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Remedios arbitristas

A fe mía que he intentado resistirme y morderme la lengua con todas mis fuerzas, pero tras leer hoy un artículo de El País titulado El pesimismo de los expertos, me he decidido a navegar en ese proceloso mar que es el Informe PISA 2006 y la glosa e interpretación de sus resultados. Prescindo de cualquier análisis sobre el particular, pues no dispongo de mejores datos ni tengo opiniones más fundadas que las de los miles de expertos que ya han intervenido en este asunto.

Sólo quiero poner de manifiesto mi malestar (más bien mi indignación) ante una de las soluciones que algunos medios apuntan para paliar la aparentemente catastrófica situación del sistema educativo español: mejorar la selección del profesorado que lo imparte. Escribe Joaquina Prades en el artículo ya citado:

En España cualquier licenciado puede impartir clase, tras superar una oposición basada en la memoria. En Finlandia, en cambio, la Universidad veta a los que no saben enseñar, aunque hayan obtenido el grado de cum laude. Alejandro Tiana recuerda que Educación exigirá a partir de 2009 un máster de un año que ayudará a los licenciados a transmitir mejor sus conocimientos. A medio plazo, estos profesores sustituirán a los actuales, tanto a los que saben enseñar como a quienes, carentes de ese don, convierten su asignatura en un tormento para el alumnado.

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La publicación en libro del Panfleto antipedagógico, de Ricardo Moreno Castillo, no ha pasado desapercibida para la blogosfera educativa. Creo que mi reseña fue la segunda en aparecer públicamente en la Red (me refiero al comentario del libro, no al que escribí sobre el PDF original), tras la de Francisco Muñoz de la Peña Castrillo, en Aulablog21, quien, como en otros muchos asuntos, se lleva el gato al agua a la hora de cobrar la pieza y lograr las citas de terceros.

Como era de esperar por la índole polémica del libro, las reacciones de los docentes blogueros distan mucho de ser unánimes. Abundan los agradecimientos al autor por haber sabido levantar el velo de una realidad que demasiadas veces sólo se hace explícita en el ámbito profesional, pero también son frecuentes las críticas hacia una obra que se considera demagógica, tendenciosa o directamente beligerante con respecto a determinadas concepciones pedagógicas e incluso ideológicas.

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El pasado jueves publicó Vicente Verdú en El País un artículo, “Los niños son más listos que nunca”, cuya lectura me ha sumido en honda perplejidad. Comienza Verdú con una afirmación (“Todos los padres lo saben: los niños de ahora son más listos que los de antes”), que avala con los resultados comparativos de los tests de inteligencia de las últimas décadas, los cuales muestran un incremento significativo del CI de nuestros jóvenes con respecto a generaciones anteriores. Yo no soy experto en el tema, pero algo había leído ya sobre este fenómeno, que algunos explican como consecuencia de la cada vez mayor presencia de los estímulos visuales en la experiencia cotidiana de los jóvenes. Esa hiperestimulación redunda, a su vez, en el incremento de las capacidades de percepción y atención, que son tan esenciales a la hora de alcanzar una puntuación elevada en los tests de inteligencia.

No tengo por qué dudar de la veracidad de los datos empíricos que aporta Verdú (no obstante, cabría precisar que ni la inteligencia en el sentido cabal del término, ni mucho menos la educación integral de la persona son reductibles a las puntuaciones de los tests). Tampoco voy a lamentarme, antes al contrario, de las crecientes oportunidades de formación y ocio que tienen a su alcance los jóvenes de hoy, ni tengo el menor interés por negar la mejora evidente que los sistemas educativos y las métodos didácticos deben al “entorno más diverso y repleto”, propio de las sociedades desarrolladas, que favorece el incremento de la inteligencia. De todas formas, algunos de los ejemplos que invoca Verdú como elementos característicos de ese medio estimulante y vivificador resultan algo chuscos: ¿de verdad se puede sostener en serio que “las intrigas de los telefilmes o los videojuegos Actual [supongo que aquí hay una errata] multiplican al menos por tres el grado de complejidad que veíamos, hace treinta años, en las series de TVE”?

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Un panfleto necesario

Acabo de descubrir, por recomendación de Fernando Savater en su artículo “Turistas y piratas”, la existencia del Panfleto antipedagógico, del profesor Ricardo Moreno Castillo.

Me ha faltado tiempo para buscarlo con el Google y descargármelo de la web. La lectura de este documento, de algo más de cincuenta páginas, constituye una experiencia iluminadora, que recomiendo a todos los docentes. El entusiasmo combativo del autor (contra las memeces habituales del discuro hiperpedagógico), su capacidad como polemista y, sobre todo, su demoledor sentido común, convierten la lectura de este panfleto en una de esas tareas que no cabe aplazar.

Además, Ricardo Moreno escribe muy bien, con soltura y eficacia, con un estilo ameno, basado en la experiencia concreta, que incluso convierte en agradable una actividad tan poco estimulante como la de la lectura de un largo PDF en la pantalla del ordenador.

