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	<title>novela histórica - La Bitácora del Tigre</title>
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	<description>Blog de Eduardo Larequi García: cine, libros, blogs y WordPress, temas educativos, lengua y literatura</description>
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		<title>Seis hermosos libros, seis</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 May 2008 18:42:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Breves reseñas de las novelas <em>Firmin</em>, <em>Un día de cólera</em>, <em>El asombroso viaje de Pomponio Flato</em> y <em>Chesil Beach</em>, el libro de microrrelatos <em>La glorieta de los fugitivos</em> y la monografía histórica <em>Alejandro Magno. Conquistador del mundo</em>.</p>
<p>Esta entrada <a href="https://www.labitacoradeltigre.com/2008/05/02/seis-hermosos-libros-seis/">Seis hermosos libros, seis</a> ha sido publicada en primer lugar en <a href="https://www.labitacoradeltigre.com">La Bitácora del Tigre</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya bastante tiempo que no publico ninguna entrada sobre libros en este blog. En efecto, aunque no he dejado de escribir artículos más o menos relacionados con <a title="Categoría de Libros en La Bitácora del Tigre" href="https://www.labitacoradeltigre.com/category/libros/">dicha categoría</a>, la última reseña en sentido estricto fue la de <a title="Vida y destino, de Vasili Grossman" href="https://www.labitacoradeltigre.com/2007/12/13/vida-y-destino/"><em>Vida y destino</em>, de Vasili Grossman</a>, del pasado 13 de diciembre. Semejante abandono de uno de mis temas favoritos me hace sentirme doblemente culpable: no sólo por defraudar a mis incondicionales, sino también porque bajo las excusas de la pereza, la dificultad del género y el exceso de ocupaciones acaso se oculten los signos de una traición a mi propia naturaleza, o los primeros indicios de una pérdida de facultades con la que a todos (blogueros incluidos) nos amenaza el inevitable paso del tiempo.</p>
<p>En fin, no quiero ponerme melodramático ni exagerar la nota. Más vale coger el toro por los cuernos (y véase que la metáfora condice con las resonancias taurinas del título de este artículo) y compensar a mis lectores y a mí mismo por las oportunidades y el tiempo perdidos. Como no he dejado de leer durante todo estos meses, y de tomar las correspondientes notas, puedo juntarlas todas en una especie de reseña-compendio; seguramente será menos enjundiosa y detallada que mis piezas habituales, pero por otro lado tal vez tenga un interés añadido por la variedad de las obras comentadas y de los géneros a que pertenecen.</p>
<p><span id="more-496"></span></p>
<figure id="attachment_2595" aria-describedby="caption-attachment-2595" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" class="wp-image-2595 size-full" title="Portada de la novela Firmin, de Sam Savage" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/firmin.jpg" alt="Portada de la novela Firmin, de Sam Savage" width="150" height="236" /><figcaption id="caption-attachment-2595" class="wp-caption-text">Portada de la novela <em>Firmin</em>, de Sam Savage</figcaption></figure>
<p>La primera de ellas es <em>Firmin. Aventuras de una alimaña urbana</em>, una novela-fábula del escritor norteamericano Sam Savage, de cuya existencia no había tenido la más mínima noticia hasta encontrármela de repente en el <a title="Cine y literatura, en Cuaderno amarillo" href="http://www.angusiglesias.com/cuaderno-amarillo/?p=186">blog de Angus Iglesias</a>. Tal como le prometí a Angus, compré la novela en seguida, y la leí prácticamente de un tirón, porque <em>Firmin</em> es una novela entrañable, con un personaje que en su apasionado amor por los libros y en sus esfuerzos por asemejar su naturaleza ratuna a la de sus amigos los hombres (con muchos episodios en los que la comicidad y el dolor se entremezclan de forma muy original) ofrece un encanto irresistible para los lectores. Cualquiera que alguna vez se haya sentido como un ratón de biblioteca, raro, inadaptado, un poco patético, orgulloso de su diferencia, voluntarioso y al mismo tiempo vulnerable, reconocerá en la rata protagonista de <em>Firmin</em> un alma gemela, y en sus andanzas por una ciudad de Boston en plena transformación urbana, con la ruina de los barrios céntricos y de los comercios tradicionales, hallará la oportunidad de conmoverse y meditar sobre las ilusiones perdidas y los pequeños fracasos cotidianos.</p>
