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	<title>Fernando Aramburu - La Bitácora del Tigre</title>
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	<description>Blog de Eduardo Larequi García: cine, libros, blogs y WordPress, temas educativos, lengua y literatura</description>
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		<title>El vigilante del fiordo, de Fernando Aramburu</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Jun 2011 16:20:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[cuento español]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[El vigilante del fiordo]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Aramburu]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa española]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Reseña del libro de cuentos <em>El vigilante del fiordo</em>, del escritor español Fernando Aramburu.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2011/06/22/el-vigilante-del-fiordo-de-fernando-aramburu/">El vigilante del fiordo, de Fernando Aramburu</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Después de haber sufrido con <em><a title="Reseña de Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, en La Bitácora del Tigre" href="https://www.labitacoradeltigre.com/2007/02/10/los-peces-de-la-amargura/">Los peces de la amargura</a></em> (aunque estremecedora, es una experiencia que vale la pena, porque es uno de los mejores libros de cuentos de la literatura española de los últimos treinta años), y de haberme reído a mandíbula batiente con las divertidas peripecias de Ratón y su esposa en <em><a title="Reseña de Viaje con Clara por Alemania, de Fernando Aramburu, en La Bitácora del Tigre" href="https://www.labitacoradeltigre.com/2010/04/30/momentos-blam/">Viaje con Clara por Alemania</a></em>, no podía resistirme a leer <em>El vigilante del fiordo</em>, el nuevo volumen de relatos de <a title="Fernando Aramburu - Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_Aramburu">Fernando Aramburu</a>. El hecho de recorrer un terreno conocido siempre ayuda al lector, y más en este caso, pues de los ocho cuentos que componen la colección -“Chavales con gorra”, “La mujer que lloraba en Alonso Martínez”, “Mártir de la jornada”, “Carne rota”, “El vigilante del fiordo”, “Lengua cansada”, “Nardos en la cadera” y “Mi entierro”-, al menos el primero, el tercero y el cuarto se mueven en la estela de <em>Los peces de la amargura</em>, ya que muestran el dolor, la angustia y las heridas incurables que sufren las víctimas de la violencia terrorista.</p>
<p>El delirio criminal de los homicidas y la intimidación que practican sus acólitos (sean los etarras en “Chavales con gorra” y “El vigilante del fiordo”, o la de los islamistas del <a title="Atentados del 11 de marzo de 2004 - Wikipedi" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Atentados_del_11_de_marzo_de_2004">11-M</a> en “Carne rota”), no sólo se expresa en muerte y destrucción, sino también en una suerte de descomposición de la realidad, que ilustra Fernando Aramburu con historias que abordan distintas manifestaciones de un mismo fenómeno: el miedo y la obsesión que padece el matrimonio protagonista de “Chavales con gorra” durante su exilio forzado en el sur de España, la destrucción de la vida cotidiana en “Carne rota” (probablemente el mejor cuento del libro, con una espléndida elaboración literaria y episodios tan abrumadores que atenazan el corazón de los lectores), y un enajenamiento dolorido e irrecuperable que no es más que expresión de una imposible fuga de la realidad en el relato que da nombre al libro.</p>
<p><span id="more-1651"></span></p>
<p>Pero al lado de estos temas que resultarán muy reconocibles para los lectores de <em>Los peces de la amargura</em>, también asoman otros que no lo son tanto, como las incursiones en los territorios de la extrañeza y la alucinación propios de “La mujer que lloraba en Alonso Martínez” (el hecho de que esté dedicado, entre otros, a <a title="José María Merino - Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Merino">José María Merino</a>, no puede ser casual) y de “El vigilante del fiordo”, o el humor sarcástico, y con matices surrealistas y cuasi absurdos, de cuentos como “Mártir de la jornada”, “Nardos en la cadera” y “Mi entierro”, cuento éste dominado por la insólita perspectiva narrativa de un muerto que cuenta, entre desazonado y estupefacto, su propio entierro. En una zona intermedia entre ambos bloques de relatos se encuentra la que a mi modo de ver es la tercera perla del libro, “Lengua cansada”, cuento en el que la violencia se hace presente, aunque de forma un tanto velada e imprecisa, a través de la narración de la experiencia de las vacaciones que comparten un muchacho adolescente y su padre, un tipejo despreciable.</p>
<p>Algunos críticos (véase, por ejemplo, la opinión de <a href="http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/29272/El_vigilante_del_fiordo">Ricardo Senabre</a>) han señalado que la variedad temática y la dificultad de ubicar un cuento tan extraño como “La mujer que lloraba en Alonso Martínez” y otro tan elíptico y de historia tan desarticulada y grotesca como “Mártir de la jornada” (si he de decir la verdad, no estoy muy seguro de haber entendido del todo ninguno de los dos) hacen que el <em>El vigilante del fiordo</em> sea una obra de menor calidad literaria que <em>Los peces de la amargura</em>. Básicamente estoy de acuerdo con esta valoración, pero también creo que hay que conceder a Aramburu el derecho de explorar nuevos territorios en su narrativa breve, y de franquear abiertamente los límites temáticos y estilísticos que él mismo se marcó en ese libro fundamental.</p>
