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Portada de la novelaLeyendo La sima, la última novela de José María Merino, me he visto en varias ocasiones dominado por una sensación de incomodidad de la que sólo he conseguido librarme casi al final del libro, cuyo desenlace, tan emotivo como esperanzador, se cuenta entre los mejores de toda la obra del escritor leonés. No era una sensación de extrañeza, pues los perfiles del mundo narrativo de Merino -la búsqueda de la identidad a través de la memoria, el regreso a los escenarios y las experiencias de la infancia, el lirismo en la descripción de los paisajes asociados a la memoria personal, la tendencia del personaje protagonista a la disolución y el anonadamiento en un tiempo no humano, que en otras novelas era el tiempo del sueño y en ésta el tiempo geológico de las rocas, brañas y espesuras de la montaña leonesa- son en La sima perfectamente reconocibles para cualquier lector que haya seguido la trayectoria narrativa del escritor.

No puedo aducir que me haya visto sorprendido, ni mucho menos defraudado, por la particular estructura narrativa de esta novela, con un narrador-protagonista que dirige su testimonio a tres narratarios diferentes y un contraste evidente entre el breve tiempo interno en que se despliega el relato y el larguísimo lapso del tiempo evocado, que tiene su centro de interés en la Primera Guerra Carlista y la Guerra Civil, pero que de hecho considera también episodios mucho más antiguos, como la Reconquista, la expulsión de los judíos, las guerras civiles entre pizarristas y almagristas en el Perú colonial y hasta los homínidos de Atapuerca. Finalmente, tampoco me he sentido decepcionado por la elaboración literaria del discurso narrativo, incluso a pesar de ciertos momentos en los que el discurrir de la historia se ve entorpecio por cierto prosaísmo o sequedad que no condice con el lirismo y la emoción tan característicos de gran parte de la narrativa meriniana.

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Portada de Los hombres de la guadaña El novelista irlandés John Connolly es un viejo conocido de esta bitácora. Desde que me encontré con sus obras por primera vez, sobre las estanterías de una librería de aeropuerto, en junio de 2006, no ha habido primavera o verano –la excepción fue el año pasado, cuando comencé a notar los síntomas de una extraña dolencia de sequedad reseñista, de la que parece que me voy reponiendo- en que no haya dedicado una entrada a su serie de novelas policíacas o criminales, hasta la fecha formada por Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino, El camino blanco, El ángel negro, Los atormentados, y la que acaba de publicar Tusquets en su colección “Andanzas”, Los hombres de la guadaña.

Lo más destacable para los aficionados a la serie de novelas protagonizadas por el ex detective privado Charlie Parker (aquí desposeído de su licencia y de su permiso de armas, y obligado a ganarse la vida como camarero en un bar de Portland) es que el autor ha cedido el protagonismo de la historia a Louis y Ángel, amigos, ayudantes de Parker y, seguramente, una de las parejas homosexuales más inquietantes y peligrosas de la historia de la literatura. Desde el punto de vista del argumento, pues, se podría decir que Los hombres de la guadaña constituye el reverso de la mayor parte de las novelas de la serie, puesto que en ella no son Louis y Ángel los que intervienen para ayudar a Parker, sino justo al revés; de hecho, el detective apenas aparece en la trama, salvo por alguna mención episódica y sólo hace acto de presencia en el último tramo –como suele ser habitual en sus novelas, una verdadera traca final de acciones hiperviolentas, contada con enorme brío- para ayudar a sus amigos en lo que parece una encerrona sin posible escape.

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Portada de Anatomía de un instante, de Javier CercasEn las últimas semanas se ha hablado mucho, y a menudo exageradamente, de Anatomía de un instante, el libro que hace algo más de un mes publicó Javier Cercas sobre el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. En algún otro lugar de este blog ya he confesado mi admiración por algunos de los protagonistas de este suceso, el ex-presidente del Gobierno español, Adolfo Suárez, y el que fuera su amigo y vicepresidente, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, lo cual explica que, en cuanto tuve noticia de la publicación del libro, me apresurara a comprarlo, y que lo leyera casi de un tirón.

