Sydney Pollack

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Un gran tipo, Sydney Pollack

El viernes fuimos al cine a ver La boda de mi novia, una de esas comedias románticas que tanto nos gustan a Pilar y a mí. La película no es nada del otro jueves, pues no se aparta un milímetro del marco convencional y predecible de este tipo de historias, con su estructura mil veces repetida de chico-encuentra-chica, chico-pierde-chica, chico-recupera-chica. Con todo, se deja ver con agrado (el desfile de actores y actrices muy atractivos, encabezado por el telegénico Patrick Dempsey, ayuda lo suyo) y resulta entretenida y hasta por momentos graciosa.

Lo más interesante de La boda de mi novia, en cualquier caso, fue contemplar en la pantalla la última actuación de uno de los grandes de la cinematografía norteamericana de las últimas décadas: Sydney Pollack, director, actor, guionista, productor y hombre de cine en toda la extensión del término. A pesar de la enfermedad que ya minaba sus fuerzas cuando rodó las tres o cuatro secuencias en que interviene, Pollack está genial en su papel de padre del joven playboy al que da vida Patrick Dempsey. Su personaje, lúcido, vitalista, con un punto de jovial autoironía (hace falta mucho valor para hacer chistes a propósito de su propia salud), inunda la pantalla con una afirmación de optimismo y energía, y se come en todas y cada una de sus intervenciones al más bien soso Dempsey.

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Pollack hacía muy buen cine en los setenta

Movido por la buena impresión que me causó La intérprete, el otro día me puse a revisar la filmografía de Sydney Pollack, con la inestimable ayuda que para tales menesteres presta la Internet Movie Database. Efectivamente, el director norteamericano hizo muy buenas películas durante los setenta, a pesar de que fue una década de gusto más bien dudoso (greñas, pellizas, patillas, los insufribles pantalones de campana que vuelven por sus fueros, todavía más anchos y más feos) lo cual no le impidió rodar algunos títulos interesantísimos, como Las aventuras de Jeremías Johnson (1972), Tal como éramos (1973), Yakuza (1975), o El jinete eléctrico (1979). De todas ellas, sólo me quedaba por ver Los tres días del Cóndor, afrenta de la que conseguí desquitarme antesdeayer, gracias a un oportunísimo DIVx.

Esta historia de un agente de la CIA (en realidad, un ratón de biblioteca), acusado de un crimen que no ha cometido y arrojado a un mundo feroz de espías y asesinos sin escrúpulos, ha sido considerada por muchos críticos como un claro antecedente de La intérprete. El parecido es más que notorio, aunque me gustaría precisar que el filme de 1975 resulta, a pesar de los años transcurridos y de los cambios en el gusto dominante, bastante más sólido, audaz y auténtico (si es que tal palabra significa ya algo en nuestros días) que el de 2005. Además de atreverse a poner en solfa los turbios manejos de “La Compañía”, cuyos espurios intereses y sórdidos procedimientos desenmascara, Pollack consigue mantener en pie una intriga apasionante con una puesta en escena deliberadamente fría, casi ascética por momentos, en un tono de cinéma verité muy propio del cine de denuncia política de aquellos años (La conversación, de Francis Ford Coppola, o El último testigo, de Alan J. Pakula, se estrenaron en 1974).

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Una intriga elegante

La que se desarrolla en la última producción cinematográfica de Sydney Pollack, La intérprete, un magnífico thriller que nos remite a un modo de hacer cine cada vez más inusual en el género: sólido guión, interpretaciones contenidas y una puesta en escena que sabe construir el suspense desde dentro de la historia, sin recurrir a efectismos truculentos y a movimientos de cámara espasmódicos, para nuestra desgracia tan abundantes en los últimos tiempos.

La historia tiene el aroma de los mejores thrillers: Silvia Broome (Nicole Kidman), una intérprete de las Naciones Unidas, escucha por casualidad un plan para eliminar a un corrupto y tiránico político africano ante las mismas narices de la Asamblea General, lo que hace intervenir al agente federal Tobin Keller (Sean Penn), quien al principio acoge el testimonio de la intérprete con bastantes dudas. Una historia golosa, ciertamente, que proporciona al director Sydney Pollack la oportunidad de mover las cámaras entre ambientes sofisticados, con personajes tocados por ese aire cosmopolita y un tanto estirado de la alta diplomacia. El hecho de que por primera vez en la historia una producción cinematográfica de ficción haya obtenido los permisos necesarios para rodarse en la sede de la ONU otorga al filme una verosimilitud añadida, que no habría existido de no darse ese planteamiento al que hacía referencia al principio de la reseña: el de una película honesta y seria, que no trata al espectador como a un idiota, y que incluso se permite proyectar sobre la escena de los conflictos internacionales una mirada más honda y comprometida que la del discurso habitual en el cine norteamericano.

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