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	<title>anécdotas cinematográficas - La Bitácora del Tigre</title>
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	<description>Blog de Eduardo Larequi García: cine, libros, blogs y WordPress, temas educativos, lengua y literatura</description>
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	<title>anécdotas cinematográficas - La Bitácora del Tigre</title>
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		<title>Anécdotas de un espectador cinematográfico, 2. La chica del brazo compulsivo</title>
		<link>https://www.labitacoradeltigre.com/2009/06/18/anecdotas-de-un-espectador-cinematografico-2-la-chica-del-brazo-compulsivo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Jun 2009 19:13:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[anécdotas cinematográficas]]></category>
		<category><![CDATA[Joe Dante]]></category>
		<category><![CDATA[Matinée]]></category>
		<category><![CDATA[vídeo]]></category>
		<category><![CDATA[YouTube]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Anécdota sobre las reacciones de una chica sentada en el asiento contiguo al mío, durante una película de miedo.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2009/06/18/anecdotas-de-un-espectador-cinematografico-2-la-chica-del-brazo-compulsivo/">Anécdotas de un espectador cinematográfico, 2. La chica del brazo compulsivo</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Pilar y yo dedicamos la tarde de ayer a una sesión de cine y merendola en casa, con un menú destinado a sobrellevar los crudos calores de la estación: ensalada, sangría, fruta y galletitas saladas. El objetivo de tan suculento acompañamiento fue una película injustamente menospreciada: <em>Matinée</em>, de Joe Dante (imprescindible el detallado análisis del film en <a title="Revista Fantastique - Matinée" href="http://www.revistafantastique.com/revista.php?articulo=88---Matinee">Revista Fantastique</a>), un sentido homenaje a los clásicos del cine de ciencia ficción de los años 50 y 60, tan influido por el miedo a la bomba atómica y tan propicio a las alegorías, las lecturas ideológicas y la nostalgia.</p>
<p>Pues bien, en la película hay una escena –la novia del joven protagonista pega un respingo y se agarra espasmódicamente al brazo del chico ante la irrupción de Mant, una criatura monstruosa, mezcla de hombre y hormiga– que me hizo acordarme de una serie bloguera que comencé hace tiempo, de la que tengo seis u ocho borradores y que sin embargo no pasó de su primera entrega. Me refiero, claro está, a la serie de “anécdotas de un espectador cinematográfico”, iniciada con <a title="Anécdotas de un espectador cinematográfico, 1. El cine de los Escolapios y el chicle reciclable" href="https://www.labitacoradeltigre.com/2009/02/05/anecdotas-de-un-espectador-cinematografico-1-el-cine-de-los-escolapios-y-el-chicle-reciclable/">un artículo muy sabroso (en todos los sentidos de la palabra)</a>, que algunos fieles lectores de este blog probablemente recuerden, por sus detalles costumbristas y escatológicos.</p>
<p><span id="more-888"></span></p>
<p>Lo mismo que le ocurrió al joven Gene en un cine de Florida me sucedió a mí en el Carlos III de Pamplona, y no precisamente en mis tiempos de adolescente. Yo ya tenía mis años, y fui solo a la sesión de noche a ver una película cuyo título no recuerdo (a Pilar no le suelen gustar las pelis de terror y de ciencia ficción, y de ahí eso mi soledad). A mi derecha se sentaron dos chicas bastante guapas y recuerdo que muy habladoras, y comenzó la proyección. En un momento particularmente terrorífico, que no alcanzo a precisar, la muchacha de la derecha pegó un bote en el asiento y se agarró a mi brazo. Enseguida musitó un “perdón” azorado y entre risas nerviosas se volvió hacia su compañera, para comentar la jugada.</p>
<p>No habrían pasado veinte minutos cuando llegó otro susto, otro respingo de la chica, y otro asimiento desesperado de mi brazo derecho. La muchacha volvió a azorarse y a reírse, y yo no pude menos que decirle: “no te prives y agárrate siempre que lo necesites”, o algo así. Sin embargo, no sé si porque ya no había más escenas de miedo, o porque mi compañera de fila supo templar sus nervios, no se produjo la tercera ocasión, para la que yo me había preparado a conciencia, con todo el cuerpo en tensión y, por supuesto, sin enterarme de lo que estaba sucediendo en la gran pantalla.</p>
<p>Me hubiera gustado departir con las dos muchachas a la salida, pero lo cierto es que pusieron pies en polvorosa nada más terminar la sesión. A mí se me quedó ese particular regusto, entre ilusionante y frustrado, que sucede a las imaginaciones desaforadas y a los sueños eróticos. Seguro que aquellas dos chicas estuvieron riéndose toda la noche del panoli que les había tocado al lado.</p>
<p>Como el que no se consuela es porque no quiere, vuelvo sobre <em>Matinée</em>, que además del colosal John Goodman, en un papel escrito a su medida, contiene algunas secuencias en que todos los aficionados al cine, y sobre todo los que han cultivado su afición desde muy jóvenes, se reconocerán sin la menor duda. Y no sólo eso, porque la película de Joe Dante domina la técnica, tan habitual en el cine clásico norteamericano, de hablar de grandes temas y hacerlo al paso, sin pedantería ni didactismos. Vean, señores y señoras, este hermoso plano-secuencia, en el que el productor Lawrence Woolsey explica a Gene (en inglés; si tuviera tiempo y ganas aprendería a subtitular los vídeos de YouTube) el poder catártico de las ficciones, y la capacidad de seducción de la gran pantalla. Como diría un castizo, “casi ná”.</p>
