Woody Allen

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Y unas cuantas películas

El otoño está siendo pródigo en estrenos cinematográficos de calidad. A las gratas sorpresas (relativas, y en todo caso menos la primera que la segunda) que fueron El laberinto del fauno e Hijos de los hombres, ya reseñadas en esta bitácora, quiero añadir ahora cuatro títulos recientes, todos de directores consagrados, que me han gustado mucho: Infiltrados, de Martin Scorsese, Scoop, de Woody Allen, Un buen año, de Ridley Scott, y The Queen, de Stephen Frears.

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Cartel de la películaInfiltrados, una de esas películas de mafiosos contemporáneos en las que Scorsese es un especialista consumado (recordemos títulos tan emblemáticos en la carrera del director neoyorkino como Uno de los nuestros o Casino), tal vez sea la película más impactante de las cuatro, aunque no necesariamente la más redonda. Intensa, apasionante, llena de furia, conviene advertir que es al mismo tiempo una película muy violenta, masculina en grado superlativo (apenas hay personajes femeninos, y algunos de los protagonistas exudan testosterona hasta por la punta de los zapatos), determinada por una visión absolutamente escéptica del mundo, en el que no parece haber más que corrupción, mentira y deseo de poder. Es, también, una película narrativamente sobresaliente, sobre todo en su primera media hora, encargada de presentar a sus dos protagonistas: un infiltrado mafioso en la policía y su correlato especular, un agente policial a su vez infiltrado en la organización criminal a la que aquél pertenece.

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Dos historias morales

Cartel de la películaHistorias morales, sí, aunque sin moralina, son las que presentan dos recientes películas inglesas, Match Point, del director norteamericano Woody Allen, y El jardinero fiel, del brasileño Fernando Meirelles. Son historias densas, conflictivas, nada complacientes con los usos habituales del cine de consumo masivo, puesto que obligan al espectador a sacudirse la modorra y a tomar partido ante las situaciones que plantean. Son, además, dos películas magníficamente realizadas –más clásica y pausada la de Allen, más nerviosa y de narración menos lineal la de Meirelles–, con guiones sólidos, puesta en escena impecable e interpretaciones excelentes, cuya huella sobre la memoria perdura mucho tiempo después de que el espectador haya abandonado la sala de proyección.

Y no es hablar por hablar. Cuando uno sale de Match Point, se queda pensando largamente en esa especie de Ripley con conciencia de culpa que es el personaje de Chris Wilton, un parvenue de la alta sociedad británica, cuya ambición no es incompatible con la fascinación que suscita entre todos los que le conocen, y hasta con cierta paradójica decencia. Con una fascinación semejante, aunque de signo muy distinto, acoge el espectador la figura de ese espléndido personaje que es el diplomático Justin Quayle, protagonista de El jardinero fiel, un hombre recto y de conciencia íntegra, cuyo tristísimo final provoca una sensación de duelo y compasión que no se agota en el patio de butacas.

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