<p>En este sentido, un cuento como “El vigilante del fiordo” resulta muy significativo de la actitud del autor, porque en él se combina una temática cercana a la de <em>Los peces de la amargura</em> –el efecto de la violencia terrorista sobre un funcionario de prisiones, víctima de una demencia que parece originada por un sentido obsesivo de culpa– con un enfoque narrativo interesantísimo, que da cuenta de una realidad escindida entre la experiencia del sanatorio mental donde el protagonista está recluido, y la fabulación de una vida alternativa, con características míticas y fantásticas (el recuerdo de mis lecturas benetianas es bastante difuso, pero he creído reconocer en el cuento de Aramburu algunos ecos de “Numa, una leyenda”, de <a title="Juan Benet - Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Benet">Juan Benet</a>), que transcurre en un puesto de vigilancia de un fiordo nórdico, en un tiempo tan brumoso como la mente del personaje. La escisión de la realidad no sólo afecta a los ámbitos espaciales y a los personajes de la historia, sino también a la técnica narrativa, pues el cuento está formado por el entrelazado de dos patrones muy distintos: el primero, correspondiente a los acontecimientos que tienen lugar en el sanatorio, adopta la forma de un diálogo teatral, mientras que el segundo es un relato en tercera persona. No hay duda de que estamos ante un cuento magistral por su enfoque, su desarrollo narrativo y su estilo, que además revela el talento de Fernando Aramburu a la hora de dar expresión literaria a <a title="Fernando Aramburu recoge 8 cuentos en 'El vigilante del fiordo' en &quot;uno de los mejores momentos&quot; de este género" href="http://www.europapress.es/andalucia/cultura-00621/noticia-fernando-aramburu-recoge-cuentos-vigilante-fiordo-mejores-momentos-genero-20110607174747.html">un episodio real de la trágica historia del terrorismo etarra</a>.</p>
<figure id="attachment_3622" aria-describedby="caption-attachment-3622" style="width: 1334px" class="wp-caption aligncenter"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="wp-image-3622 size-full" title="El vigilante del fiordo, de Fernando Aramburu" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2011/06/el-vigilante-del-fiordo.jpg" alt="El vigilante del fiordo, de Fernando Aramburu" width="1334" height="2000" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2011/06/el-vigilante-del-fiordo.jpg 1334w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2011/06/el-vigilante-del-fiordo-334x500.jpg 334w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2011/06/el-vigilante-del-fiordo-768x1151.jpg 768w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2011/06/el-vigilante-del-fiordo-534x800.jpg 534w" sizes="(max-width: 1334px) 100vw, 1334px" /><figcaption id="caption-attachment-3622" class="wp-caption-text">Portada del libro de cuentos <em>El vigilante del fiordo</em>, de Fernando Aramburu</figcaption></figure>
<p>También “Carne rota” parte de la reciente historia española, en este caso los atentados islamistas del 11-M, para ofrecer una recreación devastadora de la experiencia de las víctimas de la violencia: los que quedan heridos en cuerpo y alma, los familiares más cercanos de los muertos, los hombres y mujeres súbitamente apartados de las acogedoras rutinas cotidianas y necesitados de afectos y solidaridad. Aquí el escritor es mucho menos elusivo y más directo que en “El vigilante del fiordo”, tan directo que en varios momentos el cuento no se puede leer sin que asomen las lágrimas y un estremecimiento oprima la garganta del lector, pero quizás el aspecto que más llama la atención es la soberbia elaboración estilística, con un encadenado de situaciones y personajes que utiliza el recurso de la <a title="Concatenación en literatura - Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Concatenaci%C3%B3n#En_literatura">concatenación</a> o sucesión de <a title="Anadiplosis - Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Anadiplosis">anadiplosis</a> –cada secuencia acaba con unas palabras que se repiten al principio de la siguiente– para enlazar los diferentes elementos de la trama.</p>
<p>Otro cuento que destaca por su muy lograda elaboración narrativa es “Lengua cansada”, que parte de la perspectiva confusa y desnortada de un adolescente, con la languidez y abandono característicos de esta etapa de la vida, para ofrecer el testimonio de la convivencia entre el muchacho y su padre durante unas vacaciones veraniegas. Es un buen ejemplo de lo que podríamos llamar un narrador no confiable  (<em><a title="Unreliable narrator - Wikipedia" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Unreliable_narrator">unreliable narrator</a></em>) al revés, porque en principio cabría desconfiar de lo que cuenta en primera persona un chaval inmaduro y más bien ensimismado, que además no parece destacar por su inteligencia ni por sus dotes de observación. Sin embargo, Aramburu consigue que a partir de informaciones parciales, testimonios esquinados, retazos de conversaciones e impresiones fragmentarias el lector pueda reconstruir la verdadera naturaleza del otro protagonista del cuento, el padre del muchacho, un tipo chulesco, machista, con arranques violentos, putañero y sinvergüenza, un auténtico canalla que convierte ese relato de vacaciones en una experiencia desoladora, muy ilustrativa de las zozobras de la adolescencia y de sus a veces trágicos descubrimientos.</p>
