Cartel de la película A good woman

Cartel de la película A good woman

El sábado cometimos un pecado que algunos considerarán imperdonable: a eso de las diez y pico de la noche, después de ver la primera parte y unos minutos de la segunda de la final de Copa (Osasuna-Betis), salimos de casa para ir al cine, con la conciencia un poco culpable por abandonar a nuestro equipo a merced de las hordas verdiblancas. Mientras nos tomábamos el café habitual antes de la proyección, nos enteramos de que el Betis había marcado su primer gol. Sin embargo, no supimos del desenlace (1-2) hasta después de terminada la película.

Quizá nos podríamos haber ahorrado el viaje, permanecer pegaditos a la pequeña pantalla y seguir animando a Osasuna. Quién sabe si con dos aficionados más al otro lado del monitor, empujando vigorosamente, los chicos de Aguirre (a quien tanto admira Pilar, por su educación y por su delicioso acento mejicano), no se hubieran traído la Copa del Rey a la Plaza del Castillo. Y digo que nos podríamos haber ahorrado el viaje y el precio de la entrada porque la película de Mike Barker, a pesar de su espléndido reparto, de su lujosa producción y de sus credenciales (nada menos que una nueva versión de El abanico de Lady Windermere, del magistral Oscar Wilde), le deja a uno bastante frío. No tanto como a los hinchas rojillos tras el definitivo gol de Dani, pero desde luego que a mucha distancia del entusiasmo de la afición del Betis.

Uno esperaría en la enésima adaptación de una de las inimitables comedias de Oscar Wilde algo más de garra, una puesta en escena más vibrante y atractiva, pues al fin y al cabo, la película ya tiene medio camino hecho partiendo de un argumento creado por uno de los dialoguistas más ingeniosos y brillantes de la historia de la literatura. Y sin embargo, cuesta entrar en ella, como si el marasmo y la inactividad de los turistas británicos y norteamericanos que sestean al sol de la Riviera italiana -donde tiene lugar la acción- se hubiera colado hasta el patio de butacas.

Aunque la película se deja ver y carece de fallos clamorosos, la realización es plana, sin brillantez, un tanto rutinaria. Y por lo que toca al reparto, que en esta clase de filmes lo es casi todo, parece faltarle la necesaria chispa, que en mi opinión sí tenían los de otras películas recientes basadas en los textos de Wilde, como La importancia de llamarse Ernesto (Oliver Parker, 2002, aunque aquí se estrenó hace pocos meses) y, sobre todo, de la magnífica Un marido ideal (Oliver Parker, 1999). Ni Helen Hunt ni una excesivamente lánguida Scarlett Johansson consiguen otorgar a sus papeles la necesaria viveza. Tampoco el petimetre tan característico de las comedias de Wilde (aquí representado por Stephen Campbell Moore, para mi gusto muy poco acertado) da la talla, a pesar de que todas sus frases son tan geniales como demoledoras. Sólo el trío de actores que interpretan a unos cínicos turistas de edad más que avanzada, ya resabiados por la experiencia y a cubierto de las pasiones juveniles (un genial Tom Wilkinson y otros dos actores menos conocidos, Roger Hammond y John Standing, espléndidos en sus papeles de vejetes cascarrabias y guasones), sostienen la película, con actuaciones llenas de ingenio y humor socarrón.

Por lo demás, nada que nos pudiera compensar por no haber visto, en vivo y en directo, los últimos cincuenta minutos de la final copera. Aunque, bueno, Pilar suele argumentar que ella ya no tiene el cuerpo para sufrir estos partidos taquicárdicos. No hay duda que al corazón le sientan mucho mejor las historias de amor y lujo.