No quiero pecar de inmodesto, pero al igual que a Jorge Luis Borges, a mí también me chiflan los tigres. Y dado que el felino rayado es el emblema de esta bitácora, no me resisto a incluir aquí dos fotos de algunos de los bibelots que adornan nuestras estanterías:

  • Simba, el tigre de pelucheAquí tenemos la cabeza de un tigre de peluche (alias “Simba”, ya sé que no es nada original), de esos que se consiguen en las barracas de feria derribando botes o arrojando pelotas de goma contra una diana. En su día el animalito estuvo a punto de costar un cisma en la familia, pues mis sobrinos querían que su padre (que tiene peor puntería que yo), les consiguiera otro igual. Cabe imaginar su decepción cuando las bolas fueron a estrellarse fuera del blanco.
  • Un tigre sin nombreEste otro tigre tan gracioso (tras la espalda hay un león, casi tan cuco como su primo, al que hace compañía), de pasta o de cerámica pintada, adorna la base de un artilugio de alambre que nos sirve para sostener fotos, post-its, papeles con anotaciones y ese tipo de cosas que suelen danzar por sobre las mesas y los muebles. De momento, no le hemos puesto nombre, pero todo llegará (se admiten sugerencias).

Prometo ir aumentando el zoo con nuevos ejemplares.