Cartel de la películaCasi la mitad de mi carrera docente ha transcurrido en el I.E.S. “Picos de Urbión” de la localidad pinariega de Covaleda, en Soria, una provincia que he recorrido a menudo y a la que he aprendido a querer. Y de los catorce años en las aulas del colegio de los Padres Escolapios de Pamplona, unos cuantos transcurrieron en la misma clase a la que asistía Arturo Redín, co-guionista, junto a su directora, Mercedes Álvarez, de este magnífico documental que acaba de presentarse en nuestras carteleras.

Por todas estas razones se comprenderá que tuviera un especial interés por ver El cielo gira. Obra insólita en las pantallas comerciales –nada menos que un documental intimista sobre un pueblo soriano, Aldealseñor, en el que ya sólo quedan ancianos–, esta opera prima de Mercedes Álvarez constituye la mejor prueba de que la emoción en el cine tiene muy poco que ver con los grandes presupuestos y el tirón de las estrellas, y mucho en cambio con el talento, la sinceridad y la pasión.

De lo que no estoy muy seguro es de que El cielo gira deba ser considerado como un documental. Cierto es que no se trata de una obra de ficción, y que no tiene argumento o personajes en el sentido clásico que ambos conceptos tienen para la teoría del relato. Sin embargo, por la intensidad de su tono elegíaco y lírico, por lo entrañable de sus protagonistas, por el tratamiento de los paisajes y de la luz, la película desborda el concepto de “documento” y se configura en cambio como un ejemplo de cine personal, poético, que a lo mejor todavía no tiene nombre ni clasificación, pero sí un poderoso encanto.

Tal vez le convenga un término tomado de los géneros líricos, el de elegía, por su capacidad para retratar con ternura y devoción, nada arqueológica, sino próxima, delicada y sensible, un modo de vida al borde de la extinción, y por la emoción con la que la cámara, casi invisible de tan próxima, recorre los lugares, las conversaciones y los hechos cotidianos protagonizados por los últimos habitantes de Aldealseñor. Pues, en efecto, El cielo gira transcurre en un pueblecito (la narradora lo llama varias veces “aldea”), situado al norte de la ciudad de Soria, en los altos páramos cercanos al emplazamiento de Numancia, que en el momento del rodaje tenía menos de quince habitantes, todos ellos de edad avanzada. Allí nació Mercedes Álvarez, la última persona que vio la luz en la localidad, y que vivió en ella hasta los tres años.

El que El cielo gira sea una obra tan atractiva para el espectador y de tan hondo y persistente recuerdo se debe en gran medida a la habilidad del guión para evitar cualquier afán etnográfico o, peor aún, sociológico y optar en cambio por una aproximación cálida, sincera y humanista a la realidad que retrata. Es verdad que el filme no evita la mención de fenómenos tan amargos como el despoblamiento y el abandono del medio rural, o su utilización interesada por parte de las industrias de la energía o del ocio (qué escenas tremendas, por su contraste con la apacible vida del pueblo, la de la erección de los molinos de viento o la de la fractura de los añejos sillares del palacio, reconvertido en hotel), como también lo es que el documental no se muestra indiferente a la historia contemporánea –la Guerra Civil en el fondo del recuerdo de sus habitantes, como un telón inevitable y trágico, la presencia de los emigrantes en oficios centenarios que ya nadie quiere desempeñar, el rumor de la Guerra de Irak o del carnaval electoral- y sin embargo todos esos hechos aparecen como referencias episódicas, fugaces, contemplados con la reticencia socarrona y la retranca llena de humor de unas gentes que viven lo que Unamuno hubiera llamado “intrahistoria”, y que ahora preferimos denominar con ese concepto tan difícil de definir, tan inasible, de la “vida auténtica”.

