50 cosas que hay que saber sobre literatura, de John Sutherland

50 cosas que hay que saber sobre literatura, de John Sutherland

Aunque los estudios de teoría de la literatura no se cuenten entre mis lecturas más habituales, de vez en cuando me gusta sumergirme en las densas páginas de esos libros, sobre todo si versan sobre narratología, retórica o literatura fantástica y de ciencia ficción. Sobre un famoso manual de narratología, el de la profesora holandesa Mieke Bal (Teoría de la narrativa, Cátedra, 1985), velé mis primeras armas como reseñista, hace ya muchísimos años (RILCE, III, 1, 1987, pp. 165-168). Muy de vez en cuando vuelvo sobre aquellos primeros pasos (véanse mis artículos sobre Las cien mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX o Los mecanismos de la ficción), pero aunque no haya escrito demasiadas reseñas de este tipo de libros, no es raro que les dedique atención. Tengo que confesar, no obstante, que a menudo no los termino de leer, o que incluso los compro para llevar a cabo una lectura deliberadamente fragmentaria, a la búsqueda de un dato, de un concepto, o de confirmación y apoyo para las ideas que luego desarrollo en los artículos que forman parte de la sección de Libros de La Bitácora del Tigre.

Por ejemplo, coincidiendo con la lectura de la novela Solar, de Ian McEwan, me encontré hace poco en los expositores de una de mis librerías favoritas con el libro 50 cosas que hay que saber sobre literatura, del profesor y crítico literario inglés John Sutherland. Como el índice me pareció atractivo, y además mencionaba en dos o tres ocasiones a McEwan, compré el libro, y comencé a leerlo con tanto gusto que, en desacuerdo interno con mis objetivos iniciales (pues me había propuesto tenerlo a mano como material de consulta), lo he terminado en apenas una semana.

Estoy seguro de que el libro de Sutherland me servirá en el futuro para mucho más que para el chiste con el que inicié la reseña de Solar. En todo caso, conviene destacar desde un principio que estamos ante una obra poco convencional, pues no se trata de un prolijo manual al estilo de la obra ya citada de Mieke Bal, ni tampoco de un estudio exhaustivo de carácter sistemático, sino más bien de un libro de divulgación (aunque muy subjetivo e idiosincrásico), destinado a un público ya versado en la materia, aunque no necesariamente especializado en ella. A los profesionales universitarios de la crítica y de la teoría de la literatura, y quizás también a la mayoría de los colegas profesores de instituto, tal vez se les quede algo corto en su alcance, pero a cambio su lectura es pródiga es ideas chispeantes y en referencias y enfoques muy aprovechables.

De la Introducción con la que se abre el volumen (pp. 8-9), me gustaría destacar dos ideas fundamentales: la primera, que el libro se propone ofrecer al “lector bien equipado” las mejores herramientas para comprender las obras literarias, y de aquí la variedad de enfoques y perspectivas que ofrece Sutherland. En cuanto a la segunda, constituye toda una declaración de intenciones, con la que resulta difícil no estar de acuerdo: “en última instancia, el objetivo de la literatura es el placer. Y la lectura inteligente es uno de los mayores placeres que puede ofrecernos la vida” (p. 9). El humor, el eclecticismo y la distancia irónica que a menudo se toma Sutherland con respecto a los escritores consagrados y a los gurús de la teoría literaria constituyen claros síntomas de esa actitud sabiamente epicúrea con la que el autor observa la inagotable variedad del hecho literario.

El grueso del volumen está organizado en breves capítulos (ninguno pasa de las cuatro páginas), cada uno de los cuales está dedicado al desarrollo de una de entre las cincuenta ideas fundamentales sobre literatura. A su vez, éstas se organizan en seis secciones diferentes, a saber:

  • Cuestiones básicas: mimesis, ambigüedad, hermenéutica, el clásico, intencionalidad, la falacia afectiva, narrativa/historia, épica, lírica/prosodia, gótico, la paradoja de la traducción.
  • Maquinaria: cómo funciona: cultura, el medio, base/superestructura, el canon, el género, el cierre, el cambio de paradigma, propiedad, autoridad crítica, estilo.
  • Recursos literarios: alegoría, ironía, la imagen, alusión, extrañamiento, bricolaje, metaficción, la sensación de realidad.
  • Nuevas ideas: estructuralismo, deconstrucción, textualidad, doble vínculo, posmodernismo, heteroglosia, nuevo historicismo, poscolonialismo, semiología, teoría de la recepción, política sexual.
  • Crímenes universales: el plagio, obscenidad, difamación, blasfemia, permisividad, mentiras literarias, “negros”.
  • Futuros literarios: fanfic, el e-book, inundación literaria.

Todos los capítulos constan de los mismos elementos: el análisis del concepto literario, que ocupa la mayor parte de su extensión; una cronología que figura en la parte inferior de las primeras dos páginas; algunas citas ilustrativas, en general de escritores de fama o críticos literarios prestigiosos; un recuadro que funciona como elemento de apoyo, a veces para explicar un concepto particularmente intrincado y otras a modo de anécdota; y una breve frase final, de carácter sentencioso, y a menudo humorístico, que actúa como síntesis del capítulo.

