vacaciones

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Hace poco que ha llegado hasta mis manos un equipo ultraportátil con un procesador Intel Atom N270 a 1.60GHz, disco duro de 160 Gb., 1 Gb. de RAM y un flamante Ubuntu 8.10 Intrepid Ibex, sistema operativo que hasta la fecha no había tenido ocasión de probar. Aunque distribuido bajo la marca Xtrem, en realidad se trata de un clon del MSI Wind, uno de los modelos de ultraportátil que ha tenido más éxito y que ha sido mejor valorado en las comparativas.

A pesar de algunos problemillas de hardware (no he conseguido los drivers para la conexión WiFi y la webcam integradas, aunque estoy seguro de que la comunidad de Ubuntu acudirá rápidamente al rescate), la verdad es que el equipo es sencillísimo de manejar. Una vez conectado a las inalámbricas de casa y de la oficina con un pincho USB, he comenzado a realizar las tareas para las que se supone que estos equipos están diseñados: navegar por Internet con Firefox, leer el correo electrónico con Thunderbird, escribir textos con el Writer de OpenOffice, editar alguna imagen con GIMP y, por supuesto, publicar en el blog gracias a esa estupenda extensión que es ScribeFire, vieja conocida de esta bitácora.

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Como una especie de viaducto de Millau o hipérbole de las fiestas locales, el puente de la Constitución-Inmaculada se alarga en Navarra, por aquello de la singularidad foral, desde el día 3 de diciembre, fecha en la que se celebra en nuestra comunidad la fiesta de su patrón, San Francisco Javier, hasta el día 8. Son seis días en los que apetece salir de nuestras fronteras hacia climas más benignos, pues el tiempo atmosférico (al menos en Pamplona, ciudad que según el dicho local sólo tiene dos estaciones, el invierno y la de la RENFE) tiende a situarse por estas fechas en una estrecha franja cuyos límites son lo desagradable y lo francamente abominable.

En esta ocasión, Pilar y yo consagramos nuestro rumbo a Barcelona, donde esperábamos ver unos cuantos museos y pasear por la ciudad, con un pronóstico de al menos 13 grados Celsius y precipitaciones tendentes a cero. Curiosamente, el tiempo se comportó de acuerdo con las predicciones, y casi no hacía falta ponerse otras prendas que la camisa y un ligero sobretodo. Bueno, eso era lo que yo llevaba encima cuando salimos del hotel el día 3, a eso de las seis de la tarde, pero debo de tener el termostato mal ajustado, pues muchos barceloneses y barcelonesas caminaban por las calles embutidos en toda suerte de gabanes, bufandas y guantes. Ay, me dije, no sabéis lo que es el invierno de Pamplona.

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Conectado a Internet con la PDA y a través de la excelente WiFi pública de Madeira (a ver cuándo las ciudades turísticas españolas toman ejemplo), escribo la presente entrada.

Sopla una suave brisa entre los jacarandás, suenan a nuestro alrededor las melodiosas cadencias de la lengua portuguesa, y los días de trabajo y prisa parecen cosa de otra vida y otro mundo.

Dan ganas de no volver nunca…

Llevo algún tiempo haciendo preparativos para las vacaciones veraniegas, que debieran comenzar, si todo sale como debe, en la segunda quincena de julio. No, no me refiero a la lista habitual de camisetas, bermudas, bañadores, chanclas y protectores solares, sino a las previsiones necesarias para no interrumpir mi cotidiana disciplina de bloguero, que ya forma parte de mis costumbres y hasta de mis adicciones. Como en esta ocasión el objetivo del viaje es una deliciosa isla atlántica, a la que llegaremos en avión (dicen que el aterrizaje pone los pelos como escarpias) y sin portátil, he tenido que prever unos cuantos escenarios posibles de producción bloguera, que paso a describir a continuación.