<p>Me gustó la novela de Sam Savage (un <em>outsider</em> de la literatura, con largas barbas que le dan un aire de gurú profético y whitmaniano), y le agradezco mucho a Angus habérmela descubierto, pero también debo decir que en cierto modo me defraudó. De esa sensación probablemente no tienen la culpa ni el autor ni la novela, sino los inmoderados elogios a los que propende la industria editorial cuando se trata de anunciar sus productos, y que a menudo acaban por trastornar o desenfocar las expectativas de los lectores. Ocurre, a mi modo de ver, que por muy conmovedora y emotiva que sean la novela y su personaje, ni una ni otro constituyen la revelación que alguna publicidad ha pretendido. No puedo negar que he disfrutado con ella, que me he reído y que alguna vez se me han escapado unas lagrimitas, pero al final me he quedado con las ganas de leer una obra de más fuste, de mayor calado, más sólida.</p>
<p>En el caso de <em>Un día de cólera</em>, de Arturo Pérez-Reverte, estaba mucho más prevenido por lo que se refiere a los panegíricos, pues es bien sabido que el novelista de Cartagena es un intocable para el grupo editorial que publica sus obras, y cualquier cosa que salga de su pluma merece en determinados ámbitos los más descomedidos elogios (y, por la misma razón, algunas críticas especialmente atrabiliarias e injustas). En todo caso, y a pesar de que Pérez-Reverte no es santo de mi devoción, he de admitir que he leído <em>Un día de cólera</em> con gusto, en primer lugar porque el <a title="2 de mayo de 1808 en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/2_de_mayo_de_1808">episodio del 2 de mayo de 1808</a> siempre ha tenido para mí resonancias afectivas muy singulares (sí, ya sé que está muy pasado de moda reconocer los sentimientos patrióticos, sobre todo cuando se aplican al concepto de «España» o del «Estado», como dicen muchos papanatas), y porque conozco bien la geografía urbana de un Madrid que, a pesar del tiempo transcurrido desde aquella épica fecha, todavía permite reconocer gran parte de los escenarios donde tuvo lugar el motín popular contra los ocupantes franceses.</p>
<figure id="attachment_4571" aria-describedby="caption-attachment-4571" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" class="wp-image-4571" title="Portada de la novela Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/un-dia-de-colera.jpg" alt="Portada de la novela Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte" width="150" height="240" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/un-dia-de-colera.jpg 800w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/un-dia-de-colera-313x500.jpg 313w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/un-dia-de-colera-768x1227.jpg 768w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/un-dia-de-colera-501x800.jpg 501w" sizes="(max-width: 150px) 100vw, 150px" /><figcaption id="caption-attachment-4571" class="wp-caption-text">Portada de la novela <em>Un día de cólera</em>, de Arturo Pérez-Reverte</figcaption></figure>
<p><em>Un día de cólera</em> tiene todas las virtudes del estilo narrativo de Pérez-Reverte: prosa ágil y fluida, buen manejo de las situaciones y de los escenarios, una indiscutible capacidad para incluir en la trama a una enorme galería de personajes históricos, entre los que destacan los capitanes Daoiz y Velarde, los más conocidos héroes de la <a title="Defensa del Parque de Artillería de Monteleón en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Defensa_del_Parque_de_Artiller%C3%ADa_de_Montele%C3%B3n.jpg">defensa del Parque de Artillería de Monteleón</a>, cuyo contraste de caracteres y actitudes es uno de los mejores elementos dramáticos de la novela, y una rara habilidad para traer ante los ojos del espectador moderno las sensaciones -imágenes, ruidos y hasta olores- de aquellos sucesos. La verosimilitud histórica resulta abrumadora gracias a la presencia de personajes tan conocidos como Goya, Moratín, Blanco White, Mesonero Romanos o José Mor de Fuentes, y a la reiterada mención de calles, plazas y topónimos de la capital (la novela se acompaña de un plano del Madrid de 1808, mérito añadido para un servidor, que desde niño ha sido un fetichista confeso de los libros con mapas, fueran éstos reales o ficticios).</p>