Licenciado en Matemáticas y Filosofía por la Universidad de Santiago, Ricardo Moreno es profesor de matemáticas en el I.E.S. “Gregorio Marañón” de Madrid y en la Facultad de Matemáticas de la Universidad Complutense. Es especialista en la matemática árabe y ha publicado varios libros sobre historia de las matemáticas, como Omar Jayyam. Poeta y matemático, Fibonacci, el primer matemático medieval y Plücker y Poncelet, dos modos de entender la geometría.

Los interesados en la última edición del panfleto, que corrige algunas erratas advertidas por el autor, lo podéis descargar desde las páginas de La Bitácora del Tigre. Muchas gracias a Ricardo Moreno por confiar en mi bitácora para la distribución de su obra.

Enmienda a la totalidad

Portada del libroEso es lo que propone Javier Orrico en La enseñanza destruida, una radical, polémica y apasionada enmienda a la totalidad, un ataque frontal contra los responsables de haber dañado (en su opinión, de forma casi irreparable) el sistema educativo español, de inutilizar para el futuro a un par de generaciones de jóvenes y de sembrar la frustración, el desánimo y la apatía entre sus profesores.

Leer La enseñanza destruida no es una experiencia agradable, sino más bien al contrario. Cualquiera que mantenga el más mínimo compromiso con la vocación docente, sentirá al recorrer sus páginas emociones muy poco confortadoras. Por un lado, angustia, una angustia sólida y pastosa, que se pega al paladar por mucho que uno intente tomar perspectiva ante las polémicas afirmaciones que brotan en cascada a cada párrafo. Por otro, una indignación universal: hacia el autor que se atreve a sacarnos de la modorra, por supuesto hacia los muñidores del desgobierno imperante, contra los que brama Orrico con voz a menudo descompuesta, e incluso hacia nosotros mismos, los docentes, que con demasiada frecuencia mantenemos una esquizofrénica convivencia entre nuestras manifestaciones públicas y nuestras más íntimas convicciones. En último término, lo que se desprende de la lectura de este combativo panfleto (y de eso se trata, de un panfleto, tanto en el mejor como en el peor sentido de la palabra), es una sensación inextinguible de pena, de melancolía y, acaso, también de vergüenza.

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Qué razón tiene Elvira Lindo

En la columna que publicó ayer en El País, con el título de “Qué cansancio”, de la que me permito copiar su parte más jugosa:

Cuando uno escribe en España un artículo sobre educación en el que se exponen dos realidades que casi todo el mundo conoce —que muchos profesores sienten que se les ningunea, ejerciendo como ejercen de papás, asistentes sociales y psicólogos, y por otro, que los niños acaban la primaria víctimas de una gran ignorancia—, uno recibe dos tipos de cartas, las de profesores que te agradecen que des voz a sus padecimientos, y las de “expertos” que consideran que en tu argumentación va implícita la defensa de la enseñanza franquista. Qué cansancio. En España, los debates acaban siempre en el fango político, no se admite como derecho democrático que no todas nuestras opiniones deben estar dictadas por el partido al que votamos. Sería saludable entender que el hecho de que un ciudadano vote al PSOE no debiera obligarle a defender la LOGSE y el hecho de que un ciudadano vote al PP no debiera significar el admitir la religión como una asignatura más. Pero no hay medias tintas, si eres de unos debes serlo a muerte. Francamente, no pasaría nada por reconocer que muchos sistemas pedagógicos progresistas surgieron del rechazo legítimo a la educación autoritaria. Ese rechazo provocó errores no sólo en España, sino en todos los países occidentales. Ahora el debate internacional consiste en qué es lo que debemos rectificar. No cabe la menor duda de que la gente progresista que tiene dinero juega con ventaja, lleva a sus hijos a colegios privados donde el esfuerzo ha vuelto a premiarse sin complejos, pero ¿qué ocurre con los niños de clase trabajadora para los que la educación pública es su única arma de igualación social?”

Efectivamente, el debate sobre el sistema educativo en España es víctima de una serie de vicios que parecen perpetuos: una politización insoportable, la ignorancia supina de buen número de los que a sí mismos se llaman expertos, y una mezcla de hipocresía y esquizofrenia que lleva a muchos de los miembros de la comunidad educativa (sobre todo docentes), a afirmar en público casi lo contrario de lo que piensan en privado.

Lo peor del caso no son las interminables disputas sobre reformas, leyes y reglamentos, ni la presión sobre la actividad cotidiana de los docentes de un pedagogismo que a veces se vuelve asfixiante, ni tan siquiera el palmario desconocimiento de numerosos creadores de opinión que han convertido sus tribunas en púlpito de inquisidores. Lo peor, como afirma Elvira Lindo, es el destierro, cada vez a territorios más remotos, de la cultura del esfuerzo, de las virtudes cívicas de la superación, el trabajo bien hecho y la emulación positiva, demasiado a menudo contempladas con displicencia (¡incluso en el propio ámbito educativo!), cuando no con abierta sospecha. De esta situación saben muy bien aprovecharse ciertas élites, cada vez menos compactas en el ámbito ideológico, pero mucho más eficaces en la protección de su estatus. Son las mismas élites que no tienen ningún empacho en presentar como el colmo de la modernidad las versiones actualizadas del “panem et circenses”. Qué cansancio, sí, y qué vergüenza.

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