Santorini, la más meridional de las Cícladas, es una isla tan desaforadamente turística que cuando el viajero la recorre, a menudo tiene la sensación de hallarse en una postal, en una de esas ristras de tarjetas de recuerdo que los comercios exhiben como ubicuo reclamo. Sin embargo, la belleza de este pequeño archipiélago –resultado de la más gigantesca explosión volcánica que vieron los siglos– es tan grande, tan intensa, tan sorprendente, que resiste ventajosamente a los tópicos, las imágenes congeladas en las postales y los motivos habituales en las guías turísticas.

Con la seguridad de que he de fracasar en el empeño, he tratado de reflejarla en la serie de fotografías que acompañan a esta entrada, fruto de los tres días que pasamos en la lista, durante las pasadas vacaciones de Semana Santa. Es la segunda serie de instantáneas del viaje, tras la de Espronceda en Epidauro, y desde luego que será la última, porque estoy tan enganchadísimo a Twitter, que no puedo dejar de microbloguear. A ver si consigo serenarme y escribir un artículo largo, sesudo, y enjundioso. Quizás una reseña de La tercera virgen, una espléndida novela policíaca de la escritora francesa Fred Vargas, que me ha dejado con la boca abierta.

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