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Se acabó Roma

Imagen de la serieCon la emisión de sus dos últimos capítulos, la cadena Cuatro dio ayer finiquito a la serie Roma, en medio de una efusión de sangre y violencia que raramente se ve por la tele con semejante intensidad y detalle. La verdad es que resultaba difícil soportar las imágenes del ex-legionario Tito Pullo amputando miembros y cortando cabezas de los gladiadores a los que se enfrentaba, en calidad de condenado al circo por el asesinato de un ilustre ciudadano romano. No menos terrible fue el desenlace de la secuencia, con la espantosa muerte del último de los gladiadores, un tiparraco de aspecto horrible armado con una maza no menos horrorosa, a manos del magistrado Lucio Voreno, que se había arrojado a la arena para ayudar a su amigo Pullo, extenuado por el combate y al borde de la muerte.

No seré yo quien se escandalice de tan cruentas escenas o proteste por lo inoportuno de la emisión. Seguro que el circo romano fue, en la realidad, mucho peor de lo que vimos a eso de las once de la noche (una hora a la que los niños no deberían estar frente a la tele, claro que no). Por otra parte, no cabe ninguna duda de que esas escenas eran perfectamente coherentes con la historia y con el carácter volcánico de ambos personajes: tanto la reacción de Tito Pullo ante la provocación de los gladiadores (está claro que chotearse del honor de la Decimotercera Legión ante un individuo como Pullo no puede salir gratis) como el noble acto de Voreno en ayuda de un amigo en apuros se justifican sobradamente por su historia anterior y por los estrechos lazos de amistad entre ambos, más fuertes y definitivos que las conveniencias o el cálculo político.

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Pues tiene buena pinta

Imagen de la serieAl final de la reseña de la novela de León Arsenal, La boca del Nilo, que publiqué ayer, hice referencia al inminente estreno de la serie Roma, anunciado por muchas y muy elogiosas recomendaciones. Dicho y hecho: cinco minutos antes de las diez de la noche había aposentado mis reales ante la tele, con algo de picar sobre la mesa y un buen libro al alcance de la mano, por aquello de los anuncios. El libro no me hizo mucha falta, porque los intervalos publicitarios tuvieron una extensión razonable. Y me alegra decir que el primer capítulo, El águila robada, no me decepcionó.

Desde luego, se nota que han pasado los años desde la inolvidable Yo, Claudio, pero algo de aquella serie sobrevive en esta: un tono serio, incluso algo envarado o hierático en ocasiones, un aire entre oriental y mistérico, un cuidadoso diseño de producción, muy buenos actores y una presentación enigmática, con ciertos motivos icónicos –los grafiti, las serpientes, los mosaicos– que traen a la memoria, inevitablemente, el hipnótico inicio de aquella magnífica producción de los años ochenta. El tiempo ha pasado, por supuesto, y han cambiado la sensibilidad y las expectativas de los espectadores. Todo eso se nota, cómo no, en aspectos como la abundancia de escenas de violencia y de sexo, que han suscitado una cierta polémica en los medios de comunicación.

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Qué mezquina es la tele

Acabo de enterarme por el periódico (alguna información más en Una de piratas) de que, tras diez años en antena, desaparece de la parrilla televisiva Qué grande es el cine, el cine-fórum dirigido durante todo este tiempo por José Luis Garci. Aunque alguna de estas causas aduce Oti Rodríguez Marchante en su bitácora, la verdad es que yo no sé cuál habrá sido la que ha precipitado el final, al parecer pactado entre RTVE y Garci. No tengo ningún dato para asegurar si tiene algo que ver con la personalidad de su director, con la lista de invitados a los coloquios, con la actual línea “editorial” de la televisión pública o con algún raro fenómeno de conjunción astral. Lo que sí puedo decirles a los responsables del ente público es que vayan tachando de sus libros de contabilidad a otro usuario del servicio: que sepan que, a partir de ahora, voy a ver la tele (y digo bien, la tele, no una cadena en concreto) todavía menos de lo que ya lo hacía, es decir, casi nada.

A Garci y a su programa se le podrán sacar los colores, traer a colación todos los defectos habidos y por haber (que los tenía, quién puede negarlo), hacerle objeto de todas las sátiras y cuchufletas por parte de cómicos con escaso ingenio y excesiva mala baba, pero lo cierto es que su programa era una de las más interesantes aportaciones de la producción audiovisual española a eso que pomposamente se llama “hacer cultura”. No me importa reconocer que lo he seguido irregularmente, sobre todo desde que tengo que levantarme a las seis y media para ir a trabajar (uno de mis jefes hablaba siempre de Qué tarde es el cine), que en más de una ocasión me he tirado de los pelos por los cortes publicitarios, y que con cierta frecuencia he tenido la sensación de que el coloquio tras la película parecía más una tertulia de amiguetes que un cine fórum destinado a su proyección pública.

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