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De lo mejor de Paul Verhoeven

Cartel de la películaCasi todas las películas de Paul Verhoeven que he tenido oportunidad de ver (Delicias turcas, Los señores del acero, Robocop, Desafío total, Instinto básico, Showgirls, Las brigadas del espacio, El hombre sin sombra) me han gustado mucho. Todas, aun las más comerciales, tienen algo de perverso e inquietante que las hace reconocibles y, en última instancia, originales. Por eso, cuando me enteré de que iba a estrenarse una película del cineasta holandés cuyo argumento transcurría durante la Segunda Guerra Mundial (probablemente el tema en que más coinciden los gustos de Pilar y los míos) y tenía como escenario la Holanda ocupada por los alemanes, me prometí a mí mismo no dejar de verla. Conforme se fue acercando la fecha del estreno crecía nuestra expectación, alimentada por un tráiler de excelente factura y unas cuantas reseñas muy elogiosas. Así que el pasado viernes acudimos a la proyección de El libro negro con una enorme ilusión.

Que por una vez, y me alegra mucho decirlo, no se ha visto en modo alguno defraudada. El libro negro es una película espléndida, con la que el espectador recupera el sabor de las grandes producciones de los años cincuenta que llenaban las salas y creaban familias enteras de cinéfilos (claro que Paul Verhoeven no es un director recomendable para eso que se llama “ver cine en familia”, por su propensión a las escenas violentas y de fuerte contenido sexual, pero estoy seguro de que filmes como éste crean afición y un recuerdo perdurable). El libro negro constituye también un ejemplo de un cine inteligente, que sabe muy bien cómo llegar al espectador por la vía del gran espectáculo, pero al mismo tiempo sin abandonar nunca el rigor y la honradez. Y, sobre todo, se distingue por ser una película muy sólida, perfectamente equilibrada en todas sus líneas, a la que apenas se le pueden señalar grietas o defectos.

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Una dalia marchita

Cartel de la películaCreo que en esta ocasión el título de la reseña era casi inevitable, porque La dalia negra, la película de Brian de Palma que se estrenó el pasado viernes con gran despliegue de promoción en nuestras carteleras, no cumple, ni de lejos, las expectativas creadas entre los aficionados al cine negro, ni resiste tampoco la comparación con aquella magistral película del género que fue La dalia azul.

Casi nada de lo esencial en una película funciona adecuadamente en esta lujosísima producción: el argumento puede competir en enrevesamiento con el de cualquiera de los originales novelísticos de James Ellroy, pero sin la singular intensidad de aquéllos; las interpretaciones son difusas, carentes de la fuerza y la capacidad de convicción que exige este tipo de historias, y la ambientación, a pesar de la riqueza de medios y la belleza de la fotografía, resulta a menudo algo artificiosa y manierista (no sé si en ello habrá tenido que ver el hecho de que el Hollywood de 1947, escenario de los sucesos que relata la película, haya sido recreado a partir de un rodaje que se llevó a cabo en Sofía, Bulgaria).

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Cines e intrigas de verano

Cartel de la películaUna de las secretas aficiones que he venido cultivando a lo largo de los años es la de aprovechar las vacaciones veraniegas para conocer las salas de cine de otras ciudades. Claro está que con la proliferación de centros comerciales y cadenas de multicines (todas más o menos cortadas por el mismo patrón), ya apenas se encuentran las sorpresas con que mi hermano y yo solíamos toparnos en nuestras vacaciones familiares de verano: salas con butacas decrépitas o inexistentes (sustituidas por bancos, sillas de tijera e incluso asientos que los propios usuarios llevaban consigo), cines al aire libre asaltados por los mosquitos, las tormentas de la estación o, a veces, la barahúnda de alguna fiesta cercana, espacios de fortuna que se montaban apenas con un patio, una pared encalada, un proyector y un par de altavoces de saldo.

Con todo, algo queda de aquellos espectáculos populares y bastante caóticos que a mí tanto me gustaban de nuestros inacabables veranos familiares en Laredo, Salou, Piles o Cambrils. El pasado viernes fui con Pilar a los Multicines Las Salinas, de Chiclana de la Frontera (Cádiz), a la sesión de las 10,35. Nos costó llegar, porque nos perdimos dos veces por las carreteras de conexión, pero al final lo encontramos. Lo primero que me llamó la atención fue la composición y actitud del público: jovencísimo, bullanguero y feliz, desde luego nada parecido a las circunspectas y rígidas audiencias que suelen darse cita en los cines pamploneses que yo frecuento. Por allí se veían parejas de novios (ellos, tatuados, ellas, ombligo al aire, con los inevitables piercings en orejas, labios y ombligos), grupos juveniles y hasta familias enteras, abuela y nietos incluidos. Me sorprendió sobremanera la presencia de niños muy chicos (como dicen los gaditanos), en la sesión nocturna, y la informalidad del público, nada partidario de ocupar el asiento antes del inicio de la película.

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Cine para escapar de la sofoquina

Debe de ser verdad que el clima está cambiando, porque llevamos unos años que en Pamplona (de la que la tradición afirma que sólo tiene dos estaciones, “el invierno y la de la Renfe”) el mes de junio nos ataca con tórridas oleadas de calor. Nada mejor para combatirlo que refugiarse en un cine, a salvo de las vaharadas de aire africano, de las terrazas ruidosamente superpobladas y de las moscas.

Si el calor persiste durante toda la semana, el espectador contumaz puede plantearse ir al cine durante varias jornadas consecutivas, lo cual tiene sus riesgos (las refrigeraciones acaban pasando factura), pero también sus compensaciones. Y entre estas últimas cabe apuntar la práctica de arriesgadas combinaciones, la mezcla de elementos heteróclitos, que no siempre convencen, pero al menos sirven para desconcertar a quienes confían en el buen juicio del aficionado y esperan verle aferrado a criterios cinematográficos sólidos como rocas.