Como puede verse por el listado que acabo de transcribir, Sutherland acoge en su libro una amplia variedad de perspectivas y enfoques, algunos ya clásicos, pero otros rabiosamente contemporáneos. En varias ocasiones, la discusión sobre la pertinencia o adecuación de una manera u otra de abordar el hecho literario deja bien claro que el autor defiende la convivencia  de escuelas de interpretación y análisis muy diferentes, que pueden llegar a conclusiones no sólo diversas, sino incluso contradictorias. Esa aparente contradicción no es para el autor una anomalía perturbadora, sino una confirmación de la riqueza inherente a la obra literaria.

Que Sutherland defienda y practique la coexistencia pacífica de distintas maneras de acercarse a la interpretación y análisis de los textos literarios no significa que rinda acatamiento a todos ellos. De hecho, ocurre más bien lo contrario, porque el autor se comporta de forma nada complaciente con respecto a escuelas y críticos consagrados, hasta el punto de mostrarse irreverente en ocasiones con algunos. Véanse, por ejemplo, las ironías que dedica a la jerga narratológica (p. 36) o los dardos envenenados contra algunos de los popes de la deconstrucción, como Paul DeMan, en las páginas 130-133).

Con esta actitud de sana irreverencia creo que pueden asociarse ciertos aspectos del libro, bastante infrecuentes en el panorama de los estudios literarios. Entre ellos, el hecho de haber incluido en el catálogo de ideas toda una sección dedicada a los crímenes de lesa literatura. En los siete capítulos que la integran hay una combinación a veces un poco desconcertante, pero al mismo tiempo muy atractiva, de perspicacia crítica, análisis sociológicos y una dosis nada despreciable de cotilleo, una mezcla potencialmente explosiva que a buen seguro llamará la atención del público no especializado en literatura. Por otra parte, los tres capítulos finales, en los que Sutherland se interna en las procelosas aguas del futuro de la literatura, se cuentan entre los más interesantes del libro, por su arriesgada consideración de las últimas tendencias y la inevitable mezcla de esperanzas y temores que suscita una sociedad tan acelerada y sometida a cambio como la nuestra (por cierto, en más de un aspecto Sutherland parece coincidir con algunas de las prevenciones que expresa Nicholas Carr en Superficiales).

Estoy convencido de que esos mismos lectores a los que acabo de referirme se sentirán atraídos por la desconfianza de Sutherland ante el exceso de palabrería crítica, receptivos ante el acercamiento múltiple a la realidad histórica y lingüística de escritores como Charles Dickens o William Shakespeare, gratamente sorprendidos por la apertura del discurso crítico hacia autores, obras y movimientos (Stephen King, Dan Brown, Michael Crichton, el fanfic), que se encuentran extramuros del canon consagrado o incluso en abierta oposición a él, y desde luego muy agradecidos por el glosario y el índice de nombres que ocupan once de las últimas doce páginas del volumen

No obstante, los lectores de la versión española del libro de Sutherland también tendrán que superar dos escollos. El primero tiene que ver con la escasísima representación de escritores y obras representativos de la lengua española y las literaturas hispánicas: apenas un puñado de referencias, que se pueden contar con los dedos de una mano (y a lo mejor sobra algún dedo) y poco más. Esta circunstancia puede dificultar en gran medida el disfrute de una obra que implica un conocimiento más que mediano de las literaturas en lengua inglesa (quien desee poner en riesgo su autoestima no tiene más que probar con los dos juegos de preguntas sobre cultura literaria que se proponen en las páginas 55 y 108, y cuyas respuestas figuran, al final del libro, en la página 221).

El otro obstáculo viene dado por una traducción algo descuidada, que no solamente se enfrenta a la difícil tarea de ofrecer buenas versiones de las citas de los textos originales, sino que además presenta más de un fallo a la hora de ocuparse de las referencias factuales a títulos o lugares. Una traducción como “distrito Lake” (p. 60) para el celebérrimo Distrito de los Lagos inglés no es, a mi modo de ver, la mejor carta de presentación de la traductora.

Con todo, estoy convencido de que 50 cosas que hay que saber sobre literatura es un libro que merece la pena, sobre todo si el practicante de su lectura es un profesor de lengua y literatura largo tiempo apartado de la tiza (como es mi caso) y con sus referencias teóricas un tanto oxidadas. Aunque no tuviera otros méritos, lo cierto es que Sutherland alimenta con su libro las ganas de saber más, de saber tanto como él, y ese es el mejor elogio que puede hacerse a cualquier erudito.

John Sutherland, 50 cosas que hay que saber sobre literatura, Barcelona, Editorial Ariel, 2011, 221 páginas. Traducción de María Ruiz de Apodaca.

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