<p>Lo malo es que en más de una ocasión a Pérez-Reverte le sobrepasa el entusiasmo, pues en su afán de hacer justicia a la gente del pueblo llano, auténtico protagonista de la insurrección madrileña, hay unas cuantas ocasiones en que el relato parece más una crónica periodística o un reportaje novelado (en muchos momentos la lectura de <em>Un día de cólera</em> recuerda en su técnica y modos de presentación a obras como <em>¿Arde París?</em> y <em>¡Oh, Jerusalén!</em>, de Dominique Lapierre y Larry Collins), o incluso una lista de bajas, que un texto con el grado de elaboración y la distancia que se presuponen a una obra literaria. Tampoco me acaban de convencer algunas proyecciones que sobre la realidad contemporánea lleva a cabo la novela; ahora mismo no recuerdo si el término «intifada» aparece explícitamente en el texto para actualizar ante los lectores lo que sucedió en las calles madrileñas el 2 de mayo, pero desde luego que Pérez-Reverte lo ha utilizado profusamente en la promoción editorial del libro. No hay duda de que el término es muy sugestivo, pero yo no acabo de estar seguro de que haga justicia a la realidad histórica.</p>
<figure id="attachment_2597" aria-describedby="caption-attachment-2597" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img decoding="async" class="wp-image-2597 size-full" title="Portada de la novela El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/pomponio_flato.jpg" alt="Portada de la novela El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza" width="150" height="259" /><figcaption id="caption-attachment-2597" class="wp-caption-text">Portada de la novela <em>El asombroso viaje de Pomponio Flato</em>, de Eduardo Mendoza</figcaption></figure>
<p>Con <em>El asombroso viaje de Pomponio Flato</em>, la última novela de Eduardo Mendoza, me ha pasado algo parecido a lo que ya he dicho sobre el <em>Firmin</em> de Sam Savage. Sí, es una novela divertidísima, a veces tronchante, espléndidamente escrita, con un manejo sumamente brillante de los referentes literarios e históricos (los historiadores romanos, los Evangelios, la novela detectivesca), todos ellos arrojados a una especie de batidora intertextual que convierte los pastiches, las citas encubiertas, los ecos, las abiertas parodias y los homenajes en ingredientes de una combinación deleitosa, mezclada (que no agitada) por mano maestra.</p>
<p>Sí, hay que admitir que <em>Pomponio Flato</em> es una celebración de la ficción, ingeniosa y a menudo descacharrante, pues se trata de una novela mentirosa en el mejor sentido de la palabra, en la que, a pesar de su título, y por mucho que en la trama apunten unos cuantos sucesos estupendos, hay poco o muy poco de viaje asombroso. Tampoco es una novela policíaca en sentido estricto, ni siquiera un policíaco paródico al modo mendociano consagrado por obras anteriores como <em>El laberinto de las aceitunas</em>, <em>El misterio de la cripta embrujada</em> o <em>La aventura del tocador de señoras</em> (Pomponio es un detective <em>avant la lettre</em>, un ciudadano romano del orden ecuestre a quien el niño Jesús encarga que demuestre la inocencia de su padre, el carpintero José, acusado de un asesinato), sino más bien un relato de intriga que utiliza las convenciones y trucos del policial para darles la vuelta como a un calcetín. Y en cuanto a la presunta irreverencia respecto al relato bíblico y a la representación literaria de la Sagrada Familia, que tanto se ha destacado en algunas reseñas, pues tampoco es para tanto, creo yo, porque las licencias que Mendoza se toma con respecto a José, María o Jesús siempre están presididas por un humor elegante, contenido y sutil.</p>
<p>Ahora bien, cuando el propio Eduardo Mendoza señala en una reciente entrevista que su novela no «debe considerarse moneda fraccionaria» («Eduardo Mendoza. Una de romanos y mesías», <em>Qué Leer</em>, 131, abril 2008, p. 75), es inevitable que todo admirador de la obra narrativa del novelista barcelonés se haga la siguiente reflexión: «vale, de acuerdo, ¿pero para cuándo el billete de 500 euros?». Y es que en <em>Pomponio Flato</em> (como en <em>Mauricio o las elecciones primarias</em>, pero ésta era una novela mucho más plana, bastante menos seductora) parece evidenciarse que al último Mendoza le falta pegada, le falta <em>punch</em>, o tal vez ambición literaria. No soy de los que tienen prevenciones contra el humor en la literatura, antes al contrario, ni creo que los escritores hayan de escribir necesariamente en un «gran estilo» o a la búsqueda de una trascendencia impostada y altanera, pero tampoco me parece una buena solución que reduzcan voluntariamente el alcance de sus objetivos. En la citada entrevista, Mendoza se manifiesta sorprendido de la buena fortuna que algunas de sus novelas (en la página 78 cita el caso de <em>Sin noticias de Gurb</em>) han tenido en el ámbito escolar. No quiero jugar a hacer profecías, pero no es imposible que en unos pocos años <em>Pomponio Flato</em> pueda seguir el mismo camino, sobre todo si los docentes son capaces de soslayar el barniz culturalista de la novela; hay para ello muchas y variadas razones (y no todas me parecen defendibles) que cualquier profesor de Secundaria que haya leído las aventuras del bueno de Pomponio podrá fácilmente imaginar.</p>