En el prólogo confiesa Cercas que comenzó escribiendo una novela, aunque finalmente desistió de dar a la historia un tratamiento ficcional porque se dio cuenta de que en este caso la realidad disponía de una potencia significativa que ni siquiera la más poderosa construcción literaria podría igualar. Lo que ha finalmente ha entregado a la imprenta es en parte crónica o reportaje y en parte ensayo histórico, pero, fiel a sus orígenes novelísticos, sobre todo un intento de interpretación muy personal de los gestos que simbolizan la gallarda actitud de tres figuras señeras de aquel episodio: Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, por entonces secretario general del Partido Comunista de España. Como casi todo el mundo sabe y desde luego recordamos quienes tenemos edad suficiente para haber vivido en directo aquel suceso, Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo fueron los únicos tres representantes de la clase política española que no cedieron a la intimidación de los golpistas y que permanecieron en sus asientos, sin tirarse al suelo, a pesar de los insultos, las amenazas y los disparos.

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Portada de la novela Defensa cerrada, de Petros MárkarisAunque recuerdo haber leído muy por encima alguna reseña de sus obras, el primer testimonio directo, y muy elogioso, sobre la narrativa policíaca de la novelista francesa Fred Vargas lo escuché de labios de Lorenzo Silva, en una conferencia que impartió en Pamplona hace algo más de un año. Por cierto, también Silva animó a los asistentes a que leyéramos las novelas de Petros Márkaris, dos de las cuales –Defensa cerrada y El accionista mayoritario- me sirvieron para trabar contacto con la realidad griega; la primera, justo antes de mi viaje a Grecia, y la segunda justo después de volver.

Márkaris es un estupendo autor de novelas policíacas, que deleitará a todos los amantes del género y probablemente también a los recién llegados. Tal vez su fuerte no sea la resolución de las tramas (por ejemplo, Defensa cerrada termina de una manera no sólo inesperada, sino yo diría que “inesperable”, con la exigencia de una continuación, la novela Suicidio perfecto, que no he conseguido encontrar, porque al parecer está agotada; por su parte, al final del El accionista mayoritario hay algunas intervenciones que recuerdan a la figura del deus ex machina), pero a cambio ha creado con la figura de su detective, el teniente Kostas Jaritos, un personaje de referencia para los aficionados a la literatura policial, que sin duda agradecerán su retranca y sus juicios sentenciosos, su fidelidad al deber, a un Supermirafiori renqueante y a los gozos y las angustias de la vida familiar (en esto Jaritos se parece al comisario Brunetti y Márkaris a Donna Leon), sus curiosas costumbres, como la afición por la lexicografía (un rasgo que lo emparenta con el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán, aunque la relación del detective barcelonés con los libros era más conflictiva y sarcástica) y su visión de la realidad griega, entre el costumbrismo y la sátira política, que en todo momento resulta de lo más estimulante.

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Portada del libroHace poco nos contaba Antonio Solano que tiene intención de ir escribiendo una serie de artículos sobre sus lecturas de hace quince años. La idea es muy sugestiva, aunque todavía lo sería más si se le aplicara una especie de retruécano, consistente en escribir no sobre las lecturas de hace quince años, sino acerca de las que hicimos cuando teníamos esa edad. Asumo que, en mi caso (y supongo que en el de la mayoría), los obstáculos son innumerables, no sólo porque apenas puedo precisar la mayoría de los títulos de aquel entonces o la fecha aproximada en que los leí, sino porque entre ellos hay bastantes –por ejemplo las novelas de Sven Hassel, publicadas en la colección Reno de Plaza y Janés, que mi hermano José Ángel y yo devorábamos durante las vacaciones familiares en Laredo- sobre los cuales me da vergüenza escribir.