<p>Al leer “Lengua cansada” y otros cuentos del volumen, como por ejemplo “Nardos en la cadera”, entrañable historia protagonizada por dos ancianos cascarrabias, maniáticos y muy lúcidos, me han venido a la memoria algunas situaciones y actitudes –por ejemplo, el respeto y el cariño hacia la mayoría de sus personajes– muy características de los cuentos de <a title="Ignacio Aldecoa - Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ignacio_Aldecoa">Ignacio Aldecoa</a>. Me confieso totalmente incapaz de demostrar esta vaga impresión con un muestrario de coincidencias más precisas entre el escritor vitoriano y su colega donostiarra (no obstante, el interés de Aramburu por la narrativa breve de Aldecoa se ha hecho explícito <a title="Ficciones de Aldecoa" href="http://info.elcorreo.com/territorios/articulo/literatura/1652039/ficciones-de-ignacio-aldecoa.html">en más de una ocasión</a>), pero estoy seguro de que la figura literaria del autor de <em>El vigilante del fiordo</em> no desentona en absoluto al lado de quien muy probablemente sea el principal cuentista español de la segunda mitad del siglo XX.</p>
<p class="notasbib">Fernando Aramburu, <em>El vigilante del fiordo</em>, Barcelona, Tusquets (Col. “Andanzas”, 759), 2011, 184 páginas.</p>
<p class="adicional"><em>El vigilante del fiordo</em> no parece haber suscitado la misma atención que en su momento recibieron <em>Los peces de la amargura</em> o <em>Viajes con Clara por Alemania</em>. No obstante, recomiendo a los interesados las críticas y reseñas de <a title="Vidas rotas por la violencia" href="http://www.diariodenavarra.es/noticias/mas_actualidad/cultura/vidas_rotas_por_violencia.html">José Luis Martín Nogales</a>, <a title="Vidas que resisten" href="http://www.elpais.com/articulo/portada/Vidas/resisten/elpepuculbab/20110604elpbabpor_27/Tes">Luis Satorras</a>, <a title="El vigilante del fiordo" href="http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/29272/El_vigilante_del_fiordo">Ricardo Senabre</a>, <a title="El vigilante del fiordo, de Aramburu" href="http://mayora.blogspot.com/2011/05/el-vigilante-del-fiordo-de-aramburu.html">Álvaro Valverde</a> y <a title="La herida del terrorismo" href="http://blogs.hoy.es/notas-al-margen/2011/5/15/la-herida-del-terrorismo">Simón Viola</a>.</p>
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		<title>Momentos blam</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 30 Apr 2010 19:08:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Aramburu]]></category>
		<category><![CDATA[novela española]]></category>
		<category><![CDATA[novela española contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Viaje con Clara por Alemania]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Reseña de la novela <em>Viaje con Clara por Alemania</em>, del escritor español Fernando Aramburu,</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2010/04/30/momentos-blam/">Momentos blam</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Conviene afirmarlo con rotundidad desde el principio de la reseña: <em>Viaje con Clara por Alemania</em>, séptima novela del escritor donostiarra Fernando Aramburu, es una obra divertidísima, chispeante, ingeniosa, tronchante por momentos, que se disfruta en todas y cada una de sus páginas, y que contiene unos cuantos episodios antológicos, de esos que no deberían faltar en una recopilación de la mejor narrativa española contemporánea. Le corresponde además un mérito singular, pues se trata de una novela muy original, y ello a pesar de que ni por la perspectiva narrativa adoptada, ni por la estructura del relato, ni por las situaciones, los escenarios o los personajes pudiera parecerlo en un principio.</p>
<p>La originalidad de la novela brota de la actitud de un escritor que, con toda evidencia, ha sabido darse a sí mismo plena libertad para escribir como le ha venido en gana, sin encorsetamientos y sin rigideces, con una envidiable y sanísima falta de respeto a las convenciones literarias y sociales, desde una perspectiva risueña y desfachatada que constituye un síntoma elocuente del más auténtico humorismo. El viaje por Alemania que emprenden los dos protagonistas de la novela constituye un marco muy apropiado para disfrutar de tal libertad, porque, con su estructura episódica y su obligada adaptación a los sucesos acontecidos en su transcurso, permite prescindir de muchas de las ataduras que otras formas novelísticas imponen al escritor.</p>
<p><span id="more-1196"></span></p>
<p>El título ya dice mucho sobre lo fundamental de esta novela, pues el relato cuenta los pormenores de un viaje por Alemania que la pareja protagonista lleva a cabo durante el año sabático concedido a Clara para que ésta, profesora de instituto y escritora vocacional, pueda redactar un libro de viajes por encargo de una editorial. Su marido, de quien no conocemos nombre de pila ni nacionalidad ni profesión (su esposa le llama “ratón” o “ratoncito”, sabemos que procede de un país mediterráneo y que básicamente se ocupa de las tareas domésticas), es el narrador de la novela y el acompañante de Clara, a la que además brinda muy valiosas ayudas para el logro de su empresa literaria, pues hace para ella de chófer, fotógrafo, chico de los recados, recolector de variadas informaciones para la redacción del libro y frecuente paño de lágrimas.</p>
<p>Clara y Ratón son dos personajes absolutamente dispares por apariencia física, carácter, personalidad, origen social, gustos, aficiones, actitudes, hábitos gastronómicos, formas de pensar y casi cualquier otro criterio de clasificación de la infinita variedad de los seres humanos en la que podamos pensar. Tan distintos son que en algún momento el narrador se carcajea de los pronósticos sobre la efímera duración de su matrimonio que mucha gente avanzó al enterarse de que Clara y él se casaban. Sin embargo, en el momento de comenzar el viaje ya son dieciséis años los que la pareja lleva de vida en común, circunstancia que explica mejor que ninguna otra su complicidad, su mutua adaptación, su capacidad de comprender al otro y de sobrellevar los pequeños o grandes conflictos de la vida cotidiana.</p>