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		<title>Anécdotas de un espectador cinematográfico, 1. El cine de los Escolapios y el chicle reciclable</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 05 Feb 2009 21:05:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[anécdotas cinematográficas]]></category>
		<category><![CDATA[recuerdos del colegio]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Recuerdos de mi experiencia como espectador adolescente en el cine de los Escolapios de Pamplona.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2009/02/05/anecdotas-de-un-espectador-cinematografico-1-el-cine-de-los-escolapios-y-el-chicle-reciclable/">Anécdotas de un espectador cinematográfico, 1. El cine de los Escolapios y el chicle reciclable</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Esta es la primera de lo que espero constituya una serie de anécdotas relacionadas con mi inveterada afición por el cine. Cuando miro hacia atrás y hago memoria de infancia y adolescencia, siempre me veo a mí mismo con un libro entre las manos o ante la gran pantalla. Sí, es verdad que he practicado, y en algún caso, todavía practico, otras aficiones –ir al monte, jugar al fútbol o al tenis, montar maquetas, hacer fotos, salir de viaje-, pero ninguna a la que haya dedicado tantas horas como al cine o a los libros. Son, claro está, aficiones sedentarias que difícilmente dan pie a un anecdotario jugoso (nada comparable con lo que podrían contar los alpinistas, los buceadores, los árbitros de fútbol o los ligones de playa y discoteca), pero rebuscando en los recuerdos puedo hallar historias curiosas, emocionantes o sorprendentes.</p>
<p>El primer relato de la serie, que me temo va a ser un poco escatológico, tiene que ver con el cine de los Escolapios de Pamplona, cuyo ambiente multitudinario y bullanguero he evocado más de una vez en <em>La Bitácora del Tigre</em> y en <em>Lengua en Secundaria</em>. Allí vi unas cuantas películas infumables, pero también clásicos imperecederos y desde luego muchos títulos que por un motivo u otro se me han quedado grabados en la memoria: <em>Espartaco</em>, <em>Un hombre para la eternidad</em>, <em>El último hombre vivo</em>, <em>El oro de McKenna</em>, <em>La jungla en armas</em>, <em>Hatari</em>… No era raro que las películas se cortaran o se quemaran, que la proyección se interrumpiera con un intermedio más largo de lo debido, o que subiera al escenario un cura de voz tonante que exigía a la jovencísima audiencia silencio y respeto, pero allí acudíamos todos los domingos mi hermano y yo, con la paga quemándonos en los bolsillos, entusiasmados con la idea de gastarla con las golosinas del Mesié, como llamábamos al señor que regentaba el puesto de chucherías ubicado en el <em>foyer</em>.</p>
<p><span id="more-690"></span></p>
<p>Ver a toda aquella masa adolescente comiendo a dos carrillos, con poco o ningún respeto por las normas de urbanidad, era todo un espectáculo. Comíamos pipas de girasol (las cáscaras al suelo, por supuesto), maíz tostado, recortes, regaliz, gominolas, patatas fritas, chicles, caramelos diversos y un largo etcétera de productos cuyos envoltorios acababan dejando el suelo de la sala hecho un pecinal. Cómo y por qué se nos toleraba aquella antología de modales groseros es un misterio que yo nunca he conseguido comprender. Quizás los curas poseían una profunda pedagogía intuitiva y consideraban nuestras efusiones una válvula de escape para la inevitable tendencia juvenil a la algarabía, o quizás ocurría, simplemente, que nuestra alegría y capacidad de disfrutar, en aquellos años mucho menos cómodos que los que ahora vivimos, eran sinceras y genuinas.</p>
<p>He de admitir que todos los que solíamos asistir a aquellas proyecciones, unos más y unos menos, pero todos al fin y al cabo, éramos unos guarros, seguramente porque éramos chicos (varones, quiero decir) en una proporción abrumadora (al cine de los domingos venían pocas chicas), o tal vez porque entonces no eran habituales los melindres y las bambollas profilácticas con que la escuela actual aturde a los chavales de ambos sexos. Por aquel entonces yo tenía una costumbre que ahora me parece repulsiva, pero que practicaba con una especie de delectación clandestina y perversa: la de recoger de debajo de mi asiento, o del asiento de delante, los chicles que alguien había pegado allí, juntarlos con el que ya tenía en la boca, y hacer con todos ellos una bola gigantesca.</p>
<p>En alguna ocasión en que volví a casa con un pedazo de goma de mascar de proporciones descomunales mi madre se subió por las paredes, y me corrigió la mala costumbre a gritos (puede que también utilizara algún argumento más contundente), así que la conducta de alto riesgo duró poco tiempo. Creo haber sobrevivido a sus posibles efectos perniciosos sin haber contraído ninguna enfermedad infecto-contagiosa significativa, de la misma e inconsciente manera como sobreviví al traicionero patio de recreo del colegio (cuando llovía, se transformaba en una pista deslizante, muy peligrosa), a los matones que <em>avant la lettre</em> practicaban diversas variedades del <em>bullying</em>, y a mis propios arranques de chulería o mal genio.</p>
<p>Vale, ya sé que no es una anécdota de la que sentirse particularmente orgulloso (¡ay, cuando lean esto mis sobrinos!), pero tampoco tengo de qué avergonzarme, pues en aquella sala atronadora y febril me sentía joven, vivo, intrépido y, sobre todo, feliz.</p>
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