<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>drama - La Bitácora del Tigre</title>
	<atom:link href="https://www.labitacoradeltigre.com/etiqueta/drama/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://www.labitacoradeltigre.com/etiqueta/drama/</link>
	<description>Blog de Eduardo Larequi García: cine, libros, blogs y WordPress, temas educativos, lengua y literatura</description>
	<lastBuildDate>Mon, 29 Jan 2018 19:15:45 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2015/09/cropped-cabeza_tigre-50x50.jpg</url>
	<title>drama - La Bitácora del Tigre</title>
	<link>https://www.labitacoradeltigre.com/etiqueta/drama/</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
<site xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">15335056</site>	<item>
		<title>Cine para escapar de la sofoquina</title>
		<link>https://www.labitacoradeltigre.com/2006/06/12/cine-para-escapar-de-la-sofoquina/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Jun 2006 21:45:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[comedia]]></category>
		<category><![CDATA[drama]]></category>
		<category><![CDATA[El color del crimen]]></category>
		<category><![CDATA[El juego de los idiotas]]></category>
		<category><![CDATA[Emilio Maillé]]></category>
		<category><![CDATA[Francis Veber]]></category>
		<category><![CDATA[Joe Roth]]></category>
		<category><![CDATA[Rosario Tijeras]]></category>
		<category><![CDATA[thriller]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.labitacoradeltigre.com/2006/06/12/cine-para-escapar-de-la-sofoquina/</guid>

					<description><![CDATA[<p>Breves reseñas de las películas <em>Rosario Tijeras</em>, <em>El juego de los idiotas</em> y <em>El color del crimen</em>.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2006/06/12/cine-para-escapar-de-la-sofoquina/">Cine para escapar de la sofoquina</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Debe de ser verdad que el clima está cambiando, porque llevamos unos años que en Pamplona (de la que la tradición afirma que sólo tiene dos estaciones, «el invierno y la de la Renfe») el mes de junio nos ataca con tórridas oleadas de calor. Nada mejor para combatirlo que refugiarse en un cine, a salvo de las vaharadas de aire africano, de las terrazas ruidosamente superpobladas y de las moscas.</p>
<p>Si el calor persiste durante toda la semana, el espectador contumaz puede plantearse ir al cine durante varias jornadas consecutivas, lo cual tiene sus riesgos (las refrigeraciones acaban pasando factura), pero también sus compensaciones. Y entre estas últimas cabe apuntar la práctica de arriesgadas combinaciones, la mezcla de elementos heteróclitos, que no siempre convencen, pero al menos sirven para desconcertar a quienes confían en el buen juicio del aficionado y esperan verle aferrado a criterios cinematográficos sólidos como rocas.</p>
<p><span id="more-147"></span></p>
<p>Lo cierto es que yo, como espectador cinematográfico, no tengo criterio, o lo tengo muy laxo. Me gusta casi todo, excepto el cine pelma y de pretensiones intelectuales, que generalmente se me atraganta. Todo lo que sea mínimamente entretenido y esté realizado con cierta solvencia me lo trago sin pestañear. No me importa confesar, incluso, que tengo una cierta propensión populachera, hasta macarra, que me permite saborear productos (el cine de acción, las comedias golfas, los grandes exitazos de taquilla del cine comercial, los títulos ínfimos del cine fantástico y de ciencia ficción) por los que paladares más cultivados muestran evidente rechazo.</p>
<p>Mi selección de la pasada semana no es que fuera muy experimental, pero al menos avala el acierto de ese añejo refrán que afirma que en la variedad está el gusto: el miércoles vi <em>Rosario Tijeras</em>, una producción internacional firmada por el director mejicano Emilio Maillé; el viernes fue el turno de una película francesa, <em>El juego de los idiotas</em>, de Francis Veber, y el sábado me dejé caer junto con mi hermano José Ángel (Pilar seguía corrigiendo exámenes) por la proyección de <em>El color del crimen</em>, un <em>thriller</em> con trasfondo de conflictos raciales, dirigido por el neoyorkino Joe Roth.</p>
<figure id="attachment_5322" aria-describedby="caption-attachment-5322" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" class="wp-image-5322 size-full" title="Cartel de la película Rosario Tijeras" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/06/cartel-rosario-tijeras.jpg" alt="Cartel de la película Rosario Tijeras" width="150" height="216" /><figcaption id="caption-attachment-5322" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>Rosario Tijeras</em></figcaption></figure>
<p>De <em>Rosario Tijeras</em> es fácil atrapar en la memoria la imagen de la belleza agresiva y atormentada de Flora Martínez, la actriz que interpreta (muy bien, por cierto) a esta joven sicaria en el Medellín colombiano del narcotráfico, los barrios chabolistas y las discotecas de moda, donde los jóvenes de la buena sociedad se dedican a ponerse ciegos de coca y, de vez en cuando, a arriesgarse por el lado salvaje de la vida, en paradójica convivencia con matones salidos del arroyo. La película tiene una estructura narrativa que se pretende compleja, con numerosos <em>flash-backs</em> intercalados en la línea principal del relato, pero que se queda en lo confuso, con un vaivén de personajes y situaciones poco trabadas, que difícilmente el espectador consigue retener.</p>
<p>Además, la historia falla en lo esencial, pues abusa de los detalles tremendistas, las observaciones más o menos antropológicas (muy curiosos los ritos con que los sicarios pretenden conjurar los peligros que les acechan en sus andanzas criminales, y no menos curiosas las costumbres funerarias en los velatorios y entierros de sus compañeros) y las exhibiciones eróticas de la protagonista, sin llegar a profundizar en lo que seguramente hubiera sido mucho más interesante: la tragedia de unas vidas jóvenes aniquiladas en el carrusel de la droga, la violencia y un machismo insoportable.</p>
<p>De <em>El juego de los idiotas</em> se puede decir, sin temor a equivocarse, que es una comedia muy veraniega, simpática y divertida (más de sonrisas que de carcajadas, en cualquier caso), que se ve con agrado, aunque también con la sospecha de que todo en ella -las situaciones, los diálogos, el dibujo de los personajes y, por supuesto, el desenlace- no podría ser más previsible. Película de equívocos, vodevilesca y ligera, muy francesa tanto para lo bueno como para lo malo (algunas situaciones que pretenden ser el colmo de la sofisticación no pasan de ser un remedo de las comedietas de Louis de Funès), cuenta con buenos intérpretes, entre los cuales destaca, aunque su papel sea mucho más breve de lo que a sus admiradores nos gustaría, una Kristin Scott Thomas fascinante: elegante, ingeniosa, irónica e impecablemente vestida por Yves Saint Laurent.</p>
