versos

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Que los blogs sirven para objetivos, propósitos y fines muy elevados está fuera de toda duda. Que movilizan, como se dice ahora, estrategias y procesos de aprendizaje de gran alcance también es indiscutible. Que han abierto una brecha cada vez más profunda en el monopolio de los canales de comunicación, hasta hace pocos años casi impermeables a la voz del ciudadano individual, es un fenómeno de repercusiones difícilmente previsibles.

Pero hay otro aspecto de los blogs que suele pasar más desapercibido, y al que los blogueros no dedicamos toda la atención reflexiva que merece: su virtud lúdica, su capacidad para hacernos disfrutar, para conseguir que nos lo pasemos bomba. Ejemplos de este genio ligero y juguetón los hay a cientos, pero quiero citar uno reciente publicado en la bitácora de José María González-Serna, la entrada titulada Letrillas blogueras, que a unos cuantos colegas nos ha servido como acicate para despertar la vena versificadora y las ganas de deleitarnos con ese incomparable regocijo que es el juego verbal.

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Comienza un famoso chiste con la siguiente pregunta: “¿Cómo se meten cien navarros (también hay una versión protagonizada por aragoneses) en un Seiscientos?”. A lo que se responde: “pues diciéndoles que no caben”. Bien, yo debo admitir que al menos en mi caso la chanza resulta bastante atinada, pues soy muy cabezota, lo cual tiene algunos inconvenientes y, probablemente, también unas cuantas ventajas.

No es la menor de estas últimas el impulso a la creatividad que resulta de los desafíos, incluso de los más jocosos y chispeantes, como el que hace bien poco me lanzó a la cara una buena amiga blogosférica, Elisa Armas, empeñada en retarme, nada más y nada menos, que a la preparación de “un manual de WordPress en octavas reales”.

Helo aquí, Elisa. No está completo (sólo he incluido las seis primeras estrofas), porque al fin y a la postre mis fuerzas son limitadas, pero tal vez pueda mejorarlo, a ratos perdidos y con la ayuda de mis colegas blogueros versificadores, a los que prefiero no nombrar para no comprometerles en un compromiso tan arduo. En cualquier caso, compañeros y compañeras, va por todos vosotros.

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Seguro que lo que voy a contar aquí es una chorrada como la copa de un pino, pero aun así me arriesgo a publicarla, pues sé que entre los lectores y lectoras de La Bitácora del Tigre hay unos cuantos verbívoros y verbívoras convictos y confesos (y, sobre todo, convictas y confesas), así como conspicuos aficionados a las literaturas de vanguardia. Además, qué diantre, a mí me gustan mucho los juegos de palabras, los memes lúdico-verbales y las coñas marineras, como en más de una ocasión he demostrado en este blog.

El asunto es que acabo de descubrir un plugin para WordPress que genera poemas aleatorios, al estilo de los que componían los habituales del Cabaret Voltaire. En honor a este curioso establecimiento, que tanta importancia tuvo en el nacimiento del Dadaísmo, su autor denomina al plugin The WordPress Cabaret. El complemento cuenta con varias funciones que generan poemas aleatorios a partir de las entradas del blog, los comentarios y el spam interceptado por Akismet, así como “nubes” poéticas a partir de tales materiales. Una vez instalado el plugin, se accede a dichas funciones desde el backend de WordPress > Administrar > The WordPress Cabaret, desde donde se puede observar el resultado de la generación de poemas aleatorios.

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La migración de La Bitácora del Tigre a su nuevo dominio ha salido tan bien, y me ha puesto tan contento, que no puedo evitar el mostrarme juguetón y zascandil. Así que me hago un regalo a mí mismo, y a los compañeros blogueros (espero que no lo consideren un regalo envenenado) que con tanto entusiasmo colaboraron en el famoso Meme de ripios blogueros. Si queréis, colegas, participar en otro meme creativo y poético, en la línea juguetona y descarada del que yo propuse hace tiempo (y aprovechando también el impulso renovado del que hace poco convocó Elisa Armas), os propongo el siguiente reto: componer un poema con algún truco escondido. La iniciativa debiera servir, al menos, para los siguientes propósitos:

  1. Primero y fundamental: divertirse, pasarlo bien, quebrar un ojo al diablo.
  2. Segundo: demostrar a nuestros alumnos que las formas poéticas clásicas están vivas y gozan de excelente salud.
  3. Tercero: alentar a los alumnos (y a nuestros compañeros blogueros, por qué no) a divertirse con la poesía, a hacer experimentos, a disfrutar del lenguaje y a reírse al lado de sus profesores y profesoras, que a pesar de lo que está cayendo, mantienen un excelente sentido del humor.
  4. Y cuarto: descubrir el secreto que se esconde en el poema. El enigma siempre gusta a los chicos.

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Ayer por la noche, los restos de la tormenta Gordon no me dejaban conciliar el sueño. El golpeteo de la lluvia en los cristales y el ruido de las persianas agitadas por el viento me ponían nervioso. Así que me levanté, tomé recado de escribir y me puse a cavilar, Pilot en la boca, sobre alguna entrada ligera y ocurrente para la bitácora.

Recordé mis hazañas versificadoras de otros tiempos (en Monzón, mi primer destino como profesor, me gané la atención y tal vez el respeto, de los alumnos, tras una jornada borrascosa, con un soneto que compuse para ellos), y decidí elaborar un breve poema sobre mi bitácora. Helo aquí, en sucesión de redondillas rematadas por una quintilla final, que es combinación clásica y de probados efectos.

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