Hay libros, sin embargo, que nunca se olvidan, y cuya grandeza le redime a uno de los pecadillos de adolescencia (seguramente el de Hassel no es el más grave en el ámbito literario) que hubiera podido cometer. Uno de esos monumentos literarios es la celebérrima novela Un día en la vida de Iván Denísovich, del no menos célebre escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn, fallecido hace algo más de seis meses. La primera vez que la leí, a los quince o dieciséis años, me causó una impresión abrumadora, hasta el punto de que le pedí al profesor de Lengua y Literatura que me la había prestado (el padre Guergué, un sacerdote escolapio, desde hace años misionero en Brasil; un abrazo muy cordial para ti, Jesús, si lees estas líneas) más obras del mismo autor. Su propuesta fue Archipiélago Gulag, obra monumental y de un valor histórico indiscutible, pero que se me indigestó desde el comienzo y no pude terminar. Visto el caso desde la perspectiva que dan los años y otras lecturas de semejante calibre –todavía tengo fresco el recuerdo de Vida y destino, de Vasili Grossman, que reseñé en este mismo blog- está claro que el Gulag de Solzhenitsyn era un plato inadecuado para mi jovencísimo paladar.

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Como una especie de viaducto de Millau o hipérbole de las fiestas locales, el puente de la Constitución-Inmaculada se alarga en Navarra, por aquello de la singularidad foral, desde el día 3 de diciembre, fecha en la que se celebra en nuestra comunidad la fiesta de su patrón, San Francisco Javier, hasta el día 8. Son seis días en los que apetece salir de nuestras fronteras hacia climas más benignos, pues el tiempo atmosférico (al menos en Pamplona, ciudad que según el dicho local sólo tiene dos estaciones, el invierno y la de la RENFE) tiende a situarse por estas fechas en una estrecha franja cuyos límites son lo desagradable y lo francamente abominable.

En esta ocasión, Pilar y yo consagramos nuestro rumbo a Barcelona, donde esperábamos ver unos cuantos museos y pasear por la ciudad, con un pronóstico de al menos 13 grados Celsius y precipitaciones tendentes a cero. Curiosamente, el tiempo se comportó de acuerdo con las predicciones, y casi no hacía falta ponerse otras prendas que la camisa y un ligero sobretodo. Bueno, eso era lo que yo llevaba encima cuando salimos del hotel el día 3, a eso de las seis de la tarde, pero debo de tener el termostato mal ajustado, pues muchos barceloneses y barcelonesas caminaban por las calles embutidos en toda suerte de gabanes, bufandas y guantes. Ay, me dije, no sabéis lo que es el invierno de Pamplona.

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Portada de la novelaNo deja de sorprenderme la cantidad de comentarios que ha merecido mi reseña de Tokio Blues, de Haruki Murakami, sobre todo porque tengo la fundada impresión de que bastantes de entre esas anotaciones corresponden a comentaristas cuyo perfil difícilmente encaja con eso que podríamos llamar, a falta de mejor nombre, el lector-tipo de La Bitácora del Tigre. A lo mejor es que yo mismo tampoco coincido con ese modelo de lector (antes de leer al novelista japonés estaba casi seguro de que no me iba a gustar), pero esta consideración me llevaría por terrenos en los que prefiero no adentrarme.

El comentario de Marcela, una jovencísima lectora me ha animado a sacudirme el letargo (¡ay, cuánto hace que no escribo una reseña como Dios manda!) y dedicar unas breves líneas a la última novela del escritor japonés publicada en España, After Dark, que al igual que Tokio Blues está protagonizado por unos jóvenes desnortados y confusos, recién salidos de la adolescencia, que vagabundean por un Tokio nocturno, plagado de neones, cafeterías, tiendas que abren toda la noche, el love-ho Alphaville (creo que el castizo término español de “casa de citas” no hace justicia a estos hoteles para parejas, típicamente japoneses), y parques solitarios donde los protagonistas, como los de Kafka en la orilla, dan de comer a los gatos.