<figure id="attachment_2592" aria-describedby="caption-attachment-2592" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-2592 size-full" title="Portada de Alejandro Magno. Conquistador del mundo, de Robin Lane Fox" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/alejandro_magno.jpg" alt="Portada de Alejandro Magno. Conquistador del mundo, de Robin Lane Fox" width="150" height="237" /><figcaption id="caption-attachment-2592" class="wp-caption-text">Portada de <em>Alejandro Magno. Conquistador del mundo</em>, de Robin Lane Fox</figcaption></figure>
<p>De <em>Alejandro Magno. Conquistador del mundo</em>, obra del historiador inglés Robin Lane Fox, cabe decir muchas cosas, pero nunca que sea una obra de ambición limitada. De hecho, es una biografía colosal (y no sólo por su longitud, de casi mil páginas), tanto desde el punto de vista de la perfección, fluidez, densidad y capacidad de convicción del relato histórico como desde la perspectiva de aquellos aspectos que tienen que ver con la técnica y el oficio del historiador: el manejo e interpretación de las fuentes, el dominio de la erudición, la capacidad para combinar el relato de hechos confirmados con la interpretación o discusión de los puntos oscuros, las suposiciones y las hipótesis.</p>
<p>Es, además, una obra ejemplar por el entusiasmo y convicción que se adivina tras la posición del historiador, plenamente persuadido de que el objeto de su biografía es un personaje admirable (cuán satisfactoria resulta su actitud, en contraste con la miríada de interpretaciones reticentes y desmitificadoras en que abunda la historiografía contemporánea, a menudo basadas en una transposición esencialmente anacrónica de nuestro moderno sistema de valores, cuando no teñidas por los perjuicios ideológicos de turno), con densas zonas de sombra como resulta inevitable en cualquier hombre de gobierno, pero al mismo tiempo poseedor de un proyecto vital de insuperable capacidad de convocatoria y liderazgo. En este sentido, la interpretación de la figura histórica de Alejandro de Macedonia que realiza Robin Lane Fox, perseguidor en vida del principio de la gloria consagrado por Homero en la figura heroica de Aquiles, es extraordinariamente sugestiva.</p>
<p>Aunque sea un tanto marginal para los propósitos de esta reseña, no me resisto a citar una llamativa curiosidad con respecto al autor de este libro: Robin Lane Fox, que fue asesor histórico de la película de Oliver Stone <a title="Alejandro Magno, de Oliver Stone, en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_Magno_%28pel%C3%ADcula%29"><em>Alejandro Magno</em></a> (y a ello se refiere en el prólogo a la nueva edición inglesa de 2004, que es la que ha servido para la traducción al español, tal como se menciona en la página 18), llevó su entusiasmo por el conquistador macedonio hasta el extremo de actuar como extra a caballo en el rodaje de la <a title="Batalla de Gaugamela en la Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Gaugamela">batalla de Gaugamela</a>. Las pruebas, fotos incluidas, están a la vista de cualquiera que dese comprobarlas en una interesantísima entrevista titulada <a title="Riding with Alexander" href="http://www.archaeology.org/online/interviews/fox.html">Riding with Alexander</a>.</p>
<figure id="attachment_2596" aria-describedby="caption-attachment-2596" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-2596 size-full" title="Portada de La glorieta de los fugitivos, de José María Merino" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/glorieta_fugitivos.jpg" alt="Portada de La glorieta de los fugitivos, de José María Merino" width="150" height="242" /><figcaption id="caption-attachment-2596" class="wp-caption-text">Portada de <em>La glorieta de los fugitivos</em>, de José María Merino</figcaption></figure>