1. En el hotel hay ordenadores con conexión a Internet y a los que se puede conectar un pincho USB, y los clientes pueden hacer uso de ellos (que el servicio sea gratis o de pago es harina de otro costal). Esta sería la mejor de las situaciones, porque ya tengo casi lista la release 2008 del pincho USB que preparé el año pasado, con un montón de aplicaciones portátiles; entre otras, la versión portátil de Post2Blog, y Firefox con la extensión ScribeFire, que es un cliente para blogs estupendo, como ya he señalado en alguna otra ocasión.

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Hace casi un año ya conté en este blog que entre mis muchas manías se cuenta la de ir al cine en las localidades que visito durante las vacaciones estivales, sobre todo si la sala de proyección pertenece a un cine provisional, de esos que se instalan en los sitios de veraneo y sólo funcionan dos o tres meses al año. Uno de mis recuerdos más entrañables de las vacaciones en familia, hace ya muchos años, en Laredo, Peñíscola, Piles, Cambrils o Salou, era precisamente el de los cines al aire libre, de sonoridad espantosa, incomodidades legendarias (he llegado a conocer alguna sala en la que las butacas de platea se complementaban con los asientos que el público llevaba consigo) y programación errática a más no poder.

No recuerdo casi ninguna de las películas que vi en tales circunstancias (bueno, sí, haciendo un esfuerzo de memoria consigo acordarme de una proyección antológica, creo que de Toro salvaje, de Martin Scorsese, que tuvo que interrumpirse a causa de un chubasco nocturno acompañado de poderoso aparato eléctrico; cuando acabó la tormenta, y una vez que los asistentes secamos los asientos, siguió la película, como si tal cosa), y me vienen a la cabeza imágenes confusas y entremezcladas de aquellas salas, patios y galpones, pero me gusta reivindicar desde las páginas de La Bitácora del Tigre el recuerdo de unas experiencias personales que son pura arqueología, o están a punto de convertirse en ella.

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De cara a las vacaciones veraniegas estoy preparándome un paquete informático de emergencia (todavía no he decidido si llevarme el portátil, como hice el año pasado), formado por la PDA, un pincho de 2 GB. de capacidad y la cuenta de Netvibes que he abierto hace apenas veinticuatro horas. Sí, ya sé lo que estáis pensando la mayoría de los lectores de La Bitácora del Tigre (”a ti te iba a dar yo otro paquete”, “menudo paquete estás tú hecho”, etc., etc.), pero uno es víctima de sus neurosis y sus adicciones, y cree mejor asumirlas con valentía, y aun exhibirlas retadoramente, que sobrellevarlas en secreto, de forma vergonzante.

Con la PDA haré experimentos de publicación en el blog, utilizando para ello el correo electrónico y la técnica del blog by email, a no ser que antes del 10 de julio descubra algún cliente para blogs que funcione bien en Windows Mobile. He visto algunas herramientas, pero son de pago, y no me apetece gastarme los cuartos en ellas. Por su parte, en el pincho USB he montado todo un arsenal de aplicaciones portátiles, a partir del completísimo repertorio que ofrece PortableApps.com: 7-Zip, Audacity, ClamWin, FileZilla, Firefox, Gaim, GIMP, KeePass, Kompozer, NVU, OpenOffice, SumatraPDF, Sunbird, Thunderbird y VLC Media Player.

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Por fin me he decidido a cambiar el alojamiento del blog. Tras mirar por un sitio y por otro, hacer un montón de preguntas, recibir un montón algo más pequeño de respuestas y debatirme durante varios días en un sinvivir de alternativas enfrentadas (parecía una versión web 2.0 del proverbial león enjaulado o del no menos famoso asno de Buridán), he optado por rascarme los bolsillos y seleccionar un plan de alojamiento que me permita olvidarme de las ominosas advertencias de mi actual proveedor.

A consecuencia del cambio de alojamiento y la transferencia del dominio al nuevo proveedor, La Bitácora del Tigre permanecerá durante los próximos días en ese limbo difícil de definir al que se refiere el título de esta entrada. Lo del estado zombie, que es una metáfora tomada del mundo de los servidores Linux, tal vez no sea un término del todo bien empleado, pero permite sugerir muy expresivamente esa situación cibernética, intermedia entre la vida y la muerte, en cuyos sombríos parajes va a ingresar el blog, espero que por breve tiempo.