<p>Porque éste es uno de los más hondos y llamativos valores de la novela: el descubrimiento (casi una revelación para los tiempos que corren) de que la vida en pareja, y más concretamente la vida de un matrimonio, puede ser alegre, divertida, enriquecedora, llena de gozos y pequeñas sorpresas y de un raudal inagotable de buen humor. Claro está que, para conseguirlo, hace falta un cierto desdoblamiento en la vida del narrador-protagonista, una especie de disociación, que tiene algo de clandestina y desde luego mucho de irónica y burlona, entre el Ratón que ayuda a Clara en sus más nimias necesidades y le presta ayuda, apoyo y comprensión, y el otro Ratón con tendencias gamberras, juerguistas y provocadoras. Uno de los logros más admirables de la novela ha sido el lograr conciliar estas dos caras de una misma personalidad en un personaje originalísimo, concederle ciertos momentos de expansión y autenticidad al margen de la vida en pareja, y hacerlo de forma literariamente verosímil.</p>
<p>Para ello Fernando Aramburu se vale de varios expedientes: a veces extrae al protagonista de la compañía de su esposa y lo lanza a correr breves aventuras por los diversos escenarios del viaje, que pueden tomar la forma de una degustación solitaria de bombones en un cementerio de <a title="Worpswede en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Worpswede">Worpswede</a>, de una excursión por <a title="Reeperbahn en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Reeperbahn">los barrios y tugurios de mala nota</a> de Hamburgo, o de una micción entusiasta en los blanquísimos acantilados cretácicos del <a title="Parque Nacional de Jasmund en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Parque_Nacional_de_Jasmund">Parque Nacional de Jasmund</a>. En otras ocasiones, aunque Ratón y Clara estén juntos, el protagonista se refugia en su propio mundo interior, prácticamente al margen de las situaciones que están ocurriendo a su alrededor, o se dedica a interferir con ellas (incluso llega a sabotearlas) mediante observaciones jocosas e irónicas.</p>
<p>De hecho, todo el planteamiento de la novela y la configuración de su protagonista masculino son deliberadamente irónicos, porque de la actividad literaria de Clara, a quien su esposo llama, con toda la retranca del mundo, “la señora escritora”, sólo conocemos muestras indirectas y a menudo incompletas o hasta fracasadas. En cambio, conforme avanza el desarrollo del relato, el lector comprueba que <em>Viaje con Clara con Alemania</em> no es otra cosa que la novela escrita en sus ratos libres por Ratón, convertido en el escritor que jamás imaginó llegar a ser. Este proceso, a menudo ilustrado por las chanzas del personaje con respecto a su labor literaria, tan sobrevenida como paradójica, alcanza su culminación en el tercio final de la novela, en el que aparece la figura del Gordo, el hermano editor de Ratón, narratario principal de la novela y a quien van dirigidas las reflexiones del protagonista al hilo de la composición de su obra.</p>
<p>Por otro lado, en <em>Viaje con Clara por Alemania</em> la profesión de escritor, y sobre todo las expresiones culturales más elitistas son contempladas con un distanciamiento burlesco, tan divertido como refrescante. En efecto, Ratón no sólo se ríe cariñosamente de las neuras, manías y obsesiones artísticas de su mujer, sino sobre todo de la presunta superioridad de las clases educadas, de los figurones del mundo cultural (es estupendo el episodio en el que la pareja asiste a la grotesca representación de una ópera de Verdi versionada por el inevitable <a href="http://www.calixtobieito.com/">Calixto Bieito</a>) y de la solemnidad de los escritores consagrados (véase, por ejemplo, con qué burla tan sutil acaba la visita a la casa de <a title="Arno Schmidt en la Wikipedia (en inglés)" href="http://en.wikipedia.org/wiki/Arno_Schmidt">Arno Schmidt</a> en Bargfeld, y repárese también en las pullas que dirige el protagonista a autores como Heinrich Mann, Hegel, Fichte, Brecht y Marcuse, en el curso de las imaginarias conversaciones que mantiene con ellos durante su paseo por entre las tumbas del <a title="Dorotheenstädtischer Friedhof en la Wikipedia (en italiano)" href="http://it.wikipedia.org/wiki/Dorotheenst%C3%A4dtischer_Friedhof">Dorotheenstädtischer Friedhof</a>).</p>
<p>Frente a la displicencia, la altanería y la adhesión de las élites culturales a las consignas y convenciones de lo políticamente correcto (es tronchante el episodio en que el matrimonio es invitado, en casa de una amiga de Clara, a una cena en la que sólo se sirven productos de cultivo biológico), Ratón despliega la panoplia epicúrea de un tipo insobornable que gusta de la buena vida y la mesa bien provista, la cerveza, las chicas guapas, las conversaciones ocasionales con gente de la calle, la siesta y la actividad sexual, mejor cuanto más frecuente. Y más que leer libros, visitar museos o acudir a la ópera (todo eso lo hace, no siempre de buen grado, por complacer a Clara), a Ratón le gusta ver partidos de fútbol en la tele, callejear y rondar bares y tabernas. Esta conducta no lo convierte en un patán, antes al contrario, porque el protagonista es un prodigio de paciencia, de atención y de cariñoso amor no solamente hacia su esposa, sino hacia otros muchos personajes, como la tía Hildegard, su desgraciada cuñada Gudrun, y especialmente su sobrino Kevin, aquejado del <a title="Síndrome de Asperger en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADndrome_de_Asperger">síndrome de Asperger</a>, con el que mantiene una relación insólita que da pie a algunos de los episodios más bellos y emotivos de la novela.</p>