Porque así son las vidas de los habitantes de Aldealseñor, vidas auténticas, plenas, maravillosamente tocadas por una capacidad de aceptación del destino humano, una sabia filosofía del sentido común y de la paz interior que resultan absolutamente insólitas en la literatura o el cine contemporáneos. Ver y oír las conversaciones entre el Jose y el Antonino –qué dos personajes tan adorables, tan llenos de vida y de verdad, que hablan de nimiedades o de hechos sublimes, siempre con un castellano delicioso por vigoroso y ausente de toda afectación– nos hace ensanchar los pulmones y llenarlos de un gozo vigorizante, aunque paradójicamente estemos escuchando de sus labios declaraciones sobre la fugacidad de la vida o lo inevitable de la muerte. Que la cámara haya sabido disponerse en el punto idóneo para captar esas conversaciones, esos gestos reposados y sabios, sin interferir con ellos, a modo de una instancia casi invisible y que sin duda alguna es resultado de un trabajo minuciosísimo, debemos considerarlo como un auténtico prodigio de planificación cinematográfica, pero también de admiración, paciencia y cariño hacia los personajes y hacia sus historias.

También la estructura del documental, que sigue morosamente el discurrir de las estaciones –otoño, invierno, primavera, verano– constituye un acierto, pues contribuye a otorgarle un ritmo narrativo plácido, sereno y majestuoso, al tiempo que permite fijar en la retina del espectador los cambios en el paisaje, en los colores, en los tonos del cielo. Menos convincente me parece en cambio otro hilo conductor, como es la intervención del pintor Pello Azketa, cuya progresiva pérdida de visión se presenta en paralelismo explícito respecto a la lenta e inevitable extinción del pueblo, correspondencia reforzada por la aparición constante de la niebla, evidente metáfora de la pérdida de visión y de la desaparición de la aldea. Tengo que reconocer, en cualquier caso, que esta intervención de una voz externa a la experiencia de la vida en la aldea no es en modo alguno caprichosa, pues no sólo está avalada por los paralelismos ya señalados, sino que además es coherente con una puesta en escena bellísima, que presta especial atención a los cambios de color y de textura, a las transformaciones de la luz y las sombras. De hecho, cabe calificar El cielo gira como una obra tan cinematográfica como pictórica, que maneja una paleta muy sutil y matizada, a veces cercana a la abstracción, semejante en muchos aspectos a la que configura los paisajes pintados por Azketa.

También cabría formular algún pero a la presencia de la voz en off de la directora, no tanto porque este recurso sea en sí mismo ajeno al planteamiento del documental o a los recursos narrativos que maneja, sino porque sus comentarios y reflexiones muestran una tendencia a la estilización poética que a veces se antoja artificiosa (“excessivament enigmàtic”, la denomina Albert Galera en su reseña del filme), sobre todo si el espectador la compara –y ello es poco menos que inevitable– con las palabras y las vidas de los aldeanos, cuya ejemplaridad se revela justamente por su absoluta ausencia de afectación y énfasis.

En todo caso, qué mezquino sería entretenerse con estos mínimos reproches cuando uno sale del cine con la sensación de haber hecho todo un descubrimiento de auténtico cine –sea cual sea su género–, de un cine sincero y emocionante, que habla al corazón y sabe hacerlo con recursos de una engañosa simplicidad. Esa secuencia final en la que el Jose y el Antonino suben afanosamente la cuesta de una colina sobre la que se alza un árbol solitario, mientras charlan en un tono casual y admirable sobre sus vidas y sus recuerdos, vale por cientos de películas. Muchas gracias, Merche, Arturo, por esa lección de honradez artística y de verdadero amor hacia la tierra. Os merecéis todos los premios que os han dado y más.

Raras veces una película española recibe una acogida crítica tan entusiasta. Véanse, al respecto, las reseñas de Miguel Marías, en El Cultural de El Mundo, de Pascual Serrano, en El Confidencial, y la de Albert Galera, algo más reticente, en Sessió Contínua.

alojamiento wordpress