<figure id="attachment_5324" aria-describedby="caption-attachment-5324" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" class="wp-image-5324 size-full" title="Cartel de la película El juego de los idiotas" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/06/cartel-el-juego-de-los-idiotas.jpg" alt="Cartel de la película El juego de los idiotas" width="150" height="212" /><figcaption id="caption-attachment-5324" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>El juego de los idiotas</em></figcaption></figure>
<p>Aunque el parecido no sea inmediato, creo haber detectado alguna remota analogía entre este filme de Francis Veber y el <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2006/05/21/dos-sorpresas-de-cine"><em>Volver</em></a> de Pedro Almodóvar (un cineasta que, por cierto, les chifla a nuestros vecinos del norte). En efecto, ambos coinciden en el tratamiento de los personajes masculinos, que tal vez no sean tan «idiotas» como afirma la traducción española del título (el original es <em>La doublure</em>, que viene a ser algo así como &#8216;el actor suplente&#8217;), pero desde luego no tienen comparación posible con sus parejas. De la competición de vanidades masculinas que se cuenta en esta historia sale bien librado algún representante del sexo masculino, pero el verdadero triunfo les corresponde a las mujeres, siempre más listas y mucho más perspicaces. Y no deja de tener su gracia que la más femenina y aparentemente convencional de todas (la maniquí cuya relación con un riquísimo industrial da lugar al juego de equívocos que desarrolla la trama) rompa continuamente los tópicos. Así, en vez de mostrar a una <em>top model</em> anoréxica, estúpida y egoísta, el guión hace de la protagonista femenina (interpretada por Alice Taglioni, guapísima) una chica lista, simpática y sensata, que demuestra más allá de toda duda razonable que no existe ninguna contradicción entre lucir una percha apabullante y gozar de una cabeza espléndidamente amueblada.</p>
<p>De las tres películas que he visto a lo largo de la pasada semana, <em>El color del crimen</em> es la más dura y amarga, y quizás también la más incómoda de ver, por la tensión que recorre toda la historia y por la amargura que destilan casi todos sus personajes. Sobre el fondo de una investigación policial -una mujer blanca denuncia que le han robado el coche, en el que llevaba a su hijo de cuatro años, en un barrio habitado mayoritariamente por población negra- se despliega una historia de conflictos raciales, de diferencias de clase irreconciliables, de vidas fracasadas y desarraigadas, en la que resulta difícil encontrar un resquicio para la esperanza.</p>
<figure id="attachment_5321" aria-describedby="caption-attachment-5321" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" class="wp-image-5321 size-full" title="Cartel de la película El color del crimen" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/06/cartel-el-color-del-crimen.jpg" alt="Cartel de la película El color del crimen" width="150" height="216" /><figcaption id="caption-attachment-5321" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>El color del crimen</em></figcaption></figure>
<p>Seguro que con esta descripción, más de un lector se habrá acordado de <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2006/01/24/estado-de-miedo"><em>Crash</em></a>, la reciente ganadora del Oscar a la mejor película del año 2005 (por supuesto, también yo pensé en ella, aunque creo que muchas de las situaciones que describe están más próximas a los recientes estallidos de violencia en las <em>banlieus</em> francesas que a la trama del filme de Paul Haggis). Ahora bien, entre <em>Crash</em> y <em>El color del crimen</em> media un abismo de interés y pericia cinematográfica, pues la película de Joe Roth se va desinflando conforme avanza hacia su desenlace. Una vez que el espectador comprende, junto al policía protagonista, que hay gato encerrado en la denuncia de la mujer, la historia se vuelve repetitiva, cansina. Ni siquiera las brillantes interpretaciones de Samuel L. Jackson y de Julianne Moore (irreprochable la de Jackson, y quizás un poco más artificiosa la de Moore, cuyo papel constituye toda una antología del sufrimiento y la desesperación) logran mantener el interés de un relato que se mueve con dificultad entre la exploración de las zonas aledañas a la locura y la crítica social.</p>
<p>Con todo, <em>El color del crimen</em> no carece de atractivo. Más sincera y honrada que la mayoría de películas policíacas norteamericanas, mucho más oscura y pesimista también, pone de relieve la complejidad de los conflictos raciales y cuán difícil resulta gestionarlos de forma sensata. No hay ángeles ni demonios en la ciudad de Dempsey, New Jersey, donde transcurre la historia, sino gente (blancos y negros, policías y delincuentes) a la que no le resulta fácil la vida.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2006/06/12/cine-para-escapar-de-la-sofoquina/">Cine para escapar de la sofoquina</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">147</post-id>	</item>
		<item>
		<title>Comenzando el 2006</title>
		<link>https://www.labitacoradeltigre.com/2006/01/10/comenzando-el-2006/</link>
					<comments>https://www.labitacoradeltigre.com/2006/01/10/comenzando-el-2006/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Jan 2006 08:58:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[TIC]]></category>
		<category><![CDATA[cine canadiense]]></category>
		<category><![CDATA[cine francés]]></category>
		<category><![CDATA[cine histórico]]></category>
		<category><![CDATA[cine norteamericano]]></category>
		<category><![CDATA[comedia]]></category>
		<category><![CDATA[drama]]></category>
		<category><![CDATA[el imperio de los lobos]]></category>
		<category><![CDATA[Jarhead]]></category>
		<category><![CDATA[La joya de la familia]]></category>
		<category><![CDATA[Manuale d'amore]]></category>
		<category><![CDATA[Tierra de pasiones]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.labitacoradeltigre.com/2006/01/10/comenzando-el-2006/</guid>

					<description><![CDATA[<p>Breves reseñas de unas cuantas películas y análisis de un ordenador de salón, un HTPC Fujitsu-Siemens Scaleo E.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2006/01/10/comenzando-el-2006/">Comenzando el 2006</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El arranque de este 2006 que apenas si acaba de desperezarse no ha sido demasiado pródigo en sorpresas cinematográficas, y eso que he hecho lo posible por atender la cada vez más variada oferta de las carteleras, con una película canadiense, una italiana, otra francesa y dos norteamericanas.</p>