<p>La irreverencia del relato hacia las convenciones de lo literario, hacia los temas solemnes y las actitudes altisonantes, no sólo deriva de la personalidad del protagonista, pues está en la raíz del planteamiento narrativo de <em>Viaje con Clara por Alemania</em>, obra que se caracteriza por un acercamiento muy sincero y desprejuiciado a la realidad cotidiana. Los más íntimos pormenores biológicos de la pareja protagonista (los trastornos físicos y enfermedades, los accidentes y heridas, las dificultades de la digestión o la evacuación), los diversos apetitos corporales y los rituales de su vida sexual, las tareas domésticas, las conversaciones ocasionales con el panadero o el dueño del quiosco de periódicos, los diálogos de besugos, las peleas y las broncas (matrimoniales o no), todos esos elementos propios del “estilo bajo” son convertidos por Fernando Aramburu en materia literaria de primer orden. Más allá del desconcierto que tal o cual episodio puedan producir al lector (porque incluso en esta época aparentemente desprejuiciada, pero en el fondo mojigata, este tipo de elementos es cada vez más infrecuente en la literatura “seria”), es inevitable sentir una enorme simpatía por Clara y Ratón y por la mayor parte de personajes de la novela, todos los cuales parecen haber sido sorprendidos por el autor recién levantados de la cama, en pantuflas y ropa de dormir, desgreñados y con legañas.</p>
<figure id="attachment_4333" aria-describedby="caption-attachment-4333" style="width: 1200px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="wp-image-4333 size-full" title="Portada de la novela Viaje con Clara por Alemania, de Fernando Aramburu" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2010/04/viaje-con-clara-por-alemani.jpg" alt="Portada de la novela Viaje con Clara por Alemania, de Fernando Aramburu" width="1200" height="1792" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2010/04/viaje-con-clara-por-alemani.jpg 1200w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2010/04/viaje-con-clara-por-alemani-335x500.jpg 335w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2010/04/viaje-con-clara-por-alemani-768x1147.jpg 768w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2010/04/viaje-con-clara-por-alemani-536x800.jpg 536w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption id="caption-attachment-4333" class="wp-caption-text">Portada de la novela <em>Viaje con Clara por Alemania</em>, de Fernando Aramburu</figcaption></figure>
<p>Pero si lo bajo y vulgar desempeñan una función esencial en la novela, también hay espacio destacado para lo sublime. El título que he escogido para esta reseña –“momentos blam”- apunta precisamente a ese neologismo con el que el marido de Clara designa los contados momentos de gozo intenso, iluminación y felicidad que afanosamente persigue a lo largo de todo el viaje. Me parece muy significativo que, muy poco antes del final de la novela, se produzca el más perfecto de esos instantes extáticos, en el interior de los nuevos edificios de la iglesia berlinesa de la <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Kaiser_Wilhelm_Memorial_Church">Gedächtniskirche</a>. Fernando Aramburu lo cuenta en dos páginas y media bellísimas, de las que entresaco esta larga cita:</p>
<blockquote><p>El sosiego azul que flotaba en el aire de la iglesia alcanzó igualmente mi interior. Entre la luz y yo se había establecido una relación de completa identidad bajo el signo de la ternura, de la aceptación recíproca, de la alegría. Tuve conciencia plena de hallarme exento de dolores, de problemas, de necesidades urgentes; también de esos gustos y afanes inmoderados que las personas pagan a menudo con la discusión, el hartazgo, la fatiga. Ni aunque me lo hubieran propuesto habría conseguido levantarme del asiento. Me paralizaba apaciblemente la certidumbre del instante perfecto, que se prolongó por espacio de yo no sé cuántos segundos, tantos como raras veces me ha sido dado experimentar en la vida. Después de la juventud, no recuerdo haber vivido un momento blam tan prolongado, tan intenso en su apogeo ni tan gozoso y delicado en su desenlace. Salí a la plaza. Llovía a cántaros, pero llevaba tanta paz conmigo que no me importaba mojarme. Yendo por la calle, luego dentro del metro, algunos desconocidos me miraron con una mueca común de simpatía. Deduje de ello que se me debía haber parado en los labios una sonrisa contagiosa. Con el mejor de los ánimos acudí a mis castañas de media tarde. Aún me dio tiempo de coleccionar dos o tres pequeñas satisfacciones antes de retirarme al piso. Amé por la noche a mi mujer. Creo, en conclusión, que aquel día fui un hombre afortunado (p. 465).</p></blockquote>
<p>Yo creo que en esta combinación de lo bajo y lo elevado, en esta actitud del autor hacia los variadísimos y dispares materiales con los que se elabora la literatura, hay muy poco del siempre denostado costumbrismo ibérico y mucho, en cambio, de la mejor tradición de las letras en lengua española. Alguna reseña de la novela (por ejemplo la de <a title="Reseña de Viaje por Alemania, a cargo de Ricardo Senabre, en El Cultural" href="http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26699/Viaje_con_Clara_por_Alemania">Ricardo Senabre</a>) ha mencionado con acierto la raigambre barojiana de los personajes de <em>Viaje con Clara por Alemania</em> (nunca se insistirá lo suficiente en el talento de Fernando Aramburu para la creación, con un par de vigorosos y originales brochazos, de una enorme galería de tipos humanos), pero habría que remontarse más lejos y citar el antecedente de la inmortal pareja cervantina para ubicar en su justo lugar el viaje de Clara y Ratón como estructura de composición narrativa y como motivo literario, para entender a los dos protagonistas de esta riquísima novela, sus discusiones interminables, sus chanzas, sus personalidades opuestas y complementarias, su apasionante convivencia, captada en infinitos detalles que revelan una mirada socarrona, pero al mismo tiempo llena de amor y comprensión, hacia la naturaleza humana. Y tal vez haya que mirar también hacia Cervantes, y hacia la literatura clásica española, para degustar en su justa medida el estilo literario de Fernando Aramburu, en el que conviven los centros comerciales y las cadenas de tiendas, Google y el <a title="Werder Bremen" href="http://www.werder.de/">Werder Bremen</a> con arcaísmos, giros desusados, retruécanos, períodos sintácticos de gusto barroquizante y hasta algún hallazgo léxico, como el “mochibolso” (p. 467) de Clara, protagonista involuntario de otro episodio desopilante, cuyo parentesco con el <a title="Baciyelmo en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Baciyelmo">baciyelmo</a> cervantino me parece fuera de toda duda.</p>