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Dos sorpresas de cine

Cartel de la películaLa semana que está a punto de terminar me ha deparado dos sorpresas cinematográficas, dos películas que me han llamado mucho la atención, por razones tan distintas como (para mí) inesperadas. Seguro que lo de “sorpresas” extrañará a los lectores de La Bitácora del Tigre en cuanto vean a qué filmes me refiero, pues se trata de Volver, de Pedro Almodóvar, y El código Da Vinci, de Ron Howard, basado en la celebérrima novela de Dan Brown. Habrá que dar, pues, las explicaciones pertinentes.

Comienzo con la película de Pedro Almodóvar, un cineasta que me resulta sumamente antipático, no tanto por su cine (que, en general, se me atraganta), como por sus actitudes públicas, algunas de las cuales (por ejemplo, la acusación pública de que el PP intentó organizar un golpe de Estado la noche anterior a las elecciones del 14 de marzo de 2004) dan cuenta de la clase de endiosamiento irresponsable que caracteriza a ciertos miembros del mundo de la farándula. Yo estoy convencido de que el cine de Almodóvar está infinitamente sobrevalorado; además, su elevación a los altares del Olimpo cinematográfico español, en calidad de representante de las esencias artísticas de nuestro cine, me ha parecido siempre una tomadura de pelo.

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La cara oculta del taxidermista

Cartel de la películaUna película tan interesante como poco convencional, esta reciente producción argentina, El aura, escrita y dirigida por Fabián Bielinsky, cuyo talento ya tuvimos ocasión de admirar hace cinco años en la sorprendente Nueve reinas. Una película seca, adusta, áspera y silenciosa, en la que los personajes apenas hablan (yo no sé si he visto en los últimos años un filme con tantos y tan prolongados silencios) y cuando sonríen sólo lo hacen a medias, con una mueca sarcástica.

El comienzo del argumento no es difícil de resumir: un taxidermista cuya vida gris y rutinaria sólo es interrumpida por ataques epilépticos (el “aura” define las sensaciones que experimenta antes de un ataque) y por su afición a planear imaginarios atracos perfectos, decide acompañar a un amigo a una expedición de caza, que tiene como escenario los remotos bosques de la Patagonia. Un incidente fortuito durante una cacería permitirá al anónimo protagonista (sólo conocemos su nombre por los títulos de crédito) entrar en conocimiento de un elaborado plan para atracar el furgón blindado que transporta la recaudación de un casino de lujo.

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Portada de la novelaNo conozco todas las novelas del tándem Douglas Preston y Lincoln Child, pero con las seis que he leído (El ídolo perdido, Nivel 5, El relicario, Más allá del hielo, Los asesinatos de Manhattan, y esta última que acabo de terminar, La mano del diablo) creo que ya he conseguido cogerle el tranquillo a esta pareja de novelistas norteamericanos, practicantes de un género que combina, a mi modo de ver con bastante acierto, lo policíaco, el suspense, el horror y los elementos tecnológicos. Thrillers de alta tecnología, podría ser la etiqueta adecuada para sus novelas, casi siempre de lectura apasionante, que complementan su innegable vocación de superventas con un cierto brillo cultural y, de vez en cuando, estimables cualidades literarias.

Probablemente La mano del diablo no sea la mejor de sus obras (una posición que en mi particular escala de valores habría que conceder a El ídolo perdido o a la estupenda Más allá del hielo), pero tampoco decepcionará a los seguidores de Preston y Child, aunque no sea más que por el hecho de que en ella abundan elementos muy característicos de su narrativa: los motivos siniestros –las muertes sangrientas, los subterráneos, las presencias maléficas o infernales–, la trama tecnológica –que en este caso está bastante cogida por los pelos, aunque tiene su gracia–, los personajes de novelas anteriores –en este caso, los agentes D’Agosta y Pendergast– o incluso una cierta propensión a adornar el relato con un barniz de culturalismo literario-artístico-histórico, que llega al curioso extremo de “resucitar” para la trama a un personaje literario: el conde Fosco, uno de los protagonistas de La dama de blanco, de Wilkie Collins.

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Una intriga elegante

La que se desarrolla en la última producción cinematográfica de Sydney Pollack, La intérprete, un magnífico thriller que nos remite a un modo de hacer cine cada vez más inusual en el género: sólido guión, interpretaciones contenidas y una puesta en escena que sabe construir el suspense desde dentro de la historia, sin recurrir a efectismos truculentos y a movimientos de cámara espasmódicos, para nuestra desgracia tan abundantes en los últimos tiempos.

La historia tiene el aroma de los mejores thrillers: Silvia Broome (Nicole Kidman), una intérprete de las Naciones Unidas, escucha por casualidad un plan para eliminar a un corrupto y tiránico político africano ante las mismas narices de la Asamblea General, lo que hace intervenir al agente federal Tobin Keller (Sean Penn), quien al principio acoge el testimonio de la intérprete con bastantes dudas. Una historia golosa, ciertamente, que proporciona al director Sydney Pollack la oportunidad de mover las cámaras entre ambientes sofisticados, con personajes tocados por ese aire cosmopolita y un tanto estirado de la alta diplomacia. El hecho de que por primera vez en la historia una producción cinematográfica de ficción haya obtenido los permisos necesarios para rodarse en la sede de la ONU otorga al filme una verosimilitud añadida, que no habría existido de no darse ese planteamiento al que hacía referencia al principio de la reseña: el de una película honesta y seria, que no trata al espectador como a un idiota, y que incluso se permite proyectar sobre la escena de los conflictos internacionales una mirada más honda y comprometida que la del discurso habitual en el cine norteamericano.

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