. El tiempo ha pasado, por supuesto, y han cambiado la sensibilidad y las expectativas de los espectadores. Todo eso se nota, cómo no, en aspectos como la abundancia de escenas de violencia y de sexo, que han suscitado una cierta polémica en los medios de comunicación.

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