<p>Quería haber añadido a la lista alguna española, aunque no fuera más que por un elemental deber patriótico y para compensar la pérdida de cuota en pantalla que, si hacemos caso de las noticias publicadas en prensa, ha experimentado la cinematografía nacional en 2005. Sin embargo, entre que todavía estoy escarmentado del fiasco de <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2005/12/25/media-comedia-musical/"><em>Los 2 lados de la cama</em></a>, y que ninguno de los títulos españoles disponibles me sedujo lo suficiente, lo he dejado correr.</p>
<p><span id="more-78"></span></p>
<figure id="attachment_4848" aria-describedby="caption-attachment-4848" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4848 size-full" title="Cartel de la película Tierra de pasiones" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/tierra-de-pasiones.jpg" alt="Cartel de la película Tierra de pasiones" width="150" height="214" /><figcaption id="caption-attachment-4848" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>Tierra de pasiones</em></figcaption></figure>
<p>A juzgar por el resultado de mi selección, tengo que concluir que me va fallando el ojo clínico, pues nada de lo que he visto se merece la proverbial descarga de cohetes propia de estas fechas. La peor, para mi gusto, ha sido la primera película, <em>Tierra de pasiones</em>, una producción histórica canadiense que presenta de forma muy crítica la absorción de la colonia de la Nueva Francia (lo que actualmente es la provincia de Quebec) por parte de la corona inglesa, todo ello entreverado con los vericuetos de una tristísima historia de amores desgraciados por la que pululan en notoria confusión indígenas americanos, colonos franceses e ingleses despiadados. Aunque muy ambiciosa sobre el papel, lo que he visto en la gran pantalla no supera la categoría de un dramón inconsistente e irregular. Parece ser que la copia que ha llegado a nuestras carteleras estaba muy mutilada con respecto al original, y ello tal vez explique las quiebras de una historia que, a juzgar por lo que yo he visto, carece de atractivo y de gancho.</p>
<figure id="attachment_4847" aria-describedby="caption-attachment-4847" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4847 size-full" title="Cartel de la película Manuale d'amore" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/manuale-damore.jpg" alt="Cartel de la película Manuale d'amore" width="150" height="209" /><figcaption id="caption-attachment-4847" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>Manuale d&#8217;amore</em></figcaption></figure>
<p>Quizás la más satisfactoria de las cinco películas haya sido la que vi en segundo lugar, <em>Manuale d&#8217;amore</em>, de Giovanni Veronesi, una simpática comedia italiana que aunque no sea una maravilla por lo menos hace reír con sus historias de pasiones, infidelidades y amores perdidos y renovados. Todo muy italiano y mediterráneo, con sus personajes exagerados, a la vez fatuos y vulnerables, su pizca de sal gruesa, su griterío y su gestualidad vehemente. Una película graciosa, dicharachera, con actores poco conocidos pero muy eficaces, recorrida por un vitalismo y una espontaneidad que, por muy calculadas que sean, no vienen nada mal para combatir los excesos navideños y la habitual resaca tras la Nochevieja.</p>
<figure id="attachment_4846" aria-describedby="caption-attachment-4846" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4846 size-full" title="Cartel de la película La joya de la familia" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/la-joya-de-la-familia.jpg" alt="Cartel de la película La joya de la familia" width="150" height="209" /><figcaption id="caption-attachment-4846" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>La joya de la familia</em></figcaption></figure>
<p>La tercera peli en la lista fue <em>La joya de la familia</em>, dirigida por Thomas Bezucha. Espíritu navideño en grandes dosis, como es propio de la época, pero también una lectura ácida e inteligente, aunque un tanto blandita, de las relaciones de familia, y de ese momento tan peculiar en la vida que es la presentación del novio o novia ante los futuros suegros. Lo mejor de esta producción norteamericana es, sin lugar a dudas, su espléndido reparto, en el que brilla una Sarah Jessica Parker que demuestra lo sumamente atractiva (en todos los sentidos de la palabra) que puede ser una actriz sin un físico apabullante. Lo peor, las concesiones a la corrección política, que aquí se plasman en el edulcoramiento con que se presenta a uno de los hijos de la familia Stone y a su compañero homosexual. Con todo, una cinta recomendable, que aconsejo ver como segunda parte de un hipotético programa doble, junto a <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2005/12/11/la-otra-cara-de-la-navidad/"><em>La cosecha de hielo</em></a>.</p>
<figure id="attachment_4845" aria-describedby="caption-attachment-4845" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4845 size-full" title="Cartel de la película Jarhead" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/jarhead.jpg" alt="Cartel de la película Jarhead" width="150" height="218" /><figcaption id="caption-attachment-4845" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>Jarhead</em></figcaption></figure>
<p><em>Jarhead. El infierno espera</em>, de Sam Mendes, fue la cuarta del año. Película decepcionante, a mi modo de ver, pues a pesar de sus intenciones y de su realismo resulta fría, sin el vigor ni la perfección formal de su referente inmediato (<em>La chaqueta metálica</em>, de Kubrick, algunos de cuyos motivos y líneas de diálogo reproduce casi al pie de la letra). Se ha hablado y escrito mucho en las últimas semanas acerca de su protagonista masculino, Jake Gyllenhaal, pero a mí me pareció un tostón, con un cuerpazo impresionante, sí, pero un rostro inexpresivo y anodino, que no ayuda a que el respetable sintonice con esa historia de marines instalados en la rutina de sus bases en el desierto arábigo, durante la primera Guerra del Golfo. De toda la película, bastante aburrida, yo sólo me quedo con dos imágenes: la de los soldados que acampan por la noche junto a unos pozos de petróleo en llamas, a quienes la lluvia negruzca convierte en estatuas de bronce animadas, y la de su orgiástica celebración del final de la guerra, a tiro limpio, con las ráfagas de trazadoras sobre el negro cielo del desierto.</p>