<p><em>La glorieta de los fugitivos</em>, de José María Merino, quinto libro de esta serie, confirma una vez más la validez del dicho taurino de que «no hay quinto malo». Se trata de un libro de microrrelatos (minificción o nanocuento son otros marbetes que han hecho fortuna para este peculiar género narrativo, tan de moda en los últimos años), que recoge las incursiones de Merino en la modalidad del cuento ultracorto: además de los 101 cuentos que formaban parte de dos obras anteriores, <em>Días imaginarios</em> y <em>Cuentos del libro de la noche</em>, en <em>La glorieta de los fugitivos</em> se recogen diversas obras inéditas o publicadas en revistas y antologías, así como una parte final, titulada «La glorieta miniatura», que viene a ser una especie de demostración práctica de la poética del relato breve, y que corresponde a la intervención del autor en el IV Congreso Internacional de Minificción, celebrado en la Universidad de Neu­châtel en noviembre de 2006.</p>
<p>No todas las piezas tienen el mismo valor (las de «La glorieta miniatura» me parecen excesivamente deudoras de eso que suele llamarse «literatura de circunstancias», pues en gran medida constituyen demostraciones de ingenio que quedan bien ante el atril de un congreso y no tanto en las páginas de un libro), pero no hay duda de que la mejor literatura de José María Merino está muy bien representada en este volumen. El Merino que comenzó su andadura literaria como poeta deja en muchas de estas breves piezas chispazos de asombro que revelan la irrupción de lo extraño en el ámbito de lo cotidiano (y esta es, en síntesis, la poética de lo fantástico que el escritor lleva muchas décadas practicando con singular acierto), y que al mismo tiempo adquieren la dimensión iluminadora, la capacidad de redescubrimiento de lo real, que es virtud propia de la poesía lírica.</p>
<p>A veces cercanas o plenamente insertas en el terreno del humor y la greguería, otras cercanas al relato terrorífico o a la ciencia ficción, practicantes gran parte de ellas de las estrategias de desdoblamiento entre la realidad y la ficción, la vigilia y el sueño, el mundo de la realidad y el de su reflejo especular, los microrrelatos de este libro constituyen una experiencia artística fascinante. Merece la pena leerlos a pequeños sorbos, preferentemente en la soledad y quietud de la noche, haciendo un esfuerzo por sentir la inminencia de alguno de los asombrosos sucesos y las presencias insidiosas que habitan en el interior del hogar, casi siempre inadvertidas salvo en los pavorosos dominios del insomnio y la duermevela.</p>
<figure id="attachment_2593" aria-describedby="caption-attachment-2593" style="width: 150px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-2593 size-full" title="Portada de la novela Chesil Beach, de Ian McEwan" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2008/05/chesil_beach.jpg" alt="Portada de la novela Chesil Beach, de Ian McEwan" width="150" height="240" /><figcaption id="caption-attachment-2593" class="wp-caption-text">Portada de la novela <em>Chesil Beach</em>, de Ian McEwan</figcaption></figure>
<p>He dejado deliberadamente para el final el libro que más me ha gustado de entre todos los que he reseñado en este artículo (ha sido también el último que he leído, pero no creo que ello sea causa determinante de mi preferencia): <em>Chesil Beach</em>, la última novela de Ian McEwan publicada en castellano. Tenía algunas referencias de esta obra (recordaba, por ejemplo, una muy elogiosa crítica de Eduardo Mendoza en <em><a title="Ian McEwan en Chesil Beach" href="http://www.elpais.com/articulo/semana/Ian/McEwan/Chesil/Beach/elpepuculbab/20080301elpbabese_5/Tes/">El País</a></em>), pero no la hubiera comprado de no ser porque en los puestos de la Feria del Libro de Pamplona una dependienta que me oyó hablar con Pilar de la novela (yo le decía que la historia no me interesaba mucho) tuvo la audacia de interrumpirnos para deshacerse en elogios y animarnos a comprarla: «mucho mejor que <em>Expiación</em> o <em>Sábado</em> -nos dijo-; su único defecto es que es muy corta».</p>