<p>No quiero acabar esta reseña (y eso que me dejo muchos detalles interesantísimos en el tintero) sin dedicar al menos unas líneas a mis colegas docentes, pues todos nosotros compartimos con Clara la profesión y un buen número de experiencias de la vida académica. Quienes hayan trabajado en un instituto de enseñanza secundaria comprenderán perfectamente a la señora escritora cuando, al comenzar el viaje y su año sabático, acude al patio del centro escolar para hacerle un corte de mangas no se sabe si al edificio, a sus ocupantes o a la institución en su conjunto, lo que no se contradice con el hecho de que Clara haga valer a menudo su condición profesoral y no pierda ocasión para anotar mentalmente los lugares y monumentos a los que en el futuro ha de viajar con sus alumnos.</p>
<p>Bien, y ya que he mencionado a los colegas de profesión, me permito hacerles una sugerencia: leed el <em>Viaje con Clara por Alemania</em> sin alejaros demasiado de un ordenador o equipo móvil conectado a Internet. Así podréis ilustraros –como hace el propio Ratón y como he hecho yo para reconstruir la trayectoria de sus andanzas- con la apasionante historia de ese gran país, con la vida y las obras de sus escritores y la geografía de los escenarios que visita la pareja protagonista. Aunque la obra de Fernando Aramburu tenga muy poco que ver con el clásico libro de viajes, y todavía menos con una guía turística, se aprenden muchas cosas llamativas y curiosas, como por ejemplo cuál es la estatua femenina más bella del mundo, la ubicación de un complejo turístico ciclópeo emprendido por los nazis y nunca terminado, o el hecho de que la aguja de creta retratada por el pintor Caspar David Friedrich en uno de sus más célebres paisajes ya no existe, arrastrada por las olas enfurecidas del Báltico. A diferencia de lo que es costumbre en este blog, no incluyo los enlaces, para excitar vuestra curiosidad.</p>
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		<title>Los peces de la amargura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 10 Feb 2007 20:32:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[cuento español]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Aramburu]]></category>
		<category><![CDATA[Los peces de la amargura]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa española]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Reseña del libro de cuentos <em>Los peces de la amargura</em>, del escritor español Fernando Aramburu.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2007/02/10/los-peces-de-la-amargura/">Los peces de la amargura</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Hay ciertos temas que es difícil abordar desde el ámbito de la ficción. Parece como si la transformación en ficciones de ciertos sucesos, de ciertos relatos, los despojara de su verdadera identidad y los convirtiera en una especie de simulacro, de reflejo pálido e insustancial, o bien en un retrato deformado y mentiroso, en una caricatura. El sufrimiento de las víctimas del terrorismo etarra, y la enfermedad moral que ha hecho posible la perduración de esa violencia durante más de cuarenta años (una enfermedad que es tanto causa como consecuencia del dolor infligido a las víctimas) pertenecen a esa categoría de temas que se resisten al imperio de la ficción.</p>
<p>O al menos se resistían hasta la publicación de <em>Los peces de la amargura</em>, de Fernando Aramburu, una espléndida colección de diez cuentos, de diez relatos secos, escuetos, demoledores, que resuenan en la conciencia del lector como durísimos aldabonazos. No creo que sea la primera obra literaria en adoptar decididamente la perspectiva de las víctimas del terrorismo etarra, pero desde luego que constituye un punto de partida para una tarea que la literatura española contemporánea (y no digamos nada de la literatura vasca) tiene pendiente: la toma en consideración del sufrimiento y el envilecimiento de la convivencia debidos a una violencia en la que se mezclan, en proporciones difíciles de medir, el odio ideológico, la xenofobia, el fanatismo revolucionario y el puro matonismo.</p>
<p><span id="more-289"></span></p>
<p>La manera en que el autor se acerca a la situación de las víctimas del terrorismo no es sólo una elección temática, una actitud o un punto de vista, sino también un recurso narrativo fundamental. En casi todos los cuentos Fernando Aramburu practica una suerte de aproximación indirecta a las historias de violencia y sufrimiento que le interesa contar, mediante expedientes narrativos muy diversos: la perspectiva de un familiar («Los peces de la amargura», «Maritxu», «El hijo de todos los muertos»), la confesión al hijo todavía por nacer («Lo mejor eran los pájaros»), los recuerdos de infancia y juventud que contrastan con la dureza de la vida presente («Golpes en la puerta»), la carta («Informe desde Creta»), el relato a través de la voz de un narrador cuya relación con el caso sólo se revela al final («Madres»), o incluso la narración desde la perspectiva de personas marginalmente relacionadas con las víctimas («La colcha quemada», «Después de las llamas»). En algún cuento, por ejemplo el magnífico «Enemigo del pueblo», uno de los mejores o tal vez el mejor del libro, la voz narrativa adopta la perspectiva engañosamente indiferente de una tercera persona omnisciente que reconstruye los últimos días en la vida de un hombre injustamente acusado de chivato.</p>