<figure id="attachment_4844" aria-describedby="caption-attachment-4844" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4844 size-full" title="Cartel de la película El imperio de los lobos" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/el-imperio-de-los-lobos.jpg" alt="Cartel de la película El imperio de los lobos" width="150" height="212" /><figcaption id="caption-attachment-4844" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>El imperio de los lobos</em></figcaption></figure>
<p>La última de la serie ha sido <em>El imperio de los lobos</em>, una producción francesa que reúne algunos (pocos) de los méritos de la cinematografía gala y bastantes de sus defectos habituales, como la tendencia a la retórica y a la vacuidad. Su interesantísimo comienzo, que mezcla elementos sicológicos y futuristas, en una atmósfera de <em>thriller</em> enigmático y asfixiante, acaba derivando hacia una trama de agentes dobles o triples, policías rudos y organizaciones mafiosas, entre la inevitable cacofonía de explosiones, tiroteos y situaciones más bien inverosímiles que suele exigir este tipo de historias. Es una lástima que las cinematografías europeas se esfuercen con tanto ahínco en este tipo de imitaciones de los productos norteamericanos: normalmente no salen bien, y siempre acaba por vérseles el plumero.</p>
<figure id="attachment_4849" aria-describedby="caption-attachment-4849" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4849 size-full" title="Portada de la novela Los idus de marzo, de Thornton Wilder" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/idus-de-marzo.jpg" alt="Portada de la novela Los idus de marzo, de Thornton Wilder" width="150" height="243" /><figcaption id="caption-attachment-4849" class="wp-caption-text">Portada de la novela <em>Los idus de marzo</em>, de Thornton Wilder</figcaption></figure>
<p>También he hecho alguna incursión en la pequeña pantalla, de mano de la Cuatro y de los ocho episodios de la serie <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2005/12/14/pues-tiene-buena-pinta/"><em>Roma</em></a> que se han puesto en antena hasta la fecha (hoy mismo se emitirán el noveno y el décimo). Probablemente la serie no es tan brillante como me pareció en un principio, pero tampoco puedo decir que me sienta decepcionado. Ahí sigo, fiel a las aventuras de los dos personajes que más me gustan, el centurión (ahora prefecto) Lucio Voreno y el legionario Tito Pullo, que no pierden ocasión de meterse en todos los fregados y de salir airosos de ellos: ahí es nada, dejar escapar a Pompeyo, <em>motu proprio</em>, tras la derrota de Farsalia, y salir indemnes de la furia de Marco Antonio y César. Coincidiendo con la emisión de la serie, he aprovechado para leer <em>Los idus de marzo</em>, de Thornton Wilder, que narra los últimos días del mandato de Julio César bajo un prisma intimista y doméstico que supone un interesante contrapunto al enfoque épico habitual. Al indudable atractivo que presenta la novela para los aficionados a la historia romana, hay que sumar sus valores literarios, con una construcción narrativa a base de retazos de cartas, diarios e informes, que forman un mosaico complejo y fascinante.</p>
<p>El apartado de entretenimiento lo he rematado con la compra de un ordenador de salón, un <a title="HTPC - Wikipedia" href="https://es.wikipedia.org/wiki/HTPC" target="_blank" rel="noopener">HTPC</a> Fujitsu-Siemens Scaleo E, que he conseguido conectar, tras no pocos quebraderos de cabeza y tropezones con la maraña de cables, al vídeo, al DVD Home Cinema y a la tele. No está mal el invento, que resulta fácil de manejar (a costa de incorporar a la «piel» del Windows Media Center unas opciones de configuración demasiado limitadas para mi gusto) y de potencia nada desdeñable. La grabación de programas de televisión es sencillísima, a través de la guía interactiva que se activa una vez conectado el equipo a Internet. Otra cosa es el formato de grabación, que genera unos enormes archivos, de extensión DVR-MS, que tendré que aprender a editar para eliminar anuncios y demás porquería. Desde mi punto de vista, lo mejor del HTPC es su capacidad para reunir los mundos del ordenador y la televisión. Una vez conectado a mi red inalámbrica, he descargado el reproductor de vídeo gratuito <a href="http://www.videolan.org" target="_blank" rel="noopener">VLC Media Player</a>, que es capaz de lidiar con casi todo, y sin necesidad de recurrir al interfaz del Windows Media Center (que para determinados propósitos es un incordio), he conseguido reproducir a pantalla completa archivos de vídeo DIVX, OGM y MPG y de audio en diversos formatos exóticos, que tenía almacenados en otros equipos de la red. Por supuesto, el reproductor de DVD con su salida Home Cinema sigue siendo imbatible a la hora de enfrentarse con DVDs originales, pero es una gozada la flexibilidad de uso que proporciona un PC conectado a la tele. Hombre, Pilar hubiera querido poder editar sus exámenes y sus comentarios de texto sin levantarse del sofá, pero está claro que ni el teclado inalámbrico del Scaleo E ni el interfaz de Windows están pensados para trabajar en tales circunstancias.</p>
<figure id="attachment_4843" aria-describedby="caption-attachment-4843" style="width: 1280px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4843 size-full" title="Windows Media Center en mi Scaleo E" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/scaleo-e.jpg" alt="Windows Media Center en mi Scaleo E" width="1280" height="853" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/scaleo-e.jpg 1280w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/scaleo-e-500x333.jpg 500w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/scaleo-e-768x512.jpg 768w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/01/scaleo-e-800x533.jpg 800w" sizes="auto, (max-width: 1280px) 100vw, 1280px" /><figcaption id="caption-attachment-4843" class="wp-caption-text">Windows Media Center en mi Scaleo E</figcaption></figure>
<p>Habrá que esperar un tiempo para comprobar si esta tecnología cuaja, y si se confirman sus posibilidades didácticas, pues es innegable que representa una interesantísima fórmula de convergencia entre el mundo tele-vídeo-DVD y el mundo PC. Un escenario futuro de aulas multimedia dotadas de HTPCs y grandes pantallas de televisión no parece en absoluto lejano. Sólo hace falta que bajen los precios del hardware y que mejoren las prestaciones y funciones de los interfaces multimedia, al estilo del Windows Media Center o de las alternativas <em>opensource</em> que ya están disponibles, como <a href="http://www.team-mediaportal.com" target="_blank" rel="noopener">MediaPortal</a>.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2006/01/10/comenzando-el-2006/">Comenzando el 2006</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://www.labitacoradeltigre.com/2006/01/10/comenzando-el-2006/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>5</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">78</post-id>	</item>