<p>Nos convenció por la rotundidad del argumento (ahora que Pilar no me está mirando puedo añadir que además era una chica muy atractiva, con una hermosa cabellera rizada), así que compramos el libro. Cuatro o cinco días después, comencé a leerlo, y me complace destacar que ni su brevedad, ni lo minúsculo de su anécdota -el relato de la noche de bodas de una pareja de jóvenes ingleses, Edward y Florence, en un hotel situado junto a la larguísima <a title="Chesil Beach" href="http://www.chesilbeach.org/">playa de guijarros</a>, a principios de los años sesenta-, representan ningún obstáculo para un despliegue extraordinario del talento novelístico del escritor. Novela elegantísima y delicada, pero al mismo tiempo apasionada e intensa (se han subrayado los paralelismos con Chéjov, pero algunos pasajes me recuerdan más bien a Jane Austen), es un ejemplo de eficacia estilística y habilidad en el planteamiento de la estructura narrativa. La distribución del relato en cinco capítulos de extensión muy semejante, que van alternando entre el presente de la acción principal y el pasado de los protagonistas, es un prodigio de equilibrio, mesura y sentido del ritmo, dominado por un tempo moroso y sereno que en absoluto resulta aburrido. Sólo al final del capítulo quinto, una vez finalizadas las escenas que transcurren en el hotel de Chesil Beach, se acelera la narración, con un cambio de ritmo que trae a la memoria, tanto por la intención y punto de vista del narrador como por el hermoso tono elegíaco, el desenlace de <em><a title="Dos películas, dos libros, dos adaptaciones" href="https://www.labitacoradeltigre.com/2008/01/20/dos-peliculas-dos-libros-dos-adaptaciones/">Expiación</a></em>.</p>
<p>Para quienes hablan y no callan acerca de la crisis de la novela, del agotamiento de sus temas y de la competencia ineluctable de los nuevos discursos narrativos y audiovisuales, <em>Chesil Beach</em> es una demostración palmaria de la potencia de la palabra escrita, de su capacidad evocadora, de la fuerza que tienen los sentimientos y las emociones en manos de un escritor de talento. ¿Cómo competir, en efecto, con el poder de la omnisciencia del narrador, con la belleza y elegancia del estilo indirecto libre, que tan bien utiliza McEwan, con la pujanza de las sugerencias (el decir a medias, la insinuación, la reticencia) sobre la personalidad y el carácter de estos dos jóvenes cuyo amor es, sin embargo, incapaz de sobreponerse a las circunstancias en que tiene lugar su primer y definitivo encuentro sexual?</p>
<p>A Ian McEwan le hubiera resultado muy fácil mostrarse superior a estos personajes, comportarse como un diosecillo admonitorio y pontificar sobre el fracaso de su relación, que tiene algo de tragedia cotidiana, pero también de suceso trivial y hasta ridículo. Otro escritor más pagado de sí mismo, o con más ínfulas, hubiera podido adoptar una pose cínica, distante o didáctica hacia sus criaturas, que sin duda se merecen una mirada severa (pues a Florence le pierde su rechazo, casi patológico, al contacto sexual, y a Edward la hipertrofia del orgullo herido), y más de un tirón de orejas. Sin embargo, el modo en que el autor trata la intimidad de ambos, con delicada cortesía (y sin caer en excesos ñoños o chabacanos, por cierto), con una ironía inteligentísima y discreta, es tan convincente como emotivo. No vale, desde luego, como terapia para parejas con problemas de comunicación o disfunciones sexuales, pero sí como ejemplo de la madurez artística de un escritor que de materiales narrativos mínimos, casi inexistentes, es capaz de extraer momentos literarios de una belleza arrebatadora.</p>
<p class="notasbib">Sam Savage, <em>Firmin. Aventuras de una alimaña urbana</em>, Barcelona, Editorial Seix Barral (Col. «Biblioteca Formentor»), 2007, 222 páginas.<br />
Arturo Pérez-Reverte, <em>Un día de cólera</em>, Madrid, Ediciones Alfaguara, 2007, 401 páginas.<br />
Eduardo Mendoza, <em>El asombroso viaje de Pomponio Flato</em>, Barcelona, Editorial Seix Barral (Col. «Biblioteca Breve»), 2008, 190 páginas.<br />
Robin Lane Ford, <em>Alejandro Magno. Conquistador del mundo</em>, Barcelona, Editorial Acantilado (Col. «El Acantilado», 155), 2007, 957 páginas.<br />
José María Merino, <em>La glorieta de los fugitivos. Minificción completa</em>, Madrid, Editorial Páginas de Espuma (Col. «Voces/Literatura», 83), 2006, 236 páginas.<br />
Ian McEwan, <em>Chesil Beach</em>, Barcelona, Anagrama (Col. «Panorama de Narrativas», 688), 2008, 187 páginas.</p>
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		<title>Gran literatura a marchas forzadas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eduardo Larequi]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Aug 2006 19:22:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[E.L. Doctorow]]></category>
		<category><![CDATA[general William T. Sherman]]></category>
		<category><![CDATA[La gran marcha]]></category>
		<category><![CDATA[novela histórica]]></category>