<p>Esta mediación entre la experiencia de la violencia y su testimonio resulta extraordinariamente eficaz, pues consigue hacer verosímil y conmovedora la peripecia vital de los personajes, evitando al mismo tiempo los detalles truculentos y escabrosos, así como los excesos sentimentales o patéticos. Hay algún relato, no obstante, en el que la intermediación no resulta del todo convincente: en «Informe desde Creta», el cuento más largo del volumen, el mecanismo narrativo adoptado -una carta en la que la esposa de un joven afectado por la traumática experiencia del asesinato de su padre escribe a la psicóloga que le trató- se antoja demasiado distante, demasiado artificioso, y el tono de la misiva poco adecuado (el estilo de la carta a veces parece tomado de una novela de los años cincuenta) a la realidad contemporánea.</p>
<p>Creo que la distancia narrativa es perfectamente coherente con un rasgo estilístico muy notorio de los cuentos incluidos en <em>Los peces de la amargura</em>, que cualquier conocedor de la realidad vasca estaría tentado de relacionar con el carácter de su gente: la reticencia, el silencio pudoroso, la abundancia de sobreentendidos, de elementos no expresados o deliberadamente ausentes. Conviene precisar, en cualquier caso, que la reticencia no debe ser considerada como una forma de ocultación o disimulo: si por una parte sirve para levantar un muro de contención al desborde de los sentimientos, por otra contribuye a poner de relieve una de las condiciones más terribles que han rodeado al ejercicio de la violencia etarra: la sumisión de muchas de sus víctimas directas e indirectas al silencio y a la invisibilidad, por obra de la presión del ambiente y de un cierto sentimiento de culpa, de vergüenza o de negación de la realidad: las madres ocultan su llanto para no asustar o traumatizar a sus hijos («Madres»), los hijos se enfrentan a sus padres amenazados de muerte («Enemigo del pueblo») o participan en manifestaciones donde se homenajea a sus asesinos («El hijo de todos los muertos»), las víctimas indirectas o fortuitas evitan culpar a los responsables de su mal para no llamar la atención de sus victimarios («La colcha quemada»). El final de «Lo mejor eran los pájaros» es, a este respecto, sumamente representativo; es casi imposible evitar un estremecimiento al comprobar la desnuda indiferencia con que el mundo circundante acoge la tragedia de la hija de un guardia civil asesinado:</p>
<blockquote><p>Tu abuela prefería que no estuviéramos cerca cuando instalaron la capilla ardiente. Conque fuimos con la Neli y su novio al centro del pueblo. Como se celebraban las fiestas patronales había música y atracciones. Se veían las calles animadas (p. 87).</p></blockquote>
<p>Otro aspecto del estilo que salta inmediatamente a la vista, a veces con efectos muy llamativos (y supongo que tanto más para quien no tenga experiencia directa del castellano que se habla en zonas vascoparlantes), es el tono coloquial de muchos de los relatos y de sus personajes, captados en la inmediatez de los registros lingüísticos de la vida cotidiana, cuajados de elementos dialectales, de vulgarismos, de las características de prosodia y sintaxis de las personas que hablan castellano en áreas con un potente sustrato vasco. Este coloquialismo resulta, por lo general, muy atractivo desde el punto de vista lingüístico (para un filólogo los vasquismos semánticos y sintácticos son apasionantes), pero también desde una perspectiva más claramente narrativa o literaria, pues con este recurso, las voces de los personajes se individualizan, ganan en representatividad, en inmediatez y en calidez humana, incluso en aquellos casos en que dichas voces pertenecen a personajes moralmente repulsivos.</p>
<p>Y se podría hablar largo y tendido sobre lo atroz de muchas situaciones de entre las que se encuentran en estos cuentos: la marginación de las víctimas, antes y después de ejercer violencia contra ellas, la negación de su humanidad por vía de la abstracción de su carácter de «enemigos» de la causa nacionalista vasca («Enemigo del pueblo» se titula uno de los cuentos más demoledores del volumen, retrato inolvidable de los efectos monstruosos que derivan de la amenaza y la opresión asfixiante de un ambiente hostil), la cobardía consistente en negar toda forma de compasión al prójimo que sufre, so capa de justificaciones del tipo «él se lo ha buscado», «por qué se mete», la sacralización del activismo juvenil (por ahí asoma la institución de la cuadrilla, auténtico signo de identidad de la sociedad vasca) y la unanimidad ideológica como formas de cobertura ideológica del matonismo o de una existencia intelectual y moralmente indigente, hasta el recurso a la justificación religiosa de «la lucha armada», a modo de bálsamo de las conciencias.</p>