		<item>
		<title>La otra cara de la Navidad</title>
		<link>https://www.labitacoradeltigre.com/2005/12/11/la-otra-cara-de-la-navidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 11 Dec 2005 19:57:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[cine norteamericano]]></category>
		<category><![CDATA[drama]]></category>
		<category><![CDATA[Harold Ramis]]></category>
		<category><![CDATA[La cosecha de hielo]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.labitacoradeltigre.com/2005/12/11/la-otra-cara-de-la-navidad/</guid>

					<description><![CDATA[<p>Reseña de la película <em>La cosecha de hielo</em>, del director norteamericano Harold Ramis.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2005/12/11/la-otra-cara-de-la-navidad/">La otra cara de la Navidad</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El espíritu de la Navidad está presente por todas partes en <em>La cosecha de hielo</em>, de Harold Ramis: en la puesta en escena, en la banda sonora, en mil y un detalles del argumento, hasta en la organización interna de la trama, que sitúa a los personajes en las últimas horas de una desapacible y antipática Nochebuena, en las calles frías y desoladas de Wichita, Kansas. De hecho, si el espectador se sienta en la butaca sin ningún conocimiento previo de la película y se deja guiar por los títulos de crédito iniciales, creerá que va a asistir a la proyección de la enésima versión del cuento de Navidad, tan caro a la tradición cinematográfica norteamericana.</p>
<p>En realidad, ese hipotético espectador inocente (¿existe tal especie?) no andaría muy desencaminado, pues <em>La cosecha de hielo</em> no es sino un cuento de Navidad, pasado, eso sí, por el filtro de una mirada sarcástica, amarga y juguetonamente perversa. Da igual que película comience a los sones de una almibarada versión inglesa de <em>El tamborilero</em> de Rafael (ante tan insólita presencia, seguro que muchos espectadores españoles habrán comenzado a oír el aleteo de la proverbial mosca detrás de la oreja), pues los rostros de los angelotes y los tópicos motivos navideños que acompañan a la música enseguida dan paso a un turbio panorama de hampones de medio pelo, mujeres fatales, sórdidos clubs de estriptis y una aguanieve inclemente y gélida que de forma muy eficaz da cuenta del clima moral –frío, insidioso y mezquino– de la historia.</p>
<p><span id="more-71"></span></p>
<p>Porque, en efecto, la Wichita que retrata el filme de Harold Ramis no puede hallarse más lejos de la convencional y navideña apariencia de la ciudad, con sus abetos, luces y fiestas, con sus inevitables declaraciones de amor y armonía universal. Bajo la máscara de los sólidos principios propios de la clase media americana y de los buenos deseos que constantemente intercambian los personajes, se ocultan la ambición, la mentira y una violencia descarnada. Ni siquiera la comicidad que recorre la cinta, hecha a partes iguales de cinismo, chapuza, casualidades y unos diálogos con frecuencia brillantísimos, sirve para enmascarar la realidad. En rigor, yo diría que el humor es en <em>La cosecha de hielo</em> poco más que una mueca, el único recurso que puede hacer digerible una historia de inapelable sordidez, el caramelo que recubre la cáscara amarga de una sociedad sin conciencia.</p>
<p>Es evidente que Harold Ramis se siente a sus anchas a la hora de levantar las faldas de los tópicos. Ya lo hizo en <em>Atrapado en el tiempo</em>, estupenda sátira de la cultura popular norteamericana, condenando a Bill Murray a un doméstico infierno en el festival del Día de la Marmota, y en <em>Una terapia peligrosa</em>, con sus risotadas a propósito de una tradición emblemática en el cine de Hollywood, la de las películas de mafiosos. De todas formas, si <em>La cosecha de hielo</em> arremete contra una tradición, se ve a obligada a insertarse en otra más reciente, aunque perfectamente reconocible, la de esas películas de gánsteres paradójicos, parlanchines y hasta filosóficos, de la que forman parte casi todas las obras de Tarantino, algunas de los hermanos Coen (hay más de un punto de contacto entre <em>Fargo</em> y el filme que ahora nos ocupa, aunque ciertamente el de Ramis no puede competir con el de los cineastas de Minnesota) y películas como <em>Qué hacer en Denver cuando estás muerto</em> o, sin ir más lejos, la muy reciente y divertidísima <em>Kiss Kiss Bang Bang</em>.</p>
<p>La trama de <em>La cosecha de hielo</em> no es, precisamente, un prodigio de inventiva, pues se trata de una versión más del tema del atraco perfecto, aunque en este caso el robo apenas si se muestra, y el interés de la historia se desplaza a las acciones de los ladrones durante las escasas horas que les quedan hasta tomar el avión que les aleje –se supone que para siempre– del escenario de sus fechorías. Para el protagonista, Charlie Arglist, un oscuro abogado de Wichita (interpretado por un John Cusack simplemente correcto) esas pocas horas dan de sí lo suficiente para meterse en toda clase de líos con su compinche Vic Cavanaugh (un Billy Bob Thornton que tampoco destaca por lo inspirado de su representación), con Renata, la dueña de un local de estriptis (la bellísima Connie Nielsen, aquí disfrazada de improbable Veronika Lake), con Pete Van Heuten, otro abogado crápula y desengañado (Oliver Platt, absolutamente genial), y con Bill Guerrard, el mafioso por antonomasia de Wichita (Randy Quaid, gigantesco en corpulencia e intensidad interpretativa). Lo que descubre el vagabundeo de Charlie por los tugurios y los locales elegantes de Wichita es una sociedad podrida de dinero, de ambiciones y falsas apariencias, a la que todo el mundo, en su fuero interno, desprecia o de la que quisiera escapar. Nada mejor que el juego de palabras recurrente que aparece en forma de grafiti en varios momentos de la cinta («As falls Wichita, so falls Wichita Falls»), como síntoma de la podredumbre moral de la ciudad y de sus habitantes.</p>