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Cartel de la películaUna de las secretas aficiones que he venido cultivando a lo largo de los años es la de aprovechar las vacaciones veraniegas para conocer las salas de cine de otras ciudades. Claro está que con la proliferación de centros comerciales y cadenas de multicines (todas más o menos cortadas por el mismo patrón), ya apenas se encuentran las sorpresas con que mi hermano y yo solíamos toparnos en nuestras vacaciones familiares de verano: salas con butacas decrépitas o inexistentes (sustituidas por bancos, sillas de tijera e incluso asientos que los propios usuarios llevaban consigo), cines al aire libre asaltados por los mosquitos, las tormentas de la estación o, a veces, la barahúnda de alguna fiesta cercana, espacios de fortuna que se montaban apenas con un patio, una pared encalada, un proyector y un par de altavoces de saldo.

Con todo, algo queda de aquellos espectáculos populares y bastante caóticos que a mí tanto me gustaban de nuestros inacabables veranos familiares en Laredo, Salou, Piles o Cambrils. El pasado viernes fui con Pilar a los Multicines Las Salinas, de Chiclana de la Frontera (Cádiz), a la sesión de las 10,35. Nos costó llegar, porque nos perdimos dos veces por las carreteras de conexión, pero al final lo encontramos. Lo primero que me llamó la atención fue la composición y actitud del público: jovencísimo, bullanguero y feliz, desde luego nada parecido a las circunspectas y rígidas audiencias que suelen darse cita en los cines pamploneses que yo frecuento. Por allí se veían parejas de novios (ellos, tatuados, ellas, ombligo al aire, con los inevitables piercings en orejas, labios y ombligos), grupos juveniles y hasta familias enteras, abuela y nietos incluidos. Me sorprendió sobremanera la presencia de niños muy chicos (como dicen los gaditanos), en la sesión nocturna, y la informalidad del público, nada partidario de ocupar el asiento antes del inicio de la película.

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La sección felina de La Bitácora del Tigre concede hoy la palabra al reino de lo kitsch, representado por la imagen que figura tras el segundo párrafo de esta entrada. Es una foto tomada esta misma mañana, a eso de las 12,30, en un mercadillo levantado junto al Mercado Central de Abastos, en Cádiz.

En el reino heteróclito y confuso del zoco gaditano, las bellezas indudables de la Tacita de Plata –hoy, bajo un sol inclemente, apenas aliviado por el levante– se veían acompañadas de otras más dudosas: ejemplares atrasados de diversas publicaciones sicalípticas, candelabros oxidados, maletines llenos a rebosar de ropa que tal vez nunca estuvo de moda, herramientas melladas, desajustadas y roñosas, muebles por cuatro perras que los expertos en almonedas restaurarán algún día y pondrán por las nubes en las páginas del Vogue o el Cosmopolitan.

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En la entrada anterior, escrita (¡con faltas de ortografía!, por culpa del teclado italiano) desde un cibercafé de Florencia, prometía volver a la carga el veinticinco de julio, tras el parón vacacional por tierras del Sur de Francia y la Toscana italiana. Como puede comprobarse, habrá que sumar ésta a la larga lista de mis promesas incumplidas o aplazadas. Hombre, tengo algunas excusas: la fatiga del turista, lo inapropiado de una fecha como la festividad de Santiago Apóstol para retomar la bitácora, lo áspero de volver a la normalidad después de tanto día de “dolce far niente”.

Y eso que de “far niente” es sólo un modo de hablar: apenas un par de horas de playa (en la abarrotadísima de Cannes, que me puso de muy mal humor) y otra de piscina para mí, mientras Pilar echaba la siesta, y para de contar. El resto del tiempo lo hemos invertido en las inevitables obligaciones del turista con pretensiones: recorrer parajes pintorescos, fotografiar monumentos, guardar no menos monumentales colas, leer guías como quien lee los sagrados evangelios, dar vueltas y más vueltas a los mapas en los traicioneros cruces de las carreteras comarcales y, a veces, disfrutar de una merecida recompensa gastronómica en un coqueto restorán.

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