Todas las películas de Juan José Campanella que he tenido ocasión de ver a lo largo de los años -El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, Luna de Avellaneda- me han gustado mucho. El secreto de sus ojos, a cuya proyección asistí hace unos días, no es ninguna excepción, y de hecho me atrevo a considerarlo como el más acabado y redondo de los largometrajes del director argentino y el que habrá de dejar en la memoria de los espectadores una huella más perdurable. Tiene el aroma y la textura de los clásicos, gracias a una sabiamente medida combinación de temas universales –la pasión amorosa a duras penas contenida, la amistad que sobrevive a las dificultades y las flaquezas cotidianas, un odio tan profundo y denso como la propia vida, el eco de terribles sucesos históricos marcados por la violencia y la injusticia-, a su excelente plantel de actores y a una realización muy poderosa, de gran riqueza formal, extraordinariamente expresiva en algunas de sus mejores secuencias.
Aunque la historia transcurre por derroteros bien conocidos por cualquier aficionado al cine contemporáneo –la trama, con evidentes tonos de thriller, se desarrolla en torno a la obsesión de Benjamín Espósito, oficial de un juzgado bonaerense, por el caso de la violación y asesinato de una joven maestra, crimen sobre el que no deja de hacer averiguaciones a lo largo de una carrera de más de veinticinco años-, Campanella sabe presentarla al espectador desde una perspectiva que tiene el indiscutible encanto de lo contado con verdad y convicción. En este sentido, hay una frase del guión, puesta en boca de un compañero de Espósito, el inefable Sandoval –si no la recuerdo mal, algo así como “uno puede cambiar de aspecto, de vida, de religión, hasta de Dios, pero no puede cambiar de pasión”-, que resulta esencial para entender la película, no sólo porque proporciona a los protagonistas una pista para la resolución del crimen, sino también porque ofrece la clave que a mi modo de ver mejor explica la fascinación que ejerce esta película sobre los espectadores: que está contada con pasión, que propone una verdad acaso no del todo coincidente con los acontecimientos reales y los hechos constatados en las resoluciones judiciales, pero desde luego muy convincente desde el punto de vista de las emociones y los sentimientos.

Llevo unas cuantas semanas pensando seriamente en adherirme al distinguido gremio de los maqueros, y como suele ocurrir cuando uno tiene la mente ocupada por ideas obsesivas, la realidad parece conspirar para hacerle ver el motivo de su obsesión por todas partes, bajo toda clase de formas y disposiciones, en los momentos más obvios y en los más inesperados. Sin ir más lejos, en unas cuantas secuencias de Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres, la película del director danés Niels Arden Oplev, basada en el celebérrimo thriller del periodista y novelista sueco
Casi todas las películas de
Creo que en esta ocasión el título de la reseña era casi inevitable, porque La dalia negra, la película de
Una de las secretas aficiones que he venido cultivando a lo largo de los años es la de aprovechar las vacaciones veraniegas para conocer las salas de cine de otras ciudades. Claro está que con la proliferación de centros comerciales y cadenas de multicines (todas más o menos cortadas por el mismo patrón), ya apenas se encuentran las sorpresas con que mi hermano y yo solíamos toparnos en nuestras vacaciones familiares de verano: salas con butacas decrépitas o inexistentes (sustituidas por bancos, sillas de tijera e incluso asientos que los propios usuarios llevaban consigo), cines al aire libre asaltados por los mosquitos, las tormentas de la estación o, a veces, la barahúnda de alguna fiesta cercana, espacios de fortuna que se montaban apenas con un patio, una pared encalada, un proyector y un par de altavoces de saldo.
La semana que está a punto de terminar me ha deparado dos sorpresas cinematográficas, dos películas que me han llamado mucho la atención, por razones tan distintas como (para mí) inesperadas. Seguro que lo de “sorpresas” extrañará a los lectores de La Bitácora del Tigre en cuanto vean a qué filmes me refiero, pues se trata de Volver, de Pedro Almodóvar, y El código Da Vinci, de Ron Howard, basado en la celebérrima novela de Dan Brown. Habrá que dar, pues, las explicaciones pertinentes.
Una película tan interesante como poco convencional, esta reciente producción argentina, El aura, escrita y dirigida por Fabián Bielinsky, cuyo talento ya tuvimos ocasión de admirar hace cinco años en la sorprendente Nueve reinas. Una película seca, adusta, áspera y silenciosa, en la que los personajes apenas hablan (yo no sé si he visto en los últimos años un filme con tantos y tan prolongados silencios) y cuando sonríen sólo lo hacen a medias, con una mueca sarcástica.
No conozco todas las novelas del tándem Douglas Preston y Lincoln Child, pero con las seis que he leído (El ídolo perdido, Nivel 5, El relicario, Más allá del hielo, Los asesinatos de Manhattan, y esta última que acabo de terminar, La mano del diablo) creo que ya he conseguido cogerle el tranquillo a esta pareja de novelistas norteamericanos, practicantes de un género que combina, a mi modo de ver con bastante acierto, lo policíaco, el suspense, el horror y los elementos tecnológicos. Thrillers de alta tecnología, podría ser la etiqueta adecuada para sus novelas, casi siempre de lectura apasionante, que complementan su innegable vocación de superventas con un cierto brillo cultural y, de vez en cuando, estimables cualidades literarias.