<figure id="attachment_5342" aria-describedby="caption-attachment-5342" style="width: 505px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-5342 size-full" title="Cartel de la película La cosecha de hielo" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/12/cartel-la-cosecha-de-hielo.jpg" alt="Cartel de la película La cosecha de hielo" width="505" height="718" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/12/cartel-la-cosecha-de-hielo.jpg 505w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/12/cartel-la-cosecha-de-hielo-352x500.jpg 352w" sizes="auto, (max-width: 505px) 100vw, 505px" /><figcaption id="caption-attachment-5342" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>La cosecha de hielo</em></figcaption></figure>
<p>Y lo cierto es que la imagen de la ciudad de Wichita (y del país entero) no puede salir peor parada. El único personaje que tiene valor para denunciar en voz alta esa sociedad corrompida y vacía (Pete, un abogado borracho como una cuba en todas y cada una de las secuencias en que interviene, representado por un Oliver Platt cuya interpretación, por sí sola, merece el precio que el espectador paga por la entrada) protagoniza una esperpéntica cena de Nochebuena que debería pasar a la historia del cine por la abrumadora mala leche que destila. Todas las injusticias, corrupciones y falsedades que carcomen a nuestras opulentas sociedades occidentales se entrevén en esa breve secuencia, durante la cual el abogado esgrime un muslo de pavo como arma insólita con la que defenderse de la frustración y la amargura que le roen las entrañas. Por muy bañada en alcohol que se encuentre, el espectador reconoce en la voz de Pete –»En este país ya no quedan hombres de verdad, sólo dinero y tías», afirma en determinado momento–, una requisitoria general contra un modo de vida deshumanizado e insoportable.</p>
<p>No obstante todo lo anterior, tras la apariencia descarnada e implacablemente sarcástica de <em>La cosecha de hielo</em> apunta un tono idealista, un anhelo de redención que se expresa tímidamente, casi acomplejadamente, a través de situaciones y personajes insólitos. Por ejemplo, con el barman y matón del club de estriptis, Sidney, cuya brutalidad esconde la obsesión de un padre afectuoso por acabar la jornada y llevar a sus hijos al parque de atracciones. O con el personaje de Pete Van Heuten (el mejor de la película, sin ninguna duda), cuya inesperada intervención en el desenlace –sólo diré que también inesperadamente optimista– deja abierta la posibilidad de que exista un sentimiento noble y sincero de amistad entre él y Charlie, y de que, finalmente, otra vida sea posible para ellos, más allá de sus trampas y mentiras.</p>
<p>Lástima que lo que podía haber sido una historia interesantísima se quede en una declaración de intenciones, pues el valor de la película en su conjunto se ve muy afectado por un comienzo vacilante, que tarda demasiado en meter al espectador en harina, por un argumento algo confuso (la oscuridad reinante en toda la historia llega a hacerse cargante) y por frecuentes caídas del ritmo narrativo. Con la excepción de las de Platt y Quaid, las interpretaciones son poco satisfactorias, especialmente la de Connie Nielsen, a quien el guión, el maquillaje y el vestuario se esfuerzan por hacer encajar en un papel de mujer fatal en el que no entra ni con calzador. Yo me confieso rendido admirador de la actriz danesa, que me parece una de las más hermosas que ha dado el cine de los últimos años, y una mujer dotada de una personalidad y una fuerza interior muy poco comunes, completamente desaprovechadas en un papel muy tópico –el de la aviesa y manipuladora Renata–, que probablemente ni ella misma se cree.</p>
<p>Con todo, <em>La cosecha de hielo</em> es una buena alternativa para quienes se vean urgidos a automedicarse a causa del empacho de dulces, golosinas, regalos y demás tópicos navideños. Aunque sólo sea por ver a Oliver Platt, cada vez más orondo y desatado, arrancando con los guantes puestos la pata del pavo de la mesa de sus suegros y comiéndosela a dos carrillos, habrá valido la pena.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2005/12/11/la-otra-cara-de-la-navidad/">La otra cara de la Navidad</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">71</post-id>	</item>
		<item>
		<title>Dos historias morales</title>
		<link>https://www.labitacoradeltigre.com/2005/11/15/dos-historias-morales/</link>
					<comments>https://www.labitacoradeltigre.com/2005/11/15/dos-historias-morales/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 15 Nov 2005 09:10:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[cine brasileño]]></category>
		<category><![CDATA[cine inglés]]></category>
		<category><![CDATA[cine norteamericano]]></category>
		<category><![CDATA[comedia]]></category>
		<category><![CDATA[drama]]></category>
		<category><![CDATA[El jardinero fiel]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Meirelles]]></category>
		<category><![CDATA[Match Point]]></category>
		<category><![CDATA[Woody Allen]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.labitacoradeltigre.com/2005/11/15/dos-historias-morales/</guid>

					<description><![CDATA[<p>Reseña de las películas <em>Match Point</em>, del director norteamericano Woody Allen y <em>El jardinero fiel</em>, del director brasileño Fernando Meirelles.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2005/11/15/dos-historias-morales/">Dos historias morales</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Historias morales, sí, aunque sin moralina, son las que presentan dos recientes películas inglesas, <em>Match Point</em>, del director norteamericano Woody Allen, y <em>El jardinero fiel</em>, del brasileño Fernando Meirelles. Son historias densas, conflictivas, nada complacientes con los usos habituales del cine de consumo masivo, puesto que obligan al espectador a sacudirse la modorra y a tomar partido ante las situaciones que plantean. Son, además, dos películas magníficamente realizadas –más clásica y pausada la de Allen, más nerviosa y de narración menos lineal la de Meirelles–, con guiones sólidos, puesta en escena impecable e interpretaciones excelentes, cuya huella sobre la memoria perdura mucho tiempo después de que el espectador haya abandonado la sala de proyección.</p>
<p>Y no es hablar por hablar. Cuando uno sale de <em>Match Point</em>, se queda pensando largamente en esa especie de Ripley con conciencia de culpa que es el personaje de Chris Wilton, un <em>parvenue</em> de la alta sociedad británica, cuya ambición no es incompatible con la fascinación que suscita entre todos los que le conocen, y hasta con cierta paradójica decencia. Con una fascinación semejante, aunque de signo muy distinto, acoge el espectador la figura de ese espléndido personaje que es el diplomático Justin Quayle, protagonista de <em>El jardinero fiel</em>, un hombre recto y de conciencia íntegra, cuyo tristísimo final provoca una sensación de duelo y compasión que no se agota en el patio de butacas.</p>