		<category><![CDATA[novela norteamericana]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Reseña de la novela <em>La gran marcha</em>, del escritor norteamericano E.L Doctorow.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Leyendo <em>La gran marcha</em>, la última novela de E.L. Doctorow publicada en España, resulta difícil sustraerse a la tentación de creer que la Guerra de Secesión americana y, en concreto, la espectacular <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Image:ACW_Chattanooga2Carolinas.png" target="_blank" rel="noopener">campaña</a> que el <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/William_Tecumseh_Sherman" target="_blank" rel="noopener">general William Tecumseh Sherman</a> llevó a cabo a través del los territorios confederados de Georgia y las Carolinas, entre 1864 y 1865, debió de haber ocurrido exactamente tal y como la cuenta el novelista neoyorkino.</p>
<p>Y es que la novela tiene una fuerza irresistible, una intensidad y capacidad de convicción poco comunes. Al hilo del vigoroso relato de «la Marcha de Sherman» o «La Marcha hacia el mar» (una campaña tan victoriosa en lo militar como <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/William_Tecumseh_Sherman#Strategies" target="_blank" rel="noopener">controvertida entre los historiadores</a>, sobre todo a causa de las tácticas de tierra quemada desarrolladas por las tropas federales con el objetivo de debilitar la capacidad militar de los sudistas), la novela bulle de personajes que entran y salen de la trama, en una suerte de frenética sucesión que, una vez pasada la sorpresa de las primeras páginas (pues la narración salta de un episodio a otro con una flexibilidad y soltura que al principio resultan desconcertantes), acaba acogiéndose con deleite y fascinación.</p>
<p><span id="more-180"></span></p>
<p>No es una novela demasiado larga (379 páginas que saben a poco, la verdad), y sin embargo su lectura produce la impresión de que en ella está representada no ya una historia real, la de la citada expedición de las tropas de la Unión al mando de Sherman, sino todo un mundo, enorme y abigarrado (los sesenta mil hombres de las columnas nordistas, con su impedimenta y suministros, seguidos por una multitud de esclavos negros liberados, y de blancos arrojados de sus casas y propiedades), en movimiento constante, con sus protagonistas y sus secundarios, sus héroes y sus villanos, sus hombres, mujeres, niños y ancianos. El narrador omnisciente de <em>La larga marcha</em> está en todas partes, siempre desde una perspectiva serena, y hasta majestuosa, que es tan efectiva como difícil de caracterizar, y no digamos de imitar (a mí me produce una envidia invencible). Desde ese punto de vista, que no sólo constituye una eficaz estrategia narrativa sino también, y sobre todo, una actitud moral, respeta a todas sus criaturas, las ve de cerca, a su mismo nivel, y aunque no evita los juicios de valor, las ironías e incluso las especulaciones sobre los motivos más íntimos de su conducta, siempre tiene presente su calidad de seres humanos enfrentados a las duras pruebas de la guerra, el dolor o el hambre.</p>
<p>De este modo, los militares nordistas y sudistas de todos los grados y rangos, los esclavos liberados que siguen en tropel a las columnas victoriosas de Sherman, los otrora orgullosos rebeldes, ahora desposeídos por la derrota y el expolio, hasta los caballos y las mulas que tiran de los carros de aprovisionamiento y de las ambulancias, todos tienen su oportunidad, y a todos concede su voz una novela que, sin dejar de ser histórica y sin renunciar al tono elevado que le es propio, siempre se nos muestra como humanamente accesible, y que en ningún momento subordina su intención realista a las rigideces documentales o arquelógicas que suelen ser comunes en este tipo de relatos.</p>
<p><em>La larga marcha</em> es una novela que, como pocas, testimonia la importancia de la elección del punto de vista y de una correcta sintonía entre la realidad representada y la técnica narrativa. Novela episódica, organizada cronológicamente en torno a los hitos de la expedición de Sherman, y de personaje colectivo, tales rasgos propician esa sensación de humanidad desatada y multiforme que tan difícil es de conseguir y de controlar (pues los riesgos de la confusión y el caos acechan a cada paso) en la creación novelística. Doctorow se impone brillantemente a las dificultades objetivas de su elección narrativa con un dominio de los recursos literarios que no tiene nada que envidiar a la maestría estratégica de Sherman: los personajes van y vienen, sí, las situaciones y los episodios se suceden con aparente discontinuidad, pero siempre está presente el autor para controlarlos con mano firme, para establecer relaciones entre unos y otros, relaciones que sólo vistas en el conjunto de la novela logran pleno sentido y eficacia.</p>
