El día 20 de julio, lunes, hicimos una visita relámpago a la isla de Ibiza. Aprovechando que estábamos cerca (en Gandía, para ser más exactos), reservamos billetes en el transbordador de la compañía Baleària que une la ciudad alicantina de Denia con la mayor de las islas Pitiusas y, tras levantarnos a unas horas impropias del descanso vacacional, embarcamos en el ferry Patricia Olivia, un catamarán de alta velocidad, que realiza el trayecto entre Denia y la ciudad de Ibiza en apenas dos horas y media.
Tanta presteza tiene su precio (además del de los billetes, ciertamente elevado), porque el pasaje no puede salir a la cubierta, y viaja encerrado entre las paredes acristaladas de los salones del buque, muy cómodos, sí, pero un tanto tediosos, especialmente cuando el secreto propósito del viajero es chafardear a su gusto por el buque, respirar la brisa marina y, por supuesto, disparar su máquina sobre un blanco tan fotogénico como un barco de pasaje en alta mar.

Una de las secretas aficiones que he venido cultivando a lo largo de los años es la de aprovechar las vacaciones veraniegas para conocer las salas de cine de otras ciudades. Claro está que con la proliferación de centros comerciales y cadenas de multicines (todas más o menos cortadas por el mismo patrón), ya apenas se encuentran las sorpresas con que mi hermano y yo solíamos toparnos en nuestras vacaciones familiares de verano: salas con butacas decrépitas o inexistentes (sustituidas por bancos, sillas de tijera e incluso asientos que los propios usuarios llevaban consigo), cines al aire libre asaltados por los mosquitos, las tormentas de la estación o, a veces, la barahúnda de alguna fiesta cercana, espacios de fortuna que se montaban apenas con un patio, una pared encalada, un proyector y un par de altavoces de saldo.