<p><span id="more-63"></span></p>
<figure id="attachment_5875" aria-describedby="caption-attachment-5875" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-5875 size-full" title="Cartel de la película Match Point, de Woody Allen" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/11/cartel-match-point.gif" alt="Cartel de la película Match Point, de Woody Allen" width="150" height="214" /><figcaption id="caption-attachment-5875" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>Match Point</em>, de Woody Allen</figcaption></figure>
<p>Aunque los argumentos de una y otra película sean diferentes, al igual que la orientación de sus personajes y sus respectivos desenlaces, se trata, en ambos casos, de un cine poderoso, serio, un cine impregnado del sabor de la realidad captada en matices y complejidades cada vez menos frecuentes en la gran pantalla y precisamente por ello más valiosos. Ni en la película de Woody Allen ni en la de Fernando Meirelles hay buenos y malos en estado puro, sino gente común y corriente obligada por distintos motivos a conductas excepcionales y a tomar decisiones drásticas, no siempre dignas de aplauso. Hay, claro está, una gran distancia entre Wilton, capaz de duplicidades, renuncias y crímenes con tal de ascender en la escala social, y Quayle, cuyo único defecto es su inocencia, su incapacidad para advertir las turbias intenciones de los otros. Cierto es que Quayle es admirable (aunque no creo que nadie quisiera afrontar un destino como el suyo), mientras que Wilton resulta odioso en más de una ocasión, a pesar de lo cual la vida y la suerte le sonríen. Sin embargo, mientras que los espectadores nos sentimos dispuestos a comprender a este ex profesor de tenis, convertido en tiburón financiero y miembro de la clase acomodada británica, porque lo reconocemos como una persona sometida a tentaciones de las que nosotros mismos no sabríamos salir con dignidad, también tenemos ganas de agarrar a Quayle por las solapas, darle un par de bofetones y echarle en cara esa bondad que acaba por llevarle a la destrucción.</p>
<p>A pesar de la ambientación poco habitual en la cinematografía de Allen (la película se ha rodado en escenarios ingleses y con un reparto en su mayor parte británico), y del hecho de que su director no interviene en ningún momento como actor o personaje, <em>Match Point</em> es cine de Woody Allen en estado puro: discurrir moroso, diálogos inteligentísimos, una ambientación cuidada hasta el mínimo detalle, personajes con un punto de extravagancia y una dirección de actores que recuerda inmediatamente a cualquiera de sus multitudinarias y abigarradas composiciones neoyorkinas. El tema de la pasión amorosa que deriva en adulterios, traiciones y crímenes ya lo habíamos visto antes en varias películas de Allen, y de hecho constituye el núcleo argumental de la que muchos consideran una de sus obras maestras (<em>Delitos y faltas</em>). La novedad en la elección del marco general de la historia (sofisticado, elegante, casi aristocrático) no lo es tanto si prestamos atención a su desarrollo y a la interacción de los personajes, aspectos ambos en los que brilla ese talento peculiar del director neoyorkino para elaborar seductoras infinitas y siempre seductoras variaciones sobre el mismo tema.</p>
<p>Hace ya tiempo que Woody Allen superó la obsesión monomaníaca de sus inicios para dotarse de una mirada profundamente humanista sobre la realidad social y el marco familiar. Sin embargo, sus últimas películas daban la sensación de haber perdido la frescura y agilidad tan características de su cine, que afortunadamente se recupera en <em>Match Point</em> con un espléndido retrato de una familia británica de clase alta. Habida cuenta del argumento y de la personalidad del protagonista –un “trepa”, por decirlo mal y pronto– hubiera sido fácil caer en la tentación de trazar una pintura de trazo grueso y de juzgar a los personajes con una mirada condescendiente o sarcástica. Sin embargo, Woody Allen levanta una historia sutil y minuciosa, que respeta a las personas y no se obsesiona con los arquetipos. Los miembros de la familia Hewett son ricos y <em>bonvivants</em>, pero no son ni estirados ni cínicos. Quieren lo que todos queremos, estabilidad, amor y el reconocimiento de los suyos, y son gente con una admirable alegría de vivir. No son menos personas, ni menos dignos del cariño del espectador, porque hayan nacido protegidos por su clase y por los bienes de fortuna. A este respecto hay una frase muy significativa, que define el enfoque y actitud de la película, con la que uno de los protagonistas define al padre de los Hewett (un intenso Brian Cox, tan eficaz como siempre): “ni toda su fortuna le produce más placer que ayudar a su familia”.</p>
<p>Nada que ver, en todo caso, con el empalagoso planteamiento con que estos temas suelen abordarse en el cine de Hollywood. La valoración de esa especie de <em>aurea mediocritas</em> que según <em>Match Point</em> se alcanza en el marco de la vida familiar no está libre de contradicciones ni de aristas. En realidad, la lección moral que de ella se deriva no es ajena a un escepticismo esencial, y hasta un punto cínico, sobre la naturaleza humana, que en mi opinión tiene una evidente relación con la filosofía, a la vez vitalista y crudamente materialista, de todo el cine de Allen: la opción que toma el protagonista en el tramo final de la película está explícitamente determinada por su miedo a perder el cómodo espacio social en el que se ha instalado, que es, al mismo tiempo, el único escenario posible de una cierta felicidad. No se puede negar que en la terrible decisión del personaje de Chris Wilton pesa mucho la ambición, pero también esa especie de <em>horror vacui</em> ante el mecanicismo y el sinsentido de la vida, que expresa en un momento de la película y que incomoda tanto a los miembros de la familia Hewett. De hecho, el ingeniosísimo giro del argumento (no lo desvelaré aquí, pero hay que reconocer que deja al público con la boca abierta) que le ayuda a escapar de lo que parece un castigo inevitable a sus culpas no es sólo un truco de guión, sino la demostración del aserto inicial de la película acerca de la importancia de la suerte, ese azar incognoscible que gobierna nuestras vidas y que preside la trama con la metáfora de la pelota de tenis a punto de caer de un lado u otro de la red en el “match point”, en el punto definitivo del partido. Que la vida conyugal y el regalo (por supuesto, azaroso) de los hijos constituyan un refugio eficaz contra el caos acaso sea una perspectiva poco consoladora, e incluso una cínica justificación de lo injustificable, pero también puede considerarse como un reflejo fiel de nuestras propias y difíciles elecciones morales, y por supuesto como una idea plenamente coherente con toda la producción cinematográfica de Woody Allen.</p>