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Bonsai, la aplicación creada por Fernando Posada Prieto para consultar online los fondos de una biblioteca catalogados con Abies 2, es, sin lugar a dudas, uno de los programas más útiles que hoy en día pueden ponerse a disposición de un centro educativo. Es una herramienta barata (gratuita, en realidad), sencilla de concepto y de funcionamiento, extraordinariamente práctica y, si se sabe un poco de PHP y MySQL, relativamente fácil de “tunear” para adaptarla a diversas situaciones y propósitos.

Desde que me enteré de su liberación, he hecho todo lo que está a mi alcance por divulgar la existencia de Bonsai y ponerla al alcance de los colegios e institutos de la Comunidad Foral de Navarra. Con la ayuda de mi compañero Luis Miguel Jaso, descubrí un pequeño bug que comenté en CanalTIC y que transmití a su autor (por cierto, aprovecho la oportunidad para rendir público homenaje a la amabilidad de Fernando, que al menos en dos ocasiones me ha ayudado con proyectos muy relacionados con la actividad del Programa de Nuevas Tecnologías y Educación), y a continuación publiqué en el sitio web del PNTE un brevísimo tutorial sobre cómo instalar la aplicación en un espacio de alojamiento dinámico.

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Desde finales del mes de octubre estoy embarcado en un curso online sobre PHP y MySQL. Ni el lenguaje de programación ni el servidor de bases de datos me resultan desconocidos (de hecho, a veces pienso que los conozco de toda la vida, o por lo menos de toda la vida de editor web y bloguero), pero mis conocimientos sobre ambos son incompletos, anárquicos, llenos de suposiciones y conjeturas que, una y otra vez, se me demuestran falsas de toda falsedad.

En alguna otra ocasión he confesado que la de programador fue una de las gracias que no quiso concederme el cielo. Mientras avanzo penosamente en el mundo de variables, operadores, arrays, funciones, estructuras de control y demás, compruebo que mis problemas con la programación no se deben a la dificultad de retener los conceptos, o a las sutilezas de la sintaxis (pues en tiempos de Internet toda consulta, y más sobre temas informáticos, se halla apenas a la distancia de un par de golpes de ratón), sino a una falla más honda y desalentadora: a mi dificultad para reducir los problemas a un diseño lógico que luego pueda ser reproducido mediante las correspondientes estructuras de programación.

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En una de sus muchas frases célebres Jorge Luis Borges afirmó que nadie conoce enteramente su biblioteca. Ni siquiera con un buen catálogo informatizado, cabría añadir, porque cualquier base de datos bibliográfica presenta, casi inevitablemente, inconsistencias, incoherencias, olvidos y errores. Yo llevo muchos, muchísimos años fichando con todo cuidado los libros que llegan a mis manos y a las de Pilar, y a pesar de mi vigilancia sigo cometiendo fallos y rectificando errores que voy descubriendo por entre los registros más antiguos.

La base de datos de nuestra biblioteca es, probablemente, el trabajo que mejor refleja mi trayectoria en el mundo de la Informática, pues comenzó a fraguarse en los tiempos del MS-DOS y del dBase3, aunque sólo con la aparición de Access 97 comencé a comprender y a asimilar los misterios de las bases de datos relacionales, los índices, las consultas y los formularios. Posteriormente, la difusión de sitios web que permitían alojar gratuitamente una base de datos MySQL me permitió crear una aplicación online para la consulta de mi biblioteca. Cuando contraté el plan de alojamiento de La Bitácora del Tigre, pude trasladar esa aplicación a un directorio propio y desde ayer está incluida en un subdominio en el que espero permanezca, creciendo y creciendo, durante mucho tiempo. Como muestra de las muchas consultas que contiene, he aquí el catálogo completo de los libros de Eduardo Larequi, los últimos veinte libros fichados y un formulario de búsqueda que permite localizar libros a partir de cinco o seis campos diferentes.

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