<p>Habría que precisar, no obstante, que la denuncia de estas prácticas es algo así como un efecto indirecto de las historias que relata Fernando Aramburu. En efecto, aunque <em>Los peces de la amargura</em> transparenta con toda evidencia lo monstruoso de muchas de las coartadas ideológicas, políticas y morales del terrorismo etarra, el interés evidente de estos cuentos se halla en otro ámbito, el de la representación del sufrimiento y del dolor de las víctimas, que en todo momento ocupa el foco de los relatos y se constituye así en la reivindicación y homenaje de aquéllas. Un dolor sordo, persistente, que modifica la personalidad de los protagonistas de estas historias y tiene efectos deletéreos en sus vidas. De una u otra manera, todas las historias que forman parte de <em>Los peces de la amargura</em> son historias truncas, irreversiblemente alteradas. El mejor exponente de este cambio traumático tal vez sea el cuento que da título al libro, cuya protagonista femenina, mutilada por una bomba, pierde con la explosión la movilidad de una pierna, pero también la alegría de vivir, el entusiasmo juvenil, la posibilidad de realizar un proyecto vital de casarse y fundar una familia. El símbolo de su dolor, de su rabia sorda y inconsolable, de su vida afectada para siempre y sin remedio, es ese «triste», que a modo de <em>ritornello</em> va marcando el testimonio de su padre, y que ejerce sobre el lector un efecto dolorosamente hipnótico.</p>
<p>La mirada del autor sobre sus personajes abarca también el sufrimiento de los terroristas y de sus familiares. Y al mostrarlo cumple un deber de justicia poética que, a mi modo de ver, resulta perfectamente compatible con la inequívoca toma de posición que recorre todo el libro a favor de las víctimas del terrorismo. Que Fernando Aramburu muestre la dureza de la vida de la prisión, o el dolor de una madre obligada a recorrer una larga distancia para visitar a su hijo en la cárcel, no significa en modo alguno que justifique el ejercicio de la violencia etarra o comparta sus coartadas políticas. De hecho, un cuento como «Maritxu», aparentemente próximo a la perspectiva ideológica y sentimental del mundo <em>abertzale</em>, revela con toda rotundidad la manipulación a que somete la organización terrorista a los propios presos y a sus familias. Algo semejante ocurre en «Golpes en la puerta», un cuento narrado desde la perspectiva de un preso etarra sometido a un durísimo régimen de aislamiento, que en realidad constituye la crónica de la ruina de una vida joven a consecuencia del fanatismo ideológico y de la insensatez propia de las aventuras juveniles.</p>
<figure id="attachment_4336" aria-describedby="caption-attachment-4336" style="width: 1066px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="wp-image-4336 size-full" title="Portada del libro de cuentos Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2007/02/peces-amargura.jpg" alt="Portada del libro de cuentos Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu" width="1066" height="1600" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2007/02/peces-amargura.jpg 1066w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2007/02/peces-amargura-333x500.jpg 333w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2007/02/peces-amargura-768x1153.jpg 768w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2007/02/peces-amargura-533x800.jpg 533w" sizes="(max-width: 1066px) 100vw, 1066px" /><figcaption id="caption-attachment-4336" class="wp-caption-text">Portada del libro de cuentos <em>Los peces de la amargura</em>, de Fernando Aramburu</figcaption></figure>
<p>Ahora bien, el testimonio más elocuente de la tragedia que se esconde detrás de la participación de tantos jóvenes vascos en el sumidero de la violencia terrorista aparece en el último cuento del libro, «Después de las llamas», ejemplo de un diálogo vivísimo y sabroso, formalmente presentado como una breve obra teatral, en el que toman parte una víctima accidental de un cóctel molotov y su compañero en la habitación del hospital, que sólo en las páginas finales se declara padre de un etarra preso. Transcribo las últimas intervenciones de ambos personajes, que son un ejemplo impagable del infinito y sordo dolor que recorre todo el libro, de la espléndida técnica narrativa de Fernando Aramburu y de su no menos agudo oído literario:</p>
<blockquote><p>EUSEBIO: ¿Puedo preguntar por qué está preso?<br />
EL OTRO ENFERMO: Algo haría. No quiero ni saber. Padre soy pues, no policía. Unos dicen que si esto, otros dicen que si lo otro. En el pueblo se metieron varios en la organización y él fue detrás. O delante, tampoco sé. Mi mujer, ésa sabe, pero no solemos hablar. <em>(Guardaron los dos silencio durante un rato.)</em> Pues tenga cuidado con el hijo suyo. Esto es como lo de la botella que tiraron. La tira cualquiera y le da a cualquiera.</p>
[&#8230;]
<p>EL OTRO ENFERMO <em>(de repente, con voz delgada)</em>: Perdón.<br />
EUSEBIO: ¿Eh?<br />
EL OTRO ENFERMO: Perdón.<br />
EUSEBIO <em>(perplejo)</em>: ¿Cómo, perdón?<br />
EL OTRO ENFERMO: Perdón, <em>barkatu</em>, eso. Por lo de la botella del otro día.<br />
EUSEBIO: ¿Qué tiene que ver usted con lo que me pasó?<br />
EL OTRO ENFERMO: Yo me entiendo. <em>(Hubo otro intervalo de silencio.)</em> Si la parienta se entera de que pido perdón, me pega dos hostias.</p>
<p><em>Ya no hablaron más. Al poco rato se oyó en la oscuridad un murmullo leve, húmedo, similar a un sollozo a duras penas contenido</em> (p. 239).</p></blockquote>
<p>En este sollozo, que no por casualidad cierra el libro, hay una invitación al reconocimiento del dolor causado, una valerosa asunción de culpas (pero no basta la del padre, haría falta también la del hijo), que tal vez sea el único camino para desanudar la madeja del terrorismo vasco. Fernando Aramburu ha cumplido un deber literario y ciudadano al prestar su voz al silencioso clamor de las víctimas y al pronunciar, aunque sea con la sordina pudorosa de su personaje, esa llamada a la reconciliación. Una llamada elocuente y conmovedora, incluso para quienes tenemos escasísimas esperanzas de que algún día la pronuncien no sólo los padres, sino también sus hijos.</p>
<p class="notasbib">Fernando Aramburu, <em>Los peces de la amargura</em>, Barcelona, Tusquets Editores (Col. «Andanzas», 612), 2006, 242 páginas.</p>
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