<p>En la película del director neoyorkino, la influencia “correctora” del azar y el torno de farsa que asoma en su tramo final (muy divertido, por cierto, todo el episodio de la investigación policial que amenaza la prodigiosa buena fortuna del protagonista) permiten suavizar los perfiles más afilados del drama moral que en ella se retrata. Habrá quien se sienta molesto por esta irrupción de la comicidad en una historia que hasta su desenlace apenas había dado pie a la sonrisa. Tal vez debamos admitir el reparo, aunque, al fin y al cabo, siempre cabe señalar que nos hallamos dentro del particular universo de Woody Allen, que hace mucho tiempo que demostró su amplio dominio de los géneros y su capacidad para desmarcarse con airosa elegancia de cualquier preceptiva.</p>
<figure id="attachment_5874" aria-describedby="caption-attachment-5874" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-5874" title="Cartel de la película El jardinero fiel, de Fernando Meirelles" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/11/cartel-el-jardinero-fiel.jpg" alt="Cartel de la película El jardinero fiel, de Fernando Meirelles" width="150" height="225" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/11/cartel-el-jardinero-fiel.jpg 800w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/11/cartel-el-jardinero-fiel-333x500.jpg 333w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/11/cartel-el-jardinero-fiel-768x1152.jpg 768w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2005/11/cartel-el-jardinero-fiel-533x800.jpg 533w" sizes="auto, (max-width: 150px) 100vw, 150px" /><figcaption id="caption-attachment-5874" class="wp-caption-text">Cartel de la película <em>El jardinero fiel</em>, de Fernando Meirelles</figcaption></figure>
<p>Consuelos semejantes a los que proporcionan el humor o la ironía no aparecen por ninguna parte en <em>El jardinero fiel</em>. Con olvido probablemente deliberado de las enseñanzas aristotélicas (y esto no lo digo como un elogio), en esta crudelísima historia de los abusos que sobre la población indígena africana ejercen las poderosas industrias farmacéuticas, aliadas para la ocasión con los intereses del gobierno británico, apenas hay espacio para la esperanza de que, al final, sea castigado el vicio y premiada la virtud. Aunque no voy a dar detalles sobre cómo se desarrolla la trama, lo cierto es que aquí pierden los buenos, aquí fracasa uno de los personajes más genuinamente heroicos que hemos visto en muchos años, un hombre revestido de casi todas las virtudes clásicas –prudencia, justicia, fortaleza y templanza– y de muchas de las modernas –solidaridad, tolerancia, respeto a la independencia de criterio de la propia esposa, por muy imprudente que resulten sus actos– que es el personaje del diplomático Justin Quayle, espléndidamente interpretado por un Ralph Fiennes magistral.</p>
<p>Nada de lo que siente el espectador a propósito del personaje de Quayle (cuyo nombre de pila, no sé si a propósito, evoca su condición de “justo”), le sirve a éste para eludir un trágico destino que de alguna manera se ve prefigurado ya desde el comienzo por su actitud sensible, delicada y doliente, que tan bien encarna el actor británico en la pantalla (el recuerdo del personaje del conde Laszlo de Almásy, que interpretara en <em>El paciente inglés</em>, es inevitable). Uno se identifica nada más empezar el filme con este personaje noble de corazón, generoso y de una ingenuidad conmovedora, tanto más insólita cuando procede de un alto funcionario que trabaja en estrecho contacto con las más elevadas instancias del Gobierno. Uno espera que Quayle consiga superar la muerte injusta y cruel de su esposa (interpretada por Rachel Weisz, una actriz que con cada uno de sus papeles crece en estatura dramática y talento), que denuncie eficazmente a los causantes de su asesinato, y que recupere la felicidad a la que tiene derecho por sus innumerables méritos. Así ocurriría en el cine, pero no en la vida, donde tantos justos se ven aplastados por los intereses inicuos del poder. Así ocurriría tal vez en el primer mundo, pero no en esa África depauperada y explotada que retrata Fernando Meirelles de un modo que pocas veces antes se ha visto en el cine comercial: cámara al hombro, con un estilo nervioso y agitado, con una puesta en escena que oscila entre el expresionismo (cromatismo exagerado, angulaciones sorprendentes, evidente simbología de los contrastes de color) y el documental.</p>
<p>Cabe preguntarse si el evidente propósito de denuncia de la película (y, antes, el de la novela de John Le Carré en la que está basado el filme) puede cumplirse a través de un medio de expresión como el cine, cuya propia naturaleza garantiza un distanciamiento enorme del espectador frente a lo que contempla en la pantalla. No tengo la respuesta a semejante pregunta, pero no dejo de pensar que frente a tanto griterío como resuena en los medios que a sí mismos se dicen progresistas, frente a tanta simplificación y tanta tontería bienpensante como nos inunda a diario, la estatura moral de Justin Quayle, su trágica decisión de excluirse a sí mismo de cualquier complicidad con la injusticia, su silencio elocuente ante la pérdida del amor que lo era todo en su vida, tienen más valor ejemplar que cien mil proclamas y que un millón de discursos.</p>
<p>Que la película acabe con un remate moralizador (justificado por la trama, sí, pero un tanto artificioso), y que su discurso narrativo se haga en más de una ocasión un tanto confuso no estropean, en modo alguno, la impresión que proyecta en nuestra memoria. Contemplar a Justin Quayle, derrumbado por la pena y el remordimiento, junto a las concreciones salinas y las aguas rojizas del lago Turkana, en medio de uno de esos paisajes de grandiosa hermosura que casi no parecen propios de nuestro mundo, mientras espera acaso una redención imposible, es una experiencia que nos toca en lo más hondo. Tanta belleza la de África y sus gentes, y tanto dolor.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2005/11/15/dos-historias-morales/">Dos historias morales</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://www.labitacoradeltigre.com/2005/11/15/dos-historias-morales/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>2</slash:comments>
		
		
		<post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">63</post-id>	</item>
	</channel>
</rss>