<figure id="attachment_4806" aria-describedby="caption-attachment-4806" style="width: 500px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-4806 size-full" title="Portada de la novela La gran marcha, de E.L. Doctorow" src="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/08/la-gran-marcha.jpg" alt="Portada de la novela La gran marcha, de E.L. Doctorow" width="500" height="765" srcset="https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/08/la-gran-marcha.jpg 500w, https://www.labitacoradeltigre.com/edu-images/2006/08/la-gran-marcha-327x500.jpg 327w" sizes="auto, (max-width: 500px) 100vw, 500px" /><figcaption id="caption-attachment-4806" class="wp-caption-text">Portada de la novela <em>La gran marcha</em>, de E.L. Doctorow</figcaption></figure>
<p>Un ejemplo de lo que digo es la presencia de ese par de curiosos personajes que son Arly y Will, dos desertores del ejército sudista que se camuflan entre las filas de sus enemigos (dos pícaros, me atrevería a decir, si es que la palabra no resulta inapropiada en este contexto literario), cuyo errático vababundaje entre las páginas del relato, en episódico contacto con otros muchos de sus personajes, acaba por explicarse de un modo que el lector difícilmente podía intuir al principio. Otros dos ejemplos podrían ser los del personaje del general Sherman, magníficamente logrado en su complejidad ciclotímica, que preside la narración y la orienta con sus decisiones y propósitos, y el del médico del ejército nordista Wrede Sartorius, un personaje lacónico, sumamente eficaz, que pone un contrapunto escéptico y racional a bastantes de los sucesos de la guerra, auténtico eje organizador de las múltiples relaciones que se establecen entre los personajes de la novela.</p>
<p>Los lectores que valoren la construcción narrativa disfrutarán con las complejidades, visibles y menos visibles, de <em>La gran marcha</em>, pero no más que quienes se conformen con el vivaz desarrollo de la trama, la rotunda configuración de los personajes y la sensación de realidad que se le debe exigir a una novela de vocación realista. Y es que en la de Doctorow la expresión de la realidad se impone con energía arrolladora, gracias a una variedad riquísima de tonos y expresiones. En la mejor relación con el realismo literario norteamericano (y con el cine de John Ford, cuya huella, y especialmente la de la película <em>Misión de audaces</em>, que ofrece algunas significativas coincidencias con el argumento y los personajes de <em>La larga marcha</em>, me ha parecido apreciar en bastantes detalles), dentro de esta novela uno puede encontrarse casi todo: lo sublime y lo ridículo, lo alegre y lo patético, la villanía y la nobleza, la seriedad y el humor, la épica de los combates y los momentos de intimidad más delicados y sutiles, lo histórico en sentido estricto y lo puramente ficticio o novelístico.</p>
<p>Todos estos elementos se integran sin fisuras en un conjunto que, a pesar de su variedad y dimensiones, sorprende muy gratamente por su carácter compacto y por la solidez de su construcción. Y aunque el rumor de la guerra, de esa gran marcha que se extiende por los estados del Sur no ya como un ejército en campaña, sino «como una plaga», resuene una y otra vez en los oídos del lector, algunos de los mejores hallazgos de la novela se localizan justamente en los momentos más reposados e intimistas, cuando los personajes reflexionan sobre el presente y hacen planes para el futuro. Así ocurre, por ejemplo, en el desenlace de la novela: firmada ya la paz entre Sherman y Joe Johnston, entre Lee y Grant, la esclava liberada Pearl, negra aunque de piel blanca (uno de los mejores personajes del relato, tal vez el más conmovedor), sentada a la vera del camino junto a un arroyo, en compañía de otros negros arrastrados por la marea de la guerra, toma en sus manos el rumbo de su propia vida y se encamina con una decisión impropia de sus pocos años a construir su porvenir y el de quienes la rodean. Un final espléndido, sereno y lleno de esperanza, para una novela que se disfruta de principio a fin.</p>
<p class="notasbib">E.L. Doctorow, <em>La gran marcha</em>, Barcelona, Roca Editorial (Col. «Lettera»), 2006, 379 páginas.</p>
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